Refugiado como ermitaño en la soledad de su habitación, se armó de coraje para encender el ordenador e introducir la clavija robada en la entrada USB. Le tomó bastante tiempo, pero el momento no era algo que pudiera retrasarse, y estaba sediento de verdades. En su optimismo inexperto aún atisbaba la vaga esperanza de no encontrar nada hiriente. Mientras él exponía su alma hecha añicos, la sombra de la realidad le esperaba tras la puerta, afilándose las uñas. Más de cien fotos mostrando su desnudez imberbe de ocho años poblaba la pantalla, y resistió estoico el visionado completo de vídeos indecorosos que él mismo protagonizaba con expresión ida, sin ropa y con manos adultas de padre explorando todos los rincones de su cuerpo.
Cuando salió de la conmoción, sufrió la transformación de la madurez que trepaba inexorablemente por su interior, demoliendo a su paso todos los rastros de inocencia y niñez que aún quedaban por explotar. Se comió varios años de golpe en tan sólo unos minutos. Se castigó bruscamente y se obligó a ver uno por uno los fotogramas y las imágenes corrosivas, hasta hacerse inmune a su poder vejatorio. A la vez que se dejaba incansable los ojos y el alma en el monitor, se acordó del jarrón lleno de vómito y bilis olvidado en medio de la sala, y el corazón se le aceleró, los dedos le hormiguearon y con toda la elocuencia y predisposición posibles pensó en soluciones rápidas para problemas urgentes.
Su madre. Su madre le había dado la vida, lo había traído a este mundo con todas sus ventajas y sus innumerables consecuencias, y aunque no estaban muy unidos, ella era la única que no podía fallarle en estos momentos. Hasta los condenados a muerte recibían la comida y las visitas de sus madres. Era imposible que mamá obviara todo esto, y aunque doliera en un primer momento, estaba seguro de que se plantaría y exigiría repercusiones y cargos. Ella sabría qué hacer, y se posicionaría en su bando sin dudarlo.
Entonces Curt alzó el mentón, se sacudió el susto, se tragó el miedo, pisoteó la vergüenza y cogió al toro por los cuernos con la valentía de un loco, flanqueado por la ira y la decepción, términos que en esos momentos resultaban más letales que toda esa colección de espadas japonesas expuestas sin afilar. Se dirigió con altivez estudiada y convencido de su triunfo a los aposentos maternos, diferenciados de los del padre y situados en la otra punta de la casa, con la prueba condenatoria entre las manos sudadas y aparentando una fortaleza indeleble. Entró como una exhalación:
-Ahora no puedo atenderte.
-Mamá, es importante.
-Curt, hijo, no molestes. Vete a jugar a algo, o a tocar la guitarra o a hacer las cosas que sueles hacer.
-Mamá, siéntate y escúchame ya.
Nunca antes había alzado la voz de esa manera, sonando tan grave, ni había sacado a la luz ese rasgo imperante de su carácter, el tono dictatorial que sólo empleaba con chicos de menor edad, que acompañaba con un ceño inquisitivo y por el que conseguía que le obedecieran de inmediato. Nunca en casa. Su madre se sentó a regañadientes, con un gesto arrogante de indiferencia, y con una mirada hastiada y los brazos cruzados le acució con insistencia:
-A ver, venga, qué quieres. No será una de tus tonterías, no tengo tiempo para estas cosas Curt. Tengo un mitin importante y el chófer espera fuera.
Curt, ardiendo en llamas por dentro y destilando cenizas desde los implorantes ojos ámbar, perdió la paciencia e invadió el espacio personal de su madre con postura amenazante, todo su torso fornido encuadrando los brazos del sillón de cuero ocre y ensombreciendo la frágil figura, él de pie y ella sentada, amedrentada haciéndose ovillo, nunca había visto así a su hijo pequeño, el que siempre le espiaba a través del espejo, aletargado y tímido, bebiéndole los vientos, ahora tan furibundo y temerario. Como no sabía por dónde empezar, lo dijo todo de corrido sin siquiera parar para coger aire, intentando que no le temblara la voz:
“Hice una copia de la llave del cuarto de papá y entré, ya sé que no está bien mamá no sabes cuánto lo siento, no quería descubrirlo así porque infringí las normas y es algo que no está bien pero por favor, mamá, no sabes lo que encontré allí guardado, había lo menos cien dispositivos electrónicos entre llaves USB, DVD´s grabados y discos duros externos y no te creerás lo que hay dentro de ellos, mamá, soy yo, ¡Soy yo de pequeño desnudo, y papá me manoseaba y me hacía cosas vergonzosas y me ponía en posturas asquerosas!, yo no quería entrar ahí mamá, te juro que no quería hacer nada malo, pero no me podía callar esto porque no puedo volver a mirarle a los ojos, mamá, me da asco verlo, de verdad. Ayúdame, mamá, no sé qué hacer, sé que en el fondo me quieres, no te preocupes yo puedo cuidar de los dos, podemos hacer las maletas hoy mismo e irnos de aquí, trabajaré y te mantendré, no me dejes mamá, ayúdame, podemos decírselo a los periódicos y a los noticiarios, conoces a muchos periodistas y gente influyente y personas importantes, mamá, y además vomité de los nervios cuando lo descubrí todo en un jarrón chino con pinta de caro, así que de seguro que lo descubre, pero nosotros dos saldremos adelante si nos vamos de aquí, mamá, te juro que yo no quería descubrirlo así, pero de alguna manera había que hacerlo, podemos salir de esta los dos juntos, mamá, perdóname”.
