Lo nuestro

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– Buenos días, Tarso -Gema siempre tenía una palabra agradable en la boca-. ¿Un café o era verdad que lo estás dejando? Hoy me están saliendo espumositos y muy ricos.
– Buenos días, Gema -Tarso tenía en el bar de Gema y en su cariño un pretexto diario para abandonar el teclado un momento-. Lo estoy dejando, pero hoy lo necesito, y si es verdad que te están saliendo tan ricos, ¿quién puede negarse?
– Con leche, muy caliente -antes de que Tarso acabara, la atenta camarera ya le había puesto delante la taza envuelta en su propio humo espeso-. Y tengo tu tostada casi lista. ¿Cómo llevas lo nuestro?

Tarso era un novelista de un solo libro bueno. Su estrella se le apareció cuando su segunda novela recibió uno de esos premios editoriales, dotados con muy poca pasta, pero que colocaban la obra de los ganadores en las estanterías con algo de repercusión mediática y el respaldo de una cierta parafernalia publicitaria. Así fue como La pócima, un rebuscado thriller que Tarso preparó a conciencia para el certamen de novela corta de aquella pequeña editorial, se alzó con el triunfo. De camino, su nombre salió del anonimato y le hizo también colocar su primer trabajo, El cargamento de dolor.

Un novelista de dos libros, pero solo uno de ellos bueno; el primero, que por esas circunstancias le tocó ser segundo. Ahora aquel escritor que parecía tener mandíbula para comerse el mundo en un solo bocado, decía nadar en la abundancia de la nada, se atribuía el fatídico mal de la hoja en blanco a la búsqueda de una historia con la que decir al mundo que Tarso Rey, el premiado, era un novelista de dos o más libros buenos, amén de alguno también premiado.

Pero ni dejando el café, ni volviéndolo a tomar, ni quedándose despierto toda la noche, ni escuchando el mar, ni en el silencio de la montaña, ni siquiera regalándose a sí mismo un viaje exótico por África, Tarso parecía capaz de hilar más de diez palabras seguidas. Un párrafo, a lo más, tenía escrito en la que sería su gran obra, con cuyos beneficios prometió un día, con un par de copas encima, sacar a Gema de aquel trabajo esclavizante y llevarla lejos. Lo malo fue que ella le tomó la palabra. Ahí comenzó todo.

Lo nuestro va lento -le confesó sin levantar la cabeza, mientras removía con la cucharilla el café que con tanto mimo le había preparado su socia en aquel negocio-. A este paso, tendrás que buscar otra manera de salir de aquí, porque estoy varado, y no soy capaz de moverme. Hacia delante me es imposible y, lo que es peor, no puedo permitirme andar hacia atrás.
– No te preocupes, hombre -Gema colocó su mano sobre la de él en tono consolador-. No hay prisa, hay que saber ser pacientes.
– Ser paciente y no tener prisa, dices -Tarso dio un largo sorbo al café aprovechando que ya tenía una temperatura soportable-. Otros dos lujos que no me puedo permitir, chiquitina.

No le faltaba razón. Él rondaba los cincuenta, ella no contaba más de veintidós. Gema podía tener toda la paciencia del mundo, pero el tiempo de Tarso se agotaba por momentos, y cada segundo que empleaba, aunque fuera con gusto, como aquellos del bar conversando con ella, aunque le proporcionaban el calor y la energía contagiosa de la juventud, lo alejaban de la realidad palpable y pesada que se cernía sobre él.

A su manera, Tarso estaba enamorado de Gema. No había tenido mucha suerte en el amor: un par de novias de muy bajo impacto, un matrimonio extraviado y media docena de amores de barra, que le dejaron la cartera vacía y la cabeza repleta de reproches. Un bagaje ciertamente pobre cuando se necesita encandilar a alguien que destila fuerza y brillo por cada poro de su piel. Demasiada carga para un burro que ya no está para ningún trote.

– Lo encontrarás, Tarso -Gema intentaba que el ánimo no se viniera abajo ya a las nueve de la mañana-. Aquí se confía en ti, hombre. Ten confianza tú.

A la vez que las palabras de Gema le daban ánimos para ponerse manos a la obra, Tarso las encajaba como verdaderas saetas que le perforaban lo más profundo del alma. Se la habría arrancado y dado a Satanás en mano a cambio de tener el arrojo suficiente para agarrarla y besarla, declararse en medio de aquel bar, y comprobar así que el amor no tiene edad, y que dos personas lo son precisamente por su capacidad de amar sin que en ello tenga que contar el calendario o las fechas.

