CAPÍTULO I
Eran a las diez de la mañana y transcurría el receso en el colegio. Todos los alumnos se divertían a excepción de Guillermo que estaba solo sentado en el primer escalón de las gradas de la cancha, mirando ensimismado a Priscila lachica más atractiva y popular de la secundaria. Como él era miope, sacó sus lentes para ponérselos y apreciar mejor a la señorita que estaba a varios metros con su novio y sus amigas, reunidos en uno de los arcos de la cancha.
El hermano de Guillermo o sea Andrés que andaba por la cancha, logró percatarse de lo curioso que hacía su pariente al estar mirando a la señorita. Con el propósito de que el chico se evitara un mal momento por hacer eso, se le acercó su hermano para advertirle los riesgos que se corría si acaso pretendía galantear a la mencionada chica que era la novia del mismísimo hijo de satanás.
―Siempre supe que tenías buen gusto. ―comentó Andrés abordándolo.
―¿A qué te refieres? ―preguntó Guillermo, sorprendido.
―Me di cuenta que desde hace rato estás mirando como idiota a Priscila ¿Te gusta ella acaso? Es muy bonita, eh.
―Sí, es la chica más hermosa del colegio ¿Qué supones que te respondería?
―Entiendo. Con que si te gusta ¿No verdad? ―bromeó Andrés.
―Lo admito. Es que ella es muy preciosa, ycomo no tengo nada que hacer, me puse a mirarla. ―declaró Guillermo lleno de rubor.
―Sí, es muy hermosa, pero veo que le fascinan los patanes. Tan solo date cuenta con quien está abrazada, con Alfonso. ―dijo Andrés, sentándose junto a su hermano.
―Túeras amigo de ella. Incluso salieron algunas veces. ―recordó Guillermo.
―Sí, es verdad. ―admitió Andrés.
―¿Qué pasó? ¿Se pelearon? ¿Por qué no la conquistaste? ―indagó el chico de lentes.
―Nunca nos peleamos. Me alejé de ella cuando se enredó con Alfonso. Fue por eso. ―respondió Andrés, mirando al suelo.
―Al parecer ese sujeto tuvo su aprobación ¿no? ―resumió Guillermo.
―Sí, al parecer a Priscila le gustan los tipos con mala reputación. ―manifestó Andrés, irritado.
―Ya lo veo. ―concordó el chico de lentes.
―Pero te aconsejo a que ni siquiera intentes acercártele o mirarla demasiado o de lo contrario saldrá su príncipe a querer matarte. ―alegó Andrés, sonriendo suspicaz.
―¿Tanto así?
―Es que Alfonso es un loco enfermo.
—Pero su novia es rebuena.
—Sí, es más rebuena que el helado de aguacate.
Los dos hermanos miraron recelosamente a la chica de la cual hablaban, misma que se hallaba a varios metros, en el arco norte de la cancha reunida con sus amigas y su novio abrazándola, y acariciando su brilloso cabello castaño.
Priscila y sus acompañantes se reían con histeria por algo que al parecer contaba Alfonso que al ser el único hombre del grupo de chicas era el centro de atención. Se reían con felicidad, mientras comían hamburguesas y tomaban gaseosas, razón por la cual Alfonso eructó en un par de ocasiones y eso les sabía aún más gracioso a esas tontas chicas riéndose con locura.
―Qué cerdo que es ese infeliz.
―¿Infeliz? Si luce tan sonriente.
―Tienes razón. Hasta el sol brilla aún más.
―Sí, brilla al verlo a él sonreír.
Hablaban los dos hermanos al ver a Alfonso, presumiendo de tener una hermosa novia y muchas admiradoras, y en cambio ellos ni un maricón que los pretendiera enamorar, y no era porque tal vez eran feos, sino por ser un poco mojigatos y andar por la vida sin dinero. Sabían que con la plata y una banana baila el mono.
Una pregunta sin repuesta surgía en la escena de esos novios:¿Cómo es qué Priscila una chica tan atractiva, desperdiciaba su tiempo y su juventud con alguien de pésima reputación? Alfonso era de no confiar. Este muchacho se dedicaba al expendió de drogas dentro del colegio,pertenecía a una peligrosa pandilla y hasta se le ameritaba la autoría de un crimen, según los rumores.
En el liceo, Alfonso propagaba el miedo junto con otros alumnos de su grupo. Ellos monopolizaban la vida estudiantil, y aprovechando eso, molestaban a los más débiles al puro estilo del bulling. Les quitaban el dinero de su refrigerio, hartándolos para que se fueran del colegio. Ese fue el caso de una chica que al no querer ser amiga de Alfonso, éste empezó a molestarla, de pasó el rector Rodríguez quiso abusar de ella, según se rumoraba, y mejor la chica se cambió de colegio.
A pesar de que Alfonso tuviera el alma negra, más negra que el petróleo, tuvo la suerte de haber conquistado a la guapa Priscila. Ese tema a muchos lo desconcertaba como a Guillermo y Andrés que siguieron hablando un poco más de Priscila.
―Lo bueno que ella no es la única mujer en este mundo. ―comentó Guillermo.
―Ah, en eso tienes razón. Yo he visto chicas aún más hermosas que ella, hay unas que parecen que vinieran de otra dimensión. ―dijo Andrés con suspicacia.
―¿En serio?―interrogó su hermano, incrédulo.
―Sí. Algunas parecen hasta ángeles.―le susurró.
―Oh, vaya.
―Debes de creer en lo que te digo, Guillermo.
―Te creeré cuando lo vea con mis propios ojos.
―Si las conocieras, no dijeras eso.
―Entonces preséntamelas.
―A la hora de salida acompáñame a la casa de uno de mis amigos, allí podrás conocer a una de ellas.―concluyó Andrés marchándose.
Guillermo volvió a quedarse solo en las gradas. Por otro lado, Alfonso el novio de la chica, acababa de fijarse de las constantes miradas descaradas y murmureos que los dos hermanos habían estado dirigiendo hacia su bella compañera sentimental. El ofendido decidió en abandonar el grupo de chicas para ir hasta donde Guillermo a buscarle líos.
―Disculpen chicas. Tengo que irme.
―¿A dónde vas? —se sorprendió su novia.
―Voy a poner en su lugar a un imbécil.—alegó Alfonso.
Las chicas del grupo se quedaron sorprendidas por la inesperada actitud de Alfonso que enojado abandonó el grupo, yéndose hacia las gradas en donde estaba Guillermo que al percibir el acecho de Alfonso, dejó de cautivar la belleza de Priscila, y más aún al pensar que le reclamarían por haber estado mirando a mujer ajena. Lo mejor que se le ocurrió a Guillermo en ese rato fue en ponerse de píe y estar alerta para enfrentar cualquier eventualidad.
Mientras el brabucón se iba acercando a Guillermo, unos alumnos que jugaban futbol en la cancha, por accidente hicieron rodar el balón hasta los pies de Alfonso quien demostrando su enojo pateó el balón fuertemente mandándolo de vuelta hacia los chicos que si uno de ellos no se agachaba, hasta le sacaba la cabeza de un balonazo. El acto lo hizo también para intimidar a Guillermo al que lo increpó al llegar frente a él.
―¿Por qué miras tanto a Priscila? ―reclamó Alfonso al joven.
―¿De qué hablas? ―reaccionó Guillermo.
―No te hagas el que no sabes. Vi como tú y tu hermano miraban a mi novia.
―¿Tú novia?
―¡Sí imbécil! Mi novia Priscila.—alzó la voz Alfonso, golpeándose el pecho.
De esa discusión la novia del brabucón se percató al verlo realizando gestos alterados frente a Guillermo. De inmediato ella abandonó la conversación de su grupo de amigas para dirigirse hacia los dos jóvenes que no cesaban en cruzarse palabras a pesar de que veían a la chica aproximándoseles hacia ellos.
―Si sientes celos porque mirábamos a tu novia, eso es un síntoma de baja autoestima y de inseguridad.―comentó Guillermo.
―¡Pero qué dices maldito cuatro ojos! ―reaccionó su rival, violento.
―¡Lo que oíste pendejo del demonio!
―¡Qué! ¡Repítelo!
―Si quieres te lo digo en el oído.
―¡Te voy a matar hijo de puta por decirme eso! ―amenazó Alfonso airado.
―¡Ja! ¡Creo que eso si te dolió! ―rió Guillermo sobreexcediéndose de valentía.
Él no se dejó intimidar por Alfonso y de su personalidad violenta. Pero como el brabucón vio que se acercaba su novia, sólo se burló del joven.
―Acaso piensas que Priscila se haría amiga de alguien como tú, que eres un apocado igual que tu hermano Andrés. ―pensó Alfonso―. ¡Mírate! Con esos lentes que usas te ves como mi abuelo. ―se rió el chico.
Antes que la discusión se calentara aún más, Priscila llegó en buena hora, interrumpiendo el choque que los dos jóvenes mantenían. Ella ya había observado que ambos hablaban en tono discrepante.
―¿Quésucede aquí? ¿Me lo pueden explicar? ―preguntó la chica, irritada.
―No sucede nada cariño. ―respondió su novio―. Sólo conversaba con éste…―expresó Alfonso, despreciando al chico.
―Pero éste como tú lo llamas debe tener su nombre. ―increpó Priscila a su novio―. Eres Guillermo ¿Verdad? el hermano de Andrés.
―Sí, lo soy.―dijo el chico de lentes.
―Ya ves que tiene nombre como tú. ―reprendió la muchacha a su enamorado―. Pero díganme lo que charlaban. Los veía tensos. ―insistió ella.
―No era nada interesante, mi amor.―le contestó su novio.
―¿Estás seguro?
―Tranquila, era algo sin importancia. ―intervino Guillermo.
―Bueno eso espero. ―expresó la chica, mirando a ambos.
Por unos segundos Priscila se quedó mirando a Guillermo con ojos grandes como si quizás hubiera descubierto algo interesante en su rostro. El chico de igual forma la miró así, aunque en su caso estaba deslumbrado por los ojos verdes de la atractiva chica. Mientras tanto su novio ardía de furia, pero supo guardar serenidad para no lucir celoso.
