El edificio. 1ª parte

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-Piso 107. Control. Buenos días señor Eirado.

La metálica voz del ascensor retumbaba en la cabina al tiempo que se abría la puerta que daba acceso directo al área de Control. Allí tenía su puesto de trabajo Daniel Eirado. Oía ese mensaje seis días a la semana, desde hacía siete años, los mismos que llevaba funcionando aquel edificio de 108 plantas. Daniel salió y el elevador continuó su marcha camino del último piso, Seguridad, con un solo ocupante dentro, aquella chica bajita, ancha de caderas y sobrada de pecho, pero con un hermoso y amable rostro, ojos misteriosos y melena larga. Siempre con su boina calada y ladeada que le daba un aspecto rebelde y juvenil. La saludó al salir, como todos los días, nunca se atreve a preguntarle cómo se llama, aunque ya lo sabe, a pesar de que hace años que viajan a menudo sólo los dos esos últimos pisos, ya que ese era el único ascensor que llevaba a Control y Seguridad. La miró con los mismos ojos de deseo de todos los días y ella le dedicó la misma dulce sonrisa. Era un ritual que se repetía seis días de cada semana, desde hace algo más de cuatro años, cuando apareció por primera vez en la puerta del ascensor, en la planta cuarenta, él entraba cuatro antes, en la treinta seis. Hacían transbordo en el piso 100. Las ocho plantas más altas eran de acceso restringido, sólo las personas con máxima autorización podían subir en él, y no todas tenían acceso a todos los pisos, exclusivamente a aquellos en los que trabajaban o estaban destinados. Estas plantas se construyeron única y exclusivamente para servicio del propio complejo, se la conocía como “La Cabeza”. Allí, aparte de Control y Seguridad, estaba “Cerebro”, así llamaban todos los operadores y técnicos al conjunto de ordenadores y aplicaciones informáticas que permitían “vivir” aquel coloso, que aparte de las 108 plantas, tenía 30 metros más de altura para sustentar las torres y estructuras de comunicaciones, lo que lo llevaba a rondar los 350 metros de altura. Para sostener semejante armazón se le dotó de unos cimientos de diez pisos de profundidad que hacen las veces de sótanos. Es autosuficiente, los técnicos sólo están al servicio de lo que pida Cerebro, reparaciones, cambios o actualizaciones. Sabe lo que necesita en cada momento y todos los rincones de la construcción. Conectado por un complejo sistema de antenas inalámbricas y repetidores de frecuencia toma las decisiones en décimas de segundo, velocidad de los ascensores, presión de agua, intensidad lumínica de los pasillos, renovación de aire exterior, y cientos de cosas más. Incluido el control de alquileres y pagos de viviendas y locales de todo el edificio. De alguna manera se podía decir que era gerente, contable, encargado, oficial y operario al mismo tiempo. Su funcionamiento era preciso y seguro, en los ocho años de “vida” desde su puesta en marcha, se encendió un año antes de que entraran los primeros ocupantes oficiales, aunque algunos trabajadores del complejo ya vivían en él, como Daniel, nunca ha dado ningún problema grave, es más, Cerebro consiguió descubrir fallos en las instalaciones y en las estructuras de la construcción y permitió mejorarlas tanto antes de su ocupación como a lo largo de estos años. Haciendo incluso previsiones de futuro ante posibles catástrofes como terremotos o temporales en las que se indican las partes más vulnerables del edificio. Y ofreciendo posibles modificaciones, que resultaron del todo acertadas y que ahora ya nadie discute y se hacen, “Por qué lo dice Cerebro”. En el último año, ha empezado a decidir que técnico, en qué áreas concretas y a qué horas debe trabajar. Esto supuso que Daniel tuviese que asumir más responsabilidad de decisión y un mayor acceso al programa de gestión, aunque en realidad sólo sigue las órdenes que da Cerebro. A veces, los operarios más cercanos al sistema bromean diciendo que si tuviese piernas echaría a andar y se iría asentar en un lugar con mejor clima.

Daniel Eirado, recién salido de la facultad, con poco más de veinte años y un magnífico expediente académico, fue reclutado por el bufete de ingeniería que ya trabajaba en el proyecto del edificio inteligente de más de 100 plantas. Su primer y único proyecto, ayudó a desarrollarlo, creció con él, acabó liderándolo y participó en su construcción. No vivía aún el edificio, pero en realidad pasaba todo su tiempo en la obra, tanto, que la conocía perfectamente, sobre el plano y sobre el terreno. En cuanto se puso en funcionamiento pasó a ser contratado por la empresa dueña del complejo para que trabajara en Control, en la planta 107, le asignaron un apartamento en la 36 y desde ese día, el mismo en que se encendió a Cerebro no ha vuelto a salir a la calle. Todo lo que quieras, de lo más inocente a lo más perverso, lo puedes encontrar en “El Edificio”.

