El edificio. 2ª Parte

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El sol se estaba poniendo allá, a lo lejos, entre los edificios. Daniel observaba las últimas luces del día a través del cristal de la ventana especial que empezaba a dar señales de querer encenderse. Casi se adivinaba el astro rey entre las nubes que auguraban lluvia. Desvió la mirada hacia la pantalla interactiva que siempre estaba encendida y se fijó en que en un esquema de la parte baja se podía leer la previsión del tiempo. “´Si, va llover” pensó. Y eso le hizo recordar. “¿Cuántos años hace que no veo la lluvia? O mejor dicho, que no la siento directamente sobre mi cuerpo.” Tantos como llevaba encerrado en aquella torre. Se preguntó si la extrañaba de verdad o las “comodidades” del “Edificio” impedían echarla de menos. No estaba seguro, es como si la nostalgia tampoco tuviese cabida dentro de aquellas paredes. Miró la cerveza que tenía en la mano, la había conseguido en una tienda de la segunda planta. Había abierto hace poco, en el mismo pasillo donde, una vez por semana, buscaba el consuelo de las chicas que lo hacían por dinero. Para ir allí, tanto con las meretrices como a esa tienda era preciso dinero real, en metálico, ninguna aceptaba el pago con la tarjeta de identificación, al contrario que el resto de los negocios implantados en todo el edificio. Era un engorro, porque para tener dinero en metálico se debía solicitar con antelación en una oficina especial del banco, en la primera planta, y para colmo no te lo daban hasta el día siguiente. Te veías obligado a bajar dos veces al fondo del edificio, dos días seguidos, y todo para treinta minutos de placer, que no de pasión. Cada vez que terminaba se sentía un poco más solo, un poco más vacío. Prometía no volver, pero al cabo de algunas semanas siempre reincidía. Fue una suerte que montaran aquella tienda de productos del exterior, de excelente calidad, incluso frescos. Eran algo más caros, y por supuesto, había que pagarlos en metálico, pero gracias a sus debilidades, las visitas al lugar le permitieron encontrarla y ahora puede oler y saborear unos manjares como los de hace tantos años, cuando no apreciaba esa calidad, sólo comía y bebía. Ahora paladea y degusta. Ya no recordaba lo placentero que puede resultar una cerveza artesana o un queso deforme o una manzana de temporada. Ninguna pieza es exactamente como la anterior, parece que cada una tiene su personalidad y nunca saben igual. “Como las mujeres.” Pensó. Quizás fuese demasiado natural, poco elaborado y no tan higiénico como los precocinados, envasados y congelados que llevaba años tragando, pero sí mucho más placentero. Y volvió a comparar. “Como las mujeres.”

Hoy se había topado en la tienda con Blandina, ella también la conocía. Estaba comprando fruta y verdura. Le sonrió con la misma dulzura que se despedía en el ascensor. Él le devolvió la sonrisa. Quiso aprovechar la ocasión para acercarse y hablar dado que aquellos productos representaban una inmejorable oportunidad de conversación. “Veo que también te gusta esta tienda.” “¿Cómo es que tú por aquí?” “¿Te recomiendo algo?” En su cabeza se apelotonaban las frases sin saber cuál elegir.

-¡Hola! ¿Es la primera vez que vienes? –Dijo Blandina.

Justo en ese momento pasó una de las chicas que trabajaba dos puertas más allá y saludo a Daniel.

-¡Cuánto tiempo sin verte! Ya pensábamos que no ibas a venir más. –Le dijo guiñándole un ojo de forma pícara. –Ahora estoy libre, ya sabes dónde encontrarme.

La muchacha siguió su camino contoneando las caderas y saludando otros varones que pululaban por la zona. Mientras nuestro hombre se quería morir, completamente abrasado por el rubor que inundaba su rostro. Más aún cuando vio que Blandina no podía evitar la carcajada y se estaba partiendo de risa. Enmudeció. Ahora sí que no era capaz de articular ninguna palabra. Fue a caja a pagar las cervezas y el queso que llevaba en la mano. Y se marchó como alma que lleva el diablo. Pero mientras esperaba el ascensor ella apareció de nuevo a su lado, aun risueña. Él no se atrevió a mirarla. Pensó en contarle que no conocía de nada a aquella mujer, que era la primera vez que la veía, pero no le salieron las palabras. Tampoco le hubiese creído. Entraron en silencio en el ascensor y ella se quedó pegada a él, lo que le puso más nervioso si cabe. Quería pedirle que se bajase en la 36, que la invitaba a una cerveza, pero no pudo. Sólo pudo despedirse, sin mirar atrás.

