Un año más

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Un año más, la Navidad había llegado sin apenas darnos cuenta, quizá porque los anuncios navideños llevaban un mes en antena y los turrones llenaban las estanterías desde mediados de octubre, pero oficialmente ya estaba aquí, como otros años, con la alegre cantinela de los niños de San Ildefonso al fondo, con la ilusión del «a ver si toca» y en el día oficial de «por lo menos tenemos salud». En mi casa en particular ese día también es especial porque es mi cumpleaños, curiosamente también es el día que hacía años mi abuela.

Mi abuela y mi tía siempre venían por Navidad, ambas vivían juntas en el lugar de nacimiento de mi familia materna, mi madre se mudó cuando conoció a mi padre a un pueblo rayano con Portugal. En mi familia éramos pocos, por desgracia el resto de mis abuelos fallecieron sin yo conocerlos y la distancia hacía imposible ver a los restantes familiares más cercanos; buscar nuevas oportunidades de trabajo habían conseguido ponernos cada uno en una punta del país, pero mi tía y mi abuela siempre venían, era la familia que le quedaba a mi madre, no estaban cerca tampoco, pero merecía la pena. Para mi abuela ver a sus únicas nietas era una ilusión enorme.

Llegaban ese día en tren, toda mi familia, mis padres, mi hermana y yo, esperábamos en el anden, con el frío propio de la época, salía vaho de nuestras bocas y nuestras mejillas se teñían de rojo; pese al frío, era muy emocionante ver llegar el tren, buscarlas entre los pocos pasajeros, siempre uno de nosotros las veía antes y gritaba: —¡Ahí están!—, y corríamos al encuentro. Los abrazos efusivos corrían por doquier entre todos, y mi abuela y yo siempre nos felicitábamos a la vez entre risas. Al llegar a casa en familia poníamos el árbol y el nacimiento.

Durante toda mi niñez esperaba ese día con ansia, no eran los regalos ni las felicitaciones: era decorar la casa con mi familia, especialmente con mi abuela. Sacábamos todas las guirnaldas, las bolas, las luces y el nacimiento que yo, por ser muy pequeña, apenas tocaba para no romperlo y mientras poníamos en orden las luces echas un lío y jugábamos con los demás adornos, mi abuela empezaba a cantar un villancico, mi madre y mi tía se unían a ella, mi hermana y yo acompañábamos la canción con panderetas y mi padre con una zambomba de barro que al primer año de comprarla, intentando hacerla sonar, rompió casi al instante provocando risas entre todos y dejando ese hecho como una anécdota familiar contada todas las Navidades. Entre toda la decoración, brillante y nueva, había algo muy especial, algo que por no ser nuevo ganaba magia ante mis ojos infantiles. Mi abuela entre su equipaje siempre traía una figurita para poner en el árbol que, cuando mi madre y mi tía eran pequeñas, siempre tenía un sitio de honor en el belén. Un caballito de madera pintado de dorado, ya muy viejo por el paso de los años, pero inmensamente valioso: a ella se lo había regalado su profesora cuando era pequeña en uno de esos concursos del colegio propios de la época de Navidad. Era lo único que le quedaba de su propia niñez, era el símbolo de toda una vida, ese caballito había estado en las Navidades de mi madre y de mi tía, y ahora también en las de mi hermana y mías. Así pues, ahora que éramos las pequeñas de la casa, mi hermana y yo teníamos el honor de poner el caballito en un lugar de excepción; normalmente lo colocábamos en la parte más alta del árbol, donde se viera bien, aunque había veces que lo quitábamos del árbol un ratito y lo poníamos en el belén. El caballito también tenía derecho a ver un poco al niño Jesús, pensábamos mi hermana y yo, así que iba de nacimiento al árbol, y así todas las Navidades.

Aunque mi niñez pasó, mi pasión por mi abuela no disminuyó ni un ápice, y las Navidades las esperaba del mismo modo. Todo era igual, los villancicos, desliar las luces del árbol, poner el belén en el lugar más visible de la casa…, sólo que ahora mi abuela escuchaba las historias de amores, de riñas entre amigas, de cosas del instituto de mi hermana y mías, contadas, como decía ella, como si fuera el consultorio de Elena Francis.

