La foto

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La primera impresión, cuando Rubén le dijo que su esposa le había pedido el divorcio, fue de incredulidad; la misma del propio Rubén, que tampoco parecía haberlo tomado en serio. No era que se negase a concedérselo; era que ni siquiera aceptaba considerar la petición, ya que no hallaba por parte de ella ninguna razón para pedirlo, ni por la suya para otorgarlo.

¿Es que te acusa a ti de algo?”

A mí ni me acusa ni me puede acusar de nada. Antes de casarme hice lo que pude, nunca lo negué; como hacen todos, y supongo que también habrá hecho ella. Pero desde entonces no hay nada que me pueda reprochar. Ni yo a ella. La verdad es que tampoco me hizo falta andar por ahí buscando lo que ya tenía en casa. Y, hasta donde yo sé, ella tampoco tiene a nadie que la traiga loca”.

¿Qué alega entonces?”

Que quiere cambiar de vida; vivir a su manera, recuperar el tiempo perdido. ¡Ya ves; el tiempo perdido! Creo que ni ella misma lo sabe. Porque, en el fondo, es eso: que está atravesando una etapa en la que no sabe lo que quiere. ¡Como nunca le faltó de nada!”

Estas y otras razones parecidas se agolpaban en su mente mientras contemplaba en la pantalla aquella foto, y cuanto más se esforzaba en entender, menos comprendía. La tenía delante; la estaba viendo con sus propios ojos, y ni aún así se lo podía creer. La miraba y la volvía a mirar; ampliaba la imagen para examinar su cara, deteniéndose pacientemente en los ojos, en su forma de mirar; observaba sus labios, sus mejillas; su pelo teñido, ondulado, que enmarcaba su rostro de aquel modo tan propio, con la esperanza de encontrar algún detalle que le permitiera concluir que estaba en un error. Pero, nada. Ni un solo indicio en el que poder apoyar una duda. Por más que le costara admitirlo, no cabía duda alguna sobre la identidad de la persona que aparecía en aquella foto; era ella; la esposa de su amigo.

Una indefinible sensación de malestar se apoderó entonces no solo de su mente, sino también de su conciencia, y por un momento pensó en borrarla; olvidarse de ella, como si nunca la hubiera visto; no obstante, y sin que mediara una razón definida, optó por guardarla en un archivo especial, protegido con una clave a la que solo él pudiera acceder. Se había propuesto restarle importancia y olvidarla.

No obstante, tan increíble le resultaba el hallazgo que, cada vez que ponía en marcha la computadora, maquinalmente sus dedos se iban a teclear la clave que abría aquel archivo, como si la misma incredulidad le empujase a comprobar una y otra vez la autenticidad de aquella imagen; hasta que la misma rutina acabó por mostrarle que, antes o después, habría de enfrentarse a una decisión: ¿qué hacer con aquella foto? ¿Borrarla definitivamente? ¿Mostrársela al amigo y sacarle de su error? ¿Esperar a que otro lo hiciera o él mismo llegase a descubrirla?

Trató de analizar las consecuencias y prever los efectos que podrían seguirse de una u otra posibilidad, sin omitir una mirada al interior de su propia conciencia en busca de las verdaderas razones que le inducían a conservarla. No ignoraba que todo cuanto rodeaba a aquella foto, incluidos sus propios sentimientos, se hundía en la ambiguedad del acero de doble filo.

Vio transcurrir los días bajo el picoteo de las dudas, y, al fin, se inclinó por la opción de ignorar su hallazgo y callar. Si la amistad le obligaba a informar al amigo, la misma amistad aconsejaba no ser él quien le ocasionase aquel dolor.

Inesperadamente, un día, Rubén apareció por su oficina para recoger por sí mismo la documentación correspondiente al último container sacado de la aduana. Nada más verle comprendió que detrás de aquella visita se escondía algún nuevo contratiempo y el deseo de hablar. Despacharon los asuntos que habían servido de pretexto para la visita, y la conversación se prolongó. Rubén parecía no tener prisa; más bien daba la impresión de estar esperando el momento propicio para abordar algo que no se atrevía a plantear. Y el momento llegó cuando él le preguntó por su esposa:

Ahí sigue con su loquera”, dijo entonces. “Te digo, de verdad, que no la entiendo”.

