La estatua de mi abuelo

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No tengo muchos recuerdos de mi abuelo, uno de ellos, el que guardo con más cariño, era ir con él a la barbería a recortarme el pelo; los paseos hasta allí me encantaban. Cruzábamos el pueblo, siempre de su mano, mientras me contaba alguna historia o contestaba mis preguntas, con paciencia. Un día pasando por una pequeña plazuela, me quedé mirando la estatua que había en el centro; representaba un anciano, con un bastón en la mano y una gorra encasquetada. Mi abuelo se paró y me dejó que la mirara tranquilo; me había quedado embobado con el rostro de la estatua, estaba lleno de arrugas.
—¿Te gusta? —me preguntó, después de un rato.
—Sí, abuelo. Se parece a ti —le dije.
—¿A qué sí? Eso es porque esa estatua tiene un poquito de mí, tiene un poco de todos los abuelos del pueblo.

—¿Sí? —pregunté sorprendido.
—Sí. El pueblo decidió hace tiempo hacer esta estatua, para que nadie se olvide nunca de los ancianos. Así cada vez que alguien pasa por aquí, puede acordarse de nosotros.
—Abuelo, yo nunca voy a olvidarme de ti —En ese momento, se agachó y me dio un beso en la frente, sonreía y le brillaban los ojos.
—Claro que no, cómo ibas a olvídate de mí.
Y así fue.
Seguimos hacia la barbería. Me había quedado pensando en las arrugas de la estatua y lo miraba a él de vez en cuando, buscando y encontrando parecidos.
—Abuelo, ¿Por qué tienes tantas arrugas?
—La vida me las ido regalado —Me dijo.
Me sorprendió mucho la respuesta. Nos habíamos vuelto a parar.
—Las arrugas no son más que marcas de la vida, son huellas que se van grabando en nuestro rostro cada vez que nos pasa algo bonito, algo inolvidable. Por ejemplo, esta que tengo aquí, me salió el día que tu naciste; es una de mis favoritas —Se había tocado la comisura de los labios, señalándose una arruga, que se marcaba más al sonreír, como hacía en ese momento.
«Una de sus favoritas», pensé. Me sentí muy orgulloso.
—¿Y esta? —pregunté, señalando el otro lado de su sonrisa
—¿Esta? Espera que piense…, ah, sí, esta me salió el día que nació tu hermana.
Que mentira más bonita me dijo mi abuelo aquel día.

En la barbería siempre había algún amigo de mi abuelo, el barbero entre ellos. Aquel día, nada más llegar intenté encontrar el parecido de cada uno con la estatua, pero mi imaginación y las ganas de hacer la estatua más mía que de ningún otro niño, me dijeron que a ellos se parecía muy poco, desde aquel día convertí aquella estatua en la estatua de mi abuelo.
Esperando mi turno para cortarme el pelo, los fui mirando uno a uno detenidamente, en cada arruga que les veía, me preguntaba que se la habría marcado, «qué felices son los abuelos», pensé. Cuando me tocó el turno, el barbero, me sentó en la silla con el elevador, entonces creía que me lo ponía para que yo pudiera verme en el espejo y no para tenerme a una altura cómoda. Mientras me cortaba el pelo, fue mi cara la que examiné. Me desilusioné un poco; no tenía ninguna arruga. Pensé en las cosas buenas que me habían pasado y recordé tantas que me extrañó no estar lleno de arrugas. Cuando íbamos de vuelta, pregunté a mi abuelo:
—Abuelo, ¿Por qué yo no tengo marcas de la vida, si me han pasado muchas cosas buenas? —Se rio con ganas con mi pregunta.
—A los niños no le salen estas marcas, ¿Te imaginas que os salieran? Con lo felices que sois, tendríais las caras tan arrugadas como un acordeón —Volvió a reírse y yo con él, imaginándome a mí y a todos mis amigos con caras de acordeón.
Que haya tenido ese recuerdo tan vivo, se debe sobre todo a la estatua, que sigue en la misma plaza, impertérrita.
Para la mayoría de la gente, esa estatua no es más que eso, una estatua, pero para mí es mucho más, en los surcos que tiene tallados en su rostro hay pedazos de mi vida. Desde el día que mi abuelo me contó aquello, cada vez que podía me paraba a contemplarla y a cada arruga le iba buscando algo bonito, me inventaba alguna cosa buena que le podía haber pasado, y así fui llenando su rostro: Junto a los ojos, el día que se enamoró de mi abuela, los días que nacieron sus hijos, mi padre y mis tíos, en la frente sus amigos de la barbería, junto a la boca a mi hermana, a mis primos y a mí… Incluso cuando los años me enseñaron la verdad, seguí mirándola de la misma manera. Qué bonito que hubiese sido así, que las arrugas no las labrara el tiempo, como sus manos labraron la tierra durante toda su vida.
Hoy me miro al espejo y veo a mi abuelo, veo a mi padre, incluso a mi hijo, hoy me miro y veo la estatua de mi abuelo.

—¡Abuelito! Ya estoy lista.
—¡Que guapa te has puesto! Nos vamos entonces, preciosa.
—Sí, abuelito, ¿me llevas al parque?
—Claro, pero antes vamos a ir a otro sitio, voy a enseñarte una cosa que te va a encantar.
—¿Qué es, Abuelito, qué es?
—Es una sorpresa.

(Dedicado a los abuelos, sobre todo a los abuelos de mi hijo).

Comentarios

  1. Mabel

    9 enero, 2017

    ¡Qué hermoso! Un abrazo Charli y mi voto desde Andalucía.

  2. David Casado

    9 enero, 2017

    Charlies, precioso homenaje. Y suerte con las puntuaciones, que en esta web parece que las dan con cuentagotas.

  3. Aaron Suspense

    10 enero, 2017

    Me encantó. Es de esos cuentos que te hacen vibrar de la emoción.

    Muchas, muchas gracias por este cuento. Tengo una nueva manera de mirar las arrugas. Luciré cada una con orgullo.

    Mil felicitaciones. Te daría 20 votos para que fueras al ranking, pero solo puedo darte uno. Saludos.

  4. Yulia de la Tarde

    10 enero, 2017

    Muy hermoso Charlies, fue inevitable no leer este texto con una sonrisa en los labios y los ojos aguados de la sensación nostálgica que trae recordar a los abuelos. Pero además es invetable no hallar en tu relato ese espiral de la vida en donde todo aquello que para nosotros es un recuerdo, para otro es el comienzo, los primeros pasos en el camino.
    Gracias por este bello escrito.
    Mi voto y un abrazo.

    • Charlies

      23 enero, 2017

      Muchas gracias. Me alegra muchísimo saber que hace sentir.

  5. GermánLage

    10 enero, 2017

    Hola, Charlies. Me ha encantado tu relato; todo él, incluida la dedicatoria final. Está muy bien escrito, y rezuma ternura. Enhorabuena.
    Un cordial saludo, y un voto.

  6. Lourdes

    11 enero, 2017

    Me ha gustado muchísimo tu relato Charlies. Me has traído el recuerdo de mis abuelos, que siempre me enseñaron la parte más amable de la vida, protegiéndome de su dureza, bueno, al menos lo intentaron.
    Un beso y mi voto (sólo uno, aunque me gustaría que fueran muchos más)

  7. Jules Schmidt

    19 enero, 2017

    Un relato cargado de magia, de sentimientos, de corazón grande como el tuyo, amigo.

      • Jules Schmidt

        23 enero, 2017

        Igual me animo a ver qué tal me va por estos lares.

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