Si a día de hoy le preguntaran a Curt McNeill, quien roza la treintena, qué es lo que verdaderamente le atemoriza, éste sorprendería a cualquier interlocutor respondiendo: “los palos de golf cromados”. Y éste es su por qué.
Los días que sucedieron al funesto descubrimiento derivaron en una ardua carrera de obstáculos entremezclada con el juego del escondite, donde el joven luchaba por no chocar inesperadamente con la figura de su padre, urdiendo mil tácticas de escape, rodeando incansable la casa para ir a cualquier lugar y tejiendo caminos imposibles, de manera que una simple bajada de escalones desde su habitación hasta la cocina se convertía en una odisea y tenía como resultado una duración desmedida. Cuando por fin llegaba a su destino, solía encontrarse con los gestos estupefactos de la cocinera y su pinche, además de toda la comida fría. Pero él resoplaba de alivio, con sonrisa vencedora y una ligera expresión de burla en sus traviesos ojos ámbar. Entonces cogía el plato, el refresco y los cubiertos para esconderse en la inmensa bodega a puerta cerrada, entre cajas apiladas y botellas de vino añejo apuntándole cual escopetas atrincheradas, dónde estratégicamente colocó una minúscula lámpara de escritorio a pilas y se acompañaba los ágapes visionando cine en su ordenador portátil, aprovechando esos momentos de calma y cobijo para llenar su estómago y disfrutar de la evasión entre westerns, policías justicieros, hombres de negocios sin escrúpulos, viajes al espacio con criaturas letales, galaxias lejanas y extraordinarias, mujeres fatales e irresistibles y decepciones hirientes de familias mafiosas.
Luego volvía a su pesadilla rutinaria, realizando malabarismos para esconderse en habitaciones prestadas y olvidadas, y callejeando aburrido por los rincones de los alrededores de Glasgow, aprendiendo a trampear en el tranvía, a proferir lástima a los conductores de autobús con una imaginación y verborrea prodigiosas, los cuales no tenían más remedio que perdonarle el viaje, y a colarse en los trenes a golpe de saltimbanqui. Si bien Curt podía permitirse económicamente todos estos viajes, se vio embargado por la imperante necesidad de prescindir de cualquier bien familiar, poniéndose así a prueba a sí mismo, queriendo demostrarse que podría sobrevivir sin ayuda.
Pero un día calculó mal el tiempo. Perdió la noción del mismo absorto en la niñera, a quien espiaba con sus prismáticos desde la ventana; la misma que con la ayuda de esos anteojos definidos daba a las literas del servicio y le ofrecía sus pechos desnudos.
Cuando salió, como cada día pero minutos más tarde, realizando idéntica ruta pero sin guardar ya ni la sutileza ni la precaución de antaño, demasiado confiado, se encontró cara a cara con su padre. Tan sólo les separaban siete metros de pasillo de terrazo gris y dos puertas a ambos lados. Hacía días que, aun conviviendo bajo el mismo techo, habían logrado eludirse desde aquella invasión maldita. Ahora lo tenía enfrente, como un espíritu, con la claridad deformando y oscureciendo su físico; llevaba la gorra impoluta con visera, el polo blanco de rayas azules oblicuas y las bermudas color marino, cumpliendo fielmente el código de etiqueta requerido como el afamado deportista que era; en su mano izquierda, la exclusiva bolsa de palos de golf. Parecían dos pistoleros a punto de desenfundar las pistolas, midiendo su rapidez con vista de águila, petrificados en el primer instante mas rivalizando en movimientos ágiles e inteligentes en los siguientes.
¡Cómo se equivocó Curt en el camino escogido! Aún era demasiado joven para que los nervios no le traicionaran y tergiversaran sus razonamientos. Ewen Quinto caminó con pasos seguros hacia él, pero el chico, en vez de salir huyendo en línea recta, giró hacia la derecha y se metió inconscientemente en su habitación, entendiendo como refugio un lugar que en realidad no era más que un callejón sin salida. No tardó su padre en acudir en su busca y encontrarlo fácilmente, cerrando de un violento y sonoro portazo la puerta, sujetando firmemente y con dureza un palo de golf a tientas entre el acero y el cromado. Lo mantenía de forma vertical, con la cabeza cual pico de ave rapaz surcando el aire a su paso, amenazador y torvo.
