De manera casi imperceptible, había cruzado el cielo azul una paloma; iba sola, era blanca y tenía un punto negro en sus alas. Interprete este episodio como una visión alucinante debida, quizá, al sol tan ardiente que hacía. No obstante, quedo en mi memoria su recuerdo entrelazado con el murmullo apacible del arroyo.
Aquel día había caminado desde el amanecer por el camino real rumbo a un pueblo lejano. Me sentía fatigado y mi provisión de comida se agotaba. Agobiado por la sed y el hambre saque de la mochila la cantimplora y tome unos sorbos de agua, luego desenvolví el último pedazo de queso y algo de pan, y comí.
Me acercaba a un bosque espeso localizado a los pies de una colina de mediana altura. Sobre las copas de los arboles brillaban los últimos resplandores de sol, y alrededor todo estaba sumido en la soledad y en el silencio.
Un rato después el sol comenzó a ocultarse; el frio llego y cuando se disipo la claridad amarillenta del ocaso, pensé angustiado que por más que aligerara mis pasos no alcanzaría a llegar a mi destino, sino hasta muy entrada la noche.
Me adentré un trecho en el bosque y me senté exhausto sobre una roca. De repente me sentí invadido por una paz extraordinaria y me di cuenta que todo había adquirido un color amarillo-rosáceo: los troncos de los árboles y sus ramas, las matas de hierba que crecían junto a ellos, el cielo, las piedras que, a distancias regulares, estaban esparcidas en el pastizal y el camino por el que había llegado hasta allí. Decidí continuar la marcha y al incorporarme me di cuenta que me sentía mucho más liviano que de costumbre. Ya no sentía cansancio ni hambre y tampoco ninguna clase de angustia. Avanzaba sintiendo una placida sensación de bienestar. La forma de los troncos, hojas, piedras, hierba y demás era la habitual, pero todo estaba teñido o sumergido en una tenue bruma amarilla-rosácea.
El camino, en aquella parte, era plano y no estaba rodeado de ninguna cerca y a los lados se extendía el bosque bello y silencioso. Avance sin percatarme si llevaba aún conmigo el equipaje, y poco después, y casi sin darme cuenta, llegue hasta el comienzo de la cuesta y empecé a ascender.
Allí, el camino, que continuaba en su mayor parte bajo la sombra del follaje, se hacía angosto y lleno de curvas; cerca de él había grandes piedras y en algunos trechos, bajo los frondosos árboles y matorrales, crecían helechos y musgos. Camine a buen paso experimentando una gran paz y sintiéndome recónditamente sorprendido de observar todo bajo aquel color uniforme. Cuando estuve en la cima y sin poder precisar cuánto tiempo había transcurrido, pues la noción de duración me era un poco extraña, levante la mirada y desprevenidamente observe a mí alrededor. La imagen que vi entonces me impresiono sobremanera y aunque me sentía feliz, mi corazón se llenó de gozo aún más. A los pies de la colina, rodeándola casi por completo, se extendía una gran planicie teñida toda de amarillo-rosáceo y al frente, muy lejos, se levantaba un imponente cerro rocoso de singular belleza. Al fondo se veían nubes de apariencia delicada y tenue como en la más hermosa de las pinturas. De manera inexplicable, no me detuve a pensar que estaba ocurriendo, solo contemple ese bello paisaje dominado por una alegría serena.
De un momento a otro, me di cuenta que estaba tirado en el suelo junto a una piedra que se hallaba a la orilla del camino, tiritando de frio. Sorprendido mire a mi alrededor; la noche empezaba, la oscuridad iba cerrando y ya solo alcanzaba a distinguir los arboles más cercanos. Con esfuerzo, me incorpore un poco y me recosté contra la roca. Me sentía débil y por momentos parecía que todo giraba a mí alrededor. A causa de la caída, algunas cosas habían salido de mi mochila y se hallaban esparcidas sobre la tierra polvorienta. Lleve una de mis manos a la cara y la sentí cubierta por un sudor frio. Trate de respirar hondo y pausado y después tome la cantimplora, que se hallaba a corta distancia, y bebí el último sorbo de agua que quedaba. Pasados unos minutos me sentí mejor y comprendí lo que me había ocurrido: sin duda, mi obstinado esfuerzo por llegar aquel mismo día a mi destino me había producido un colapso. Recordé la extraña visión de la paloma, y a mi memoria vinieron con nitidez las bellas imágenes del bosque, de la llanura y del cerro rocoso y no pude evitar sentirme muy perplejo. Pese a la confusión y al malestar que en ese momento me dominaban, trate de hallar una explicación a tan extraño suceso. Un rato después me percaté de que había oscurecido por completo y que el frio aumentaba más y más. Entonces, acepte que no me quedaba otra alternativa que pasar la noche en el bosque y resignado me acosté sobre un pequeño pastizal, a un lado del camino, y procure abrigarme de la mejor manera.
