En 2011, durante el puente de Todos los Santos, fuimos a visitar Praga, por aprovechar tres días seguidos, que rara vez los disfrutamos en el sector en el que trabajo.
Nos alojamos en un hotelito encantador, una especie de palacete del siglo XVIII, reconvertido para ese fin, erigido en el centro de la ciudad.
Aunque nos pusieron una cuna para nuestro hijo, que en aquel entonces tenía apenas dos años, dormimos los tres juntos, pues así lo solíamos hacer también en casa.
De madrugada, sentí unas manos sobre mi rostro, y una voz que suplicaba que me despertara.
—Duerme, Mikel. Es de noche, está muy oscuro aún—susurré sin abrir los ojos, tan sólo apartando las manitas que tenía en la cara.
Él seguía susurrándome mientras peinaba mis cabellos con sus dedos. Escuché su risa, y decirme que por favor jugara un poco, que hacía mucho que nadie jugaba con él, y lo echaba en falta. Que deseaba tener una mamá como yo.
Me negaba a despertar, el día había sido intenso, y me sentía demasiado cansada para lidiar con mi pequeño. Noté la manta descender, destapándome y dejando tan sólo una sábana sobre mí.
Hacía tanto frío que por un momento creí que algo en la calefacción no funcionaba correctamente.
—Hace mucho frío aquí, Mikel, vuelve a la cama. Enfermarás.
Algo en mi mente hizo click, como un resorte, al escucharme pronunciar esas últimas palabras, y recuperé en parte la consciencia. En aquella especie de duermevela que a veces se siente, caí en la cuenta de algo.
Mi hijo dormía en el centro de la cama, entre mi marido y yo. Así lo habíamos decidido para evitar caídas, puesto que en ese dormitorio, por la distribución, no había opción a pegarla contra la pared. Así que no era posible que la voz y las manos que me acariciaban vinieran de ese lado en concreto. Y por otra parte, un cuerpo pequeño y caliente estaba a mi lado izquierdo.
Confirmé mis sospechas, abriendo los ojos y tocando el cuerpecito profundamente dormido, que mi hijo estaba en el centro, donde se suponía debía estar. No era Mikel, entonces, quien me hablaba.
Giré la cabeza sobresaltada, muy poco a poco. Delante de mí, al lado de la cama, un niño algo mayor que mi hijo me miraba fijamente. Su vestimenta extraña no me sorprendió. Llevaba un traje que bien podía haber salido de cualquier cuadro de Velázquez, barroco, con ese característico cuello enorme y terciopelo oscuro por todas partes.
Mi corazón bombeó sangre a una velocidad el triple de la habitual. Mi respiración, entrecortada e incontrolable, me ponía sobre aviso. Mis dientes empezaron a castañear, todavía no sé si por miedo o frío, o quizás por ambos motivos. Me abracé a mi misma en un intento de protegerme y darme calor, mientras la figura se acercaba.
Únicamente acerté a ahogar un grito entre las sábanas, por no despertar a mi familia. El rostro angelical se transformó ante mí, tornando en diabólico su aspecto. Sus ojos, rojos por la ira, me miraron justo un segundo antes de difuminarse y desaparecer.
— No eres diferente al resto. Todas me odiáis. ¡Nadie quiere quedarse aquí conmigo! —gritó a dos milímetros de mi rostro.
El pánico se apoderaba en unos segundos de mi alma y el miedo paralizó cualquier movimiento. Durante unos minutos me mantuve alerta, recostada en la cama, expectante. Observando a uno y otro lado de la cama. Rememorando lo que acababa de vivir. Recuperé el control del cuerpo, esto no podía ser otra cosa más que un sueño. Recogí la manta, pues la sábana no resultaba suficiente, y cubrí mis piernas, erizadas por el frío que aún sentía muy adentro de mí.
No volvió las siguientes noches a reclamar mi atención, esperé despierta un tiempo prudencial cada una de ellas, aterrada. No conté a mi familia lo sucedido, no quise echar a perder el viaje.
Estuvo presente, pero sin mostrarse, pues por las mañanas encontrábamos varios juguetes fuera de lugar. Sobre todo un cochecito metálico, que solía aparecer sobre mi almohada.
En parte me hubiera gustado saber quién era, conocer su historia. El miedo que en un primer momento sentí había dejado paso a la curiosidad.
El día que nos fuimos, al recoger todas nuestras pertenencias, no pude evitar dejar su juguete favorito sobre la almohada, para que lo encontrara una vez la noche estuviera echada.
Con el tiempo, me convencí que fue tan sólo un sueño. Un mal sueño y ya está.
Hasta hoy, lunes 31 de Octubre de 2016, cinco años más tarde. El mismo aire helado me ha despertado. En mi cama ya no están ni mi hijo, ya mayor para compartirla, ni un marido que me acompañe. Aquel cochecito metálico ha caído sobre mi pecho, lo he reconocido al instante, al abrir los ojos. Una voz conocida, a mi izquierda, ha murmurado unas palabras.
—Ya no voy a dejar que me abandones. Serás mi mamá desde hoy, para siempre.





Mabel
¡Impresionante! Un abrazo Jules y mi voto desde Andalucía
Jules
Gracias, Mabel. Esta es una historia antigua a la que tengo un especial cariño. Me apeteció compartirla.
gines
@julesschmidt espeluznante ! Jules, mi voto… nos leemos!!
Jules
Espeluznante fue ese fin de semana en Praga, @Gines. Jajaja
gonzalez
Me gustó mucho la historia y muy buenos dialogos, Jules. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.
Jules
Gracias, @Gonzalez. Nos leemos.
GermánLage
Hermoso cuento, Jules, con su dosis correspondiente de misterio y suspense, pero muy tierna a la vez. La narración, magistral.
Mi cordial saludo y mi voto.
XaviAlta
Curt però intens @julesschmidt.
Tens el meu vot
veteporlasombra
Por más maternal que sea el asunto, da escalofríos. Buena historia; un saludo… y un cochecito 😉
Lourdes
Menuda historia!!! terrorífica!
Sirio
Bravo!!! Jules, mi voto para ti.
Anakin85
Me gustan los cuentos con mezclas de sentimientos así, muy buen trabajo, Jules!
Un saludo y mi voto.
Jules
Me gusta hacer esas mezclas, y dar un final sorpresivo y que da sentido al relato. Gracias por tu comentario
YCAN
Impactante. Mantienes el suspenso de manera magistral. Me encantó. Ahora, sólo tengo un pequeño problema: acabo de leer tu microrrelato y es la 1:36 de la madrugada y no sé si lograré dormir sin miedo, luego de leer esta histria. Mi voto, Jules.
Jules
Gracias, YCAN. Un placer haberte asustado, jajajaja!