De cómo la modernidad arruina a un artista

Escrito por
| 181 | 3 Comentarios

Es un cuarto pequeño. En el centro del techo cuelga un único foco del que emana, bifurcándose en destellos opacos, una luz tenue. Hay muy pocos muebles y enceres, y los que hay, están dispuestos para crear una falsa sensación de amplitud. Las sombras de los objetos vagan a sus anchas  sobre las escuetas paredes manchadas de humedad y salitre.  En ese cuarto vive él. Él que ahora sueña. Sueña que es un niño, un niño hermoso. Un niño hermoso en los brazos de su madre muerta. Y la madre no tiene rostro, o si lo tiene no puede verlo, porque tal vez lo tenga volteado o porque simplemente lo ha perdido. Y después se da cuenta que en el sueño lo imagina todo, porque en su sueño es ciego. Todo es oscuro y turbio.  El sueño y la vida.

Él, que en otro tiempo vivió en una  parte de la ciudad menos lúgubre, de espacios amplios y aromas neutros, diferentes al mosaico de olores que pueden sentirse aquí, olores espesos, mohosos, añejos. De desperdicios orgánicos, cañería y cuerpos sucios, que irremediable y afortunadamente inundan cada rincón de su habitación y funcionan como un potente somnífero.

Es cierto, y él lo sabe. Porque en otro tiempo podía tomarse los fines de semana, los días de asueto.  Se perdía en alguna pequeña ciudad de provincia  y se instalaba en algún hotel céntrico, que no fuera ni el más barato, pero tampoco de un lujo excesivo. O lo que él consideraba lujo excesivo. Y se pasaba las mañanas recorriendo lugares perdidos, librerías polvorientas, museos municipales poco interesantes,  vecindades deprimentes, lugares enrarecidos, carentes de multitud, y no muy entrada la noche, regresaba a su hotel para hacer la cena, y apenas marcando el reloj las nueve de la noche, se perdida en sueño placido, imperturbable, sólo interrumpido por la disciplina del reloj corporal. Nunca se desvela, y hasta donde alcanza a recordar, apenas dando las ocho y media de la noche, sus ojos se transmutan en un par de rocas pétreas, o en un par de meteoritos, que por otra parte son también muy pesados.

Siempre era mejor de ir los más lejos posibles, lugares en donde fuera poco probable toparse con alguien de la ciudad.  Nunca eran suficientes precauciones. Sabía bien que un descuido, un rumor, y su carrera consagrada, su actuación, su labor histriónica de años, su prestigios, se vendrían a bajo. Se vendría abajo también su inmaculada carrera.

Las personas en esa época eran más caritativas, recuerda. Algunas veces, tiempo después, se hizo a la idea de que no eran las personas, sino la terrible situación económica del país: el déficit, la inflación, la crisis, todos esos conceptos extraños, ajenos a él,  que oía repetir una y otra vez a las personas en la tele, o a la gente que pasaba cerca de él, por alguno de los puntos en que se encontraba. Puntos, que por otro lado, fueron escogidos meticulosamente, atendiendo a una cábala personal y a un vago entendimiento de probabilidad y estadística, pues según sus cálculos, estar siempre en el mismo lugar no sería de rentable para su empresa. Además pensó, y con mucha razón, que las mismas personas pasaban todos los días por los mismos lugares, y que tarde o temprano se hartarían de regalar su dinero por muy  bondadosas que éstas fueran.  Y así el negocio comenzó a jalar, la técnica había empezado a rendir sus frutos. Las ganancias iban en aumento, y algunos días, los más, tenía que hacer varios viajes a su departamento a dejar el montón de billetes y monedas que ya no cabían ni en las bolsas de los pantalones ni en el sombrero de palma que usaba para recabarlos. Muy intuitivamente, pensaba también, que si otras personas se daban cuenta de lo bien que iba el día, seguramente el remordimiento no haría sus efectos. Entonces era mejor mantener el sombrero y los bolsillos, cuanto más pudiera vacíos. Así eran esos tiempos, pero la modernidad lo alcanzó pronto, quizás no a él, pero sí a la ciudad. El agitado ritmo de los años recientes había empezado a causar sus estragos, y los cuatro viajes diarios que hacía al departamento para depositar billetes y monedas en una enorme alcancía en forma de cerdo, habían disminuido a razón de uno cada cinco años, por lo que al cabo de quince, sólo tenía que realizar el recorrido una vez por día. Es la economía, solía decir para sí mismo. Pero la realidad era que las personas prestaban poca atención a su presencia.