De repente se escuchó el timbre anunciado el final del receso, y casi todos los alumnos se marcharon de la explanada para volver a las aulas. El sitio quedó un poco desolado. Hacia una esquina de la cancha sólo se veía a Andrés junto a sus dos amigos, y los tres jóvenes que siguieron charlando un momento más.
―Creo que debemos de entrar al salón de clases. ―sugirió Alfonso.
―Sí, ya nos vamos.―le dijo Priscila a su novio.
―Qué rápido fue el receso. ―comentó Guillermo.
―Me gustaría charlar contigo algún día de estos. ―pensó Priscila dirigiéndose al chico de lentes.
La propuesta de Priscila hacia Guillermono fue del agrado de Alfonso, éste arrugó la frente porque su novia pretendía ser amiga del chico con el que estaba discutiendo.
―Sí, claro. A mí también me gustaría charlar contigo. ―compatibilizó Guillermo, alegre.
―Soy amiga de tu hermano Andrés, lo conozco a él desde el primerdía en que llegué a este colegio.―pronuncióPriscila, sonriente.
―¡Sí! Sé que eres muy amiga de mi hermano.―pronunció Guillermo.
El chico miraba a Alfonso y éste ardía de enojo, de celos porque su novia lo invitaba a charlar, cosa que Alfonso había descartado posibilidades como esas.Debido a que era el final del receso, la chica se despidió de su nuevo amigo:
―Bueno. Entonces hasta pronto.―sonrió ella con brillo.
―Espero que algún día tú y yo podamos charlar y conocernos mejor.―expresó él, sobreexcedido de acción.
Guillermo sin darse cuenta le había acabado de coquetear a Priscila frente a las narices de su novio. Pero la chica le supo corresponder de igual manera:
―Me encantaría,pero debo irme ¡Ahí te ves! ¡Chao!
—¡Nos vemos!
Priscila se despidió de su admirador no reconocido, sonriéndole con algo de coquetería. El término de no reconocido era porque todos los que admiraban a la chica eran sus amigos, excepto Guillermo que hasta ese momento dejó de ser un simple desconocido para ella. No obstante un alivió recorrió dentro del chico, debido a que la intervención dePriscila impidió que la discusión llegara a más con Alfonso con el que se debía ser cuidadoso.
Mientras la pareja iba marchándose, Alfonsoabrazó por la cintura a su chica para presumir lo mucho que se amaban. A Guillermo se le despertó una vaga envidia por no tener la suerte de atar a sus brazos a una hembra como esa. La pareja empezó a subir con lentitud las escaleras tomando dirección al salón de clases del segundo piso. Más Guillermo se distraía mirando a los novios que iban abrazados. De repente Andrés junto con sus amigos, llamaron al chico para que acudiera hacia ellos para proponerle algo de presunto interés. Guillermo prestó atención a los llamados, y dejó de mirar a los dos amantes.
―¡Hey¡¡Muchacho! ¡Ven acá!
―¡Sí! ¡Acércate! ¡Queremos hablar contigo!
―¡Date Prisa!
Enseguida Guillermo emprendió pasos hacia el grupo de amigos que se hallaban en la cancha entreteniéndose, pateando un balón viejo y desinflado. Estando frente a ellos se le ocurrió preguntar el motivo por el cual lo citaban.
―Hola muchachos ¿Qué quieren decirme? tengo que ir a clases, ahora.
―Irás luego. ―le dijo Andrés―. Hermano, esto te va a interesar. Te vamos a proponer algo.
―¿Ah, sí? ¿Y qué es?
―Ahora te lo explicaré…
Antes que Andrés explicara, Víctor lo interrumpió al expresar lo hermoso que veían sus ojos.
―¡Ah! ¡Muchachos! pero miren eso ¡Owo! ¡Qué hembra!
Los chicos dejaron de patear el viejo balón, y prestaron atención a su amigo, siguiéndole la mirada para percatarse de Priscila subiendo las escaleras y yendo de espalda, mostrando así su lado femenino en complicidad de su falda corta que hacía lucir su seductora figura, esculpida al molde de toda una hembra a pesar de sus diecisiete años de edad. La chica iba junto a su novio Alfonso rumbo al segundo piso. Los jóvenes del grupo se enardecieron al ver los voluptuosos glúteos y las atractivas piernas blancas y largas que presumía Priscila con su falda subida cinco centímetros más arriba de sus rodillas, derramando así todo el rigor de la sensualidad pura de una mujer.
Cuando la chica giró la escalera, yendo de perfil, sus pechos se los notaron firmes y grandes al tamaño de una piña hawaiana. Su cabello castaño largo hasta su cintura definía la belleza de la guapa señorita, provocando palpitaciones en quienes la miraban con tanto deseo y lujuria.
―Es hermosa, una buena hembra.
―Esa yegua me la quisiera coger.
―Tan sólo si la tuviera una noche en mi cama.
—Serías el hombre más dichoso.
Decían los jóvenes, menos Guillermo.
Los chicos estaban excitados por Priscila, mirándola con tanto deseo como si fuese un apetecible helado aguacate y banana. Pero Guillermo siendo prudente advirtió a los de su grupo en dejar de babear por la chica paraevitar algún mal entendido con Alfonso. Pues antes él había tenido un choque con el narizón.
―No la miren mucho o sino su novio puede venirnos a reclamar. ―alertó Guillermo.
―No le tengo miedo a ese asqueroso narizón. ―presumióVíctor observando con desdén a Alfonso―¡Mírenlo! Tiene la nariz como pelicano y de gancho como colgador de ropa.
Mientras Víctor hablaba del odioso sujeto, Andrés recordó que minutos antes había visto a su hermano Guillermo hablando con Alfonso y su novia.
―Apropósito, te vi que hace poco hablabas con el narizón ese, y luego con su novia ¿Qué hacías hablando con ellos? ―reclamó Andrés a su hermano menor.
―Algo un tanto interesante.―contestó el chico, todo fresco.
―¿Interesante? ―reaccionó Andrés―¿Qué te dijeron esos dos? Dímelo.
―Mejor te lo diré en la casa. Pero tranquilo. ―sugirió Guillermo.
Hasta ahí todo iba bien, hasta que Roberto reiteró la burla que había dicho Víctor con respecto a la nariz aguileña de Alfonso, y se rió de él con una histérica carcajada.
―¡Que tiene la nariz como pico de pelicano! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!―vociferó Roberto―¡Que la nariz parece colgador de ropa! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
A causa de la carcajada del chico, Víctor y Andrés se contagiaron, y empezaron a mofarse a costilla del narizón que subía las escaleras junto a su novia, sin percatarse aún que era víctima de malos comentarios.
―Parece destapador de botellas con esa nariz ¡Ji! ¡Ji! ¡Ji!
―Con esa nariz le hace el amor a la novia ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
―Ahora entiendo porque tiene cara como de gato electrocutado.
―¡Claro! si para penetrar a la novia, utiliza la nariz en vez que el pene, cualquiera tiene esa fea expresión ¡Jo! ¡Jo! ¡Jo!
―Entonces para complacer a una mujer hay que usar la nariz en vez que el pene.
―¡Sí! ¡Hay va un claro ejemplo! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
―¡Ojo! Siempre y cuando la nariz sea más grande que el pene ¡Je! ¡Je! ¡Je!
—Tienes razón ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
Los chicos se regocijaban con histeria a excepción de Guillermo que se mantenía callado bajo seriedad, evitando reírse. Pero los insultos indirectos eran en tono muy alto que hasta un sordo los podía escuchar. Justo en ese día a Alfonso se le ocurrió comprar hisopos para sacarse la cera de los oídos razón por la cual llegó a escucharlos con suma claridad para enseguida sentirse aludido y voltear hacia los jóvenes que se reían con locura, mirándolo directamente, y levantándole así una clara sospecha que se burlaban de él y de su compañera sentimental.
―Cállate, cállate…
―Déjate de reír…
―Parece que nos escuchó el infeliz ese.
Murmuraron los jóvenes en voz baja.
Alfonso acertando que hablaban de él, dejó a su novia para bajar las escaleras e ir a reclamarles a los chicos que se encontraban reunidos en medio de la cancha. Priscila imaginando el pleito que se armaría, se paró en el balcón y miró a los jóvenes sonriéndole de lado con burla para decirles los fritos que estaban. Como ella supuso que saldrían medios muertos, se hizo la desentendida, volteó y mejor siguió caminando hasta el fondo del pasadizo, hacia su aula para no presenciar la pelea.
―Ahí viene el infeliz ese.
―Huyamos a la oficina del rector.
―No, no. Pensaráque le tenemos miedo.
―Eh… Mejor enfrentémoslo.
―Sí, sí… Y actuemos si se lo amerita.
Parloteaban nerviosos los chicos.
Ellos miraba asustados a los lados para ver si el rector o uno de los profesores se hallaba cerca y pudieran detener al enemigo aproximándoseles con malas intenciones, pero no había nadie para socorrerlos, los únicos que se hallaban en la explanada eran ellos, todos los alumnos había retornado a sus respectivas aulas.
El lugar lucía solitario cosa que aprovecharía Alfonso. La situación se ponía color de hormiga, y justo ahí los chicosdejaron de reírse, desapareciendo en cámara lenta esas sonrisas tontas. Fue tarde al recordar que cuando se trataba de Alfonso las cosas eran peligrosas.
―¡De qué carajo se están riendo ustedes! ―expresó encolerizado Alfonso.
―¡Y a ti qué te importa saber! ―respondió Roberto con el mismo tono―¡Yo me río las veces que me da la gana! ―vociferó nervioso.
―¡Escuché bien que se reían de mí! ¡Ahora sabrán lo que es meterse conmigo! ―amenazó Alfonso, señalándolos con el dedo índice.
―¿Acaso quieres buscarnos pelea? ―intervino Víctor.
―No ¡Cómo crees! ―ironizó Alfonso―. Si los veo tan contrariados que presiento que me tienen miedo.
―¿Miedo a qué? ―desafió Víctor.
―A tu mamá que es fea ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ―se echó una risotada Alfonso.
Víctor no reprochó a la burla porque sabía que después le tocaría su turno. Hasta tanto Alfonso se mantenía parado en frente del grupo de jóvenes a quienes desafiaba al haber intuido que se estaban riéndose de él.
