Tentación

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Hoy desperté con aquella insistente e inquietante sensación de querer estar con otra persona. Una extraña ansiedad que me agobia repentinamente y que me acompaña constantemente. No sé si será mi edad y mis deseos ocultos, remembranzas interiores de frágiles instintos que no han visto luz. Pero allí está, esa sensación que no me permitió retomar el sueño. Apenas 3 horas y media había dormido de las 5 horas que me había propuesto cuando volví de aquella juerga en la que no me atreví, de nuevo, a darle rienda suelta a tan mortificantes deseos.

Pero ella no debe saberlo, no tiene por qué, de ninguna manera; sería tal vez el fin de todo, de aquellas cosas que también deseo, que quiero que sigan siendo mías, pero que chocan directamente con mis motivos siniestros. Porque siniestros parecen, por sus ribetes de clandestinidad y aventura, que sin duda alguna buscan conducirme al riesgo y al disfrute de lo prohibido.

Lejos de ella, por razones coyunturales que no es necesario profundizar ahora, me aventuré en la soledad, al famoso regodeo nocturno de la tierra que me vio crecer. Allí, en medio de miles de miradas desconocidas, con supuesto aplomo, pretendía entregar algunos momentos de mi existencia a la libertad. Buscaba esparcimiento, quería excitación; deseaba alguien con quien conseguirlo.

Pero las condiciones parecían no darse. Estaba solo, y el hombre en medio de una fiesta, si está solo, si no lo acompañan algunos amigos, tiende a volverse estúpido e incapaz de cualquier acercamiento al sexo contrario; especialmente cuando se es aún relativamente joven, y más cuando aparentas tener menos edad que la que llevas cronológicamente a cuestas. Y es que a pesar de que el lugar estaba repleto de bellas expresiones de la feminidad humana, la persistente timidez que acompañó mi mentalmente precoz adolescencia, dejó claro que sigue a mi lado aún a este nivel de mi adultez.

A veces percibo esta situación como una consecuencia directa, primero, de lo que antes señalé como deseos ocultos; y segundo, de mi inefable afán de querer sentirme y saberme capaz de muchas cosas. Como una especie de reto permanente, en donde pongo las reglas, concurso y me sirvo de jurado de mis acciones. Hasta ahora, creo que no merezco ni el 50% de la calificación.

Me senté en una mediana mesa de un bar desmontable que funcionaba en la feria. A mi costado izquierdo una pareja se acariciaba y besaba. El hombre le secreteaba frases que no hacían más que generar sonrisas de satisfacción en la joven mujer. Entre esos abrazos y besos, y mi mirada curiosa que daba vueltas por el lugar observando a las personas bailar, a los grupos de amigos, a las parejas dispersas, a los que no soltaban la cerveza mientras sus parejas no hacían más nada que mirarlos; a los que teniendo hermosas chicas en sus mesas, no hacían más que compartir entre ellos cada sorbo de licor, mientras ellas esperaban que en algún momento se decidiesen a llevarlas a la pista; el tiempo pasó. Ya llevaba 20 minutos en el lugar pensando si me atrevería o no a acercarme a alguna bella dama e invitarle a entrar en el ritmo de la música tropical que ensordecedoramente expelían las bocinas de la discoteca móvil.

Una de las chicas que atendía el lugar pasaba seguido frente a mí. Me miraba. La verdad, no me resultaba atractiva. Usaba un jean muy ajustado, demasiado para su fisonomía. Por los costados sobresalían sus kilos de más y su abdomen era clara muestra de que no estaba prestando la debida atención a su figura. Un suéter negro recogido hasta bajo de sus pechos dejaba expuesta su joven piel, pero su rostro no le acompañaba, no para mi gusto. Sin embargo, ella insistió varias veces en mirarme y pasarme en frente. No me interesó y tampoco nunca la llamé para pedir nada de la barra.

¿Qué esperaba entonces? Tal vez que de la misma manera actuase otra chica, una que sí se acercase un poco más a mis requisitos o gustos; la quería atractiva, divertida, capaz de satisfacer aquel ímpetu de libertad relativa, de deseo, de sensualidad inhibida.

Ahora, mientras tomo la ducha, recuerdo los delirios de aquella noche. Sonrío solo, recuerdos de picardías, dice un conocido aforismo.

*****

Apenas logré escuchar sonar el teléfono en mi bolsillo. Era Helber, un amigo de la adolescencia que tenía años de no ver y que recién, por casualidades de mi trabajo lejos de casa, volví a encontrar una noche que salí a penar y deambular por la avenida principal de este pueblo. Entre el bullicio a mi derredor, nada escuchaba. Salí apresurado del bar y logré conversar con él. Tremenda casualidad aquella, él estaba en la feria, se acordó de mí y se comunicó. Acordamos encontrarnos en un punto en específico, en donde estuve por 5 minutos, hasta que él apareció junto a 3 personas más que yo desconocía. Me las presentó, Eyra, Alden e Ignacio. Eyra era su “casi novia”, mientras que Alden e Ignacio, amigos de su barrio. Yo no tenía idea de que iba a llegar acompañado.

