Ninguno de los normandos podía aceptar lo que sus ojos estaban presenciando. El hacha, tan pesada que solo Thorbald era capaz de asirla, descansaba en su vientre atravesando metal, carne y huesos. El yelmo que debiera proteger la cabeza ocultaba unos ojos inertes. Steinn lo levantó, y le pareció como si Thorbald hubiese contemplado el rostro de la muerte antes de que esta decidiera llevárselo. Ivar retrocedió, acechando a la oscuridad con vacilación.
—Tú, vikingo… —se le encaró Steinn— El grito salió de tu garganta… ¿Qué ha pasado aquí? ¡Habla!
Steinn esperó una respuesta que nunca llegaba, hasta que la paciencia le obligó a soltarle una sonora bofetada. Harek mantuvo la compustura en un digno silencio, pero sus ojos fríos, inmóviles, atravesaban los del normando.
—Déjalo. No dirá nada, Harek está petrificado de miedo —le apartó Grim—. Hacen falta los menos dos tipos para mantener el hacha en alto, o alguien tan fuerte como Thorbald.
Todo el cuello y gran parte del tronco superior del gigante normando estaba empapado de sangre. Steinn realizó una mueca de extrañeza.
—A mí no me parece extraño —contrapuso Grim—. Le cortaron el cuello para impedir que gritara. Solo de esa forma el asesino podía ocultar su identidad.
—¿Y qué hay del vikingo, Grim? —protestó Steinn— La sangre que le empapa la coraza no es suya. ¡Ni siquiera tiene un solo rasguño! ¿Por qué no lo han tocado?
—¿Y por qué razón habría de alzarse “en contra nuestra”, Steinn? —replicó Grim.
—Q-quizá los dioses del vikingo salvaran su vida aumentando el volumen de su voz y la bestia salió huyendo —musitaba Ivar.
—¿Estás borracho o qué, Ivar? —le gritó Steinn— Tú mismo comprobaste que el oso estaba dormitando en la gruta, y además…
Grim alzó secamente la mano.
—…es demasiado pesado y lento como para que llegara antes que nosotros. Harek, ¿mató el oso a Thorbald?
El vikingo movió sutilmente el cuello, dejando entrever un gesto de negación.
—Es lógico porque la bestia no le atacaría con el hacha, sino con sus fuertes garras afiladas, ¿verdad, Harek? Lo sabes perfectamente cuando encontraste los restos de… tu mujer, despedazada, tiñendo de rojo la arena y la hierba…
Harek desvió la cabeza. Apretó fuertemente los párpados. No quería que le vieran llorar. Grim ignoró su aflicción y con sus manos agarró su cabeza hasta situarla frente a la suya.
—Harek, ¿quién ha matado a Thorbald?
La respuesta no salió de su boca; ojos hinchados de furia, y dientes oprimidos unos contra otros hasta hacer sangrar las propias encías, proporcionaron al sonido una alternativa más sugerente. Seguir insistiendo era lo mismo que pegarse cabezazos contra un muro, consideraba Grim. Si lo sabía o no, daba lo mismo, porque Harek no iba a decir nada. Los normandos le dejaron en paz y cubrieron el cuerpo de Thorbald. Luego, regresaron al campamento en un silencio ya habituado a la incertidumbre y a la sospecha. Allí, Steinn avivó las llamas de la hoguera con más leña y con la ayuda de Ivar, dispusieron el jabalí cazado para asarlo. Mientras, Grim rezaba una plegaria a la diosa Saga, en la esperanza de proporcionarle la sabiduría necesaria, al tiempo que jugueteaba con la empuñadura de su cuchillo plateado.
Acordaron establecer un turno de vigilancia. Discretamente, Grim sugirió a Steinn que no se despegara de Harek, mientras que Ivar y él buscaban al asesino.
—Ya no hay necesidad de seguir manteniendo esta pantomima —le dijo claramente, alzando la vista al cielo nocturno—. La espesura de esta noche aciaga se resquebraja. Si no hemos vuelto antes de que la luna se asome, mátalo.
La noche transcurrió sin mayores sobresaltos. Steinn dio cuenta de un buen trozo de carne de jabalí. En una prudente distancia, Harek contemplaba las primeras estrellas que iban apareciendo en el cielo espeso.
—¿Sigues con la lengua muerta, vikingo? —se acercó Steinn, ofreciéndole un trozo de jabalí.
—Mi nombre es Harek, “normando”.
—Tal vez hallamos empezado con mal pie —trató Steinn de suavizar su aire altanero—. Estamos en el mismo bando, para ayudarte, Harek. Vaya… Las estrellas están volviendo a brillar.
—Cuánto la echo de menos, mi dulce Kayssa, cuánto la añoro… —lloraba Harek al contemplar el resplandor de la luna saliente.
—¡Sí, Harek! Era muy bella, y muy hermosa, todos la echaremos de menos, ja, ja, ja —no insistió más con la carne y la arrojó al fuego—, ¡vamos a brindar por ella, que la amargura de su recuerdo infle tus deseos de venganza cuando te enfrentes al oso! ¿Gustas de la hidromiel? Aguarda que te traigo una jarra llena hasta los bordes…
—Sí —mascullaba Harek a las sombras—. Bebamos hidromiel.
La luna había alcanzado todo su esplendor y ya podían divisarse las copas de los árboles más altos. Fue el momento en que Grim e Ivar, fracasada la misión de búsqueda, emprendieron la vuelta al campamento. A estas alturas, Steinn ya habría convertido al molesto vikingo en un triste recuerdo…
Sobre la hierba que rodeaba a la hoguera, Steinn y Harek parecían dormidos. La intensa fragancia de la hidromiel dominaba el campamento, lo que llevó a Grim a adivinar que, en el plan de Steinn para sentenciar al vikingo, el fuerte efecto adormecedor de aquella dulce bebida debió de tener algo que ver. Ivar se acercó primero a Steinn.
—No tiene… pulso… —sus labios volvieron a temblequear— Steinn no respira…
¿SIGUEN SIN CREÉRSELO? PUES ENTONCES ESPEREN
¡LA CUARTA PARTE ESTÁ AL CAER!





GermánLage
O sea, que el que tenía que morir era Harek y el que aparece muerto es Steinn; y, con estos sustos ¿aún pretendes que nos lo creamos? ¡Anda, anda! Suenta ya la cuarta parte, que, si no, el que se va a morir de impaciencia soy yo!
Un cordial saludo y un voto, porsia
Agaes
Lo siento, querido germánlage!!! —risas y más risas—, era un riesgo que tenía que correr y tarde o temprano, por algún lado tenía que reventar la cosa… Espero que las anotaciones finales de este cuento aporten algo de significado a tu inmerecida paciencia. Un fuerte abrazo!!!
Errante wey
Me muero por saber como termina, ¿será que Grim e Ivar correrán el mismo destino?
JGulbert
Impaciente que llegue la cuarta parte!
Mabel
¡Nos dejas impacientes! Un abrazo Agaes y mi voto desde Andalucía
Mariana
Oh, dios(es)! Otro voto!