Curt caminaba atemorizado y con pasos torpes hacia atrás, y aunque estuvo a punto de tropezar un par de veces, su entrenado equilibrio lo impidió. Llegó un momento en que no había más espacio, y quedó cercado entre la pared y el armario, resguardado en un mal rincón que no le permitía ningún tipo de movimiento, ni adelante, ni atrás, ni a los lados. Por eso Ewen no tuvo ninguna prisa y se encaminó hacia él con toda la parsimonia y la decisión del mundo, con la seguridad de quien tiene la sartén por el mango. Llegó un punto en que estuvieron muy cerca el uno del otro, como hacía años. Sólo que esta vez no era entrañable, ni paternal, ni tierno, sino que se había convertido en algo atroz, violento e insoportable. Sin embargo, Curt sacó la valentía de todos los rescoldos de su rencor y sus vivencias, y mantuvo los ojos en alto, no se le ocurrió bajar el mentón un centímetro, hinchó el pecho, cerró los puños, se mordió los labios, controló su pulso, abrió las piernas lo máximo que el reducido espacio le permitió con postura defensiva y dominante, frunció el ceño y pudo rescatar incluso la insolencia rebelde para proferir una sonrisa retadora. Aguantó como un jabato el repugnante olor a almizcle del aliento de su padre, el roce de los pelos canos de su espeso bigote, la repulsión que le embargaba el contacto ineludible de los dos cuerpos pegados. Se dio cuenta de que era casi tan alto como el viejo, más fuerte y ágil que él, y que si quisiera podría dejarlo en la estacada; pero estaba amedrentado. Qué queréis, si el chico no tenía más de doce años, casi trece. Los labios de Ewen aterrizaron en los oídos de su hijo, y en forma de susurro estremecedor, advirtió más que explicó:
-Escúchame bien, mocoso de los cojones, como se te ocurra volver a meter las narices en donde nadie te llama te vas a buscar el peor de los problemas. Te la estás jugando de todas todas, tu madre me ha informado de esas monsergas ineptas, de coger las maletas e ir con el cuento a todos nuestros conocidos; óyeme atentamente, no pienso repetirte nada de esto: tú no vas a joderme a mí, niñato de tres al cuarto. Estoy al tanto de todas tus fechorías, de tus relaciones con pequeños traficantes, de la cantidad de marihuana que guardas en estos cajones, de tus hurtos y allanamientos de morada, de las peleas, de los daños y perjuicios que pueden demandarte, del penoso comportamiento y los avisos de indisciplina. Podría mandarte a un internado para imbéciles o podría empapelarte fácilmente añadiendo delitos a tu mierda de historial y dejarte unos años a la sombra en un reformatorio, pero para tu suerte y nuestra desgracia llevas un apellido demasiado importante, que no te llega ni a la uña del dedo meñique, y tu madre piensa que tal cosa sería la mayor de las deshonras. Eres un bochorno, una vergüenza, un estúpido que no sabe ni hacer una raíz cuadrada, que no es capaz de aprobar con nota ni el examen más sencillo, que se envalentona para husmear en habitaciones privadas pero a la mínima vomita en jarrones carísimos ajenos. Viniste de improviso, nadie te quiso, nadie te buscó, tuvimos que quedarnos contigo contra nuestra voluntad y desde que naciste no has dado más que problemas. Así que controla tu actitud, mocoso, porque sino tendré que tomarme otro tipo de justicia por la mano. Si lo has entendido no quiero escuchar una palabra, sólo asiente con la cabeza, no quiero volver a escuchar tu voz, no quiero que vuelvas a dirigirte a mí en lo que te resta de vida si no es para pedir perdón por tu insubordinación, ¿Me oyes, gallito de mierda? Si no lo entiendes, mi amigo cromado te lo explicará mejor, sin albergar ningún tipo de duda. Señala con los ojos qué prefieres.