Las cosas cambiaron un poco para mí; puedo decir que mejoraron. Entrar en sintonía con los amigos de Helber no fue difícil. Eran personas abiertas, que sabían a lo que iban, a divertirse, a pasar un buen rato, y para ellos un amigo de Helber era otro más de los suyos. Esto me hizo sentir bien, algo en mi interior se movió y una sensación de tranquilidad y seguridad pareció llenarme. Me sentía parte de algo distinto, algo que a mi parecer me hacía falta. Gente con quien compartir más allá del entorno de la intimidad familiar, donde por más que se quiera o se desee, muchas cosas no pueden ser habladas ni consideradas.

Cumplimos con un extenso recorrido por todas las instalaciones de la feria. Puestos de ventas de chucherías, comidas, refrescos, bebidas alcohólicas –que los había por doquier-; de grabados de artículos de vidrio, cuero; ventas de dulces, postres. Ventas de autos, productos agrícolas. De todo había. En el ínterin, Ignacio y Alden no perdían tiempo para flirtear a las chicas que encontraban hermosas, pero se limitaban a eso, nada más. Yo intenté hacer mi parte un par de ocasiones, pero no me atrevía, prefería más que todo hacer algún comentario con ellos.

Era la media noche cuando optamos por definir en qué sitio íbamos a pasar el resto de la velada, o mejor dicho, desvelada. Entre los tantos sitios que había para escoger, Helber nos recomendó y prácticamente nos coaccionó a ingresar a uno donde tocaban música electrónica. A mí me daba igual, no buscaba ningún tipo de música en particular.

Ya dentro, le presté un tanto de atención al sitio. Hacía mucho que no entraba a uno de ese calibre. Recordé momentos de mi recién inaugurada adultez, cuando andaba en el mismo son que ahora, pensando en chicas, sólo que para aquel entonces estaba realmente libre, y con todo el derecho de buscar y encontrar. La súper estructura se componía básicamente de hierro, cerchas por doquier apuntalaban secciones de uno y dos niveles. Una enorme tarima al frente de todos, lista para el espectáculo que correspondiese, y en el centro un amplio patio improvisado, que servía como pista de baile. Luces de colores enloquecían las pupilas, mientras el elevado, pero gustoso ruido, agitaba el interior de los asistentes.

Sonreí; sólo sonreí, mientras Helber iba agarrando el son de la música tomado de la cintura de Eyra, a la vez que Alden tomaba posesión de una mesa y de unas sillas. En cuestión de minutos, estábamos los 5 bien acomodados, a la par que una bella, verdaderamente bella chica, nos invitaba a hacer el primer pedido de la madrugada. Una jarra de cerveza pidió Helber; yo, una bebida energética.

*****

Hablé con ella por teléfono luego de salir de la ducha. Estaba bien, a mi espera. Su tono de voz proyectaba una mezcla de cansancio, aburrimiento, ansiedad e inconformidad; pero me negaba que algo le sucediese. ¿Acaso su sentido especial femenino le estaba avisando que algo le ocultaba de la noche anterior? ¡Cómo no!, aunque me negase a creerlo. Me preguntó por el mensaje, le hablé con cariño, se lo agradecí; le dije que lo acababa de leer. Le aseguré que en la noche estaría en casa, de vuelta al fin, después de tanto tiempo de lejanía.

Seguí recordando y sonriendo. Y es que hay cosas que uno no puede creer. Recordaba; mientras aquel deseo matutino volvía a coparme. Quería estar con otra persona, quería completar lo que había empezado, aunque sabía no era posible, aunque supiese que lo mejor era dejar todo atrás y seguir, tal cual había determinado en mis reglas.

Ariadne, así me dijo que se llamaba, no le permití que me dijese más nada sobre sí, nada que fuese comprometedor o profundo, nada que despertase sentimentalismos comunes y peligrosos; no quise saber su apellido, ni el nombre de quienes le acompañaban. Nada tenía que ir más allá de lo que yo deseaba pasase, hay límites, me los impuse y me supuse cumplirlos, a pesar de lo hermosa que me resultaba. Ariadne había cruzado su mirada con la mía de forma pensada. A los 15 minutos de estar dentro de Basic, el antro que Helber nos había impuesto como sitio de diversión, me acerqué a Ariadne, muy decidido, para sorpresa propia.