Hubo un silencio. Se removió en la silla, remarcando con los gestos su incomodidad, y añadió:

Hace unos días recibí una carta de su abogado pidiendo formalmente el divorcio”. Y, tras otro gesto que demostraba su desazón, recalcó: “Te juro que no la entiendo”.

Le preguntó entonces si en la carta indicaba algún motivo, y respondió que ninguno, puntualizando de inmediato: “A menos que yo no sepa leer”.

Nuevamente hubo un prolongado silencio cuyo dramatismo era intensificado por la tensa expresión de su rostro. Movió la cabeza sin apartar su mirada del vacío, y añadió:

Dice que me pase por su despacho, bien personalmente bien por medio de mi representante, ‘para tratar sobre los trámites de divorcio que su esposa desea iniciar formalmente’ y que lo haga a la mayor brevedad posible”. Nueva pausa, antes de concluir: “No la entiendo. ¡Y, además, metiendo prisa!”

Una gran presión se expandió entonces sobre el recinto y, para aliviarla, él propuso:

¿Qué te parece si te pasas esta tarde por mi casa y nos echamos unos palos? Dado el cariz que ha tomado el asunto, según me cuentas, mejor que hablemos allí”.

Y mientras hablaba, sus ojos señalaban a la recepcionista quien, aparentemente concentrada en su computadora, podía, no obstante, resultar una escucha inconveniente.

A las siete en punto, cuando apenas acababa de salir de la ducha, vio detenerse delante de su casa el carro de Rubén. Desde la ventana accionó el mando del portal para que lo metiese dentro. Cuando bajó ya había saludado a su esposa y él mismo se había servido el whisky. Intercambiaron saludos y los tres dejaron correr algún tiempo conversando sobre los inevitables tópicos del momento: el tráfico, el calor, las últimas novedades en la aduana; y, cuando la esposa anunció que se iba a la cocina a preparar la cena, le invitó a subir a la biblioteca.

Allí estaremos más tranquilos”, dijo. Y, mientras subían las escaleras, añadió: “además quiero enseñarte una cosa”.

Prendió la computadora y, para romper el silencio mientras esperaban a que estuviera lista, le preguntó si no le gustaba navegar por internet.

Ya sabes que yo de eso no entiendo nada. En casa allí está; yo soy quien lo pago, pero no lo uso. Quienes lo usan son los hijos”. Se detuvo un momento observando los cambios en la pantalla, y añadió: “Dicen que para estudiar, pero yo sé que más bien lo utilizan para meterse en las páginas porno”. Hizo otra pausa, y añadió, condescendiente: “Yo no les censuro; ¡qué carajo! Son jóvenes. Que disfruten, ya que uno no pudo disfrutarlo”.

La computadora ya había concluido el proceso de carga y, mientras él accionaba las teclas para cargar el archivo, Rubén siguió hablando:

El pequeño es el que más se mete en esas vainas. Y a veces me llama para que vea algunos videos. ‘Ven; mira’, me dice. Pero a mí eso no me dice nada. Lo que pueda ver ahí lo tengo yo también; y si no, lo tiene mi esposa. Y lo que hacen ellos también lo hago yo. O lo hacía, porque ahora, desde que a ella le ha dado por esas loqueras…”

Mientras tanto él había abierto el archivo, y la foto ya estaba en la pantalla, si bien rodada hacia arriba para ocultar el rostro.

Por lo que veo, a ti también te gusta”, dijo Rubén regodeándose. La imagen mostraba completo el cuerpo de una mujer desnuda, recostada sobre unos cojines, con las piernas separadas dejando ver los genitales en todos sus detalles, y, en torno a ellos, los vestigios de una penetración reciente.

¡Coño!, exclamó Rubén, ¡está bien buena! Y se ve que se la acababan de tirar!”

Durante unos segundos mantuvo fija la pantalla dando tiempo a que disfrutase de su contemplación.

Y tiene unas buenas tetas, añadió. Se parecen a las de mi mujer”.

