El lobo

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Desde hace ya varios días me vengo sintiendo presa de una vaga sensación de recelo infundado, decaimiento y temor difuso; componentes que pueden incluirse en el estado de miedo. Pero, ¿miedo a qué?

Voy por la calle y en cada rostro creo ver una mirada torva; en cada movimiento, un intento de amenaza; en cada situación, un peligro. Es un estado muy próximo ya al de depresión crónica.

Hasta ahora, en situaciones similares, casi siempre había acabado descubriendo que en su origen se hallaba algún mal sueño o pesadilla, que luego, durante el día, dejaba su huella en mi estado de ánimo. Pero, en esta ocasión, por más que indago en los rincones de mi mente, no logro encontrar el menor indicio de haber sufrido pesadilla alguna a la que poder atribuir esta difusa sensación de miedo.

De lo que sí me he percatado es de que una de las peculiaridades de la situación actual es la afloración intermitente, pero obstinada, de recuerdos de la infancia; de aquella época ya remota, en que, de niño, tantas veces sentí miedo. Por momentos veo revivir aquella misma angustia que nublaba mis sentidos al pisar las tumbas en el atrio cuando entraba a la iglesia, o el terror que me infundía la pareja de la guardia civil, siempre apostada en el bar de la plaza, al regresar de la escuela; innumerables veces he vuelto a recordar a aquella vieja que vivía en las inmediaciones de nuestra casa en una lúgubre choza, siempre vestida de negro, flaca y encorvada, arrastrando de la cuerda una cabra negra de la que yo huía como del diablo; y tantas otras situaciones de miedo por las que pasa cualquier niño de aldea en su temprano descubrimiento del mundo.

Pero, sobre estos recuerdos de tiempos tan lejanos, y como queriendo englobarlos a todos, destaca uno que ha logrado imponerse con especial claridad y que, por su obstinada persistencia, está alcanzando connotaciones de pesadilla; algo así como la personificación del miedo ancestral en un solo ser: el lobo, cada vez más presente a través de los repetidos encuentros que en aquellos tiernos años me enfrentaron a él. Primero, como amenaza, en boca de quienes querían asustarme con su evocación: “no vayas al bosque que puede salirte el lobo”; “mira que viene el lobo y te come”. Después, el encuentro físico; el recuerdo de las ocasiones en que hube de ver su cara frente a frente y percibir el fuego de sus ojos clavado en mis ojos.

El primero de ellos fue un encuentro ingenuo, osado y temerario, en el que mi compañero de juegos y yo le pusimos en fuga porque ignorábamos quien era; le habíamos tomado por un perro; un perro extraño, desconocido; pero, a fin de cuentas, un perro.

El segundo tuvo lugar algunos años después, cuando yo aún no superaba los doce, pero, en esta ocasión, con plena consciencia de que era él. Fue al regresar del colegio en mis primeras vacaciones de Navidad, después de que me hubieran enviado a estudiar a otra provincia. El tren llegó de madrugada; a las cinco. La estación distaba por carretera unos cuatro kilómetros de la casa de mis padres. Fui el único pasajero que se apeó y, a aquellas horas, no había allí ni un solo taxi. Estaba cayendo una helada terrible y hacía un frío de espanto. La única opción era echar a andar.

A poca distancia de la estación partía un atajo que, atravesando los montes, reducía a poco más de dos los cuatro kilómetros de la carretera. Era un sendero angosto, apto solo para asnos y mulas, que conducía al molino. Oculto en la hondonada por la arboleda y los matorrales, cruzaba el río sobre un puente de madera, tan estrecho e inseguro como el propio sendero. Un camino que yo nunca había transitado en la oscuridad de la noche. El cielo estaba despejado; la luna, en cuarto creciente, arrojaba una luz pálida que permitía apenas entrever el asfalto, y, al llegar a la altura del sendero, tal vez pensando que al reducir el trayecto reducía en la misma proporción el peligro, opté por desviarme.

Descendía a tientas por recovecos intransitables. A medida que me acercaba al molino, el ruido del agua, como si fuese una voz de ultratumba, se me fue adentrando en los huesos hasta helarme la sangre de modo que ni el peso de la maleta sentía. Era tanto el miedo que ni siquiera me atrevía a silbar para ahuyentarlo.