La había visto con unos amigos, en una mesa bastante sobreocupada. Eran unos 8 entre chicos y chicas. Ella me llamó la atención y me percaté que el asunto era recíproco. Me acerqué, mientras respiraba profundo. Traté de mantener mi mirada sobre ella, notaba que me observaba por momentos; breves y fuertes instantes. Cuando estuve a escasos 3 metros de ella, acarició su cabellera, me regaló un guiño y sonrió. Era todo lo que necesitaba. Cual cortejo animal, el macho había sido aceptado; y cual cortejo humano, al menos aceptado para intercambiar algunas palabras.

Supe su nombre, ella el mío, conversamos de cosas varias sin entrar en interioridades; compartimos la pista en varias ocasiones, más cuando el antro decidió alternar su carga electrónica con ritmos más movidos, más de baile. Lo disfruté, pero me frené. Hubo un momento en que me percaté que Ariadne estaba algo pasada de tragos, no embriagada, pero sí muy animada, y es que en el rato que compartimos, no cesó de degustar diversas opciones de la barra. Su encanto la rebasaba, me atrapaba, me consumía. Y así llegó el momento, el que uno espera, el que a veces se ve difícil. Caí entre sus brazos, ella entre los míos; nuestros labios se juntaron, unas veces más corto, otras por más tiempo, al ritmo de la música; besos que invitaban a algo más; besos que me recordaban los límites que me había impuesto, los que había que cumplir, esos que se enfrentaban con mis sugestivos delirios.

Recuerdo, y recuerdo; ahora me arrepiento de haber respetado mis límites. Entiendo que es absurdo, sin embargo, se trata de una batalla interna. Y aunque sé que lo disfruté, que viví un momento de libertad, de exacerbación, de apasionante diversión; en mi interior algo me dice que no fue suficiente, que pudo haber sido más, que debí haber buscado y aceptado más.

Salí de Basic, dejé a Helber con su novia y sus amigos, ellos ya estaban en lo suyo. Faltaban dos horas para el amanecer y el calor entre los dos iba en aumento. Ella no se resistió a abandonar a sus amistades y salir conmigo del antro. Anduvimos un rato por la ya casi desolada feria. La mayoría de los puestos estaban cerrados, sólo algunos kioscos de comida que atendían a los embriagados de los bailes y de las discotecas se mantenían abiertos, a esa hora todo se centraba en el jolgorio, ese que origina los deseos de la carne. De la mano, cual repentino enamorado, la llevaba. Ariadne disfrutaba cada momento, yo también. Sé que ella pensaba que la invitaría a algo más, y en mi interior deseaba hacerlo, pero no era suficiente el deseo, otra parte de mi me impulsaba a recordar mis límites, a recordarla a ella.

Como por cuestión definida del destino, como si ella presintiese algo, como si supiese, tal vez imaginase; el teléfono en mi bolsillo me advirtió de su existencia. Sorpresivamente, a una hora nada acostumbrada, se comunicó conmigo. Era un mensaje; el texto decía: “estás dormido o despierto? piensas en mi, sueñas conmigo?… yo pienso en ti, no puedo dormir, quisiera verte… te amo”.

La partida terminó, el juego se canceló; como mueca pensada por algo más que la simple casualidad, Ariadne tuvo que aceptar mi repentino rechazo.

– Lo siento amor, tengo un problema que atender – le dije –.

Ella quiso darme su número de teléfono, sacó un papel de su bolso, listo, con su número apuntado. – Me llamas – dijo –… – Te llamo – dije –… Y nos besamos. Tomó un taxi y se fue; yo estrujé el papel y lo dejé caer.

Solo 3 horas he dormido y Ariadne, su recuerdo, me vulnera sin remordimiento; y ella, ella, víctima de tal desdicha, de la traición reprimida; hela allí, defendiendo en la distancia, cual omnipresente Diosa, su irrefutable lugar.

No hay tiempo para más, es la hora de volver.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    6 enero, 2017

    Muy buen Cuento. Un abrazo Augusto desde Andalucía. Feliz Año Nuevo

  2. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    7 enero, 2017

    Excelente, Augusto. Moralmente muy conservador, pero, ¿por qué no, aunque no esté de moda? Seguiré leyéndote.
    Un cordial saludo y un voto.

    • Imagen de perfil de Augusto

      Augusto

      21 marzo, 2017

      Sí, la verdad quería llevarlo por otro camino, pero se me ocurrió darle otro final a ver cómo era recibido. De vez en cuando puede pasar, jajaja.
      Un abrazo amigo y gracias.

  3. Imagen de perfil de Fiz Portugal

    Fiz Portugal

    2 junio, 2017

    Son esas historias que nos gusta contar porque se acercan a la cotidiano. Saludos cordiales. Tienes mi voto.

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