El trabajo en Control cada vez resulta más sencillo, más rutinario, llegando al aburrimiento, todo está controlado y casi nunca se producen incidentes dignos de mención. Todo está previsto y calculado por Cerebro en función de la ocupación del edificio, el consumo, la carga de trabajo, el reparto de operaciones, etc. Hasta los ascensores moderan o aumentan su velocidad para que nunca coincidan abiertos en la misma planta y no inunden de gente los pasillos. Tampoco la gente de las oficinas sale a la misma hora para no colapsar los accesos. Las oficinas y locales de empresa ocupan las últimas plantas, de la cincuenta a la cien. Corporaciones de todo el mundo tienen aquí su base central o una importante delegación. Los empleados viven en el mismo edificio, entre las plantas 25 y 50. Fue diseñado para ser autosuficiente. Aprovecha el agua de lluvia, la filtra, depura y la guía hasta los depósitos del sótano para ser añadida a los aljibes de consumo. La fachada, completamente acristalada, está compuesta de ventanas de doble vidrío blindado con un gas especial que aprovecha la luz del sol para absorber energía que luego será transportada por un entramado de fibra óptica de alto rendimiento hasta la base de la construcción, donde se transformará en electricidad que se inyectará en la red principal. Ese mismo gas, puede ser excitado por la noche con una corriente eléctrica, convirtiendo la ventana en un neón de distintos colores según la intensidad del voltaje aplicado e incluso podemos oscurecer el panel externo para que ilumine la estancia o al contrario, para crear dibujos en la fachada, como en navidad, donde se convierte en el abeto más grande del mundo. Todo ello controlado desde “La Cabeza” que recibe las peticiones de los usuarios en tiempo real y ajusta los desplazamientos energéticos en función de las necesidades del momento y los cálculos de Cerebro.

Visto desde el exterior, El Edifico está escalonado en tres alturas. La base, con 25 plantas y una superficie superior a cuatro campos de futbol, 200×200 metros, o sea, cuatro hectáreas, 40.000 metros cuadrados, contiene las áreas de servicios necesarios para la vida diaria, hospital, colegio, ventanillas electrónicas de la administración, equipos de emergencia, etc. También la parte de ocio, restaurantes, bares, discotecas y todo cuanto se pueda encontrar en la calle, no falta de nada, incluso equipamientos deportivos. En uno de los pasillos de la segunda planta hay un “barrio chino”, el único lugar donde las cámaras de vigilancia no funcionan nunca y a nadie parece importarle, ni siquiera a Cerebro, que hace aproximadamente un año dejo de avisar de la avería a mantenimiento. Las trabajadoras de ese pasillo, y algún trabajador, son de las pocas personas que vienen y van, sin permanecer muchos días en el edificio, sin que nadie les pregunte como obtienen las tarjetas de identificación, que todo el mundo lleva a la vista y sin la que sería imposible circular por el interior de los pasillos o entrar en ascensores, viviendas y locales. Esas tarjetas son las “llaves”, ninguna puerta tiene cerradura ya que un sensor identifica al usuario y abre automáticamente si tiene autorización. No existe delincuencia porque es imposible recorrer más de cien metros sin que algún detector o cámara te localice e identifique, y si no tienes tarjeta o no está autorizada en ese sector, bajará Seguridad para expulsarte del recinto o recibirás un mensaje en tu móvil avisándote de que te has confundido de zona. No hay constancia, hasta la fecha, de que nadie haya desaparecido en el complejo, incluyendo los sótanos, en los cuales circulan los trenes subterráneos a varias alturas, único medio de transporte permitido y a través del cual entran y salen las mercancías y las personas. También se puede salir y entrar a pie, pero no es lo más frecuente, excepto para los que expulsan, ya que la ciudad se mueve bajo el suelo y en superficie casi no circulan vehículos ni personas. El edificio sólo produce tráfico telemático. Casi todas las empresas ubicadas en él se dedican a gestión, emitiendo todos sus resultados por vía informática, sin prácticamente uso de papel.

Como es normal, se produce una enorme cantidad de residuos que son depositados en montacargas situados en los pasillos, que los transportan a los sótanos donde es procesada y separada, aprovechando una parte, reciclando otra que será vendida en el exterior, y el resto irá en un tren subterráneo especial que sale cada hora. Incluso las aguas fecales son tratadas para conseguir agua pura y metano con el concentrado que sobra.