Cambió de estrategia después de pensarlo por largo tiempo. Decidió entonces ponerse de pie en lugar de permanecer tirado en el suelo, aunque después de unos minutos se entumía de piernas y descansaba un rato en el piso. Esperó paciente a que las monedas empezaran a llegar, pero la postura recién adoptada no trajo cambios significativos. Apenas unos cuantos ancianos se compadecían,  y algunos niños, que sí notaban su presencia, jalaban del brazo a sus padres y en un pequeño porcentaje de las veces los persuadían para arrojar algo de dinero. Más porque les parecía divertido que por querer ayudarlo.  En ocasiones, alguno de esos niños no media bien su fuerza y arrojaba las monedas muy cerca de su cara, pero él estaba bien entrenado, su trabajo era algo serio, y nunca mostró la seña mínima de un reflejo, la contracción del ceño o algún parpadeo revelador. A veces, las monedas golpeaban su cara, y solo cuando sentía el frio metal golpear sus mejillas o su frente, emitía un gesto benevolente, de liviano dolor.

Por ese tiempo notó que en todos los lugares a que diario acudía a desempeñar su trabajo, fueran estos parques, alamedas, plazas o cualquier otro espacio concurrido, empezaba a incubarse una creciente multitud de personajes perturbadoramente parecidos a él. Si bien no demasiado cerca, sí a una distancia a la cual podían considerarse competencia.  No importa, pensó, tengo mi clientela. Pero esas palabras que golpeaban su mente eran solo para engañarse a sí mismo, porque bien sabía que los viajes a llenar la alcancía ya no eran necesarios y que en algún momento tendría, irremediablemente, que abandonar su departamento. Ese departamento que tanto orgullo le producía y en el cual había hecho algunos amigos, y en el cual también se había enamorado. Para alguien como él era un logro importante salir de la periferia e instalarse en un barrio céntrico de la ciudad. Muchos de sus vecinos llegaron a sentir admiración por él, e incluso, porque no decirlo, una lástima de esa que se confunde con cariño. Desde luego que, al atravesar la puerta hacia afuera, se consagraba rigurosamente a su labor histriónica y ninguno de sus vecinos albergó nunca la más leve de las sospechas. Era con los que compartía pared con quienes más intimidad había creado. Era casi una conexión tácita, cimentada en el deducido hecho de que las delgadas paredes no suponían un impedimento  para llegar a conocer los secretos familiares más profundos, los pleitos diarios e incluso, porque no, las alegrías y los momentos amenos. Y estas personas lo sabían y así lo aceptaban. Y también el hecho de que esa apertura de intimidades no era recíproca, ya que él no hablaba con nadie, no tenía secretos que contar a nadie, y eso suponía una desventaja en ese juego.

Hablamos también de su enamoramiento. Lucía era la casera del edificio en donde vivía. Una mujer de mediana edad, de un rubio cenizo y un tipo muy guapo. No era la dueña del condominio, o al menos eso decía. En realidad era quien lo administraba y mantenía, ya que los dueños, sus primos, vivían en otra ciudad, y a cambio de su trabajo le permitían vivir en el apartamento del último piso.  Era divorciada y había tenido un hijo. Cuando él aún estaba en el edificio era apenas un niñito. Ahora quizá sea un adolescente, o un joven tirando a la adultez. No lo sabe con exactitud. La mente ya comienza a fallarle.

Lucía era su amor. O tal vez un deseo confundido con el amor. Le atraían sus pechos y sus caderas anchas, que además incluían un par de nalgas paradas y redondas. A veces, entre sus pensamientos nocturnos, un terrible remordimiento lo angustiaba. En su mente, pensar en ella de forma erótica contrastaba con la idea que tenía del amor. Esas ganas de querer follarla manchaban lo que creía un sentimiento puro. Sobra decir que casi a diario soñaba con penetrarla y esa traición onírica del subconsciente lo angustiaba aún más. En sus sueños no la follaba de forma común, o de forma tierna,por decirlo de alguna manera, porque lo común es difícil de definir, más aún cuando hablamos de sexo. En realidad eran polvos sucios, un catálogo de pelicula porno que incluía darle por el culo, venirse en su cara, y a vesces, sólo a veces, darle un delicioso beso negro.