Los cuatro chicos estaban temerosos ya que acababan de meterse en problemas con el alumno al que todos temían por su maldad y desastrosa reputación. El asunto se puso grave cuando Alfonso expulsó su rabia, y sacó del bolsillo de su pantalón una navaja puntiaguda de pirata con la que pretendía intimidar a sus adversarios.
―Espera Alfonso, qué haces. ―intervino Andrés.
―Tú te callas Andrés. Tú y tu hermano me cargan hasta las bolas. ―reclamó Alfonso, encarando al chico.
―Y según tú¿Qué te hemos hecho? ―buscó explicaciones Andrés.
―Hace rato vi como ustedes miraban a mi novia.
―Entonces si no quieres que miren a tu novia, mejor escaba un hoyo en la tierra y escóndela allí. ―replicó el chico.
―¿En un hoyo? ¡Ni que fuera conejo! ―intervino Víctor, riéndose a carcajadas.
Aquel que se había burlado por lo que había escuchado era el único del grupo que hacía el esfuerzopor no mostrar temor frente al sujeto que los amenazaba. Víctor actuaba con intrepidez, sacando la cara y motivando a que los otros se envalentonaran.
―¡Pero qué mierda acabas de decir! ―volteó Alfonso hacia el que se había burlado.
―¡Lo que oíste! ¡Narizón! ―le respondió Víctor.
El reclamo que Alfonso le estaba haciendo a Andrés se interrumpió porque luego el ofendido decidió inclinar su rabia hacia Víctor que acababa de burlársele en su propia cara. Tanto fue que Alfonso se llenó aún más de rabia por la risa burlona del muchacho y por haberle dicho narizón.
―¡Te voy a matar, maldito hijo de mil putas! ―gritó Alfonso, enfurecido.
―¡Lo veremos! ¡O te mato yo primero! ―respondió Víctor, envalentonado.
La actitud violenta con la que actuaban los dos jóvenes generó una gran tensión. Alfonso al igual que un delincuente con navaja en mano, se acercó un poco a Víctor queriendo lastimarlo. Pero el chico se alejaba de él, siendo cauteloso, el tipo era capaz de todo.
Los otros chicos se habían alejado a un par de metros, evitando meterse en el pleito. Actuaban nerviosos y muy sorprendidos ya que el único de ellos que se había atrevido a desafiar con valentía a Alfonso era Víctor. No peleaban aún, pero intercambiaban hostiles ofensas y amenazas.
―No me digas que te cabreaste por haberte dicho narizón. ―fastidiaba Víctor a su rival.
―¡Infeliz! ¡Infeliz! ¡Vas a morir! ―repetía Alfonso lleno de enojo―¡Te voy a matar por haberme dicho eso!
Entre amenazas Alfonso pretendía acercársele a Víctor, más éste le huía, evitando que su rival lo apuñalara. Y así los dos daban vueltas como el toro y el torero en pleno ruedo, esperando a quien se decida a dar el primero paso. Víctor molestaba a Alfonso haciéndole dar más rabia y ganas de herirlo con la navaja que sostenía en su mano. En cada paso lo miraba iracundo.
―Tan sólo mírate esa narizota que tienes. Creo que cuando naciste la partera fue tan bruta que te jaló por el moquillo en vez de jalarte por la cabeza ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ―se burlaba Víctor enloquecido.
—¡Ríete no más, que mañana será tu velorio! —amenazó Alfonso.
Mientras eso pasaba entre los dos alumnos, los otros chicos que estaban a su alrededor discutían preocupados por el lio en que estaban metidos.
―Está loco este tipo.
—Sí. Cómo se le ocurre cargársele a Alfonso.
—Lo va a matar si no deja de joderle.
―La culpa es tuya por haberte reído de lo que Víctor dijo. ―le reprochó Andrés a Roberto.
―Si Alfonso le hace algo a Víctor, debemos intervenir para defenderlo. ―sugirió Guillermo preocupado.
―Sí. Lo haremos. ―aseveró Andrés, envalentonado.
―Yo también. ―concordó Roberto, nervioso.
―¿Están seguro de hacerlo? ―dudó Guillermo.
―¡Sí! Cómo no.
—¡Claro que sí!
Respondieron Andrés y Roberto al mismo tiempo.
―Y entonces por qué no van a defender a Víctor ahora mismo. ―insistió Guillermo.
―Ese pleito es de él, no nuestro. ―dijo Roberto.
―Presiento que son unos cobardes. ―se burló Guillermo.
―¿Cobardes nos dices?
―Sí. Así como lo escucharon.
―No nos subestimes. ―replicó Roberto.
―Ya verás de lo que soy capaz. ―aseveró Andrés.
La intención de Guillermo era incitar a que su hermano y Roberto intervinieran en el pleito para evitar que Alfonso le hiciera algo malo a Víctor. Momentos antes el chico había tenido un cruce de palabras con Alfonso por haber estado mirando a su novia, y según su análisis se podía domar a la bestia.
―Se puede vencer a este tipo. ―pronunció Guillermo con mirada analítica.
―¿Y cómo? ―preguntó Roberto, interesado en saber.
―Hay que mostrarle que no le tememos.
Al mismo tiempo en que ellos hablaban, Víctor en el ruedo insistía por molestar a su rival, resaltándole lo poco agraciado que era. Alfonso arrugaba la cara, pelando los dientes de enojo, mirando iracundo al chico que se le burlaba cada vez más.
―¡Y además apestas a vinagre¡¡Y eres espantoso que pareces buitre con esa cabeza rapada! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!―rió a carcajadas Víctor.
―¡Eres un bruto! ¡Por decir eso, morirás! ―gritó Alfonso enérgico.
―Oh, no me digas que se enojó el apestoso ¿Quieres enojarte en verdad? ¡Entonces mira esto!
En gesto de desafío, Víctor le mostró a Alfonso el dedo de en medio de su mano, mientras se sonreía de lado con suma picardía.
―¡Eres un grandísimo retrasado! Yo que tú no haría eso. ―amenazó Alfonso lleno de furia.
Pero Víctor no quería entender y siguió burlándose cada vez más de su enemigo. Al puro estilo de comediante majadero de bar de mala muerte, el chico tuvo la idea de hacerle a Alfonso un par de gestos muy grotescos, de esos que ofenden y hacen hervir la sangre. Riéndose Víctor empezó a moverle el trasero entre nalgadas que se daba así mismo, y mientras le hacía eso a Alfonso, le sacaba le lengua, cantándole:
―La, la, la, la, la… Eres un buitre feo y apestoso…. Apestoso.
Los demás miraban asustados a Víctor sin saber qué era lo mejor, aconsejar al payaso o reírse de lo que hacía. El chico actuaba como loco burlándose de Alfonso quien no aguantó más y explotó encolerizado.
―¡Ríete pendejo! ¡Que hoy te mato! ¡No volverás a ver el sol!
―¡Qué me vas a matar! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
―¡Eres un maldito loco de mierda!
—¡Ven! Te espero. Mátame si puedes. —desafió Víctor.
Cuando el ofendido ya no soportó ni una burla más, levantó la mano derecha violentamente, y sosteniendo su navaja se precipitó abalanzarse hacia Víctor para atacarlo, más el chico lo esquivó con agilidad, y Alfonso pasó de largo casi tropezándose sin hacerle daño a Víctor.
―¡Rayos! ¡Eres un astuto hijo de perra!
Balbuceó Alfonso al no lograr su cometido.
―¿Ahora entiendes con quién te metes? ―desafió Víctor a su rival.
―¡Pero no te librarás de mí! ―amenazó el siniestro agresor.
―Primero conóceme y después atácame.
―¿Con qué conocerte? ¿Eh?
Alfonso se mantenía de espalda, entretenido con las palabras que le había dicho Víctor, y en ese lapso de su descuido, Andrés se armó de valentía, y aprovechó la ocasión para correr hacia Alfonso que permanecía en la misma posición esperando replantearse al fracasar en su primer ataque. La idea de Andrés era agarrar al agresor para que no pudiera hacerle daño a Víctor.
―¿Qué? ¿Lo va atacar?
―Por lo que veo, sí.
―¡No! Detente. Es riesgoso.
Guillermo y Roberto alertaron a Andrés que iba corriendo silencioso como ninja hacia el enemigo para sorprenderlo. En pleno objetivo Alfonso oyó que lo iban a atacar por sus espaldas, y de inmediato volteó, pero fue tarde, Andrés lo agarró por el cuello, haciéndole una rara llave como de técnica inca, charrúa, chechena; en fin él sólo quería bloquearle los movimientos a su rival. Pero su técnica no era la clásica de Bruce Lee, más bien parecía de chimpancé peleando por una banana.
―¡Imbécil! ¡Qué te pasa! ¡Suéltame ya!
―¡No te soltaré!
Gritaban los dos chicos, jadeando.
Justo allí comenzó un intenso forcejeó entre ambos alumnos. Andrés con sus brazos le había hecho a Alfonso una llave en el cuello, en el tórax y en los brazos, bloqueándole la mitad de sus movimientos. Además intentaba arrimársele a su espalda para desestabilizarlo y se vea obligado a soltar la navaja, pero Alfonso trataba de mantenerse de pie, evitando caerseyen aflojar el arma blanca.
―¡Anda! ¡Vamos! ¡Tú puedes! ―alentaba Víctor a Andrés.
―¡Tranquilízate! No llames la atención. ―regañó Guillermo al chico.
―Estoy animándolo para que Andrés no desista. ―decía el adulador.
De poco Víctor se apartaba del pleito, dejándole todo el peso de la pelea a su amigo Andrés que en sus costillas soportaba algunos codazos que su oponente le propinaba.
―¡Suéltame imbécil! ¡Suéltame Andrés! ¡Suéltame que la bronca no es contigo! ―exigía Alfonso airado.
―¡Por qué no peleas a mano limpia! ¡Eres una gallina Alfonso! ¡Suelta esa navaja! ―vociferaba Andrés.
―¡Exijo a que me sueltes! ¡No respondo si te apuñalo!
―¡Qué te suelte el diablo! ¡No voy a permitir que nos mate!
―¡Ustedes no serán los primeros a los que mate!