Daniel vive en el piso treinta y seis, en el escalón intermedio del edificio que empieza en el 25 y que tiene una planta de dos hectáreas, 20000 metros cuadrados, más de dos campos de futbol. Sabe que la chica de Seguridad vive en la cuarenta, pero por culpa del trabajo que desarrolla ella está prohibido conocer su dirección. Él la sabe, apartamento 40-HH, también su nombre, Blandina. Sorprendentemente, no ha quedado ningún rastro de su búsqueda en el sistema. No es normal, ya que todo, absolutamente todo, queda registrado. Este hecho, el que hubiese desaparecido su búsqueda del ordenador central, preocupó a Daniel, que pensó, por primera vez, que Cerebro había cometido un fallo, pero por más que buscó, no consiguió una explicación lógica. Así que lo dejo correr, sin dar parte de lo sucedido, le podrían expedientar por utilizar su puesto para hacer averiguaciones personales y más tratándose de un empleado de Seguridad.

Al contrario que él que tiene un apartamento con ventanas exteriores, Blandina se aloja en uno interior que contiene las mismas ventanas, con los mismos cristales y el mismo gas que se puede iluminar, pero que no da al exterior, aunque lo imita a la perfección. De todas formas, las exteriores auténticas tampoco se pueden abrir, para que no se pierda el control de climatización, toda ella forzada y controlada en toda la edificación. Los ocupantes simplemente pueden variar un par de grados en la estancia en la que se encuentren. Se podría decir que hasta el aire que respiran está medido.

A partir de la planta 50 empieza la verdadera función de la construcción. Se produce otro escalón y el último tramo parte de una base de una hectárea, 100×100 metros, algo más de un campo de futbol. Todos los locales son oficinas y están plagados de posibilidades tecnológicas que los hacen muy apetecibles para las empresas multinacionales, alguna de ellas tiene alquilada toda la planta. Conectadas al mundo por la torre de comunicaciones anclada en la azotea, algunas de las órdenes que salen de sus antenas cambian el futuro de poblaciones enteras. El trajín de gente es continuo, los turnos se solapan unos a otros como si el día y la noche no existieran. Repartidores de comida de los restaurantes del primer escalón vienen y van alimentando oficinistas y directivos que a veces no saben el tiempo exacto que llevan tras la mesa y delante del ordenador. Que sólo bajan a su vivienda a ducharse y echar una siestecita. Todo es productividad. A pesar de todo, los locales de ocio también están llenos noche y día. La población del “Edificio” consigue ocupar todas las estancias, ya sea por trabajo, vivienda u ocio. Aun así, el número de individuos es controlado por Cerebro que sólo permite nuevos inquilinos cuando se producen bajas, ya sea por defunción, expulsión, traslado o renuncia. No todo el mundo es capaz de vivir de esta manera.

Una de las cosas más extrañas, aunque a nadie parece importarle, es la falta de niños. A pesar de que se incluyó colegio e instituto en la parte de instalaciones, nadie los ocupó nunca y solamente son usados para dar cursos o masters que las empresas imparten a sus empleados.

La mayor parte de los apartamentos, en general de pequeño tamaño, ente 20 y 60 metros cuadrados, están ocupados por solteros, lo que permite reducir y optimizar el espacio. También hay unas docenas de parejas, pero sin hijos. Cuando una mujer se queda embarazada abandona el edificio, como si una mano invisible la expulsase, ya sea porque se queda sin trabajo o porque es trasladada a otra oficina de la empresa. Lo cierto es que esa ley no escrita se cumple siempre y todo el mundo la respeta, ningún ocupante fijo tiene menos de veinte años, a no ser alguna de las trabajadoras del pasillo “especial” de la segunda planta. Lo sorprendente es que parece que la gente se siente muy cómoda sin niños ni adolescentes, ni siquiera se habla de ello, es algo normal. Nadie los echa de menos. También parece imponerse una costumbre que hace que esté mal visto que se formen parejas entre los inquilinos, o por lo menos que se muestren en público. Las relaciones personales más íntimas se mantienen en secreto, ya que alguna de esas parejas siguió el camino de las embarazadas al ser descubiertos con las manos en la masa, o mejor dicho, en la carne. Los sentimientos se ocultan hasta el punto de aparentar que no existen y que todo el mundo es autosuficiente como el propio edificio. Incluso en las parejas reconocidas, que no se dan muestras de cariño en público para no ofender a los demás.