Al otro lado del puente, el sendero se elevaba en una subida abrupta por terreno pedregoso que personas y caballerías solo podían ascender en fila, una detrás de otra. A pesar de la pendiente seguí avanzando sin alterar el ritmo. Ni el frío ni el cansancio se hacían sentir. A mitad de la cuesta una cerrada curva me impedía ver más allá. A mi espalda el sonido del agua era ya apenas un rumor que ahogaba el eco de mis propios pasos. Soledad y sombras. Y, al salir de la curva, alcé la vista hacia la claridad que despuntaba en la cima, y allí me estaba esperando; sentado en mitad del camino, enmarcando su silueta contra el claro de luna en la noche despejada. Fue tan grande el sobresalto que ni siquiera reaccioné.

Hace algunos días, un hecho inesperado me hizo revivir aquel momento. Era domingo; acababa de salir de casa e iba a la panadería a tomar un café. De pronto alcé la vista y, a unos treinta metros, vi a dos hombres en una moto que, en dirección contraria al tráfico, avanzaban hacia mí. Es tanto el miedo con que uno sale a la calle en esta ciudad que tampoco reaccioné; tan solo un flash momentáneo me hizo ver sobre aquella moto, recortada contra el claro de luna al final de la cuesta, la figura del lobo. Inesperadamente rectificaron su trayectoria y calle abajo se alejaron. Mas, cuando apenas habían pasado unos segundos, a mi espalda oí un grito desgarrado. Volví la vista y vi en el suelo a una mujer de mediana edad, mientras los motorizados se alejaban veloces con un bolso de señora balanceándose en el aire. Corrí a socorrerla. La ayudé a levantarse y, una vez repuesta del susto, regresó a su casa sin su bolso. En mí la impresión fue tan grande que decidí hacer lo mismo, renunciando a mi café en la panadería.

Aquella noche en un sendero pedregoso, apto solo para acémilas, lejos de aminorar el paso, había seguido avanzando hacia aquella figura altiva cuyo perfil se recortaba al final de la cuesta, aunque sabía bien quien era; pero también sabía que el instinto del lobo no incluye al hombre entre sus presas habituales, por tanto, con toda probabilidad, no iba a ser atacado. Sin inmutarse me dejó acercar y, cuando ya estuve apenas a diez metros, se irguió, y, trotando sin prisa, se adentró entre los matorrales para acompañarme hasta casa, donde, tal vez, esperaba encontrar algún animal doméstico desprevenido.

Al año siguiente, al salir de la estación en una noche igualmente oscura, tomé el mismo atajo, y por él avancé a paso firme sin volver la vista atrás. Conocía los instintos del lobo y sabía que en ningún caso usa pistola. Pero, los instintos del hombre ¿cuáles son? ¿Quién conoce las intenciones de esa legión de malandros que pululan en una ciudad en la que cada semana se producen más de sesenta muertes violentas, y las víctimas de sus agresiones se cuentan por millares? ¿Quién puede descifrar las mentes de ese ejército de motorizados que circulan por sus calles, observando siempre cuanto se mueve en su entorno?

¿Quién fue aquel que dijo que “el hombre es un lobo para el hombre”? Tengo la convicción de que nunca se encontró con un lobo en una noche de luna pálida en el sendero del molino.

Caracas, 20 de Diciembre de 2007

 

Comentarios

  1. Charlotte

    4 febrero, 2017

    Me ha impresionado mucho tu relato, Germán, el paralelismo entre el miedo al lobo en la infancia con el miedo al hombre en la edad adulta para descubrirnos que este último es más de temer que el primero. Creo ver entre líneas influencias de Rousseau al contrastar la inocencia de la naturaleza con los peligros de la ciudad. Un abrazo y mis felicitaciones

    • GermánLage

      4 febrero, 2017

      Hola, Charlotte; gracias, una vez más, por leerme, y por tu amable comentario. Respecto a la influencia de Rousseau, pudiera ser. Al fin y al cabo, sus aportaciones forman parte de nuestra cultura y están vivas en nuestro subconsciente.
      Un afectuoso abrazo también para ti.

    • GermánLage

      4 febrero, 2017

      Hola, Ginés; gracias también a ti por leerme y por tu comentario.
      Un abrazo también.

  2. Luis

    4 febrero, 2017

    Excelente relato, Germán, un abrazo y mi voto!

    • GermánLage

      4 febrero, 2017

      Gracias, Temor, por tu lectura y por tu comentario.
      Un abrazo.

  3. Estefania

    4 febrero, 2017

    Auténtico terror es el que da esta sociedad actual, falta de escrúpulos y carente de conciencia. Vagar por las calles e intentar esquivar el mal y el dolor, somos todos lobos de ciudad.
    Me ha encantado tu relato, Germán, espero volver a leerte pronto. Un abrazo amistoso!