-Adiós.

-Hasta luego. –Dijo ella.

Ahora, solitario y arrepentido de no haber hablado, saboreaba su cerveza y su derrota en silencio. Meditaba si encender la aplicación y contemplar el cuerpo ficticio de Blandina e tres dimensiones e irla vistiendo con alguna de la lencería que había acumulado en la base de datos. Claro que también podría llamarla, conservaba aun el código de enlace de su apartamento, de cuando la buscó en el sistema, pero sabía que eso era ilegal. Siguió bebiendo.

Escuchó un pitido, era su teléfono, tenía un mensaje. El corazón le dio un vuelco. ¿Y si era ella?

Pero no. Se trataba de un mensaje para que se presentara en su puesto de trabajo lo antes posible, había una emergencia. Casi lo agradeció, lo mejor que podía pasarle en esos momentos era tener algo que le entretuviese la mente para poder sacarse a la chica de la cabeza, junto con sus remordimientos y frustraciones por ser tan indeciso y tímido. Timidez que, en un lugar como aquel, se agudizaba en consonancia con el entorno opresivo, aunque Daniel nunca lo había visto así.

Salió por la puerta y se dirigió al ascensor. A esas horas del día, más bien de retirada, el flujo de personas es en dirección descendente, pocas son las que cogen el ascensor en subida, solamente algún olvidadizo, los que viven prácticamente en la oficina y han bajado a picar algo o echar una cabezadita, y los del turno de noche. Por ello subía prácticamente solo. Paró en la planta 40. Entró Blandina. Él pegó un respingo.

-Nos volvemos a ver. –Dijo ella con una enorme y satisfactoria sonrisa.

-Me han mandado un mensaje de emergencia. Tengo que presentarme en Control lo antes posible. –Contesto él mientras recordaba que ella se despidió con un premonitorio “hasta luego”.

-¡Que casualidad! A mí también me ha llegado uno para que me presente en Seguridad ipso facto.

Hablan de que quizás sí que era algo grave, pues casi nunca ocurría nada y raramente era preciso acudir en emergencia. Las otras veces que pasó algo lo solucionaba el propio sistema o el personal de turno. De hecho, Daniel no recordaba bien cuál había sido la última vez que recibió un mensaje de este tipo.

-Puede que haga ya más de cuatro años. –Agregó.

-Para mí es la primera vez. –Apostilló Blandina.

Nunca habían mantenido una conversación tan larga. Ni se dieron cuenta que estaban solos, el último de los pasajeros que les acompañaba se había bajado en la planta 90. Esas diez plantas hasta la 100 donde se producía el transbordo mantuvieron silencio, pero sin dejar de mirarse de reojo. Ella con una media sonrisa pícara y el volviendo a fijarse en esa gorra calada y ladeada que siempre lucía Blandina. Le sorprendió descubrir en internet que era uno de los símbolos que identificaban a un guerrero, un revolucionario de otros tiempos, ahora olvidado, pero que había sido todo un icono para la generación posterior a su muerte. Le llamaban “El Che Guevara”. Se preguntaba por qué le gustaba aquella gorra y si sabía la historia de aquel hombre, el cual pensaba que “morir de pie es mejor que vivir de rodillas”. La frase le parecía ingeniosa, pero no la entendía, ya que nadie vivía de rodillas y todos morimos normalmente acostados. Tampoco entendía el tiempo en que vivió este hombre, le pareció demasiado caótico y desordenado, muchas luchas sin sentido, un mundo imperfecto con un ser humano algo salvaje y violento, muy lejos aún de la paz y el orden actual.

El aviso de planta 100 le sacó de sus pensamientos y los dos se dirigieron al ascensor que les llevaría a las plantas de la Cabeza. La puerta estaba abierta, esperándoles. Se metieron dentro y se miraron extrañados

-Si la emergencia es tan importante como para hacernos venir a los dos. ¿Por qué no hay nadie más? Sería lo más lógico.

La chica sintió que algo no tenía sentido, pero no lograba darle forma a lo que su intuición le indicaba. Daniel se limitó encogerse de hombros acostumbrado a que todo estuviese bajo control y que nunca pasase nada grave.

El ascensor arrancó. Los dos notaron una sensación de calor nada habitual. El clima estaba tan controlado que cualquier variación era enseguida sentida por el cuerpo. Blandina tuvo un escalofrío, como si presintiese algo, ese calor parecía formar parte de ese “algo” que no llegaba a descubrir. Su instinto de profesional y también de mujer le indicaba que aquello no era normal.

