(Fragmento)
Sobre las montañas se alzaban nubes grises, y un viento frió y fuerte que bajaba de la sierra hacia mover las copas de los árboles. De vez en cuando, un resplandor fulgurante iluminaba los alrededores y luego un trueno ronco retumbaba trayendo a los corazones un no sé qué de angustia.
Ricardo caminaba a paso ligero, queriendo llegar lo antes posible al pueblo, con el rostro consternado por la preocupación y el cansancio. En el rancho había quedado su hijo, de apenas un año y medio de edad, ardiendo de fiebre, en compañía de su madre y de sus dos hermanos pequeños. Pocas veces antes anduvo a aquellas horas cerca del pueblo, cuando ya se moría el día y la oscuridad empezaba a cubrir los matorrales y las colinas.
Lo angustiaba no saber qué haría para comprar las medicinas que el niño necesitaba; en los bolsillos de su pantalón no había ni un solo centavo. Buscaron algo de dinero debajo de los cueros de oveja que servían de colchón, en los cajones de una antigua mesa y en el pequeño canasto que su esposa guardaba con recelo en el último rincón de la alacena, pero no encontraron nada. Salió de la casa angustiado cuando tuvo la certeza de que debía hacer algo o su hijo moriría. Guardaba la esperanza de que, quizá, el patrón se solidarizará con su situación y decidiera prestarle algo sobre el futuro producido de la cosecha; sin embargo, esta posibilidad le sonaba un poco incierta, después de haber trabajado para él durante muchos años y conocerlo bien.
Cuando cruzaba el puente sobre el rio, levanto la mirada y vio que el cielo estaba cubierto por completo de nubes grises, que a cada instante se hacían más oscuras. Cuando estuvo cerca del pueblo, empezaron a caer las primeras gotas, unas gotas grandes y estruendosas como nunca antes había visto.
No tardó mucho en arreciar el aguacero y apenas tuvo tiempo de refugiarse debajo del balcón de una de las primeras casas del pueblo. Las gotas, que inicialmente levantaron una ligera polvareda sobre la calle sin pavimento, formaban ahora riachuelos que se deslizaban raudos.
─¿Que será sí esta lluvia continúa? ─pensó.
Dos jinetes entraron al pueblo presurosos y se alejaron por la calle que conducía a la plaza, levantando tras de sí fragmentos de barro.
Ricardo esperaba que la lluvia disminuyera un poco, pero cada vez arreciaba más. Por la acera de enfrente pasaron unos muchachos, corriendo y riendo, rumbo a sus casas; iban empapados.
─Esto pasa pronto ─logro entender que decía uno.
Sin saber por qué, a Ricardo le pareció una frase sin sentido, extraña, al mismo tiempo que un vago temor lo sobrecogió.
Minutos después el cielo estaba aun más oscuro y un vapor helado se colaba por las puertas y ventanas. Se dio cuenta que de nada le servía la protección que había buscado, pues era tanta la cantidad de agua que caía, que los chorros resbalaban por debajo del balcón y caían sobre él, empapando su cabello y sus ropas. Decidió avanzar bajo la lluvia. Un poco más adelante se protegió bajo el alar del corredor de una antigua casa de teja de barro. Al frente, en un lote baldío, un caballo blanco y viejo soportaba solitario la lluvia inclemente. Cansado de esperar que dejara de llover decidió continuar la marcha. Una cuadra más adelante vio la plaza en su totalidad, y se sintió extrañado de aquella vista tan distinta de la los domingos soleados cuando venía a misa en compañía de su esposa y de sus hijos. Pensando en cómo explicar su urgencia atravesó la plaza y paso frente a la casa cural y a la iglesia. Apenas llego a la casa del patrón golpeo; poco después, una mujer entrada en años, a quien él no conocía, y que llevaba una vela encendida en la mano izquierda, abrió la puerta.
─Él no está en el pueblo ─le respondió.
─¿En dónde estará?, lo necesito con mucha urgencia.
─Se fue hacia los lados de la sierra a ver las tierras que tiene por allá.
─¿Y ahora qué hago? ─murmuro Ricardo preocupado.
─Parece usted forastero, nunca lo he visto por aquí─observo la mujer.
─No señora, no soy forastero, pero si vivo lejos. Soy uno de los arrendatarios y vengo por una urgencia – respondió.
De un momento a otro quiso marcharse, pero la mujer intervino.
─A dónde va a ir a estas horas entonces y con esta lluvia. Creo lo que me dice. Espérelo hasta mañana. Puede acomodarse en el cuarto que esta al fondo, al otro lado del patio.
Ricardo vio otra vez las gruesas gotas caer al dirigir la vista hacia el fondo de la casa.
─Con esta lluvia es mejor dejar las urgencias para mañana ─añadió la mujer y se alejó por el pasillo.
Extrañado por la inesperada hospitalidad, Ricardo recorrió el zaguán y atravesó el patio en dirección al cuarto, y por un momento sintió otra vez encima de él las gotas heladas de lluvia. La escasa luz, proveniente del segundo piso, que se filtraba por la ventana le permitió divisar una cama pequeña en la que se sentó pensativo. Se preguntó angustiado cómo seguiría su hijo y que haría si el patrón no llegaba en la mañana. De un momento a otro, el resplandor se apagó y el ruido de las gotas que caían sobre el tejado pareció hacerse más intenso. Preocupado, decidió acostarse.
Despertó a la madrugada y antes de que tuviera tiempo de pensar en algo escucho el rumor insistente de la lluvia.
─Quiera Dios que pase antes que amanezca ─pensó.
Pero no fue así, una hora después cuando salió a la puerta que daba a la calle el aguacero continuaba. El viento soplaba e iba a estrellarse contra su rostro llevando diminutas gotas heladas que a aquella hora de la mañana le resultaron agradables. Se quedó allí, pensativo, mirando hacia la plaza anegada por la lluvia. Fue entonces, cuando noto algo extraño en la manera de llover. Las gotas caían a un ritmo uniforme, sin ningún cambio aparente. A decir verdad, incontables veces había visto el agua caer en diferentes sitios y a distintas horas, pero en ninguna de ellas percibió ese raro caer que ahora veía.





Mabel
Muy buen Cuento. Un abrazo Salomón y mi voto desde Andalucía
sncaltero
Gracias, Mabel. Un saludo desde Colombia.
veteporlasombra
Tu relato avanzaba certero e inclemente, como la lluvia que cuentas. Me gustó muchísimo. Aun con tanta lluvia, me trajo recuerdos del regusto terroso de Pedro Páramo. Un saludo…
sncaltero
Gracias veteporlasombra, precisamente Juan Rulfo es uno de mis escritores preferidos. Pedro Paramo es una novela genial.