    • GermánLage

      4 febrero, 2017

      Gracias, Estefania, por leerme y por tu comentario. Respecto a los problemas de nuestra sociedad, honestamente yo creo que cualquier tiempo pasado fue peor; para convencerse de ello basta con ser un poco lúcidos en el estudio de la historia. Eso no quiere decir que hoy no tengamos problemas y menos aún que nos resignemos a ellos; y yo aporto mi granito para su erradicación denunciándolos.
      Un abrazo también para ti, Estefania.

  4. Sirio

    4 febrero, 2017

    Germán, mi voto es tuyo.

    • GermánLage

      4 febrero, 2017

      Gracias, Sirio, por tu lectura y por tu voto. Un cordial saludo, a la espera de tu próximo artículo.

  5. Mabel

    4 febrero, 2017

    Uno no sabe con quien se puede encontrar y los motivos que le llevan a esto. Hay que vigilar de cerca siempre el terreno aunque con miedo no podemos estar despreocupados ignorando lo que pasa a nuestro alrededor, tenemos que usar todos nuestros métodos para poner fin a este terror que nos hace tanto daño. Un abrazo Germán y mi voto desde Andalucía.

    • GermánLage

      4 febrero, 2017

      Gracias, Mabel, por leerme y por tu amplio y ponderado comentario. Un abrazo también para ti.

  6. gonzalez

    4 febrero, 2017

    Excelente, Germán, te felicito. Coincido con el comentario de Charlotte, mi voto y un fuerte abrazo.

    • GermánLage

      4 febrero, 2017

      Gracias, González, por tu amable comentario y por tu tiempo.
      Un fuerte abrazo.

  7. Fisquero

    4 febrero, 2017

    Excelente, como es habirual en todos tus relatos, en los que podemos recrearnos tanto en lo pulcro y correcto de tu estílo, como en la profundidad del sentido de tus narraciones.
    En este caso has hecho una comparitiva entre el el miedo atávico que los humanos albergan en sus subconscientes a sus enemigos naturales, con el miedo que produce el enfentarnos a nuestro peor nmigo que somos nosotros mismos.
    En tu relato-reflexión has conseguido ponernos los pelos de punta tanto por el recuerdo de nuestra peores pesadillas, como por el hecho de poder observar el peligro al que todos sin excepción estamos expuestos, al hallarnos indefensos y a merced de tantos y tantos hombres cuyas almas negras son el equivalente al atávico lobo, hombres de almas y mentes podridas que hacen daño, tan sólo por el placer que les produce el sufrimiento humano.

    Un tema para tratar largo y tendido y en el que a través de los años ni la ley, ni los médicos, ni la religión han podido hallar el remedio… o quién sabe, quizas no han querido.

    Saludos amigo, seguimos en contacto aquí en Falsaria

    • GermánLage

      4 febrero, 2017

      Gracias, Fisquero, por haber leído mi relato y por tu amable y extenso comentario. Comparto contigo que en el tema planteado hay materia para comentar «largo y tendido», y no descarto que algún día podamos hacerlo, como ya en otra ocasión te dije, de forma distendida y con unas cervecitas de por medio.
      Mientras tanto, vaya por delante mi cordial saludo.

      • Fisquero

        5 febrero, 2017

        Pocas cosas me encantaría más que tener esa charla con esas cervecitas por medio.
        Aunque nuestra charla no produzca niguna mejoría en la naturaleza de los humanos, la intención Es buena.

        Saludos amigo

  8. LluviaAzul

    5 febrero, 2017

    Querido Germán, maravilloso sólo eso. Un abrazo, fuerte

    • GermánLage

      5 febrero, 2017

      Gracias, Lluvia.Azul; tu comentario y saber que has leído mi relato ya es bastante.
      Un afectuoso saludo.

  9. Planeta

    5 febrero, 2017

    Maravilloso relato, yo he sentido algunas veces ese miedo irrefrenable, que te hace estar alerta, incluso que te hace preguntarte. En que lado de la pizarra de la policía quieres estar??? En el asesino o en el asesino. Yo siempre me respondo lo mismo.

    • GermánLage

      5 febrero, 2017

      Gracias, planeta, por leerme y por tu comentario.
      Un afectuoso saludo.