De pronto, el ascensor se paró y las luces se apagaron. A ella ya no le cabía duda alguna de que algo grave pasaba, era todo demasiado raro. El miedo, la tensión y la adrenalina empezaron a correr por su cuerpo. Sólo la presencia de Daniel la tranquilizaba un poco.

-Pues sí que es raro esto. –Daniel utilizó un tono neutro para no añadir nerviosismo a la situación, como si no pasase nada, pero también estaba asustado.

Se encendió la luz de emergencia, de un color rojizo que no iluminaba mucho, aunque si lo suficiente para verse ente ellos y todos las rincones de la cabina. Él siguió hablando.

-No te preocupes, en seguida arrancará de nuevo, tiene una serie de protocolos de seguridad y elementos mecánicos que hacen que se activen mecanismos secundarios que corrigen cualquier fallo que pueda producirse. Te lo aseguro, esos procesos los diseñé yo. En pocos segundos, Cerebro analiza la situación y cambia la configuración para que todo siga funcionando. De hecho, a veces pequeños fallos pasan desapercibidos debido a que los mecanismos de reserva entran en acción con efecto inmediato y los pasajeros ni lo notan.

Blandina lo miraba incrédula. Y no era para menos, pensaba Daniel. Lo que él le acababa de explicar ocurría, sí, pero en décimas de segundo y ya hacía varios minutos que estaban pardos. Echó una ojeada al cristal empotrado detrás del cual estaba la cámara que les observaba y se preguntó si alguien les estaría viendo y se estaría haciendo las mismas preguntas que él. ¿Qué coño pasa? Esto no es normal.

Recordó que también se había instalado un sistema más “rudimentario” para casos de emergencia extrema, como podían ser catástrofes o incendios que afectasen al control principal. Apretando un panel lateral el cual estaba indicado por una pequeña señal luminosa sólo visible en esos casos, este se desencajaba y salía un interfono que permitía pedir auxilio directamente. Lo vio, allí estaba la señal, nunca, nadie, hasta ahora, lo había utilizado, él sería el primero. Iba a usar sus propios diseños, se le hizo raro ser el primero en comprobar si había valido la pena tanto sistema de seguridad. Presionó el panel, un resorte oculto lo hizo saltar hacia fuera y apareció lo que buscaba, era del tamaño de un móvil grande, de los antiguos, tenía pantalla, teclado y micrófono clásico. Todo muy retro, ¡pero estaba muerto! Ni se iluminaba ni emitía sonido, ni nadie respondía al otro lado.

¡A Daniel le dio un vuelco el corazón!

No sabía si por la situación o porque Blandina acababa de abrazarse a él asustada y completamente empapada de sudor. El calor empezaba a ser insoportable.

-Tengo que admitir que esto empieza a ser preocupante. –Reconoció él.

La situación era angustiosa, pero poder abrazar a aquella chica, que había sido su mayor deseo en los últimos años le resultaba ilógico. El miedo y el placer se mezclaban en su cabeza.

Ella se empezó a desnudar, tanto sudor hacía que la ropa se pegase a la piel y resultase muy pesada. Se quedó en ropa interior. Él la miraba extrañado. De toda la lencería que le había puesto en la aplicación holográfica ninguna se parecía a aquella. Ella se dio cuenta de que la miraba raro y trató de explicarlo.

-Es que después del trabajo siempre voy al gimnasio para mantenerme en forma y dominar estos kilitos que me atacan. –Hubo un atisbo de risa. –Es más fácil llevarlo ya puesto y cambiarlo después.

Se refería al sujetador deportivo elástico y al culote también de deporte.

-¿Tú no tienes calor?

Daniel ardía, pero la temperatura del ambiente no tenía toda la culpa.

Su timidez le había paralizado. Fue ella quien empezó a quitarle la ropa. No pudo evitar besar su pecho al tiempo que le desabrochaba la camisa y su vientre mientras le bajaba los pantalones. Pronto lo tuvo en calzoncillos y no hay timidez alguna que pueda disimular una erección.

Cuando ella se quitó el sujetador y pudo ver aquellos pechos tan imaginados, una ola de placer mental recorrió su cerebro, eran mucho más grandes y hermosos de lo que él nunca había “palpado” en el simulador 3D. Ella le cogió las manos y las llevó hasta el objeto de deseo de Daniel para que pudiese acariciarlos, los besase, los chupase, mientras notaba como se tensaban bajo la presión de los dedos y se erizaban los pezones cuando él los metió en la boca. Par Daniel aquello era mucho más de lo que había soñado nunca. ¿O era ahora cuando soñaba?