El narizón de cabeza rapada no se daba por vencido y se mantenía de píe ya que era más alto y fornido que su rival al que buscaba la manera de darle codazos hacia atrás para sacárselo de encima. Alfonso no se animaba en usar su navaja con Andrés por miedo a soltarla.
―Por la puta que te parió ¡Déjame ya!
―¡Más puta es la que te parió a ti!
―¡Qué dijiste loco de mierda!
―¡Sí! ¡Por traer al mundo a un maldito como tú!
Los tres jóvenes que presenciaban la contienda de lucha libre, se sentían impotentes al no saber qué hacer. No querían ir a avisarles a las autoridades del colegio porque de lo contrario iban a quedar como chismosos frente a Alfonso, además eso sería motivo para que después el narizón y su grupo de amigos les hicieran bulín, cosa que estaba acostumbrado hacerle a los que lo acusaban. Y perder el respeto era para ser objeto de burlas en todo el tiempo.
―Esto debe de parar. ―opinó Guillermo.
―¿Y por qué? ―cuestionó Víctor estúpidamente.
―Porque es lo mejor para todos.
―Yo pienso lo mismo. ―concordó Roberto pensativo—. Aunque en buena ley, quisiera ver muerto a ese infeliz.
—¿A cuál infeliz? —repuso Víctor.
—A Alfonso, Obvio. —aclaró Roberto.
Guillermo quería meterse en la pelea para ver si separaba a los dos chicos, pero no se arriesgaba porque podía salir pateado. La situación intentó agravársele a Andrés cuando Alfonso llegó a apretarle la muñeca del brazo derecho y le tocó un nervio obligándolo a que lo soltara por completo. El chico aprovechando que todos sus movimientos estaban libres, sorprendió a Andrés propinándole una fuerte patada en su rodilla izquierda, haciendo a que el agredido casi pierda el equilibrio y se cayera, pero controló sus movimientos y su actitud.
―¿Crees que te tengo miedo?
―Veo que no. Has aprendido a ser hombrecito.
―Tienes razón, yo no peleo con navajas.
Se desafiaban ambos alumnos.
Andrés no se dejó intimidar por su adversario. Alfonso por sostener mejor su navaja la hizo caer torpe e increíblemente en la rendija de un desagüe que pasaba a orillas de la cancha, sitio en donde se efectuaba el pleito. Sólo se pudo escuchar una salpicada, indicando que la navaja había caído en el fondo de la maleza del desagüe. Los demás jóvenes que eran espectadores de lo que sucedía se rieron a medias de Alfonso al mostrar nerviosismo, pero él ya viéndose sin su arma se decidió en pelear a puños limpios con Andrés, demostrando capacidad.
―¿Y ahora qué vas hacer sin tu navaja? ―se burló Andrés―¿Le vas a pedir prestada la espada a hércules?
―Te demostraré que puedo destriparte a manos limpia. ―amenazó Alfonso.
―¡Ven! ¡Aquí te espero! ―aseveró Andrés.
Y al acabar de decir eso, el chico se señalaba con el indice derecho la palma de su mano izquierda, desafiando a su enemigo e invitándolo a pelear.
―¿Con qué quieres morir?
―¡Ven! Inténtalo o te mato yo primero.
El escenario se puso al rojo vivo cuando los dos chicos dieron pasos al mismo tiempo para enfrentarse a puñetes. Andrés manejaba la agilidad y la inteligencia,esquivando y dando algunos golpes, mientras que Alfonso peleaba con violencia y rapidez. Hasta ese momento ninguno de los dos perdía la contienda. Ambos se habían golpeado los rostros. Hacían pausa y retomaban de nuevo. La balanza no se inclinaba para ninguno de los dos como ley salomónica.
―¡Maricón! ¡Peleas como niña!
―¡Hijo de perra! ¡Te exprimiré esa narizota!
―Si te mato, me orinaré todos los día en tu tumba.
―¡Y yo usaré tu cráneo como canasta!
―¡Cállate sabandija!
Se decían los peleadores en plena contienda.
Pero la fuerza jugó un papel importante al momento en que se agarraron por los hombros, y se obligaron a pelear agachados, pretendiendo así que cualquiera de los dos cayera vencido al suelo y rematara el que mejor sometía.
―Hay que hacer algo.
―Lo sé. Esto ya no me gusta.
―Debemos actuar ahora.
Murmuraban los demás jóvenes contrariados, mientras miraban la pelea.
Alfonso con su buen físico a favor, hacía caer de poco a Andrés, por eso desistía, y más aún al no poder respirar a consecuencia del sangrado en su nariz provocado por los golpesque su contrincante le había propinado, y antes que terminara siendo pisoteado como lagartija, en buena hora Roberto se animó, y decidió defenderlo, aprovechando un descuido de Alfonso para meterse en la contienda, y a traición propinarle al narizón un certero y fuerte punta pie en el abdomen que lo dejó sin aire, haciéndolo derrumbar al suelo en donde quedó revolcándose, gimoteando como gato electrocutado.
―¡Ahora síRoberto! ¡Vamos! ¡Revuelca a ese maldito infeliz! ¡Tú puedes! ¡Patéale el trasero! ―alentaba Víctor a su amigo.
―¡Vamos! ¡Pégale duro! ―acompañaba Andrés en la barra―¡Y sácale la hamburguesa que se comió en el receso!
Andrés y Roberto rodearon a Alfonso que caído en el suelo se quejaba de dolor, además estaba agitado al quedarse sin aire por la fuerte patada en el estómago que recibió.
―Pobre imbécil, mira como terminó.
―Así lo que quería ver a este maldito…
Murmuraban Andrés y Roberto, mirando a Alfonso caído en el suelo.
Víctor al ver que las cosas estaban así de graves, se había alejado de la bronca. Guillermo se mantenía nervioso y preocupado al ver que su hermano estaba involucrado en la pelea, por eso fue a reclamarle a Víctor que estaba a un par de metros alejado del lugar de los hechos.
―¿Por qué permitiste que mi hermano te defendiera? ―le reclamó Guillermo a Víctor.
―Yo ya no podía seguir peleando. Ese tipo es más fuerte que yo. ―dijo Víctor.
―Mi hermano arriesgó sus pellejos por ti.
―Y yo se lo agradeceré toda la vida. ―pronunció Víctor.
Guillermo y Víctor eran los únicos que no habían peleado a diferencia de Andrés y Roberto que fueron los que sacaron la cara por el grupo, y por eso estaban alrededor de Alfonso que caído en el suelo se quejaba por la patada que uno de los chicos le había propinado en el abdomen.No podía recuperarse.
—La cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar…. —cantaba Roberto, mofándose de Alfonso— ¡Ahora levántate si puedes! ¡Maricon! ―vociferó el chico con júbilo de vencedor.
―¡Vete a la mierda! ¡Y que te mueras! ―maldijo Alfonso caído en el suelo.
―Eres un triste llorón ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ―se burló Roberto del agredido.
―Me la vas a pagar Roberto. Esto no se va a quedar así. ―amenazó Alfonso, desalentado.
―¡Vámonos! Deja a esta niñita llorona ―le sugirió Andrés a Roberto.
―¿Dejarlo? Ahora más que nunca aprovechemos para matarlo. ―dijo Roberto enloquecido.
―¿Pero qué carajo dices? ¡Cachay! ―reaccionó Andrés.
―Si no lo matamos, él nos matará.―aseguró Roberto.
―Yo no me mancharé con la sangre de este triste infeliz.
―Pero yo sí. ―dijo Roberto, decidido.
―Hazlo si tienes el valor. ―lo desafió Andrés.
—Hay que hacerlo. Sé porque te lo digo.
—Yo nunca pensé en matar a este infeliz.
—Pero yo sí, o él nos matara. Acuérdate de mis palabras. —advirtió el joven.
En ese momento Roberto llamó a Guillermo y a Víctor quienes guardaban distancia del lugar de los hechos. Al chico se le había ocurrido un malévolo plan y necesitaba de la ayuda de ambos ya que Andrés no compatibilizaba con él.
―¡Hey muchachos! ¡Venga acá!
Los chicos que se habían alejado a varios metros, se acercaron a donde estaban los otros dos que rodeaban a Alfonso caído en el suelo gimoteando de dolor sin poder levantarse.
―¿Para qué nos llamas? ―preguntó Víctor acercándose a los otros dos.
―Quiero que me ayuden a arrastrar a este pendejo hasta el fondo del patio. ―pronunció Roberto, enérgico.
—¿Y cómo haremos eso? —repuso Víctor, nervioso.
—¡Fácil! Lo cogeremos de las patas para arrastrarlo al patio de atrás del colegio. —mencionó Roberto con malicia.
―Y eso…¿Para qué? ―indagó Guillermo, hurgándose la nariz.
―Para matar a piedrazos a este perro infeliz.―dijo Roberto con rabia―. Si yo no lo mato, este imbécil me matará.
―¡Qué! ¡Pero qué mierda dices! ―expresó Víctor nervioso―. Mejor deja a este infeliz que se muera por su propia cuenta. ―enfatizó el chico.
―Yo opino lo mismo. Mejor vámonos a clases, y dejen a este llorón aquí. ―sugirió Andrés.
―No se preocupen, nadie sabrán quien lo mató. ―aseguró Roberto―. Si no lo matamos hoy, tarde o temprano él nos matará. Esta mierda es capaz de todo y de mucho más.
La macabra idea de Roberto era llevar a Alfonso al arrastre hasta el fondo del patio del colegio. Esa zona era solitaria y por eso planeaba matarlo allí a padreadas sin que nadie se dé cuenta. El afectado se hallaba caído en el suelo y sin poder levantarse, apenas miraba asustado a sus enemigos del cual uno planeaba matarlo.
―No voy a permitir que me maten. ―dijo Alfonso con una voz de agonía―. Al final, yo venceré. ―sostuvo Alfonso, cogiéndose la parte golpeada.
―¡Cállate! ¡Después de que te mate me cogeré a tu novia! ¡Sí! ¡A la Priscila! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ―rió Roberto con mucha malicia―. Le haré un hijo y juntos seremos muy felices ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Y tú estarás muerto!
―En cogerse a Priscila suena estupendo, pero en matar a esta mierda es como destripar a una rana asquerosa. ―dijo Víctor.
―Entonces si no lo matamos, dejémoslo a las orillas de la puerta del cementerio para que sufra. ―mencionó Roberto con malicia.
Alfonso desde el suelo miró a sus agresores, y haciendo un esfuerzo por abrir la boca manifestó:
―Cuando me hacías los mandados, no pensabas en eso. Te agachabas para lustrarme los zapatos. ―pronunció Alfonso con desaliento, dirigiéndose a Roberto.
―¿Qué dijo éste que no lo oí bien? ―preguntó Andrés.
―No le hagas caso… Está loco. ―manifestó Roberto con vacilación.
Aquel que planeaba en matar a Alfonso no se hallaba conforme con ver al chico golpeado y caído en el suelo. Cuando el afectado iba recuperándose y se disponía a levantarse de su derrota, Roberto volvió a golpearlo, propinándole otra patada, pero en la cara. El golpe fue mortífero para que los demás se quedaran estupefactos al ver a Alfonso con los ojos desviados cayéndose inconsciente hacia atrás. Por la patada a la víctima le brotó de la nariz un río de sangre derramándose sobre el pavimento de ese perímetro de la cancha siendo evidencia de lo sucedido.
―Pero…¿Qué hiciste?
―No era necesario.
―Eres un bruto.
Le reclamaron los demás a Roberto.
―Tengo que matar a este cochino insecto. ―determinó el chico vehemente.
Alfonso nuevamente volvía a ser vapuleado. Quedó tendido y noqueado en el suelo con la cara ensangrentada. El chico al que todos temían en el colegio era humillado por Roberto. No conforme con la patada, sacó un estilete del bolsillo de su pantalón disponiéndose a faenar a su víctima como vaca en un camal, pero antes fue sujetado por sus amigos para que no siguiera golpeando a Alfonso que no decía ni pio.
―¡Ya basta Roberto! ¡Detente! ¡Vas a terminar matando a esta mierda! ―le dijo Andrés a su amigo, agarrándolo por el brazo derecho.
―¡Tranquilízate brother! ¡Recapacita! ―intervino Víctor, sujetando a Roberto por los hombros.
―¡Suéltenme! ¡Déjenme matar a este infeliz que cuanto lo odio! ¡Suéltenme carajo! ¡Quiero matarlo! ―exigía Roberto poseído de rabia.
―¡Tranquilízate con un demonio! ―gritó Víctor reprendiendo a Roberto.
―¡Lo voy a matar para que haya un delincuente menos en este mundo!―aseveró el agresor, encolerizado.
―¡Qué te tranquilices carajo! ―le gritó Andrés a Roberto.
―¡No quiero tranquilizarme! ¡Suéltenme ya! ―gritó Roberto descontrolado.
Los chicos miraban asustados a Roberto porque acababa de perder el control, y buscaban hacerlo recapacitar para que no enloqueciera más con su idea de matar a Alfonso, por eso sus amigos lo tenían sujetado. Víctor le quitó el estilete y lolanzó lejos, fuera del colegio.
Guillermo trataba de mantenerse al margen de la bronca, y sólo participó cuando tuvo que hacer de campanero al instante en que vio al rector saliendo de una de las aulas del segundo piso y lo primero que hizo el chico fue en avisarle a los otros.
―Psss… Psss… ¡Muchachos! ¡Atentos! ¡Allá arriba está el rector!
―¡Justo ahora aparece este viejo! ―protestó Roberto, mirando hacia arriba.
—¡Mierda! Esto no puede pasar. —renegó Víctor, reconociendo al viejo.
―¡Atento! ¡Parece que quiere bajar a la explanada! —advirtió Andrés.
Al ver que el rector estaba cerca, Roberto se tranquilizó. Pero Víctor y Andrés se asustaron al percatarse del viejo. Si la justicia buscaba culpables, ellos querían salir absueltos de cualquier acusación, por eso los tres chicos se apartaron enseguida de donde estaba Alfonso caído para no parecer tan comprometido con el hecho, y hacer notar que el muchacho estaba tirado allí porque tal vez lo había pateado un burro mañoso o cualquier otra cosa que no tenga nada que ver con ellos. Por mala suerte nadie les iba a creer. Era fácil de sobreentender que entre ellos estaba el que masacró a Alfonso.
―Y ahora, qué le diremos al viejo Rodríguez.
―No lo sé…
―Digámosle que Alfonso fue…
―¡Ya sé! Que fue aplastado por una manada de vacas.
―Ah, mejor no digan pendejadas.
―Él sospechara de nosotros.
Discutían los jóvenes contrariados.
Cuando el viejo aún estaba en el balcón, disponiéndose a bajar por las escaleras, no se había dado cuenta de lo sucedido, hasta que se le ocurrió alzar la mirada hacia toda la perspectiva de la explanada, y enseguida se percató del hecho, y enfurecido empezó a bajar rápidamente las escaleras, gritando:
―¡Pero qué carajo está sucediendo aquí!
Al oír el tono grueso de la voz del rector los jóvenes se pusieron nerviosos, y peor aún al ver que el viejo su puso encolerizado y miraba sorprendido a Alfonso caído inconsciente en el suelo como gato envenenado, cerca de un pequeño charco de sangre.
―Creo que estamos en problemas.
―Este viejo siempre está a favor de Alfonso.
―Maldito sea ese viejo puto.
―Supongo que por esto nos sancionarán.
―Ruego porque se tropieza en los escalones y se rompa el trasero en mil pedazos. ―anheló Roberto.
Los cuatro estudiantes rumoraban, mientras veían al viejo del rector que baja precipitado las escaleras. Los cuatro alumnos callaron cuando el rector llegó al lugar de los hechos y se encuclilló consternado frente al chico agredido para llamarlo y tocarlo para hacerlo reaccionar. Al momento en que Alfonso finalmente abrió los ojos y despertó del trance lo primero que hizo fue hacerse la mosca muerta, gimotear, quejarse, y en acusar a quien lo había golpeado.
―Licenciado, me pegaron. Roberto me pegó, él fue.
―¿Yo qué hice? ―cuestionóel acusado.
―Esto tenemos que discutirlo. ―amenazó el rector, enojado.
A causa de los golpes y la sangre, Alfonso tenía el rostro hecho un desastre, casi estaba irreconocible. Se hallaba caído en el suelo y como no podía recomponerse, el rector lo ayudó con paciencia agarrándolo por los brazos para hacerlo poner de pie. El tipo lucía tembloroso como pollo con peste y con la camisa manchada de la sangre que le brotaba de su nariz. Justo ahí algo curioso aconteció. Rodríguez le brindó a Alfonso toda la ayuda posible como si fuese su alumno mimado, algo increíble por tratarse del tipo más maligno del colegio, pero eso pasaba.
―No puedo creer lo que veo.
―Lo trata como si fuese el entenado.
―Apuesto que esto nos afectará.
―¿Y qué esperabas? Si el tipo luce muy mal.
―La patada que le dio Roberto, lo dejó maltrecho.
Rumoraban los cuatro chicos en voz inaudible, evitando que los oyera el rector.
Alfonso había quedado mareado por la patada que Roberto le dio en la frente, pero él tenía toda la ayuda del rector que sacó del bolsillo de su pantalón un pañuelo para limpiarle la sangre del rostro. Al viejo se lo veía más indignado por lo que le habían hecho a Alfonso que más no por lo sucedido en general, porque cuando en el colegio alguien era víctima del brabucón, el rector nunca lo sancionaba.
―En este momento, todos me acompañan a la oficina. ―enuncióel rector enfurecido.
Los muchachos se miraron entre sí. Guillermo le hizo un gesto a los de su grupo emitiéndole a no temerle al rector.
―Le diremos que Alfonso nos amenazó con una navaja. ―propuso Andrés susurrando.
―Pero no tenemos la navaja, recuerda que él la hizo caer en el desagüe. No hay evidencias. Estamos perdidos. ―replicó Víctor con tono muy bajo.
―Mierda. Se nos complican las cosas. ―refunfuñó Roberto, susurrando.
―Si alguien mete la mano en la rendija del desagüe tal vez tendremos esa evidencia. ―sugirió Guillermo.
―Buena idea. Pero creo que nadie se animará a meter la mano en esa agua asquerosa que apesta horrible. ―dijo Víctor.
Antes que todos se marcharan a la oficina a tratar el asunto, el director llamó a gritos al conserje del colegio para que limpiara la sangre que había quedado sobre el pavimento de la cancha.
―¡Jaime! ¡Jaime! ¿En dónde estará ese bueno para nada? ―renegaba el rector.
A poco rato apareció el portero Jaime, saliendo de la garita.
―¡Sí licenciado! ¡Dígame!
―¿Qué hacías tú?
―Estaba dentro de la garita.
―Durmiendo ¿No verdad?
―Tengo derecho a descansar.
―¿A descansar dijiste? ¡Mira! Estos cuatro desadaptado casi matan a golpes a un alumno. ―replicó el rector Rodríguez cabreado―¡Y tú durmiendo!
―No me fijé en lo que ocurría. ―se excusó, Jaime el portero.
El conserje miró sorprendido a Alfonso luciendo desconcertado por los golpes.
―¡Si hubieras estado despierto, no estaría pasando esto!―continuó el rector, reclamándole a Jaime.
―Yo soy el portero, no un maestro para educar a estos chicos. ―se defendía el portero.
―¡Por lo menos hubieras servido para avisarme y evitar esta pelea!
―Dormía, y no pude oírlo que pasaba.
―Esas son palabras de gente incompetente. ―reprendió el rector al humilde portero.
El encargado de la limpieza y mantenimiento del instituto había estado tomando una siesta dentro de la garita que se ubicaba a una esquina de la explanada cerca de donde se había efectuado la pelea. Quizás si el conserje hubiera estado despierto, la historia sería diferente, aunque él era un tanto holgazán por eso lo reprendió Rodríguez.
―Mmmm… Iré a limpiar los sanitarios. ―dijo Jaime, yéndose.
―¡Anda! ―gritó el rector irritado―¡Y no me iré de aquí hasta cuando vea que estás trabajando!