  10. Lourdes

    5 febrero, 2017

    Como siempre es un gran placer leerte, amigo German. Tu prosa es clara, limpia, perfecta.
    Tu relato es magnífico, consigues mantener la tensión y la intriga en todo el texto, desde el principio. Los miedos, o el miedo. A veces es cierto que sentimos un miedo que no sabemos a qué es debido, ni de dónde viene, pero como muy bien explicas en tu relato puede ser a que ciertos comportamientos humanos nos devuelven a los recuerdos y vivencias de niños, cuando los miedos eran más acuciantes e irracionales.
    ¿El hombre un lobo para el hombre? más bien el hombre un hombre para el hombre.
    Besos

    • GermánLage

      6 febrero, 2017

      Mil gracias, Lourdes, por estar ahí una vez más con tu lectura y tu comentario, tan amable y condescendiente como de costumbre.
      Permanezco a la espera de poder disfrutar tu próxima entrega. Mientras tanto, recibe mi abrazo.

  11. Bernabé-galiciacontos

    6 febrero, 2017

    Referido al excelente relato, los vivimos por estos lares, de todo pasa. de ahí estos contenidos en mi libro Me lo dijo un Pajarillo

    Cuando iba por medio de los robledales, donde los arbustos lo tapaban casi todo a más de su estatura, con la noche casi dueña del entorno, a Camilo no le gustaba una leche aquella situación, pero ensimismado en sus cavilaciones de crío, se pone a saltar aquel pasadizo que separa una finca de la otra. Y justo en ese momento, una pierna de un lado y otra de otro de la valla, se topó como con dos luces brillantes que le acechaban de frente, al tiempo que unos dientes largos amenazantes, nada mejor para acrecentar más el miedo. Sintió su aliento tan cerca impidiéndole el paso, que el temor inundó todo su cuerpo para no dudarlo, que a toda prisa decidió pagar su tributo por permitirle el paso, y no se le ocurrió otra cosa que meterle el chocolate y el pan en su enorme boca. Ya se había quedado sin su golosina tan preciada. Con lo que le gustaba el chocolate, que era su debilidad; pero sopesando la situación, no le quedaba otra alternativa, podía más el miedo que todo lo demás. ¿Sería el lobo? Había escuchado tantas leyendas y cuentos sobre él, que ya era tiempo que se lo echara a la cara, pero jamás hubiera esperado tal visita en aquellos instantes tan inoportunos.
    108
    El miedo por compañero no era un buen aliado, más valía ser sensato para dejarlo de lado.
    Si era el lobo o no lo era no era momento de espera, ni tan siquiera el dudarlo tan solo el salir corriendo.
    109
    La supuesta fiera se echaba a un lado del sendero para quedar a comer el manjar de Camilo, quien por unos instantes se quedó mirando cómo degustaba el regalo de la tía María. ¡Qué fastidio!

    • GermánLage

      6 febrero, 2017

      Hola, Bernabé; ya veo que no fui el único que, de niño, tuvo que hacer frente al lobo; lo malo fue que mi amigo y yo no teníamos chocolate y él ya nos había matado una oveja cuando le vimos.
      Gracias por leerme y por tu divertido cuento.
      Un abrazo.

  12. Juli

    6 febrero, 2017

    En general, me gusta mucho leer buenos relatos -si el argumento es bueno, la redacción podría perdonarse en caso de ser mala- y también me gusta leer buenas reflexiones, sobre todo cuando me dejan pensando.
    Y acabo de leer acá una mezcla entre estas dos cosas, o al menos así lo veo yo, y me encantó. No sólo el argumento es bueno, sino que lo escribiste perfectamente, y además me dejaste pensando. Me gusta eso.
    Te mando un gran abrazo, Germán !

    • GermánLage

      6 febrero, 2017

      Gracias, Juli, por haber dedicado tu tiempo a leer mi relato y por tu comentario tan ponderado y objetivo. Vaya también para ti mi abrazo.

  13. Anakin85

    6 febrero, 2017

    Que buen relato, Germán! Me ha gustado muchísimo!! Sabes? No hace mucho intenté escribir yo uno que transmitiera el mismo mensaje que el tuyo, «cacería», pero nunca hubiera conseguido esto que has hecho tú.
    Un abrazo y mi voto!!

    • GermánLage

      7 febrero, 2017

      Hola, Anakin; gracias por tu amable comentario. Y, como diríamos en Venezuela, échale pichón; adelante con tu «cacería»; seguro que, dada tu gran habilidad, será una aportación enriquecedora al tema.
      Un fuerte abrazo.