Lentamente comenzó entonces a deslizar la pantalla hasta dejar totalmente visible el rostro que correspondía a aquel cuerpo. A medida que la imagen se iba desplazando la sonrisa en el rostro de Rubén se fue apagando hasta que toda la habitación se quedó sumida en un silencio aplanador. Éste, de pie, seguía mirando la imagen por encima de su hombro, mientras él no se atrevía ni siquiera a respirar. Transcurrió un tiempo que se hizo interminable hasta que, de pronto, a su espalda, oyó una voz grave, temblorosa y amenazante que preguntaba:

¿De dónde sacaste esa foto?”

El silencio que siguió a la pregunta llevaba dentro una carga mortal, y, en vez de responder, desplazó el cursor para abrir la página donde la había encontrado.

No hace falta que la escondas, dijo al ver desaparecer la imagen de la pantalla. Puedes dejar que siga ahí. Yo solo te pregunté de dónde la sacaste”.

A eso voy, dijo. A mostrarte la página donde la encontré”.

Los segundos que tardó en cargarse la página resultaron de una tensión insufrible. Cuando ya estuvo en la pantalla, y procurando insuflar a sus palabras un tono de máxima amabilidad, explicó:

La encontré en esta página; por pura casualidad”.

¿Dónde?, preguntó amenazante; porque yo no la veo”.

¿Ves?, prosiguió. Aquí hay una sección para amateurs. Cualquiera puede enviar fotos o videos a esta sección y, si les parecen buenos, los publican, siguió explicando. Todas estas fotos fueron enviadas por amateurs”.

Pero yo no veo ahí la de mi mujer”.

Porque las cambian cada cierto tiempo; a veces cada día; y yo la encontré hace ya más de un mes”.

No parecía muy convencido con la explicación, y siguió preguntando.

¿Y la de mi mujer quién se la mandó? ¿Fuiste tú?”

Comprendió perfectamente lo que estaba en la cabeza de su amigo, y un sobresalto recorrió todo su cuerpo. Había tratado de prever sus posibles reacciones: incredulidad, abatimiento, ira; pero en ningún momento se le había ocurrido pensar que ésta pudiera ser precisamente la de “matar al mensajero”, acusándole a él. Y, en aquel momento, sabiéndole de pie y a su espalda, llegó a sentirse atemorizado. Lentamente se giró en la silla y, con gesto adusto, pero firme, dijo:

Comprendo que para ti es muy duro el comprobar lo que en estos momentos estás comprobando. Pero te juro que para mí tampoco es nada agradable el mostrártelo. Las vueltas que yo le di en la cabeza hasta decidir si debía informarte o no, solo yo las sé. Y si hoy no me hubieras dicho que ya te había metido un abogado para pedirte el divorcio nunca lo hubiera hecho. Pero creo que ahora ya sabes por qué te lo pide, y espero que tú sepas lo que has de hacer”. Se tomó un largo respiro y, sintiéndose más aliviado, continuó: “comprendo que ahora mismo puedes pensar cualquier cosa. Pero ni soy yo el que te está poniendo los cuernos, ni el que hizo esa foto, ni el que la mandó a esa página. Yo solo tuve la mala suerte de encontrármela, y no estoy seguro de haber obrado mal al hacer que tú la vieras. Y sobre esto no tengo nada más que añadir”.

Te creo, dijo Rubén después de haber meditado durante muchos segundos su respuesta. Pero no te perdono lo que has hecho”. Y, sin mediar ninguna otra palabra, se fue.

En su oficina dejaron de recibirse los encargos de la empresa de Rubén y ni siquiera por teléfono volvió a oír su voz.

En cierto modo aquel distanciamiento fue un alivio; después de aquella experiencia difícilmente hubiera podido seguir viéndole con agrado. No quiso pensar si había obrado bien o mal, ni tampoco juzgar la reacción de su amigo. Y, aunque para ello hubieron de pasar algunos meses, el recuerdo del incidente terminó por borrarse de su pensamiento, llevándose consigo todo el poso de sinsabor que había generado.