Fueron muchas las ocaciones en que Lucía lo invitó a cenar en su apartamento del último piso. Pasaron noches enteras platicadas de sus vidas. Él, en realidad, de la mentira que había inventado por  vida, es decir, de su vida anterior a conocerla. También inventaba anécdotas para alargar las veladas. Y es que ella, en el contexto de la situación, muchas veces a penas si utilizaba ropa. Usaba shorts muy entallados, blusas delgadas sin sostén, o incluso, alguna veces, simplemente permanecía en bragas, con una playera holgada pero abajo solo con las bragas, como para dormir. Y esas imágenes servían para su imaginación, para sus proyecciones oníricas. Aunque es verdad que ella nunca sintió interés por él. Más que nada le producía tristeza. No una tristeza amarga, sino una tristeza dulce, adictiva. Además se sentía sola y creía que su amistad, por su condición, era sincera y desinteresada.

Fue entonces cuando le dio la noticia a Lucía. En una semana desocuparía el departamento. Como suponía la noticia le cayó de sorpresa. Incluso intento persuadirlo. Casi le suplicó. Le dijo que buscaría una rebaja en el costo de la renta. Habló también de hacer una colecta con los vecinos, de tramitarle un apoyo del gobierno. Habló de muchas cosas y casi estuvo a punto de convencerlo, pero al final se negó. No quería ser un arrimado, sabía, por experiencia, que tarde o  temprano se hartarían de él, que sería una carga, una despreciable carga. Y entonces dejó el apartamento.

Ahora las personas andan más a prisa, nunca notan su presencia, cada día portan artilugios más modernos y extravagantes que los distraen de lo terrenal, de lo real, parecen ocupadas en cosas importantes por la bocina del teléfono. Así es lo moderno, supone. Pocos son los que se compadecen y le dan algo de sus monederos, a veces, algún contacto blandengue en el hombro, con un dejo de repulsión, que sin embargo, mentalmente agradece. Nadie cruza miradas, las cortesías de antes han muerto. No es que sólo a él lo ignoren, en realidad nadie nota la presencia de los otros, y eso lo alivia en algún momento, es su paliativo. No es sólo conmigo, se dice, y esas ocasiones le alegran patéticamente el día.

Ahora vive aquí, en este mosaico de desgracia humana, desprovisto de sus antiguos muebles, que vendió porque eran demasiado grandes para esta pequeña habitación de vecindad. Una habitación de vecindad perdida en un suburbio alejado del centro de la ciudad, una periferia deleznable; con calles sucias y árboles secos, casas con la pintura desgajada y paredes con tabiques desnudos. Entre personas hurañas y amargadas por la miseria, niños con mocos secos pegados en la nariz y en la boca que portan ropas desgastadas. Ahora pasa las noches contemplando las sombras de una mesita y una silla, del minúsculo frigorífico y de una estufa portátil. Al principio, sentía el viaje al centro en demasía pesado y deprimente. Poco a poco retorno a la rigurosa rutina autoimpuesta y asimiló la nueva situación. A final de cuentas ser actor de la ceguera, ya no era un negocio en esta ciudad.

Comentarios

  1. Mabel

    2 diciembre, 2016

    Muy buen Cuento. Un abrazo Javier y mi voto desde Andalucía

  2. GermánLage

    2 diciembre, 2016

    Magnífico, Javier. Plasmar la evolución de la sociedad a través de un mendigo, que, al final, se sabe que, además, es ciego, no deja de ser una genialidad. Si a eso le añadimos la habilidad con que se va dosificando la información, y que está muy bien escrito, el resultado es un relato excelente.
    Mi felicitación y mi voto.

    • Javier Leyva

      5 diciembre, 2016

      Muchas gracias por tu comentario Germán. Siempre resulta muy motivante leerte. Una disculpa porque el relato lo escribí muy rápido y muy tarde en la madrugada, y ya revisándolo me di cuenta que le falta mucha corrección, pero tengo días sin poder acceder a mi perfil para corregirlo. Saludos y nuevamente muchas gracias por tu comentario y voto.

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas