Cualidad de culpable

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Si la culpabilidad se define en el diccionario como la cualidad de culpable y la vergüenza es, en una de sus acepciones, la estimación de la propia honra o dignidad, yo llevo desde unas tardes atrás culpable y avergonzado. Estaba estimando mi propia honra por la cualidad de culpable que pesaba en mi mente. Yo nunca había tenido la necesidad de pensar mal, no había tenido oportunidades para tener enemigos, y jamás había pasado por mi imaginación que alguien pudiera llegar al extremo de querer desearle un mal.

Con Fabiola estuve saliendo cuatro años. Fueron muy buenos años los tres primeros, y el último, como cabe esperar, fue lo más parecido a un calvario. No hicimos nada por vivir juntos, no lo necesitábamos. Ella tenía su vida cómoda en la casa de sus padres, y yo me manejaba bien viviendo con aquellos dos hippies, que me mantenían entretenido cuando lo necesitaba, despierto cuando era necesario y que sabían cómo mandarme a dormir cuando llegaba la hora. Teníamos, cada uno a su forma, una buena vida y cuando podíamos teníamos sexo, del bueno, relajado y parsimonioso sexo, el único que, según Fabiola, podía gustarle a una mujer.

De ahí que el desencuentro tuviera que llegar precisamente por la monotonía. Demasiado sexo bueno, pocas discusiones, cero problemas de convivencia y mucho tiempo libre para cada cual pensar en sus cosas. Así las llamaba ella, o así empezó a llamarlas cuando su mente ya no estaba distribuida en dos quintos hacia mí y los otros tres para el resto; eran las proporciones que ella daba por buenas: pensar en una única persona el cuarenta por ciento del tiempo es mucho, deja solo un sesenta para todo lo demás. A mí me parecía bien. Nunca tuve demasiado gusto por las cuentas.

Por eso el día que me abandonó con aquella pobre excusa… fue demasiado para mí. Si yo no había dado pasos, sencillamente es porque ella no abría las puertas adecuadas. Todo estaba más o menos estudiado. Yo sabía de ella lo que ella quería y ella sabía de mí lo justo. No había más tratos que los habituales y los pactos estaban fuera de lugar. Disfrutamos la vida mientras la vida se nos puso a tiro.

Su justificación básica, absurda, infantil y engañosa me sumió en el peor de los abismos mentales. Y le deseé todas las desdichas. Juntas o por separado, directamente o en pieles cercanas, de golpe o lentamente, con dolor físico o atizándole profundamente en el corazón. Pero quería que sufriera por lo menos ese cuarenta por ciento, el que ella daba por bueno para otros temas, de lo que estaba sufriendo yo.

Pero las aguas se retiraron, y de mi dolor saqué fuerzas, de mis fuerzas saqué perdón y de mi perdón extraje olvido. Y una venda llamada María. Fabiola quedó como esa aventura que te entristece, pero que a la vez te dibuja en la imaginación imágenes felices. Porque también esas van aflorando cuando toda la porquería de la ruptura se va aposentando en el fondo del envase. Fue un olvido programado, meditado y, al final, deseado.

Aunque le había deseado el mal, y cuando supe que su nueva relación había destruido todo lo bueno, mucho, que existía en ella, yo me desesperé y me deprimí. No dudo que cada uno se labra en parte su futuro, pero yo no podía evitar en aquellas noches en las que miré cara a cara al mismísimo diablo, exigiéndole una satisfacción en su carne. No olvidaba mis tardes de sábado, enredado en una manta y una botella de whisky, viendo sus fotos del Facebook, viendo cómo destilaba pasión y presumía de felicidad. No podía creer lo que nuestros amigos me contaban, el cómo había desaparecido de su boca toda observación a fracciones y porcentajes, cómo daba por bueno también el sexo malo y la manera en la que había dado la vuelta a su brújula sentimental y se había echado en los brazos de alguien tan distinto a mí.

Y con la misma intensidad que pedí su destrucción lamenté que malviviera en un hogar de acogida a madres maltratadas. Sentí profundamente que su pareja, aquel simpático triunfador de las fotos felices y la barra libre de besos, hubiera sido su verdugo y el de su felicidad, maldije a ese malnacido que había hecho de la inocencia de su hija pequeña un tazón en el que beberse su vicio revuelto en sus babas, mientras su madre, a la que yo tanto quise, solo podía interponer llanto y resignación. Me sentí responsable por desearlo antes, y me sentí destruido y sucio porque sucedió, en cantidad e intensidad muy similares a las que yo exigí a los cielos y las profundidades por igual.

Ten cuidado con lo que deseas, porque se puede hacer realidad. Siempre lo decía mi madre, y cuando ahora yo miro a mis dos hijos y a mi querida María, aquella bendita venda que me cerró la hemorragia causada por Fabiola, no puedo evitar ver también su cara, y la de su inocente pequeña. Y me siento responsable, y me siento culpable, y me avergüenzo de poder haberlo causado. A lo mejor mi hermano Agustín lleva razón y todo el problema está en ella misma, en la forma en la que eligió, en la manera en la que prefirió el orden preestablecido al orden natural.

Acaso fue ella misma la que se metió en la boca del lobo, y la que abrió el corazón dándole copia de la llave a quien no debía. A lo mejor ahora ya sus heridas son irreparables, su cabeza está en otras cosas y ella ya no se acuerda de mí, pero mi vergüenza me acompañará siempre, y ya que no puedo desear que nada de esto ocurra, al menos rogaré por su perdón, porque cuando se ama algo queda, como quedará para siempre mi cualidad de culpable y estimación de la propia honra, por el mal que he podido causar, o no.

Comentarios

  1. GermánLage

    23 enero, 2017

    Enhorabuena, Raúl. Aunque, para mi gusto, el protagonista se pase un poco en cuanto a la autopunición, eso no le resta méritos a un relato escrito de una forma magistral. Enhorabuena.
    Un cordial saludo, y un voto.

    • RaulSanGra

      23 enero, 2017

      Como siempre, muchas gracias. Un placer recibir tus buenos y sabios consejos.

  2. Mabel

    23 enero, 2017

    Muy buena historia. Un abrazo Raúl y mi voto desde Andalucía

  3. Vladodivac

    23 enero, 2017

    @boabdil Muy bien Raul, me gusta, el sentimiento de culpa, muy bien extraído y relatado.
    mi voto y un abrazo.

  4. gonzalez

    24 enero, 2017

    Me gustó mucho, Raúl. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

  5. lnanta

    27 enero, 2017

    Un relato que me ha hecho pasar de una sonrisa a la rabia, qué bien representadas las emociones, la desolación, el deseo de venganza, la culpabilidad, la tristeza. Muy bueno, saludos 🙂

  6. VIMON

    28 enero, 2017

    Buen relato, Raul. Saludos con mi voto.

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