Hasta que, un año después, inesperadamente y sin previo anuncio, reapareció por su oficina, con la misma expresión de siempre en el rostro, como si el tiempo no hubiera transcurrido. Él hizo cuanto estuvo a su alcance para mantenerse a tono con aquella actitud, y se pusieron a hablar. Después de un prolongado saludo y algunas frases de tanteo, de pronto Rubén adoptó un tono adusto, provocando un largo silencio, que él mismo se encargó de romper:

La verdad es que lo sabía todo el mundo, dijo sin más preámbulos. Hasta mis hijos. Ellos también habían visto la foto. El pequeño fue quien me lo dijo; la conservó hasta hace poco tiempo”.

Había pesar en sus palabras. Hablaba lentamente, intercalando largos silencios entre las frases.

Mis amigos también la habían visto casi todos. Se la habían ido pasando unos a otros”.

Entonces levantó la vista para mirarle de frente, y a sus labios asomó una sonrisa maliciosa.

¿Sabes cómo los he descubierto?, preguntó sin buscar respuesta. Contándoles que tú me la habías enseñado. Se ve que al oírlo se sentían aliviados y todos, uno tras otro, fueron reconociendo que la habían visto, pero que no habían querido decirme nada para no hacerme daño”. Calló por un momento, y añadió: “¡no sabía que tuviera tan buenos amigos!”.

¿Y ya sabes quién hizo la foto?”, se atrevió entonces a preguntar.

Y Rubén, en el mismo tono lento que venía imprimiendo a toda la conversación, respondió:

Te digo lo que me dijo mi hijo pequeño: ¿qué importa? La expresión de su cara era suficiente para aclarar todo lo que uno necesitaba saber”. Y, una vez dicho esto, le preguntó si aún la conservaba, porque ahora era a él a quien le gustaría tenerla. “No sé por qué, dijo; pero me gustaría”.

Lo siento. La borré aquel mismo día después de enseñártela”.

Rubén movió la cabeza con un suave gesto de resignación, y añadió:

Mi hijo también la borró el mismo día que hablamos; ni siquiera me la dejó ver. Quizá haya sido lo mejor. Sirvió para lo que tenía que servir”.

Caracas, 18 de Febrero de 2008

Ilustración: Maja desnuda de Goya. Imagen retocada por el autor.

 

Comentarios

  1. Charlotte

    28 febrero, 2017

    A veces las personas más cercanas son las últimas en enterarse de lo que ocurre. Un relato magnífico, escrito con la maestría que te caracteriza, amigo Germán. Un placer leerte. Besos

    • GermánLage

      28 febrero, 2017

      Gracias, Charlotte, por dedicar tu tiempo a leer mi relato y por tu amable comentario.
      Un fuerte abrazo.

  2. Ratón

    28 febrero, 2017

    Excelente relato. Uno nunca sabe qué hacer en esos casos.

    • GermánLage

      28 febrero, 2017

      Gracias, Ello, por leerme y por tu comentario.
      Un cordial saludo.

  3. Estefania

    28 febrero, 2017

    «Sirvió para lo que tenía que servir», qué gran resumen. Abstraída durante toda la lectura, casi hipnótica, con un ritmo que no decae y me mantiene pegada a la pantalla. Admiro tu forma de narrar.
    En cuanto al contenido, genial forma de encuadrar los personajes, incluso el que sólo aparece mediante fotos. La vergüenza, la traición, todas las formas que hay de tomarlo. Comportándose como auténticos caballeros, no siempre hay que saldarlo todo a golpe de guantazos. Me ha encantado, mi ferviente admiración Germán, nos leemos.

    • GermánLage

      28 febrero, 2017

      Hola, Esteff; Gracias por tu comentario. Creo que, de los dos, quien realmente ve al otro con buenos ojos eres tú a mí. (Aparte de que los tienes mucho más bonitos).
      Un fuerte abrazo, Esteff.

  4. Mabel

    28 febrero, 2017

    Una foto que está dando la vuelta al Mundo, me refiero a que todos lo saben menos la persona, es ahí cuando se entera y todo da un giro a su alrededor. Me parece un texto tan maravillosamente escrito con una letra tangible de leer que es así como uno o una se puede recrear en esa vivencia y digo vivencia porque es como si estuviera viva. Un abrazo Germán y mi voto desde Andalucía.