A fin de sobrellevar toda esta soledad, las viviendas disponen de todo tipo de aparatos electrónicos que permiten estar enlazados con el resto del mundo, tanto interior como exterior, en todos sus ámbitos. Dentro del cubículo de cada individuo no hay limitaciones y se puede hacer cualquier cosa, siempre que se quede de puertas para dentro. Y aunque hay una cámara que graba las veinticuatro horas, esas grabaciones van a una caja negra que sólo será visionada si se produce algún delito o por necesidades de seguridad, y siempre con el consentimiento del afectado, a menos que sea él el investigado. Con lo que los individuos tienen la casi total seguridad de que hagan lo que hagan nunca se sabrá. Lo más sofisticado e innovador que contienen algunos apartamentos es una aplicación informática que apoyándose en varios proyectores laser, crea ilusiones holográficas de lo más real, casi podríamos acariciarlas. Además con la posibilidad de crear una persona a tu gusto metiendo en la base de datos tus preferencias, o el nombre de una persona real que pertenezca al mundo del entretenimiento y que haya dado su autorización, previo pago. Como con los derechos de autor, pero sobre el cuerpo. Claro que siempre puedes cargar una foto del ser deseado en el sistema y este la convierte en holograma a tamaño natural, vistiéndola con la ropa que desees. Luego la puedes desnudar, o no. Eso sí, debes tener autorización de esa persona, aunque si no la tienes nadie se tiene por que enterar, a menos que te denuncien y se abra la caja negra para ver las grabaciones de tu apartamento. Por suerte, hasta el momento nunca ha sido necesario. A pesar de las informaciones oficiales, existe un bulo muy extendido que afirma que Cerebro descubrió un ocupante que cargó la foto de una oveja. Fue expulsado por conducta impropia, pero no hay pruebas que lo demuestren. La información sobre el asunto desapareció. O eso dicen.

Daniel grabó varias imágenes de Blandina a través de las cámaras de vigilancia y la cargó en el ordenador de su apartamento. Desde entonces, cada noche se dedica a fantasear con su imagen en tres dimensiones, hasta le tiene un “armario” de ropa, a cual más sexi. Lo que desconoce es que ella también consiguió una imagen de él. Pero mucho más real. Debido a una investigación de Seguridad, durante varias semanas se colocó una cámara oculta en los vestuarios masculinos del gimnasio al que iba Daniel, que en un principio era uno de los lugares donde estaba prohibido grabar, por motivos éticos. Había una denuncia de prácticas homosexuales en dicha instalación. Resultó ser cierto. Se descubrió a los “infractores” y se destruyó todo el material recopilado sin informar a los usuarios que habían sido grabados desnudos. Pero ella tuvo tiempo de hacer una copia de la parte más interesante, una que incluía varios planos de Daniel desde varios ángulos, lo que le permitió tener una imagen tridimensional en su apartamento de lo más real. Algo que en principio Cerebro debería haber detectado, pero que al igual que las pesquisas que sobre ella hizo Daniel, tampoco consta en ningún lado, y mucho menos para el propio implicado, que dada su acreditación de empleado de Control, le tendría que haber sido notificado.

El edificio perfecto quizás no lo sea tanto.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    23 febrero, 2017

    Muy buena historia. Un abrazo Marco Antón y mi voto desde Andalucía

  2. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    24 febrero, 2017

    Cierto, Marco; hasta Cerebro tiene sus lagunas mentales.
    Me he quedado anonadado por este extenso relato. Uno de los que he leído con mayor interés por la minuciosa descripción de un edificio inteligente, si no de hoy, sí de un mañana muy próximo. Enhorabuena.
    Mi cordial saludo, y mi voto, claro está

    • Imagen de perfil de Marco-Antón

      Marco-Antón

      24 febrero, 2017

      Fue el aislamiento actual que la tecnología ejerce sobre las personas la que me llevó a idear este relato. En la segunda parte el edificio demuestra ser más sensible que los propios humanos.

  3. fisquero

    26 febrero, 2017

    Excelente idea la tuya Marco, plasmada en esta narración que nos muestra una micro sociedad sujeta a una distopica vida.
    Es de destacar y reconocer la exhaustiva descripción cargada de conceptos tecnológicos que dejan apabullado al lector, en detrimiento de la recreación de las relaciones de los personajes de carne y hueso.
    Pero bueno aquí el personaje central es Cerebro.

    Marco no te demores en continuar la narración

    • Imagen de perfil de Marco-Antón

      Marco-Antón

      26 febrero, 2017

      Así es, el protagonista es el edificio y también lo bien que nos acomodamos los humanos en nuestro círculo de confort para no enfrentar la realidad. Cerebro es mas inconformista que sus “súbditos”

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