La mañana que te vi por primera vez

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Recuerdo que desde ese punto de vista, Madrid me pareció imponente.

Aquella mañana salí muy temprano, creo que era domingo. Después de una combinación de metro llegué a la Plaza de España y caminé mirando de vez en cuando la improvisada ruta que había trazado en una libreta la noche anterior en la habitación del hotel. No tengo el menor sentido de orientación, así que no sé por qué uso mapas. Siempre termino girando en dirección contraria, como ese día. Volví sobre mis propios pasos y comencé de nuevo. En la plaza estaban montando una feria. A pesar del intenso calor, mucha gente salía a correr, acompañada de sus perros, a charlar con los vecinos o a hacer las compras.

Tenía la dulce sensación de estar perdida en una ciudad desconocida, en un país extraño, en un continente demasiado lejano al propio. ¿Entiendes de qué hablo cuando digo dulce, verdad? Esa libertad que sientes al perderte cuando no tienes necesidad de encontrarte.

Guardé el mapa, me entregué al azar y dejé que mis pies buscaran su propio camino. Atravesé un nuevo parque y sorpresivamente llegué a destino. Allí estaba, como arrancado de un cuento de Medio Oriente, el Templo de Debod. Bloque a bloque, cada columna se alzaba sobre unas aguas que pretendían recordar al Nilo, donde habían pertenecido alguna vez y hace mucho tiempo. Hacía ya varios días que estaba en la ciudad y aquel era uno de los sitios que más ganas tenía de conocer, pero por una cosa o por otra, había retrasado la visita hasta el final del viaje. Algo me decía que no era el momento.

Después de recorrer el interior del edificio, me acerqué al mirador que está detrás para contemplar por última vez el Palacio Real y la Almudena. Como dije antes: recuerdo que desde ese punto de vista, Madrid me pareció imponente. Entonces apareciste, quebrando el silencio ensordecedor de mañana de verano, tarareando esa canción que tanto te gusta y tanto detesto. Llevabas fiesta impresa en el rostro, como si cumplieras años, los ojos reflejo del cielo bailando al compás. Supe que iba a odiarte y adorarte al mismo tiempo, escuché los pésimos chistes que ibas a contarme en los meses venideros, sentí tu risa y saboreé tus besos. Pero no me viste, no notaste que estaba enfrente y seguiste rumbo al centro con la despreocupación al hombro. Y yo me quedé anclada en la montaña y cuando me di cuenta el sol ya había caído pintando de naranja todo alrededor.

Volví caminando al hotel, donde ya me esperaba el auto que me llevaría al aeropuerto, recogí mis cosas y partí hacia Buenos Aires deseando volver a verte.

Comentarios

  1. Mabel

    4 enero, 2017

    ¡Qué hermosa historia! Un abrazo Magali y mi voto desde Andalucía. Feliz Año Nuevo

  2. Luis

    4 enero, 2017

    Nostálgica evocación de la solemnidad de un instante no convertido en realidad. Muy bello e imponente todo el relato. Mi voto y mi abrazo!

  3. Dehesa

    4 enero, 2017

    Bellisimo texto, tiene una melodia casi poetica.
    Un saludo cordial

  4. Lourdes

    4 enero, 2017

    Precioso Magali. A veces, sólo a veces, Madrid te embruja!.
    Besos y mi voto

  5. Vladodivac

    4 enero, 2017

    Me gusta Magali, El cambio que haces al final convirtiendo ese paseo descriptivo en nostálgico. Mi voto y un cordial saludo.

  6. GermánLage

    5 enero, 2017

    Hermoso, Magali; Me encanta esa forma de escribir fluida y tan sugerente con la que me has hecho añorar los años en que yo viví en Madrid, precisamente en la zona que tú describes..
    Un cordial saludo y feliz año nuevo.

  7. Anakin85

    5 enero, 2017

    Que bonita historia, amiga.
    Hay ocasiones en las que nuestras acciones deciden nuestro destino, pero también hay otras en las que lo deciden las que no hacemos.
    Un saludo y mi voto!

  8. Beto_Brom

    6 enero, 2017

    Me permitiste acompañarte en tu caminar.
    Me gustó aquello de…

    °°Esa libertad que sientes al perderte cuando no tienes necesidad de encontrarte.°°

    Shalom desde Israel

  9. gonzalez

    6 enero, 2017

    Excelente historia y también la imagen, amiga Magalí. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo!

  10. Pablo P.

    7 enero, 2017

    Un deambular quimérico muy hermoso por mi ciudad. A mi me gusta también recorrerla sin brújula ni reloj, esperando encontrar pasos perdidos. felicidades!!!

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