El conserje del colegio volvió a su garita para sacar una escoba de trenzas de lana y una poma de lavanda con las que se fue rumbo a los sanitarios. Luego el rector se dirigió a los alumnos:
―¡Y ustedes! ¡Síganme a mi oficina!
Disponiéndose a ir a resolver el problema, los alumnos guardaron silencio mientras iban en marcha. Alfonso mantenía distancia de sus enemigos, pero de pronto empezó a quejarse al igual que una niña.
―Me duele la nariz y la cabeza. Me duele…
―¡Cállate! Esto te pasa por buscar pleito. Con todos te metes. No respetas a nadie, ni a los profesores, todo mundo se queja de tu conducta. ―lo reprendió el rector.
El trayecto a la oficina, consistía en caminar por un pasaje que dividía a las dos edificaciones del colegio. En ese pasaje se podía apreciar un monumento en honor al fundador del liceo, y algunas criptas a manera de vitrinas que guardaban las copas, medallas y algún que otro título que el instituto había ganado en torneos deportivos, y concursos de ciencias.
Cuando los jóvenes llegaron a la oficina del director se sentaron ocupando los asientos que rodeaban un elegante escritorio de madera con plataforma de cristal. Alfonso decidió mantener distancia de sus enemigos, sentándose por otro lado. El silencio mostraba el grado de la situación.
Todos estaban estáticos y el único movimiento que hacían los chicos era en seguir con su mirada al director que buscaba atareado en unos estantes las carpetas que archivaban los expedientes disciplinariosde cada uno de los alumnos allí presentes. El asunto tomó más tensión cuando el rector dispuso de una orden especial para con su alumno más allegado.
―Alfonso, ve a donde mi secretaria y dile que te cure la nariz con algo del botiquín. Ve, que luego hablo contigo. ―le dijo el rector al chico.
De inmediato Alfonso acató, marchándose de la oficina, mientras que Andrés al ver que su enemigo recibiría atención y él no, empezó a exigir primeros auxilios y a protestar por el proceder de la autoridad.
―Licenciado, yo también tengo la nariz partida. Quisiera algo para la hemorragia. Alfonso me golpeó. ―aseveró Andrés.
―Si pretendes irte para evitar hablar de este asunto, no te dejaré ir a ningún lado. ―contestó el rector enojado.
―Pero necesito algo para mi nariz, no dejo de sangrar.
―¡No Andrés! ¡Te quedas! ―replicó la autoridad.
―No es justo que sólo Alfonso esté recibiendo atención, mientras que yo estoy sangrando por la nariz. ―protestó el chico.
―Alfonso está más afectado que ti. ―dijo el director.
―Usted siempre tiene preferencias para Alfonso que es el alumno más desadaptado del colegio, creo que eso no es justo. ―comentó Andrés enfurecido.
El rector se quedó inmóvil, mirando a Andrés con profunda rabia por lo que le había dicho. Su mirada denotaba lo mucho que quería ahorcar al chico protestando sin temor, pero la autoridad hizo valer su jerarquía.
―Hijo, yo aquí soy el rector de este colegio y hago lo que creo que es correcto, y tú aquí no cuestionas mis decisiones. ―determinó el viejo con prepotencia.
Los jóvenes miraron impotentes al director por su arrogancia. Aunque todos sentían malestares por la reacción de la autoridad, el único que se atrevía a expresarse era Andrés que no dejaba de increparle al viejo que por momentos ignoraba al chico con desprecio y mejor se mantenía concentrado buscando las carpetas de los jóvenes.
―Licenciado, Alfonso también me golpeó y al inicio nos amenazó con una navaja.―continuó Andrés.
―No sé si él te haya golpeado o los haya amenazado, pero yo estoy siendo lo más justo.
―¿Justo? ¿Pero no está viendo que estoy afectado? Necesito algo para la hemorragia ¡Urgente! ―reclamaba Andrés, desesperado.
El chico se cogía la nariz para evitar que le brotara más sangre.
―Recuerdo haber visto a un alumno tirado en el suelo inconsciente y con la cara partida, y si mi intuición no me falla fueron ustedes quienes los golpearon. Creo que por justicia merecen ser sancionados. ―determinó el rector.
―Si nos quiere sancionar, hágalo también con Alfonso, él sólo se está haciendo la mosca muerta. Además mi hermano se mantuvo alejado del pleito, Guillermo no tiene nada que ver en esto, él debe ser excluido. ―increpóAndrés.
―Hijo, tu rebeldía me van a llevar hacer un reporte al ministerio de educación respecto a la conducta de ustedes y les aseguro que ninguno se podrá graduar. Yo te aconsejo que seas prudente en tus reclamos. ―amenazó el rector airado.
Los jóvenes sentían indignación al ver que la autoridad protegía mucho a Alfonso y no dejaba a que Andrés recibiera atención. Antes que las cosas se complicaran, Guillermo hizo tranquilizar a su hermano.
―Andrés, ya no protestes; tranquilízate. Iré a donde la secretaria para que me déalgo para tu nariz. ―dijo el chico a su hermano mayor.
―Espera Guillermo, tu no vas a pedir nada a nadie. Deja que este asunto lo arreglo yo. ―aseveró Andrés ostentando capacidad y valentía.
―Andas con la cabeza caliente y si le jodes mucho a este viejo, nos hará la vida imposible. ―aconsejó Guillermo susurrándole al oído a su hermano.
―Tampoco puedo quedarme callado. ―manifestó Andrés en el mismo tono.
―Tranquilízate que yo iré a donde la secretaria a pedirle algodón y alcohol para tu nariz. ―determinó Guillermo, poniéndose de píe.
Cuando el chico pretendía marcharse, el director lo reprendió con agudeza.
―¿A dónde vas? No puedes irte sino te lo he autorizado ¡Vuelve a sentarte!
―Voy a buscar algo para curar a mi hermano que está sangrando. ―dijo Guillermo.
―No vas a ningún lado ¡No! ―rehusó el rector, irritado.
―Pero es que….
―¡Pero es que nada! ―expresó el viejo enojado―. Hablaré ahora mismo con ustedes. Siéntate, que ya encontré sus expedientes.
Guillermo volvió a sentarse. Los jóvenes se mantenían en silencio, mirando con temor al viejo cascarrabias que acababa de encontrar sus expedientes con los que se acercó al escritorio para sentarse a discutir la controversia con los alumnos. Algo muy curiosa acontecía, el rector se había reservado el expediente de Alfonso, pero en ese momento a Andrés más le importaba su nariz que le sangraba.
―Licenciado, por favor, necesito algo para la hemorragia en mi nariz. ―insistió una vez más Andrés.
―Está bien, anda a la oficina de mi secretaria para que te dé lo que necesitas. ―concedió el rector al final.
Antes que Andrés se marchara, su hermano Guillermo lo detuvo.
―Espera…
―¿Qué quieres decirme? ―le preguntó Andrés en voz baja.
Guillermo se puso de píe para hablarle a su hermano al oído.
―Te aconsejo que te quedes para que te defiendas con tus propias palabras. No es bueno que mientras se hable del tema, estés ausente. Mejor voy yo. ―sugirió el chico.
―¿Será necesarios eso? ―preguntó su hermano.
―Sí, quédate. Yo iré a buscar lo que necesitas.―repuso Guillermo.
Mientras los chicos dialogaban el rector protestó, interrumpiéndolos de súbito.
―¡Hey! ¡Ustedes! ¡Que tanto conversan! ¡Dense prisa! ¡No tengo todo el día!
Los dos hermanos se quedaron helados mirando al viejo por su reacción que los obligó a que de inmediato concordaran con una idea.
―Está bien, ve tú. ―determinó Andrés.
Enseguida Guillermo emprendió pasos hacia la oficina de la secretaria que estaba a lado, y cuando pretendía cruzar la salida, el licenciado protestó al percatarse que quien se iba retirando era al que no le había autorizado.
―¿A dónde vas Guillermo?
―Voy a buscar algodón y alcohol para Andrés.
―¡No! Te quedas. Yo le autoricé a tu hermano. ―aseveró el director irritado.
―Pero es que…
―¿Acaso no eras tú el que pedía primeros auxilios y se quejaba? ―preguntó el rector dirigiéndose a Andrés.
―Sí, pero mejor irá mi hermano a buscar lo que necesito para mi nariz. Yo quiero quedarme a hablar con usted. ―le contestó el joven.
―¡Está bien! Como ustedes quieran. ―expresó el licenciado enervado.
―Ve Guillermo, te espero. ―le dijo Andrés.
Al momento en que el chico salía de la oficina, el director empezó a indagar entorno al pleito efectuado entre los jóvenes.
―Ahora cuéntenme lo que sucedió con Alfonso.
―Bueno, en primer lugar…. ―tomó la palabra Víctor.
El chico titubeó un poco, obligandoa Roberto a intervenir.
―Lo que en realidad sucedió. ―prosiguió Roberto―. Fue lo siguiente….
Al dar inicio a una discusión entre el director y los alumnos, Guillermo abandonaba el momento para dirigirse a la oficina de a lado en donde laboraba Virginia, la guapa secretaria que de vez en cuando solía hacer de psicóloga o de enfermera aunque no la fuera, pero lo hacía bien, porque aquella chica trataba con buen carisma a los alumnos deprimidos o a los que sufrían algún accidente. Ella no pasaba de los veinticinco años de edad y a veces era acortejada por los chicos más arriesgados del colegio.
Para cuando Guillermo iba llegando a la oficina y abría la puerta, encontró a Alfonso y a la secretaria tratándose de manera muy cariñosa, yaciendo relajados sobre un sofá. Ella mantenía al chico acostado en sus piernas, curándole la nariz con ungüento, y dejando que el muchacho la abrazara por su cintura y a la vez le tocara los senos. Al principio los dos jóvenes no se percataron de la presencia de Guillermo, pero por su beneficio él logró escuchar cierta parte de una sospechosa conversación entre ambos.
―Entonces, los vas a matar. ―decía Virginia preocupada.
―Te lo juro. Ellos van a morir uno por uno. ―sostenía Alfonso con vehemencia.
―Pero si les haces daño, puedes ir a la cárcel. No lo hagas. ―aconsejaba Virginia.
―Y quedarme con los brazos cruzados, luego que me revolcaron en el suelo.