    • GermánLage

      28 febrero, 2017

      Gracias, Mabel, por tu extenso y sentido comentario.
      Un fuerte abrazo.

  5. VIMON

    28 febrero, 2017

    Muy buen relato, amigo Germán. Un aplauso con mi voto.

    • GermánLage

      28 febrero, 2017

      Gracias, Vimon, por haber tenido la amabilidad de leerme y por tu elogioso comentario.
      Como siempre, un cordial saludo

  6. Zelig Pereira

    28 febrero, 2017

    Excelente relato, Germán.
    Es mejor no saber, y no tener así el deber de desvelar a quien no quiere ni debe conocer la verdad. Qué esta se revele a su tiempo y por sus medios. Creo.
    Beati pauperes spiritu… 😉

    • GermánLage

      28 febrero, 2017

      Gracias, Zelig, por leerme y por tu amable comentario.
      Un cordial saludo.

    • GermánLage

      1 marzo, 2017

      Gracias, Valentino; Ese comentario, viniendo de ti, me enorgullece.
      Un cordial saludo.

  7. Jules

    1 marzo, 2017

    Buen relato, me mantuvo en vilo de principio a fin

    • GermánLage

      1 marzo, 2017

      Gracias, Ginés, una vez más, por leerme y por tu comentario
      Un cordial saludo.

  8. Lourdes

    1 marzo, 2017

    Como siempre has escrito un magnífico relato. Desde el comienzo atrae la curiosidad del lector y no pude dejar de leer hasta que llega al final. Da igual del tema que escribas, siempre resulta interesante.
    El tema de quitar la venda de los ojos a un amigo, aún a sabiendas que va a dolerle, siempre es bastante peliagudo. Y hagas lo que hagas es casi seguro que nunca acertarás.
    Un beso grande German y sigue deleitándonos con tus historias.

    • GermánLage

      1 marzo, 2017

      Gracias, Lourdes, por leerme una vez más, y por tu amplio y amable comentario.
      Un fuerte abrazo.

  9. gonzalez

    2 marzo, 2017

    Excelente, como siempre. Me quedo con esta parte, “Sirvió para lo que tenía que servir» Te dejo mi voto y un fuerte abrazo, Germán.

    • GermánLage

      2 marzo, 2017

      Gracias, amigo González, por leerme y por tu amable comentario.
      Para ti mi cordial saludo.

  10. LARRY

    2 marzo, 2017

    Que duro es el desamor, la separación y cuanto cuesta asumirlo. Muy bueno.

    • GermánLage

      2 marzo, 2017

      Cierto, Larry; el desamor es duro de asumir, pero está ahí, formando parte de la vida.
      Gracias por leerme, y mi saludo cordial para ti.

  11. Marco-Antón

    2 marzo, 2017

    Pues mira, yo se lo diría la primera vez que viera la foto, esperando que su respuesta fuera, la he subido yo…
    soy así de «inocente»

    • GermánLage

      2 marzo, 2017

      Es una opción; reescribir la historia partiendo de esa premisa.
      Gracias por leerme, amigo Marco, y por tu comentario.
      Un cordial saludo.

  12. DavidGMescritor

    2 marzo, 2017

    Magnífico relato. La verdad, no esperaba menos de tu cuidada y experimentada forma de escribir y transmitirnos nuevas historias. Un cordial saludo y mi voto.

    • GermánLage

      3 marzo, 2017

      Hola, David; Gracias por leer mi artículo y por tu elogioso comentario.
      Un cordial saludo.

  13. LennDellamort

    3 marzo, 2017

    Una retórica brillante.
    Clavas un aguijón en el ánimo que no es fácil de evadir.
    Te felicito.

    ¡Saludos!

  14. Calle

    3 marzo, 2017

    Fantástico relato German, el final es sencillo pero deja abierta muchas posibilidades desde las más comunes hasta las más siniestras. Un abrazo.