Pero Tarso encontraba siempre más motivos para detener sus ímpetus, y cuanto más ardía en él aquel deseo por estrechar a Gema entre sus brazos, más fuerte su cerebro ponía el freno. Le parecía tener la cabeza continuamente girando, haciéndole padecer un efecto mareante, lejos, muy lejos, de la locura; un efecto encaminado a hacerle ser justo lo que tenía que ser.

– Anda, hoy invita la casa -Gema rechazó el billete de cincuenta que Tarso puso sobre el mostrador-. Es temprano y no tengo mucho cambio todavía en la caja. Si bajas por la tarde, ajustamos cuentas.

Y le lanzó un beso en el aire, con el que Tarso volvió a su estudio de la cuarta planta del mismo edificio.

Al entrar, cerró la puerta y se apoyó en ella de espaldas, con las manos tocando la fría superficie de madera. Con los ojos cerrados, suspiró y resopló, felicitándose por haber sido capaz de refrenarse otra vez, congratulándose al mismo tiempo por haber tenido una oportunidad más de verla, de sentirse cerca de ella y hasta tocarla, por haber saboreado su café y por haber recibido su beso, que, aunque etéreo y sin forma, era nutritivo y embriagador como pocas cosas en este mundo.

Alzó la tapa del portátil y cerró el documento que dejó abierto, y cuyo nombre era Novela nueva. Podría haber memorizado ya sus cuatro líneas a fuerza de tenerlo delante. Movió el cursor hacia la carpeta Recibos y en ella abrió otro documento llamado Gema. En sus casi doscientas páginas se contaban más de ciento veinticinco mil palabras. Eran todas las que había ido acumulando, contando su historia, la de su amor sincero y prohibido, la de su ardor potente y pausado, la de su ansiedad brutal y refrenada. Eran muchos cafés, muchas risas, alguna confesión, ataques de celos, rabia contenida, llantos amansados y copas a destiempo.

Una obra, pero que debía permanecer allí para no delatarle, y para no confundir a su protagonista. Una obra, sin más, que algún día vería la luz, pero para la que no había llegado el momento. Lo nuestro va lento, le había dicho, y así era, porque lento era el reloj sumando los segundos. Ya los estaba descontando, formando minutos y horas, para volver a bajar. Mientras, aprovecharía el tiempo poniendo en palabras otro capítulo, uno más, de una novela que probablemente no tendría final nunca y que hacía esperar a otra, la del síndrome de la hoja en blanco que, al contrario de Gema, nunca iba a tener principio.

Comentarios

  1. Mabel

    17 enero, 2017

    Muy buen Cuento. Un abrazo Raúl y mi voto desde Andalucía

  2. gines

    17 enero, 2017

    Hola… acabo de aterrizar por estos lares… y pinchado en tu texto por casualidad. He de confesar que no tengo mucha paciencia para leer los textos y en seguida me canso , prometo corregirme. Pero mira, me he sentido tan a gusto en el Bar de Gema, que me he sentado en una mesa al fondo… a ver como terminaba la cosa. En fin me ha gustado todo, el estilo, la redacción, la historia, los personajes, el final… Felicidades. Escribe y nos leemos

  3. GermánLage

    17 enero, 2017

    Hola, Raúl. Mira por dónde, de sorpresa en sorpresa tengo la impresión de estar descubriendo a un escritor de altos vuelos. Eso es lo que acabo de leer: un relato (¿un fragmento?) obra de todo un escritor. Seguiré leyéndote.
    Un cordial saludo y un voto.

  4. Isaac Morales

    18 enero, 2017

    ¡Vaya! Creo que me he encontrado con un buen novelista. Buen trabajo.

  5. Vladodivac

    18 enero, 2017

    Me ha gustado Raul, cuento? o quizás algo más, yo personalmente le daría más profundidad y continuaría. Un abrazo y mi voto.

  6. VIMON

    18 enero, 2017

    Un relato excelente. Felicitaciones con mi voto.

  7. gonzalez

    20 enero, 2017

    Excelente, Raúl, me gustó mucho. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo!

  8. Beto_Brom

    20 enero, 2017

    Quedé atrapado desde un principio,,,luego fui anexando los aromas del café, las descripciones sobre la moza del Bar, las vicisitudes del personaje, y en fin,,,junté todo, y confieso, una hermosa historia

    ¡¡MIS FELICITACIONES!!

    Shalom amigazo

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