A la mañana siguiente, el cantar de los pájaros me despertó. Abrí los ojos y por un momento mire a mi alrededor algo extrañado; me incorporé, respire hondo y con beneplácito pude darme cuenta que me encontraba mejor que al comienzo de la noche anterior. Recogí el equipaje y empecé a caminar por el sendero. La mañana era magnifica, daba alegría estar allí; la luz del sol se filtraba diáfana por entre las ramas de los árboles y el viento movía la hierba y barría suavemente el camino, que en aquel trayecto era plano y no estaba rodeado de cimientos. Piedras de mediano tamaño poblaban el pastizal en el que crecían árboles frondosos.
Minutos después, llegue hasta el inicio de la cuesta y empecé a ascender. Siendo la primera vez en mi vida que transitaba por aquel camino abandonado, me sentí muy sorprendido al ver que todos los detalles del lugar coincidían con los de la visión de la noche anterior. El camino continuaba angosto y lleno de curvas, sombreado por las ramas; a los lados había grandes piedras y en algunos trechos, junto a los troncos de los árboles y matorrales, crecían musgos y helechos. Mi admiración fue aún mayor cuando, transcurrido algo menos de media hora, estuve en la cima. Una extensa planicie poblada de árboles rodeaba casi por completo a la colina y hacia el sur se podía ver, a lo lejos, un espectacular cerro rocoso. Blancas y bellas nubes poblaban el cielo y todo estaba sumido en el más profundo silencio. Sin saber que pensar, me senté en un prado y contemple por algún tiempo – no supe cuánto – aquel hermoso paisaje. Me levanté dominado por una placida sensación de serenidad y continúe la marcha. Unos metros más adelante encontré un riachuelo de aguas cristalinas donde bebí agua en las palmas de las manos y llene la cantimplora. Pasada una hora, estuve cerca del cerro y desvié, luego, hacia la izquierda; rumbo a una meseta desde la que vi un pequeño lago en una hondonada lejana. Me interné en un bosque de árboles bajos y recorrí después un terreno semi-árido y algo inclinado, antes de divisar las paredes blancas y los techos rojos de las casas del pueblo al que me dirigía. Mientras transitaba por todos estos lugares, no deje de pensar, una y otra vez, en lo que me había ocurrido. En vano trate de hallar una explicación satisfactoria, y al final solo pude estar seguro de que no se había tratado de un sueño, sino de un episodio distinto e inusual. Estas cavilaciones me mantuvieron distraído, y así avance sin preocuparme por buscar algo que comer.
Cuando era casi medio día, entre al pueblo y camine a buen paso por una calle angosta, rodeada de casas antiguas de dos pisos y balcones de madera, rumbo a la vivienda donde me esperaban dos amigos venidos de la ciudad. Poco después me detuve frente a un portón de madera de doble hoja y golpee. Un hombre alto abrió la puerta; era uno de los dos hermanos con quienes en la escuela primaria había compartido gratos años de amistad. Me saludo con entusiasmo y a continuación me invito a seguir. Avanzamos por un pasillo y ascendimos después por una escalera de madera hasta el segundo piso. Allí, en una sala amplia, salude al otro de los hermanos y a los demás integrantes de la familia.
Durante el almuerzo me contaron como era su vida actual en la ciudad y recordamos los lejanos tiempos de la niñez. En algún momento, después del almuerzo, estando sentados los tres en la sala conversando animadamente, me comentaron sobre la preocupación que les había causado el hecho de yo no haber llegado la noche anterior como estaba previsto. Entonces, les dije que por aventura había tomado la decisión de venir por el camino real que se halla abandonado, y decidí contarles el extraño suceso que había vivido. Me escucharon con atención y se mostraron impresionados por mi relato; me hicieron numerosas preguntas, e incluso se aventuraron a plantear algunas posibles explicaciones.
Al anochecer, cuando mis amigos salieron a comprar algo y los demás se retiraron a dormir, salí al balcón de la casa y contemple pensativo los techos rojos y la torre blanca de la iglesia, iluminada débilmente por las luces eléctricas. Alrededor reinaba el silencio y el viento frio llegaba y se estrellaba contra mi rostro. En ese momento, vino a mi mente con total nitidez el recuerdo de la paloma blanca, del bello bosque, de la extensa llanura y del cerro rocoso de singular belleza teñido de amarillo-rosáceo y tuve la certeza de que no se había tratado de un sueño, sino de un hecho extraordinario, y me sentí dominado por una sensación nueva y grata que me habría de acompañar, de cuando en cuando, por el resto de mis años.





Mabel
Muy buena historia. Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido
sncaltero
Muchas gracias
Celeste
Fenomenalmente escrito, mi enhorabuena. Un abrazo y mi voto.
GermánLage
Un relato realmente bien escrito, Sncaltero. A pesar de que el argumento es, yo diría que deliberadamente, un tanto anodino, la lentura avanza plácidamente sin que el interés decaiga en ningún momento. Fue un placer leerte.
Mi cordial saludo y mi voto.
Esruza
Buena historia, felicidades y mi voto