Curt atisbó de reojo la cabeza del recio material del palo de golf, que ahora se situaba a milímetros de su sien izquierda inundada en gotas de sudor, hecha de frío hierro estriado, rozándole en algún momento. Tenía la nuez del cuello atorada, la saliva no subía ni bajaba, le costaba respirar, pero no quiso delatarse e intentó disimular. Sin embargo, cuando su padre aprovechó la abertura de sus piernas y metió una de las suyas entre las mismas, queriendo apretarle los testículos con la mano y el delgado instrumento amenazador aturrullando su cabeza, no pudo controlar la vejiga invadido por el miedo, el cual continuaba inexorable cosido a su espalda, resistiéndose a dejarle marchar. Cuando Ewen lo notó, se le rió maliciosamente en la cara, con un regocijo hipócrita y perverso, prorrumpiendo una mueca de asco, y como una exhalación salió de la habitación.
Curt se maldijo por todas las ocasiones perdidas. Se maldijo por haberse equivocado en el camino escogido. Se maldijo por no haberle plantado cara, cuando físicamente era más recio y vigoroso. Se maldijo por la falta de agallas, por haberse meado encima. Se maldijo por no haberse defendido con alguna palabra detonante, o con algún gesto tantas veces practicado en cuantiosas peleas de colegio. Se maldijo por dejarlo marchar, mientras caminaba erguido hacia la puerta dándole la espalda, y por no haber aprovechado ese momento para asaltarle y abalanzarse contra él con todo su resentimiento a cuestas. Se maldijo por callar ante los improperios, humillaciones e insultos, por volver a dejarse tocar sus partes íntimas sin reacción visible.
Se miró al espejo de la cara interior del armario, y al verse únicamente sintió asco por sí mismo. La mancha en la entrepierna de sus vaqueros, las perlas de sudor recorriendo su frente y sus mejillas. Curt recuerda hoy ese día como el primero en el que odió a su persona: no se gustaba, su ser le repelía, su cobardía le irritaba y le enfurecía. De un puñetazo creó un ojo con mil pestañas en el cristal, y no le importó cortarse la mano varias veces con restos punzantes de vidrios rotos. De la furia lo reventó a patadas, llevándose la puerta por delante, y la rabia no entendió de raciocinios. Sacó la fuerza de algún punto vital sobrehumano, ése que todos tenemos y algunos no descubren nunca, y se llevó consigo cual tifón la mesa de escritorio, el cabecero de la cama, el colchón, los libros, las figuritas bélicas que reposaban en los estantes, también los estantes, la ropa y zapatos del armario, reventó a patadas un televisor y estampó contra el suelo varias veces el ordenador portátil hasta dejarlo muerto de varios chispazos. La ventana seguía atrancada y él se asfixiaba más y más, sumergido en la aversión propia, y consiguió que entrara el aire lanzando con el vigor de un jugador de béisbol el computador destrozado; entonces ese cristal irrompible de polivinilo no pudo superar tan ardua prueba. Por fin le salieron los gritos, los quejidos, los lamentos de fiera embarrotada y atormentada. La ira reprimida junto a la rabia se fundieron con el disgusto amargo hacia su persona, saboreando el fracaso, y por esa ventana también voló algo irrecuperable. Curt jamás volvió a ser el mismo.
Sí. Los monstruos son creados por otros monstruos: éstos los nutren, los instruyen, los ceban, los hacen a su imagen y semejanza. La mayoría de las veces, los descendientes superan a sus progenitores, e incluso se revuelven contra la mano que les dio de comer. En estos momentos, el destino se carcajea en su tablero, disfrutando de una de sus bromas más macabras. Ha trazado una línea de juego inverosímil, donde juntará a dos monstruos en Londres. Ambos con vidas paralelas procedentes de diferentes lugares de Europa, alimentados por monstruos horrendos, de ésos que hacen daño a la gente de mil formas imaginables. Uno sabe que lo es, el otro aún vive en su propia inconsciencia. Adivinad quienes de los cuatro residentes en ese destartalado apartamento de Hackney ostentan esos cargos.





XaviAlta
Me has dejado sin palabras.
Ahora no ha sido una patada, he notado como eran los míos los rebanados.
Gracias por compartirlo
Esteff
Gracias a ti por comentarme. No sé cómo duelen, imagino que mucho, pero como todo acaba pasando. Espero que los que vengan te arranquen alguna risa y alguno te vuelva a dar otra patada ahí. Nos leemos, un abrazo!
