“El número que usted marcó no está disponible o se encuentra fuera del área de servicio, favor de intentarlo más tarde”.
“El número que usted marcó, está ocupado. Su llamada será transferida al buzón”.
Era de esperarse, hace días que desapareciste y no he tenido “el privilegio” de palabras tuyas. ¿Dónde diablos estás? ¿Tan mal te ha ido? Recuerdo el último día que hablamos, estabas distraída, te preocupaba el cómo sería tu vida sin él. No te creí realmente. Nunca fuiste alguien sentimental, en realidad, lo sigues siendo. Estoy seguro que no te “rompieron el corazón”, tú no crees en esos mitos. ¿Recuerdas cuando intenté aprisionarte? Sabía que ya tenías una cadena en tu tobillo, se llamaba libertad. Nunca quisiste encadenarte a algo más, creo que lo correcto sería que nunca quisiste encadenarte a alguien. Eras libre. Me había enamorado de ti porque sentía que contigo el precio de ser libre era inexistente, pero un día al despertar, yo ya no me pertenecía. Había perdido la esencia misma, me había vuelto una persona egoísta, era una persona impulsiva, me notaba posesivo, sentía que ya eras mía. La última discusión te hizo querer nuestro final. Lo dejaste muy claro. Creo que cuando uno conoce a personas como tú, los que recibimos su atención nos sentimos con el claro derecho de empezar a entrometernos en su vida. Terminamos creyendo que su vida y nuestra vida es la misma, perdemos el control. Me absorbiste. Me perdí. Te perdí. Tiempo después entendí lo que ahora te digo. No fue mi intención quererte al punto de perder mi rumbo. Personas como tú no cambian su libertad por unos meses de felicidad, sabías que llegaría a ese punto y decidiste no caer en repeticiones. Yo era esa estampita en el álbum de tu vida, la repetida. Me sorprende que ahora tú seas quién caiga en este desgastante juego. Al mirarte aquella noche caminando con lágrimas en los ojos, deseaba no haberte maldecido durante las últimas dos semanas. ¿Quién eres? ¿Te sientes bien? No soy bueno para conectar contigo en tus peores momentos. Lo mencionaste. Te desesperaste. Te desmoronaste. Me dijiste que estabas haciendo lo correcto, que estabas siguiendo las normas de una relación. Mencionaste que te estabas esforzando por verlo feliz. En innumerables ocasiones mencionaste la frase “si realmente estuviese destinado a pasar, esto funcionaría y no está pasando”. Fue como si me hubiese visto en un espejo meses atrás. Día a día te extraño pero tú ya no me perteneces. Nunca lo hiciste. Te tomé la mano y te dije que el esfuerzo tenía que ser de ambas partes. “Una relación es bilateral ¿no? Si hoy yo lo quiero un 100, él puede quererme un 0 ¿no funciona así?”. Te regañabas constantemente. Decías que el problema eras tú. Lo repetiste tantas veces que hasta yo empezaba a creerlo. Lo hubiese creído pero de pronto de tu boca salió la frase que te costaba tanto pronunciar. “Yo no soy así”. ¿Cuánto hubiese dado yo por verte hacer todas aquellas cosas mientras estábamos juntos? ¿Debí de haberte amado más? Y entonces entendí que estabas realmente asustada por su ausencia. Tú ya habías visto lo que nunca viste conmigo. Te detuviste a la mitad de la calle, mirabas el vacío de las casas. Comenzaste a hablar. Lo amabas. Eras contradicción. Sacaste el cigarrillo de tu bolso, lo encendiste y en la orilla de una sucia banqueta te sentaste. “Yo no sirvo para amar ¿sabes? Me aterra la idea de entregarle mi vida a alguien. No me gusta prometer a futuro, siempre huyo de lo que debería ser sencillo. Cuando me di cuenta que me estaba convirtiendo en lo que siempre negué, quise dar vuelta atrás pero ya era demasiado tarde. Lo amaba y cuando lo supe, entre en pánico. Al verlo entendí que era lo correcto. Era correcto aunque yo estuviese siendo la incorrecta. Él le