Así un año tras otro íbamos a por ellas, con el paso del tiempo yo cada vez más grande, más mujer, y mi abuela cada vez más pequeña, cuya fragilidad era cada vez más parecida a la de un niño. Los años que habían pasado parecían acumularse en su pequeño cuerpo, el peso sobre sus hombros, en su algo curvada espalda, en su cara surcada de arrugas; pero sus ojos… sus ojos eran del mismo verde vivaz que el mío y el brillo que desprendían no había variado un ápice. Sus ojos eran una herencia que solo yo había tenido, el bien más preciado que me dejó de legado fue parecerme a ella. El año anterior a su partida, su última navidad con nosotros, quizá por verse ya anciana, o quizá por un presentimiento, me regaló por mi cumpleaños el viejo caballito de madera. Fue el mejor regalo del mundo, el regalo que guardo con más cariño y mimo, custodiándolo hasta la próxima generación. Esas Navidades fueron, si cabe, las más alegres de todas, no sé si porque intuíamos que aquéllas serían las últimas vividas así…

Hoy, un año más, es veintidós de diciembre y suena de fondo el canto de la lotería, hoy es mi cumpleaños y este año también iré con mis padres y mi hermana a la estación; pero nada será igual, mi abuela ya no está con nosotros. En mi casa se respira el aire poquito a poco, como si doliera… Los ojos de mi madre no están brillantes de emoción, contiene las lágrimas y apenas habla. Me felicitan por mi cumpleaños, pero la tristeza reina en el ambiente. Esta es la primera vez que cumplo años sola. Está todo preparado para marchar en busca de mi tía, hemos sacado el árbol y el nacimiento, lo decoraremos todo a la vuelta, como es tradición, pero nada será igual. De todos los adornos, uno ya está colocado: el caballito dorado está puesto junto a la foto de mi abuela, en el mejor lugar para presenciar la Navidad, a su lado, para que ambos la vean juntos.

Ya es la hora, todos nos montamos en el coche en dirección a la estación. Vamos en silencio, nadie quiere hablar, por primera vez este día es triste, las Navidades no nos llenan de felicidad, las tradiciones acuñadas por el paso de los años han perdido sentido sin ella. Hemos llegado a la estación y esperamos el tren los cuatro, el aire es frío, y de fondo se escuchan alegres villancicos. Los cuatro estamos apretados unos contra otros, más para darnos apoyo que para resguardarnos del frío.

El sonido del tren me hace sobresaltarme y dejar mis pensamientos, busco instintivamente a mi abuela entre los pocos pasajeros, la costumbre me hizo olvidar por un momento que ya no iba a bajar del tren. Entre el resto de personas llega mi tía y su semblante está tan triste como el nuestro, en este caso los abrazos reconfortan más que alegran y las lágrimas que se escapan no son de felicidad. Mientras intentamos sobreponernos y recoger el escaso equipaje, la estación se ha quedado vacía y el tren está a punto de marchar.

Todos miramos hacia las ventanas, como un adiós, una despedida silenciosa. Cuando el tren se pone en marcha, una silueta aparece en una ventanilla diciendo adiós. Mi abuela. Sonríe desde el tren y nos dice adiós con la mano. Incrédula miro al resto de mi familia, puede que solo yo lo haya visto, que sea producto de mi imaginación, que las ganas de tenerla otra vez conmigo me hayan jugado una mala pasada, pero la cara pálida del resto de mi familia dice lo contrario. En ese instante a todos nos embargó una paz casi instantánea, y, por primera vez, ese día sí lloramos de felicidad. Mi abuela vino a decirnos adiós, sonriendo, feliz y en paz. Se fue el mismo día que vino al mundo muchos años atrás, esperó a la Navidad para decirnos adiós. A partir de ese momento ni esa Navidad ni ninguna otra la vivimos con tristeza, siempre fue en honor a ella, y su caballito estará en el mejor lugar de la casa: al lado de su foto, un año más.

Comentarios

  1. Mabel

    24 diciembre, 2016

    Muy buen relato. Un abrazo Marta y mi voto desde Andalucía. Feliz Navidad

    • Martalv87

      25 diciembre, 2016

      Muchísimas gracias Mabel. Feliz navidad para ti también. Un abrazo.

  2. MichelG

    25 diciembre, 2016

    Maravilloso. Es un relato muy, muy bonito 🙂

    • Martalv87

      25 diciembre, 2016

      Muchas gracias Michel, me alegra que te haya gustado. Un saludo.

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