Tras esta retahíla agotadora, acabó exhausto, ahogado pero desahogado, como habiéndose quitado un gran peso de encima; en realidad así fue. Dando rienda suelta, ahora sí, a la tiritera irrefrenable de sus manos le cedió a su progenitora el dispositivo de los pecados, la prueba fidedigna de los hechos. Luego esperó llantos, movimientos nerviosos, reacciones involuntarias y desesperadas, manotazos, insultos, exclamaciones peyorativas, abrazos de consuelo y compasión, besos de culpa, caricias de protección. Pero ella se quedó sentada tal cual, impertérrita, sin cambiar de posición y con el mismo semblante diligente y flemático de siempre. Ningún cambio. “Dale tiempo, es duro, ya reaccionará”.
Su madre llamó desde el teléfono de anticuario con rueda, que reposaba en la mesita auxiliar redonda de su lado a la mucama, que a su vez mandó llamar al señor McNeill, que se encontraba encerrado en su espacio privado e íntimo con la llave corrida, en el ala contraria de la casa, rodeado secretamente de espadas samuráis, guerreros de terracota y arsenal audiovisual deleznable. A la criada le temblaron las rodillas durante todo el camino desde el salón hasta el pasillo pertinente, y cuando llegó, se santiguó y llamó tímidamente y con golpes suaves a la puerta de haya que escondía la madriguera de los pecados. El señor lanzó una imprecación malhumorada tras escuchar un golpe seco como de libros sobre la mesa, y una cremallera cerrarse, o abrirse. Éste salió como alma que lleva el diablo y se dirigió al dormitorio de su esposa provisto de un rictus de amargura prepotente, con pasos firmes y fragorosos, con un mal presentimiento.
-Curt, ahora vete. Yo voy a hablar con tu padre.
Padre e hijo no se cruzaron en ninguno de los pasillos, afortunadamente. El zagal de doce años fue mucho más ágil que el cincuentón almidonado; por suerte para él siempre lo sería. Curt suspiró aliviado, confiado en el instinto maternal que creyó haber resucitado de alguna muerte prematura, ya que nunca pudo atisbarlo, y esperó las próximas noticias mientras se apoderaba de una escalera para rescatar enormes maletas de viaje apartadas en los altillos.





XaviAlta
Duro, incómodo, desagradable incluso.
El texto excelente como nos tienes acostumbrados.
Enganchadísimo a tu extraordinaria creatividad.
Esteff
Muchas gracias. En cuanto a lo de enganchado, ídem. Nos leemos!
GermánLage
También inesperado y también coherente; incluso valiente.
Una vez más, mi saludo y mi voto.
Esteff
Espero que te siga sorprendiendo, y que también te siga gustando.
Nos leemos, Germán. Un abrazo afectuoso.
Mabel
¡Excelente historia! Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía
Esteff
Gracias, Mabel, un abrazo
Planeta
tan duro como bien narrado, que triste lo que le espera a curt… no me extraña que se haya convertido en un monstruo….. solo espero que alguna vez en esta historia pueda tener paz. sister enganchada otra vez esperando el milagro. un abrazo
Esteff
Hay vidas como estas, por desgracia, incluso peores. Nos leemos, gracias por comentarme siempre, ansiosa por otro capítulo del ópalo. Un abrazo sister.
fisquero
Coinsido totalmente con las demás opiniones,excepto con el que los traumas sirvan de justificación para cometer otros delitos.
Posiblemente el comportamiento de este personaje sea más bien debido a un transformó de personalidad que pueda ser debido a una patología que ya llevaba en los genes, ya se sabe que de herencia le viene al galgo.
Bueno Ania, que nos tienes en ascuas, y como puedes ver todo son elubricaciones e hipótesis acerca de como va a quedar esta historia.
Saludos
Esteff
Totalmente de acuerdo contigo; para cometer actos deleznables no podemos achacarlo a traumas, sino a un problema en el comportamiento, algo que no funciona bien en el cerebro. Hacer daño a otros gratuitamente es injustificable.
Nos seguimos leyendo, espero tu capítulo próximo con ansia y espero que ambos nos vayamos sorprendiendo mutuamente.
Un abrazo afectuoso y mil gracias.
Ratón
Excelente
Fran
Por qué Cuuuuurt, por qué a tu mamá. Si la niñera era tu cómplice!!
Ya se acerca el final del 6to capítulo. Y no sé, no puedo decir nada hasta saber lo que pasa.
Sigo y voto