―Mejor dale una paliza, antes de matarlos. ―sugería la secretaría con prudencia.
Virginia y Alfonso charlaban de una posible venganza en planes del narizón. Ambos dialogaban entretenidos sin que aún se percataran de que Guillermo estaba allí presente, acabando de llegar en silencio. Pero viéndose a que no podía dar marcha atrás, tuvo que disculparse por llegar de manera inoportuna y encontrarlos así.
―Disculpen que los interrumpa. ―dijo el chico lamentándolo―. Virginia quiero pedirte algo.
La secretaria y su consentido se pusieron atentos al escuchar la voz de Guillermo quelos sorprendía inesperadamente. Los dos chicos se acomodaron con decencia en el sofá, y en sus ojos ardía una profunda rabia que lo dejaban caer frente a la visita inapropiada.
―¿Acaso no te enseñaron a tocar la puerta antes de entrar? Supongo que así eres de mal educado. ―protestó Virginia enfadada.
―Siempre he entrado sin tocar la puerta y nunca te has enojado. Además no creo que esta oficina sea un lugar restringido. ―replicó Guillermo.
―Sí, pero por educación tuviste que haber tocado la puerta. ―replicó la chica irritada.
―Tranquila princesa, atiende al niñito que si no más me equivoco viene en busca de algo para curarle la nariz a su hermanito. ―intervino Alfonso sonriendo con burla.
―¿Qué quieres Guillermo? ―preguntó la secretaria.
―Vine por…
―Quizás a lo mejor el niñito quiere su chupón para que se entretenga. ―interrumpió Alfonso con ironía.
―¡Ja! ¡Ja! Eres chistoso. ―se rió Virginia.
La chica se levantó del sofá queriendo apartarse de Alfonso quien aprovechando que ella estaba de espalda le dio una nalgueada. Ella sonrió correspondiéndole. El chico no se pudo resistir en manosearla a razones de que la guapa secretaria lucía un jean muy ajustado levantándole sus provocadores glúteos. A Guillermo sólo le quedaba soportar la escena del par de retrasados.
―En realidad vine porque quiero Algodón y alcohol que necesita mi hermano. ―se pronunció Guillermo al final.
―¡Ajá! Con qué por eso llegaste. ―dijo Alfonso con sarcasmo.
―El alcohol se me acabó. Pero tengo agua oxigenada y mentol. ―sostuvo Virginia con más calma.
―No importa, lo necesito. ―expresó el joven.
—Bueno. Te lo daré.
Virginia se dirigió hacia donde estaba un pequeño botiquín que colgaba en una de las paredes de la oficina. El chico la siguió hasta llegar a la caja la cual ella abrió para buscar lo solicitado. La secretaria aprovechando que Alfonso estaba entretenido con su celular, le preguntó a Guillermo respecto al estado de Andrés.
―¿Cómo se encuentra tu hermano? ―manifestó Virginia en voz baja.
―Está sangrando mucho por la nariz. ―respondió Guillermo―. Supongo que ya has de saber lo que sucedió.
―Sí, un poco. ―sonrió Virginia suspicaz―. ¿Y por qué se originó la pelea entre Alfonso y tu hermano? ―insistió ella.
Antes que Guillermo respondiera algo, supo que no debía confiar en Virginia ya que ella era muy amiga de Alfonso, así que por lo tanto trató de evadir sus preguntas, marchándose apenas cuando le entregó lo que le había pedido.
―Me gustaría contarte, pero debo irme ¡Gracias! ―agradeció Guillermo yéndose de la oficina.
―Por nada. ―contestó Virginia sonriendo con malicia.
―¿Tan pronto se va el niñito? ―se burló Alfonso.
Guillermo ignoró las burlas, y salió de la oficina para ir hacia donde estaba su hermano y los demás. En ese corto trayecto recordaba la conversación que él había escuchado entre Virginia y Alfonso. El narizón hablaba de matar a los que lo habían golpeado. Cuando el chico entró a la otra oficina se encontró con una discusión entre los alumnos yRodríguez.
―Ustedes dicen que charlaban riéndose…
—Sí, así es…
—Y que Alfonso pensó que estaban burlándose de él. ―esclarecía el rector la versión de los alumnos— ¿No verdad?
―Sí, pero en realidad nunca nos burlábamos de él. ―sostuvo Víctor.
En verdad los chicos si se habían burlado de Alfonso, pero ellos mentían, diciendo que el ofendido se lo tomó muy personal.
―El error fue de Alfonso al creer que nos burlábamos de él. ―acotó Roberto.
―Pero usted aún no ha escuchado la versión de Alfonso. Él debe confirmar si en verdad los fastidiábamos. ―reclamó Andrés al rector.
—¿Acaso no fue suficiente haber encontrado a Alfonso tirado en el suelo? —protestó el rector.
Los chicos se miraron el uno hacia el otro.
—Bueno… Es que… —titubeó Roberto.
—¡Es que nada! Yo luego hablaré con él. ―dijo el rector enojado.
―No es justo que usted nos califique de alborotadores sin saber lo que en realidad sucedió. Créanos, él tenía una navaja con la que nos amenazó. ―protestó Víctor indignado.
―Usted nos hace entender que Alfonso es inocente, y que nosotros tenemos la mayor culpabilidad. ―disertó Roberto desesperado.
―Conozco bien a Alfonso. Él Jamás andaría con navajas, ni mucho menos con cualquier tipo de armas. ―aseveró el licenciado.
Los involucrados en el caso se sentían impotentes porque al parecer el director se ponía a favor de Alfonso y creía en su inocencia. El chico que acababa de entrar tomó asiento y también se pronunció al respecto.
―No sé si habrá oído hablar de las cosas ilícitas que Alfonso hace en el colegio, y de quien es él en realidad. ―intervino Guillermo dirigiéndose al rector.
El chico se refería a que Alfonso les vendía droga a muchos alumnos del colegio, cosa que era evidente, pero que sin embargo el director siempre lo desmentía.
―Si tienes pruebas de lo que Alfonso hace dentro del instituto te creeré. Pero hasta mientras seguiré actuando con imparcialidad. Ustedes me dicen que él tenía un arma blanca ¿Y en donde está esa navaja? ―interrogó el rector Rodríguez.
―Alfonso la hizo caer en la rendija del desagüe que está en la cancha. ―pronunció Víctor.
―Oh, sí. Que mala suerte. ―se burló el director.
―Licenciado. ―reconcilió Andrés―. Yo siento que usted parece proteger a Alfonso. Lo que luego hable en privado con él ya no es válido.
―Alfonso debe de estar aquí para que usted escuche su versión. Veo que tiene todos nuestros expedientes, menos el de él. ―sostuvo Víctor impotente.
―Hijo, en este colegio he sido la autoridad por casi veinte años y mis decisiones las tomo porque me considero alguien capaz, y jamás permitiré que unos mocosos vengan a decirme lo que debo hacer. ―reprochó el rector con actitud arrogante.
Los jóvenes se miraron con asombro al ver la personalidad déspota del director.
―Licenciado, cuando estuve en la oficina de su secretaria, oí una conversación entre Virginia y Alfonso en el que él decía querer matar a los que lo habían golpeado. Eso es grave. ―intervino Guillermo.
―¿De veras crees que Alfonso sería capaz de matarlos? Ese no mata ni a una cucaracha. ―se rio el director.
―Yo tan sólo le puedo decir que si algo malo nos llegase a pasar, él es el único responsable. ―pronunció Guillermo determinante.
―No sé por qué le temen a Alfonso. ―dijo el rector con sonrisa irónica.
―Licenciado, supongo que usted ha tenido que haber escuchado de las cosas que él hace en el colegio. ―continuó Andrés.
―Eh escuchado muchas cosas negativas acerca de él, pero llevó más tiempo conociendo a Alfonso que a ustedes cuatro, y pongo las manos en el fuego por ese alumno.
―¿Ah sí? ―cuestionó Víctor.
―Quizás pienso que esos comentarios son producto de la envidia que muchos les tienen a Alfonso porque él es popular y otros son marginados. ―disertó el rector.
Las palabras de Rodríguez eran una indirecta para los cuatros chicos que eran parte de la plebe del colegio.
―No creo que sea envidia. ―sonrió Víctor con ironía.
―Si es envidia. Y por unos simples comentarios jamás dudaré de mis alumnos. ―aseveró el rector.
―Entonces, no dude de nuestro comportamiento. Si es justo no debió de haber escrito en nuestros expedientes que somos revoltosos. ―cuestionó Roberto.
―Por qué no olvidamos este tema y se van a sus clases. Tengo mucho trabajo y no quiero oír problemas. ―sugirió Rodríguez fingiendo ser pacifico.
―Licenciado, creo que no podemos olvidar este asunto cuando usted nos ha tildado de tira piedras en nuestros expedientes. ―alegó Víctor.
―Y además por qué escribió en el expediente de mi hermano Guillermo, si él no tuvo nada que ver en el pleito. ―exigió explicaciones Andrés.
―Chicos, todos aquí son culpables. ―determinó Rodríguez.
―¿Y Alfonso? ―interrogo Víctor.
―Yo veré luego que hago con él. Soy el rector y tengo autoridad.
―Creo que su decisión no es justa, licenciado. Alfonso nos amenazó con una navaja y usted no cree. ―dijo Andrés.
―Y además hizo que Alfonso se marchara, cuando él debe estar aquí para que escuchara su versión. Eso no es justo. ―protestó Víctor.
―Les digo a todos. ―se puso de pie el director―. Si algo no les parece justo en esta institución, pueden marcharse a estudiar a otro colegio en donde encuentren esa justicia que tanto exigen. ―concluyó el rector Rodríguez enojado.
Los jóvenes se miraron con impotencia al ver que nada se podía hacer en sus beneficios. Al darse por acabado la discusión, los cuatro salieron de la oficina con las caras largas por el amargo sabor que les había dejado la bronca con Alfonso y la indignación que sentían por la injusticia del licenciado Rodríguez.
Cuando los chicos se dirigían a las aulas empezaron a hablar del asunto. El coraje los tenía irritados. Pero para evitar que la rabia los hiciera tropezar subían las escaleras del edificio, tranquilos y con pasos firmes hasta llegar al segundo piso.
