Un cuento de navidad

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Extraño, por lo menos, os resultara el capricho que reservo, para este año. El motivo de repartir puerta a puerta mi comunicación, mientras el mundo entero dormía, es para asegurarme que la noticia llega a todo el mundo, al mismo momento y de la misma manera. Podría haber optado por pegar un papel en las paredes de la torre de la plaza, o en la entrada del mercado, o a la puerta de la iglesia… Sin embargo, temía que la primera persona que lo encuentre, decidiera por arrancarlo y tirarlo a la basura. O de repente, mi comunicación se difundiese oralmente, y al cabo de un rato, se convierte en un cuento sin detalles completos y sin sentido. Por esta razón, no quise arriesgar. Quiero que cada habitante de este pueblo conozca de primera mano mis descubrimientos. Ciertamente.
Antes de todo, me presento. Soy el misterioso ladrón de Navidad. El mismísimo ladrón que se hace presente únicamente durante las fechas navideñas. Sí, el mismo que lleva operando en esta región desde un tiempo inmemorial. Soy el mismo que firma con la siguiente frase: “¡¡INFELIZ NAVIDAD!!”.
Ahora bien. Os voy a contar sucintamente algo sobre el padre Guzmán. Sí, el padre Guzmán. El religioso ese. El santurrón, admirado por todos vosotros. Sí, ¡admirado por todos! Admiradores de un santurrón. ¿Sabéis por qué es admirado por todos vosotros? ¿Ah, no? No sabéis, ¿eh? Pues yo os diré. Os tenéis a todos vosotros encantados por arte de magia perversa. No voy a perder el tiempo, intentado convenceros que sois víctimas de la magia perversa. Quien quiere que averigüe la verdad. O no. A mí me da igual.
Primero de todo, me gustaría señalar que mi intención no es para provocar, ni para difundir una infamia, o algo similar, o siguiera una revancha vil, sino contar una verdad. Nada más que la verdad. Una verdad que sobresaltara al pueblo de VALLS. Eso es, si algún día se toma en serio la palabra de un ladrón misterioso.
Digo que mi relato no es una especie de “saldar cuenta” con el padre Guzmán. Doy esta explicación porque sé que alguien podría señalar que el padre Guzmán es mi enemigo mortal, que yo solo intenta difundir malignas mentiras contra el pobre religioso, etcétera y etcétera. Quién puede negar que el padre Guzmán y yo seamos los dos personajes más renombrados de este pueblo. Y que existe una especie de lucha eterna, de rivalidad, entre los dos. Una lucha entre el Bien y el Mal. Él es conocido por la bondad, la amabilidad… Su extraordinaria devoción. Pero sobretodo, es famoso por esos discursos vehementes que lanza contra mi persona, desde el pulpito, cada vez que se extiende la noticia de que yo había vuelto a actuar, jajaja…
La gente no deja de sorprenderse como hago para entrar y salir de sus casas, no importa cuán medidas de seguridad que adopten, jejejje… Se me imaginan como un ser con poder mágico, pero a la vez, se me visualizan como cualquier vecino de este pueblo. Probablemente alguien muy importante de este pueblo. Se dice que me disfrazo de Papa Noel, y en lugar de dejar regalos, me dedico a robar, amargando horriblemente la Navidad de los odiosos niños. Incluso se han llegado a rumorear que ese ladrón… O sea yo…, podría ser uno de los médicos del pueblo. O se trata del juez Willy. O el fontanero Malcom. O el mismísimo “sheriff”.
Debo confesar que me gustó mucho cuando se rumoreó durante muchos años de que el misterioso ladrón de Navidad podría ser el mismísimo alcalde Wallace. Pero ese rumor perdió fuerza cuando falleció el pobre alcalde que había dedicado buena parte de su vida para cazarme, pero claro, sin éxito, uh uhuhuh… Es cierto que aún hoy en día, hay personas que siguen creyendo en esa absurda leyenda que relata que, cada año, el fantasma del alcalde Wallace salía a fastidiar la Navidad. Pero he decidido poner en fin eso de compartir mi fama, y de paso haré un decente favor al difunto alcalde. El pobre alcalde Wallace no era, ni es, ni será nunca el famosísimo y misterioso ladrón de navidad del pueblo de Valls. Repito, no era, ni es, ni será jamás el famoso ladrón de las Navidades. ¡No voy a permitir más a que un difunto me siga robando la gloria! Soy yo… Únicamente yo… ¡El famosísimo ladrón de Navidad del pueblo de Valls! Nunca ha habido un ladrón como yo. Y nunca habrá uno como yo. Punto y final.