  14. Marco-Antón

    7 febrero, 2017

    Yo también nací en una aldea y las historias son las mismas, el lobo casi como animal maligno y mitológico, un miedo que nos acompañará siempre. El otro animal del que hablas tiene mucha menos dignidad.

    • GermánLage

      7 febrero, 2017

      Hola, Marco; Gracias por tu tiempo y tu comentario. Y, tienes razón, del otro «animal», mejor no hablamos.
      Un cordial saludo.

  15. Luis.López.Sanz

    7 febrero, 2017

    Buenas noches Germán, entro en tu blog para conocerte y leo este fuerte relat. Mientras lo leía me venia a la mente la frase recordada con que lo acabas. Soy urbanita y algunos de la clase de animales con que he tropezado por la ciudad se llaman humanos, y creo que están en vías de exterminio, sin distinciones.
    Me ha gustado su estilo intenso pero tranquilo, como controlado. Espero seguir leyéndote.

    Lluis López

    • GermánLage

      9 febrero, 2017

      Hola, Lluis; gracias por leer mi relato y por tu amable comentario.
      Un cordial saludo.

  16. Charlies

    7 febrero, 2017

    GermánLage, enhorabuena!!!
    Me ha encantado. Siento debilidad por los textos que te dejan un mensaje claro. Este además está escrito con un estilo exquisito.
    La frase final es muy buena.
    Un saludo.

    • GermánLage

      9 febrero, 2017

      Hola, Charlies; Gracias por dedicar una parte de tu tiempo a leer mi relato y por tu amable comentario.
      Un cordial saludo.

  17. Patry

    7 febrero, 2017

    Magnífico relato, Germán. Así es, somos más peligrosos para nosotros mismos, los hombres, que el propio lobo.

    Un saludo afectuoso.

    • GermánLage

      9 febrero, 2017

      Gracias, Patry, por encontrar tiempo para leer mi relato, y por tu amable comentario.
      Un fuerte abrazo.

  18. veteporlasombra

    8 febrero, 2017

    El final me desconcertó, porque no sé si decantarme por qué lobo es más feroz: el hombre, o el propio lobo. Hombres, hay mansos y buenos, pero también otros más feroces que cualquier lobo. Un saludo…

    • GermánLage

      9 febrero, 2017

      Hola, Veteporlasombra; creo que el dilema de saber qué lobo es más peligroso es fácil de resolver; hay uno que nunca usa pistola.
      Un cordial saludo.

  19. Zelig Pereira

    9 febrero, 2017

    Siempre tendré más miedo de las personas que de los lobos. Muy bueno, Germán.

    • GermánLage

      9 febrero, 2017

      Hola, Zelig; coincido contigo en el orden de temores porque, como acabo de recordar a Veteporlasombra, uno de ellos nunca usa pistola (ni ataca a traición).
      Un cordial saludo.

    • GermánLage

      11 febrero, 2017

      Gracias, Iván, por leerme y por tu elogioso comentario.
      Un cordial saludo.

  20. arcano

    11 febrero, 2017

    Me ha gustado tu relato, Germán con este animal como símbolo del miedo ancestral. Sin lugar a dudas, el hombre es mucho peor que el lobo. Se le ha dado muy mala prensa a este pobre depredador, tan perseguido y arrinconado. Pero el lobo no extermina a sus semejantes con armas letales, ni contamina el medio ambiente, ni explota los recursos naturales hasta casi extinguirlos…
    Mi voto y un abrazo

    • GermánLage

      11 febrero, 2017

      Gracias, Arcano, por leer este artículo y por tu amable comentario.
      Un fuerte abrazo.

  21. DavidGMescritor

    12 febrero, 2017

    He empezado a leerte y me ha enganchado totalmente. «Homo homini lupus», leí hace unos meses en un manual de la Universidad. Desde el primer momento que pude conocer dicha frase hace años comprendí que hay tanta realidad en ella como diferentes formas de entenderla. Que difícil es entender que muchos de nosotros vivimos encerrados en nosotros mismos. Un saludo.

    • GermánLage

      13 febrero, 2017

      Gracias, David, por leer mi artículo y por tu amable comentario.
      Un cordial saludo.

  22. Mariana

    7 marzo, 2017

    Me ha gustado muchísimo este relato. No sé qué más decir que no hayan dicho.
    Te felicito!

    • GermánLage

      7 marzo, 2017

      Gracias, Mariana, por haber leído mi relato y por tu comentario.
      Un cordial saludo.

  23. XoseFD

    10 marzo, 2017

    Me gustan los lobos GermánLage. Gracias, y muy bien redactado.

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