―Nunca imaginé que el rector se pondría tan a favor de Alfonso que hasta parece que algo en común los uniera. ―comentó Víctor.
―Rodríguez es un viejo maldito y cabrón. Manchó nuestros expedientes, menos el de Alfonso. ―protestó Roberto.
―No es la primera vez que el director se pone de lado de Alfonso. A veces pienso que Rodríguez tiene algo que ver con el delincuente ese. ―murmuró Andrés.
―Y todo pasó por habernos burlado de ese narizón. ―lamentó Roberto.
Al terminar de subir las escaleras del segundo piso, los chicos se detuvieron en el balcón. Justo ahí Guillermo le entregó a su hermano las cosas que Virginia le había dado. Andrésempezó a pasarse algodón humedecido de agua oxigenada alrededor de la zona afectada para limpiarse la sangre. Ademásse colocó mentol en los orificios de la mucosa.
Cuando los jóvenes quisieron seguir hablando sobre el tema, el profesor de matemáticas iba saliendo de una de las aulas, y los interrumpió, pidiéndoles explicaciones al verlos fuera de clases.
―¡Muchachos! ¿Qué hacen fuera de sus aulas?
―Aquí charlando. ―dijo Guillermo.
―Profesor, estamos envuelto en un serio problema. ―prosiguió Víctor.
―¿Qué tipo de problema?―averiguó el profesor, preocupado.
―Tuvimos un choque con Alfonso. ―respondió Roberto.
―Si es con él, no es nada bueno. ―dijo el maestro preocupado―. ¿Y a ti Andrés que te pasó? ¿Por qué tienes la nariz partida? ―indagó el profesor al fijarse en la situación del chico.
―Esto es el resultado de la bronca con el susodicho. ―mencionóel afectado.
―¿Y a que se debió? ―insistióel docente desconcertado.
―Es una larga y polémica historia. ―continuó Andrés.
―Supongo que ya estuvieron hablando con el rector ¿no?
―Sí. Pero el viejo se pone a favor de Alfonso. ―procedió Andrés indignado.
―Rodríguez siempre está de lado de ese muchacho. ―acotó el profesor Torres.
―Presiento que hay algo oculto entre ellos. ―profirió Víctor suspicaz.
La charla fue entorpecida al escuchar el timbre anunciando el cambio de materia en las aulas.
―Chicos, quiero hablar con ustedes acerca de esto, pero no será hoy, ni aquí; yo les avisaré cuando, y ahí me contarán de lo que les sucedió. ―sugirió el profesor.
―Ok. Entonces hablaremos después. ―concordó Roberto en voz de todos.
De vuelta a las actividades, Víctor, Andrés y Roberto entraron al aula del sexto curso a diferencia de Guillermo que fue a la de quinto. Al momento en que los tres chicos iban entrando al salón, se encontraron con la profesora de gramática que estaba dando clases, y ella al verlos llegar inoportunamente los interrogó.
―¿Y ustedes por qué ingresan a esta hora?
―Estabamos en el rectorado solucionando un problema. ―contestó Víctor.
De inmediato la maestra se percató de los golpes que uno de los chicos tenía en el rostro.
―¿Y a ti Andrés que te pasó? ―preguntó la profesora al chico―. Tienes la nariz partida.
―Esto fue a causa de un pleito. ―contestó el chico.
―¿Y con quién te peleaste?
―Con Alfonso.
―¿Pero qué les dijo el rector? ―prosiguió la docente preocupada.
―Que olvidáramos el tema. ―dijo Roberto en tono resignado.
La profesora Teresa se mantenía perpleja al igual que los alumnos que no dejaban de mirar sorprendidos a Andrés con su camisa manchada de sangre y la nariz partida. La docente al ver que el tema le parecía grave salió para acudir al rectorado a indagar respecto al altercado. Los chicos por su parte se sentaron en sus respectivos pupitres, y Priscila sospechando lo que había sucedido, aprovechó la ocasión para acercársele a Andrés y hablar del hecho.
―Andrés, dime lo que ocurrió entre tú y mi novio.
―Mejor pregúntale a él. Conmigo no tienes nada que hablar. ―dijo el chico enojado.
―No me hables con ese tono. Si mi novio se peleó contigo fue por los patanes de tus amigos. ―comentó la chica exacerbada.
―¿Y qué hicieron mis amigos? Según tú.
―Si no más recuerdo, alcancé a escuchar que tú y tus amigos hablaban de mí y se burlaban de Alfonso. ―refutó la chica.
Por la tensión del dialogo entre Priscila y Andrés todos los alumnos volteaban hacia ellos dos para prestar atención a su conversa.
―Tú mejor que nadie sabe de qué pie cojea tu novio. Él no es un santo. ―sostuvo Andrés.
―Tú tampoco lo eres, no critiques a mi novio. Ustedes son los más patanes y nadie lo publica. ―replicó Priscila.
―No digas que somos unos patanes porque tu novio no es ningún tipo decente y sin embargo para ti es el mejor. ―argumentó Andrés.
―En realidad pensaba que eras diferente a tus amigos, pero veo que eres igual de sucio que ellos. ―dijo la chica.
―Si tan sólo supieras que Alfonso cuando está con sus amigos se pone a contar chistes de lo que tienes en medio de las piernas. ―pronunció Andrés sonriendo suspicaz.
―¡Estúpido! ¡No vuelvas a decirme eso! ―reaccionó Priscila, dándole una fuerte cachetada al chico que le hizo resonar la piel de la mejilla.
Los alumnos se quedaron asombrados y empezaron a balbucear respecto a la hostil escena entre Priscila y Andrés. A causa del golpe Andrés se mantuvo por unos segundos petrificado, aturdido y con la mejilla ardiéndole, siendo así objeto de benevolencia de Víctor que se vio en la necesidad de acercársele hasta su pupitre para ayudarlo a salir del trace. Priscila por su lado regresó a su sitio llorando a medias por el enojo que sentía.
―Hermano, respira, respira. ―le decía su amigo tocándole la espalda.
―Esa puta… Me pegó. ―musitó Andrés.
Al despertar del trance el chico sintió adormecida la piel de su mejilla izquierda por la cachetada. También se percató que el algodón que tenía en uno de los orificios de su nariz se le había descolocado a causa del golpe, permitiendo así que le saliera un poquito de sangre. Su amigo Víctor lo ayudó haciéndole una nueva bolita de algodón para que se pusiera.
―¿Por qué Priscila te bofeteó? ―preguntó Víctor.
―Fue por algo que no debí decirle. ―contestó Andrés.
―Imagino que le dijiste algo grave por eso te cacheteó.
―Le dije que su novio se pone contar chistes de su coño.
―Pero que imbécil eres Andrés. Aunque sea verdad, cómo le vas a decir eso. ―comentó Víctor indignado.
―Se lo dije ¿Y qué? ―expresó Andrés enojado.
―Cualquier mujer te daría una cachetada si la ofendieras de esa manera. ―pronunció Víctor.
―No nos preocupemos por ella, Priscila es cómplice de las cosas que hace Alfonso y por eso dudo que ella sea digna de respeto. ―exteriorizó Andrés.
―¿Tú crees eso?
―Ni el novio la respeta ¿Debería hacerlo yo?
―Si fueras lindo con ella, quizás se termine enamorado de ti. ―supuso Víctor.
―¿Ah sí? ―sonrió Andrés suspicaz―. Eh visto que a las mujeres les gustan los patanes, los delincuentes, los maricas que usan pendientes en las orejas. Es más, todas son unas putas, ninguna es mejor que otra. ―se quejó el chico.
―Vaya… Las cosas que dices. ―se asombró Víctor.
―Mira quien va llegando…
―Ah, el maldito ese.
Se vio a Alfonso entrando al salón de clases en donde se respiraba tensión. Más atrás llegó la profesora Teresa. Había silencio, cosa rara ya que sexto curso se caracterizaba por ser un curso bullicioso. Los alumnos volvían a quedarse sorprendidos al notar que Alfonso tenía partido el rostro, despertando preocupación en Priscila que como su novia se le acercó para preguntarle lo que le había ocurrido.
―¿Qué te pasó mi amor?
―Me golpearon.
―Pero…¿Quién?
―Fueron Roberto y Andrés.
―Esos animales. Cómo se atrevieron a golpearte.
―Tú ya sabes qué hacer.
―Sí. Veré que hago con ellos.
Hablaba la pareja en voz baja.
A paso seguido Priscila volvió a su lugar situado a dos pupitres detrás de Alfonso. Todos los alumnos en el salón se susurraban a las orejas indagando respecto a la pelea, pero aún nadie sabía nada. Debían esperar a la hora de salida para ver si algún soplón les contaba los pormenores de la controversia.
A razones del agitado ambiente, la clase se postergó porque a la profesora Teresa se le ocurrió dictar un sermón por el pleito ocurrido entre aquellos alumnos. La educadora presumía en practicar buenas costumbres que por eso a veces se atrevía a sermonear a sus alumnos.
Habló de tantas cosas. Los chicos escuchaban en silencio a su maestra, mirándose el uno hacia el otro. De tantas cosas que ella hablaba hasta sueño sentían los alumnos. Cuando por fin sonó el timbre, indicando la hora de salida, los jóvenes abandonaron el aula. A la maestra por andar con sus palabrerías hasta se le olvidó enviar tareas.
Mientras los alumnos salían de aula murmuraban de su profesora:
―Que anticuada que es la maestra Teresa ¿No?
―Pretende tener la razón con sus conceptos ortodoxos.
―Es una amargada.
―Es que es obvio. Ella es una vieja cursi.
―¿Cursi o Romántica?
―¡Ambas cosas!
Al final los jóvenes rieron mientras bajaban las escaleras del liceo.
NOTA: Si desean leer la historia completa lo pueden descargar gratis en PDF en BUBOK ESPAÑA. Busquenlo con el título de “JUNGLA CON PUPITRES Y PIZARRAS”




Mabel
¡Me encanta! Un abrazo José y mi voto desde Andalucía
jose54
Gracias.
Si desea leer la historia completa lo puede descargar gratis en PDF, en Bubok España. “Jungla con pupitres y pizarras”
Saludos desde america del sur.