Poco a poco la tensión y los nervios fueron dejando paso al placer y la pasión. Las manos de Daniel recorrían aquel cuerpo tan deseado e iban descubriendo rincones desconocidos que ningún programa informático, por sofisticado que sea, puede imitar. Ni los gemidos, la respiración y las pulsiones de un cuerpo cuando es acariciado por las manos del ser deseado. Blandina se dejaba palpar, besar y lamer, pero al tiempo, ella misma iba recorriendo la anatomía real del ser que adornaba sus sueños nocturnos y del que tenía una foto en la pantalla interactiva de su habitación para no sentirse tan sola.

En medio de la oleada de placer que le proporcionaban las manos y la boca de Daniel, se preguntaba qué diría él si supiese que en su cuarto guardaba imágenes de su cuerpo desnudo, que está no era la primero vez que le veía como su madre lo trajo al mundo, y que se consolaba con su visión en los momentos de soledad. Él, sin embargo, no pensaba en su pasado solitario, sólo era capaz de disfrutar del presente y de la posibilidad, ahora real, de saborear aquella suave piel y aquellos carnosos labios, casi tan dulces como los de su entrepierna. Le pareció un milagro estar degustando tan divino manjar, con su lengua metida en el cruce de caminos por el que pasaban todas sus fantasías. Ella también quiso sentir en su boca todo el poder que imagino durante noches de aquel sexo flácido, que ahora, inhiesto, le mostraba su verdadero poderío.

Y así, bañados en sudor, estuvieron una eternidad, cada uno gozando y haciendo gozar el sexo del otro. Pero sabían, sin hablarlo, que había algo que les importaba más, sobre todo en aquellos instantes, que inconscientemente, en el fondo de sus almas, pensaban que ya no salirían vivos de allí. Ser uno. Unirse, unir sus cuerpos en uno solo, la carne dentro de la carne y que el placer mutuo que les hiciese dichosos por un instante y para toda la eternidad. Y si tenía que ser el último, que lo fuese, pero que lo fuese para los dos. El primero y el último. El más placentero.

Él se tumbó en el suelo, boca arriba y ella, delicadamente, se subió encima para ensertarse con suavidad en aquel miembro tan pulido, ten perfecto, tan placentero. Se sintió dichosa y por fin, recompensada. Olvidó las circunstancias y disfrutó de las sensaciones que la recorrían desde el pubis a la cabeza en una mezcla de calor, humedad y delirio. Apoyó sus manos en el pecho resbaladizo de Daniel, le clavó las uñas para hacerse firme y poder sentir su carne. Notó las manos de él fuertemente agarradas a sus caderas empujándola adelante y atrás, consiguiendo que aparte de la penetración, sus sexos se rozasen, se frotasen en todo su volumen e hinchazón, como si se estuviesen derritiendo y fundiendo en uno solo. Convirtiéndose en acero y mantequilla al mismo tiempo.

Tanta era la excitación, el placer, la pasión y el goce que ninguno de los dos se dio cuenta de que las luces se habían encendido y que el ascensor acababa de empezar a moverse. El orgasmo llegó justo en el momento en que se abría la puerta. Mientras Daniel vaciaba su lava blanca en el interior del volcán de Blandina y esta explotaba en un alarido de placer infinito, un montón de atónitas miradas, los rostros de los técnicos de la Cabeza veían la escena y se asombraban del poder del sexo.

Durante unos instantes, ni los amantes, que aún no eran conscientes de la situación, ni los espectadores, impactados por lo irreal de la imagen que estaban a contemplar, hicieron ningún ruido. En el fondo todos disfrutaban, cada uno a su manera, de algo “impropio” de aquellos lares.

Daniel acariciaba las nalgas de Blandina con ambas manos, mientras ella estaba completamente derrumbada sobre su pecho, en éxtasis. La única comunicación que ahora tenían eran las palpitaciones de su vagina que el saboreaba una a una en pequeñas y gozosas descargas eléctricas. Pero al girar el cuello en dirección a la puerta pudo ver una docena de pares de ojos, muy abiertos, que les miraban. Golpeó a la chica en el hombro, sin articular palabra, mudo de la impresión. Necesitó más de un golpe para que ella levantase la cabeza y viese lo mismo que él. Al contrario que Daniel, que notaba como su erección desaparecía instantáneamente y su mente se bloqueaba sin poder decir nada, ella entrecerró los parpados y con una sonrisa idiota los saludó alzando la mano. Para asombro y vergüenza de Daniel, toso le devolvieron el saludo, probablemente más por educación que por que tuviesen idea de lo que significaba.