Mi relato, como dije antes, es sobre el padre Guzmán. Estas navidades, sin saber por qué, decidí incluir al padre Guzmán en la lista de las personas a quienes pensaba proporcionar la Navidad más triste de sus vidas.
¡Qué curiosidad!, en las fechas navideñas, en Valls, se habla mucho no solo sobre el misterioso ladrón, sino también sobre el evidente aumento de la población de las ratas y los ratones! Como consecuencia, el incremento también del daño que provocan estos animales.
Bien. Es sabido que el padre Guzmán vivía rodeado de incontables libros que los ratones iban consumiendo lentamente. Cuando entré en la destartalada y vieja casa del padre Guzmán, mi intención no era llevarme algo, sino destruir cuan libros que fueran posibles, y de esta manera, aportando mi apoyo a la bravísima faena que hacen los ratones. Sin embargo, en cuanto entré en la casa, revoqué mi plan, y lo sustituí por otro más importante. Lo confieso, se me ocurrió asesinar al padre Guzmán.
Sabía que el padre Guzmán estaba en la taberna de Magreta, donde solía quedar hasta las altas horas de la noche, bebiendo y discutiendo con otros borrachos. Me escondí, y me quedé esperando el regreso del desafortunado santurrón.
Al cabo de unas dos horas, vi entrar al religioso por la puerta. Caminaba con traspié. Evidentemente el padre Guzmán se encontraba ebrio, y pensé que eso facilitaría mi trabajo. A pesar del estado de embriaguez en cual se encontraba el religioso, consiguió cerrar la puerta con llave, y luego se dejó caer en el sofá cuan largo es. Me quedé mirándole durante una hora entera, escuchando sus ronquidos, a la vez que pensaba cómo iba a matarle. Se me ocurrió asfixiarle con una almohada. Pero justo cuando iba a actuar, algo me llamó la atención y me detuvo.
Al principio, parecía como si la sotana negra del padre Guzmán se ensanchaba sobre el sofá, tal cual una gran mancha de sangre negra fuese, que se iba cubriendo lentamente el entorno. Miré con gran atención, y comprendí que mis ojos no me estaban engañando. Y ante de mi maravilla y confusión, la sotana comenzó a plegarse en unos pequeños tamaños, tal como si de repente, el vestimento del religioso hubiese sido agarrado por múltiples manos pequeñas e invisibles. Y a continuación, para mi mayor asombro y terror, aquellos innumerables bultitos (en que se había convertido la sotana), se transformaron en unos seres vivos. Roedores.
El padre Guzmán había desaparecido.
Cuando las frenéticas manadas de roedores habían salido fuera, a través de una gatera, perdiéndose en la fría noche del pueblo de Valls, en medio de unos chillidos escalofriantes, salí de mi escondrijo, y abandoné la casa del padre Guzmán lo más rápido que mis pies y espíritu me podrían permitir. Cuando llegué a casa, me puse a escribir lo sucedido.
¡¡INFELIZ NAVIDAD!!

Comentarios

  1. Mabel

    2 diciembre, 2016

    Muy buen relato. Un abrazo y mi voto desde Andalucía.

  2. Miss_Eli

    2 diciembre, 2016

    Fantástico, engancha y te mantiene así hasta el final. ¡Enhorabuena!

  3. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    3 diciembre, 2016

    Un extraño cuento de Navidad, pero, un cuento, al fin y al cabo; un cuento con un final extraño, pero, muy bien hilvanado y que bien vale un voto.
    Un cordial saludo, Kallow, con mi enhorabuena.

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