    • GermánLage

      3 marzo, 2017

      Hola, Calle; Gracias por leer mi artículo y por tu elogioso comentario.
      Mi cordial saludo

  15. csquerea

    3 marzo, 2017

    Je, je. Interesante, da lugar a muchas reflexiones. Para mi no ha sido sólo una historia: me ha llevado a imaginar las circunstancias de los personajes que han visto la fotografía y las historias derivadas de ese acto (y de revelarlo al marido).
    Gracias por compartila.

    • GermánLage

      3 marzo, 2017

      Hola, Csquerea; gracias por leer mi artículo y por tu amable comentario.
      Un cordial saludo.

  16. Sirio

    4 marzo, 2017

    Muy buen relato German, mi voto para ti.

    • GermánLage

      5 marzo, 2017

      Hola, Sirio; muy agradecido por tu lectura y por tu voto.
      Un cordial saludo.

  17. Anakin85

    4 marzo, 2017

    ¡Muy buen relato, Germán!
    Coincido con adrede en que esa frase final resume a la perfección lo que has querido transmitir, además de esa respuesta del niño, ¿que más da? Ha estado genial.
    Si es que los pobres cornu… (no me gusta nada esa palabra) ¡son los últimos en enterarse!
    Un abrazo, Germán. Sigue escribiendo, porfa!!

    • GermánLage

      5 marzo, 2017

      Hola, Anakin. Gracias por leerme y por tu amable comentario. Y, no te preocupes; sigo escribiendo, y tengo la intención de seguir publicando en Falsaria.
      Un abrazo.

  18. veteporlasombra

    4 marzo, 2017

    Entretenido tu relato. Me ha gustado sobre todo cómo pintas el tema de conocer la verdad. A veces es mejor ser un tonto feliz. O no… No sé. Buena historia. Un saludo…

    • GermánLage

      5 marzo, 2017

      Hola, Veteporlasombra. Muchas gracias por leerme una vez más y por tu amable comentario.
      Un fuerte abrazo.

  19. Fisquero

    5 marzo, 2017

    Germán. .. Germán. Admirable la forma en la que consigues, mediante tu estilo de narrar combinado por el hipnotico morbo que la temática despierta, enganchar a los lectores, que no pueden dejar leer de guiados por ese flujo magnético que les empuja ha mirar, al igual que al amigo y todos cuantos se asomaron a esa ventana indiscreta que es la pantalla donde se vuelcan las imágenes motivo de la trama.

    Genial.

    • GermánLage

      6 marzo, 2017

      Gracias, amigo Fisquero, por leer mi relato y por tu comentario, tan amable como de costumbre.
      Mi afectuoso saludo.

  20. Mariana

    7 marzo, 2017

    Que buen relato Germán! Me gustó muchísimo la tensión que le diste y como la aflojas más tarde cuando todos esperábamos un crimen pasional. Desde este momento soy tu fan.

    Un abrazo!

    • GermánLage

      7 marzo, 2017

      Hola, Mariana; gracias por haber leído mi relato y por tu amable comentario. Seguidor tuyo yo lo soy desde el momento en que leí tu primer relato.
      Un cordial saludo.

  21. Alex Lamico

    10 marzo, 2017

    Hola Germán. Es el primer relato tuyo que leo y seguro que leeré muchos más. Un saludo.

    • GermánLage

      11 marzo, 2017

      Hola, Alex; gracias por tu comentario, y seguro que yo digo lo mismo respecto a ti.
      Un cordial saludo.

  22. YCAN

    14 marzo, 2017

    Un tema absolutamente actual, Creo que muchos harán proyección con tu cuento.

    • GermánLage

      24 marzo, 2017

      Gracias, Ycan, por leerme y por tu comentario
      Un cordial saludo.

  23. monisclaini

    21 marzo, 2017

    Tú relato es tan real como la vida misma, complicada la situación. No soy crítica, solo me gustó lo que relataste.
    Un abrazo.

    • GermánLage

      24 marzo, 2017

      Gracias, Monisclaini, por leer mi relato y por tu amable comentario. Celebro que te haya gustado.
      Un cordial saludo.

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