En las horas que siguieron, tanto el uno como la otra, fueron custodiados por agentes de Seguridad, compañeros de Blandina. Primero recogieron sus ropas del suelo. Daniel se tapaba pudorosamente y miraba hacia abajo. Ella, sin embargo, con la cabeza muy alta, se colocó su gorra calada y colgó las prendas del brazo mientras iba saludando a sus compañeros y a la gente que se cruzaba en los pasillos de camino a sus aposentos. Entre las caras de los que les veían pasar, había de todo, asco, satisfacción, risas… admiración. Cuando doblaron la esquina, de camino al ascensor de bajada, se escucharon aplausos a su espalda. Daniel se quería morir, la culpa y la vergüenza le invadían.

Les hicieron recoger sus enseres personales, mas bien pocos. La ropa cabía en una pequeña maleta. En el caso de Blandina, en una mochila antigua y que probablemente ya no se fabricaba. El resto de los efectos personales eran casi todos digitales y se podían llevar en una memoria electrónica.

Se volvieron a encontrar de nuevo en el ascensor de bajada. Ella seguía risueña y satisfecha, pero ya con ropa. Él parece que asimilaba la situación y miraba al frente mientras en su mente se formaba una idea. Pensaba que quizás esta podía ser una nueva oportunidad, un cambio. Blandina le agarró la mano y se sintió mejor, no importa tanto el futuro cuando alguien te acompaña en el camino hacia él. La miró, seguía feliz, como si toda su vida hubiese estado planeando esa situación. Cada vez tenía más seguridad en si mismo.

En la entrada del Edificio se despidieron de los de Seguridad y salieron a la calle. Hacía ocho años que Daniel no pisaba el exterior.

-No has notado que nos tenían envidia.

-No. –Contestó él.

Cogidos de la mano, ella cargando con su mochila y él arrastrando su pequeña maleta de ruedas, avanzaban calle abajo. Nadie se cruzaba con ellos, nadie circulaba por la hacer ni por la calzada, no había vehículos. Sólo la lluvia les acompañaba. Daniel se paró. La lluvia. Levantó la cabeza para que las gotas le golpearan directamente en la cara, abrió los brazos en forma de cruz para sentirlas todas y cada una de aquellas pequeñas y placenteras muestras de la naturaleza. Y sonrió. El mundo volvía a ser mundo. Además ya no estaba solo. Se volvió hacia la chica, la abrazó, la beso y cogidos de nuevo de la mano siguieron caminando por la calle desierta en busca del futuro.

Unas calles más allá, en otro edificio menos alto y voluminoso que El Edificio, un hombre había subido a la azotea. Estaba prohibido, pero él sabía cómo burlar la prohibición. Lo hacía para poder fumarse un cigarro, ya no se vendían hechos, pero consiguió tabaco y papel de liar. Intentaba tapar con su mano la brasa del pitillo para que la lluvia no lo apagase y miraba, como cada noche la imponente construcción de 108 plantas que sobresalía sobre las demás, que tampoco eran pequeñas. Le gustaba admirar, en sus incursiones nocturnas los diferentes colores y formas que adquiría la fachada, con sus cristales luminosos. Nunca se repetían, siempre con distintas forma de tipo geométrico. Esta noche en concreto, le pareció ver que El Edificio esbozaba una sonrisa, pensó que quizás le traicionaba la imaginación y cerró los ojos un momento antes de mirar de nuevo. Cuando los abrió, el impacto fue total, tanto que se olvidó del cigarrillo y la lluvia lo apagó.

Aunque pareciese imposible, en la fachada de El Edificio se podía ver claramente, y sin ningún tipo de duda, un símbolo de tiempo atrás, casi olvidado, pero que aquel hombre ya mayor aún recordaba.

Un smile.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    26 febrero, 2017

    Muy buena historia. Un abrazo Marco Antón y mi voto desde Andalucía

  2. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    26 febrero, 2017

    Un smile es lo que acabas de pintar en mis labios, amigo Marco. Si en la primera parte me sorprendió la precisión con que describías el futuriste edificio, hoy me sorprende (poco) la retranca que se esconde detrás de tan “ocasional” encuentro amoroso. Enhorabuena por la historia.
    Mi saludo y mi voto.

  3. Imagen de perfil de Fisquero

    Fisquero

    27 febrero, 2017

    Hola Marco, un excelente trabajo el que has realizado con esta narración futurista, en las que has desplegado toda una completa información técnica y arquitectónica, así como aquellos problemas que nos puede deparar un futuro en el que sean los ordenadores quienes nos controlen a nosostros, en lugar de ser al reves . El final que no por previsible ha dejado de sorprender a resultado de lo más calentito y esperanzador.

    Saludos a migo y cuenta con mi voto.

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