temía a mi pasado. Le temía a que no pudiese dejar de lado la vida que había vivido. Estábamos asustados. Él por lo que un día fue y yo por lo que un día sería y aún así, yo realmente lo quería en mi vida”. ¿Cómo podría juzgarte? Por una vez en años sentía esa felicidad que nunca tuviste al estar conmigo. El miedo era una clara señal de que estabas creciendo. Aunque te estabas reprimiendo. “Una relación se trata de aceptación ¿no?” mencionaste bastante enojada “¿Por qué tengo que dejar de ser yo para gustarle?” Estabas tan obsesionada con seguir a su lado que te estabas convirtiendo en un ser humano horrible. Horrible eran los demonios que rondaban en tu mente. Él era ese deshecho tóxico que aún mantenías en tu vida. Dependencia emocional. Pero aún así eras tú, estabas ahí, escapando del compromiso y del amor. “¿Alguna vez entendiste lo que yo era?” me preguntaste. Y si me hubieses preguntado justo antes de terminar con nuestra relación hubiera respondido muy seguro de mí. Ahora, ya no sé. Conocí lo que tú querías que yo viera, eso es lo que haces. Eres lo que tu semejante espera, te ganas su confianza y en cuanto puedes lo destruyes. Lo matas. Pero en realidad, ¿quién eres? Él lo sabía, él te había descubierto. Cuando se dio cuenta de tu plan, te pidió cambiar. Y cuando por fin te sentiste lista, ya eras la víctima.
Te dejo este mensaje porque dudo que pronto vaya a saber de ti, ya estás muy lejos. No querías que alguien te viera débil. No querías encontrarlo en algún lugar del centro. Sé que por más retorcido que haya sido con su amor, siempre te amo. ¿Quién puede huir de tu amor? Amarte es siempre un privilegio, porque aunque fuiste lo que yo quise y no tú misma, hubiese dado todo por verte tan enamorado de mí. Jamás entenderé tu gusto por la soledad. Por estar lejos del ruido. No entenderé por qué nunca pudiste tenerme tan cerca pero si lo suficientemente lejos sin darme cuenta. Yo también tuve miedo. Yo no quería huir. Tú deberías sólo dejarlo huir. Es lo que siempre haces, nos robas el alma y cuando la encapsulas sólo las guardas. Somos tu más preciada colección. Somos el trofeo que no obtuviste de niña. Él no lo es. Sólo hazlo partir. Su amor es un cuento casi irreal. Un cuento que nadie cree por lo irreal que es. No te lastimes más. No finjas ser la correcta para alguien incorrecto.
Voy a amarte. Tanto que buscaré lo que tú fuiste en alguien más. Alguien que si sea real. Tú estás en deuda conmigo, pero siempre me has dicho que el daño que nos hacen es porque nosotros mismos lo permitimos. Tú me quebraste. Él te quebró a ti. Karma. Realidad. Ficción. Espero vuelvas pronto. Espero que recuperarte sea una experiencia gratificante. Espero que en tu camino pienses en por primera vez ser una amante de verdad. Espero que quemes tantos barcos con ese fuego que te hace indestructible mientras navegas por este inmenso mar. Yo sabía que enamorarme de ti no me convenía. Es algo que no puedes ignorar. Apuesto a que lo sabías cuando viste sus ojos. Pero igual que yo, lo ignoraste porque esperaste ser feliz. Lo fuiste. Lo amaste. Yo te amé. Espero ver tus ojos pronto y encontrar ese desprecio que te hace tan incansable. Ver ese lunar en tu cuello que invita a moretear cada parte de tu ser.
Hoy sale mi vuelo a la ciudad donde naciste. Espero encontrar los grandes enigmas que te rodean. Espero no perderme en la lucha de encontrarme. Deja de querer coleccionar a la gente, no salimos en revistas ni hacemos casting para tu inmensa diversión. Él fue la excepción a tu regla. Mañana encontrarás a alguien a quien puedas manipular una vez más. Esa eres tú. La perdición. Él fue sólo una distracción.
“Su mensaje ha sido grabado, ¡gracias!”





Mabel
Muy buen relato. Un abrazo Athena y mi voto desde Andalucía