GermánLage
¡Chapeau, Eateff. Chapeau! Has superado con mucho todo cuanto yo me había atrevido a suponer. Uno de los pasajes más impresionantes que yo he leído jamás. Grandioso.
Como siempre, un gran abrazo y mi voto emocionado.
Esteff
Tú que me ves con buenos ojos….muchas gracias. Era el colocón final a este capítulo. Espero que los venideros, algunos irremediablemente con menos fuerza, sean de tu gusto.
Un abrazo y nos seguimos leyendo.
GarciaCorpas
Extraordinario Esteff!!! Abrazo y voto multiplicado x 10!!
Esteff
Todo un honor, y más viniendo de alguien que escribe tan bien! Muchas gracias, nos leemos!
Mabel
¡Excelente! Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía
Patry
Sin palabras, Estef. Realmente maravilloso la manera que tienes de escribir. He vivido el capítulo como si yo misma fuese Curt. Y siento tanto desprecio por su padre como el mismo.
Mi voto para ti. Tu novela tendrá gran éxito, estoy segura.
Un saludo.
Luis
Buena historia Esteff, a Portada!
Fisquero
Pues sí, nunca pensé que esto iba a tomar esos derroteros y finalizar de este modo.
En conclusión una narración impactante escrita de manera impecable y que a buen seguro algunos escritores consagrados ya quisieran poder hacer.
Años,ya conocíamos tu excelente estilo y peculiar forma de presentarnos historias, pero ahora con este drama de monstruos y psicópatas has logrado que te admiramos y respetemos.
Enhorabuena y felicidades por tu merecido exito
Saludos y hasta la próxima
Fisquero
Saludos Ania y Enhorabuena por tan excelente narración
Ratón
Genial
Fran
Y bueno, llegué al final del sexto. El encuentro entre el padre totemizado en la cabeza de Curt y Curt, envuelto en el niño que fue aún, sin poderse defender. Como si su padre ya no necesitara más de la pócima para tenerlo parado ahí enfrente sin que gritara ni pataleara.
Esta historia es cruda y realista. Es violenta y dramática. Me llena de orgullo leer a alguien con tantas ganas de mostrar lo que escribe en esta red social y haberme encontrado con esto después de muchos años.
Tu forma de escribir es envidiable y, sin dudas, tenés la capacidad de mantener al lector al margen. Como el padre manteniendo el palo de golf sobre la cabeza del hijo. Así nos tenes: con las hojas sobre nuestra sien. Gracias por eso. Hacía tiempo no leía algo así.
Mañana voy a empezar el 7 y tratar de terminarlo. Supongo que va a pasar lo mismo que con este capítulo: no parar de leerlo de principio a final.
Tu escritura es tensa, no densa (como leí en un comentario anterior). Y mantener tenso al lector es, realmente, un logro de pocos escritores.
La historia de Curt ya parece ser un clàsico de Falsaria. Te mando ánimos para que sigas porque dentro de poco ya me tenés ahí leyendo cada día que publicás.
Los personajes fueron excelentemente descriptos. No hace falta que vos como escritora tengas que describirlos demasiado, ellos solos ya se describen desde el principio hasta el final del capìtulo (Me encantó que los dividieras en Mamá y Papá a los últimos dos).
No sé como sigue. Pero tal vez como opinión pondría que no haya ya demasiadas descripciones ni de la madre ni del padre. Este capítulo dejó clara la posición de ambos en la vida de Curt. Me gustaría saber más del hermano, Ewen Sexto. Y tal vez otros personajes.
Ya veremos.
Muchas gracias por tu escrito.
Mañana empiezo el 7 y de parte en parte voy a ir comentando.
Saludos!! Y mi voto. (si podría te daría miles).
Esteff
No sabes cuánto te agradezco tu dedicación y la extensión de tu comentario. Me haces llenar de orgullo. Espero que te siga gustando, juego mucho a las sorpresas y ojalá me salgan bien, también juego mucho con los flash-backs, -me juego el tipo con el lector, hay gente a la que le molesta ir y venir- espero que me pilles el tranquillo y te siga gustando. No dejes de criticar, bueno y malo, tu palabra tiene mucha validez para mí.
Gracias, seguimos en contacto!