Mi amigo el Conde Drácula

Escrito por
| 231 | 6 Comentarios

MI AMIGO EL CONDE DRÁCULA

Por

Fernando Jorge Soto Roland

 

A lo largo de toda mi infancia y gran parte de la pubertad, un objeto de terror perturbó mis noches convirtiéndolas en un calvario de emociones, todas ellas guiadas por el miedo. Un miedo visceral. Profundo. Paralizante. Indecible, como diría Lovecraft. Un terror guiado por el asco y posibilidad de toparme, a un lado de la cama, con un vampiro.

Drácula me quitó el sueño por años. Mortificó mi estar acostado durante las noches. Hizo que transpirara bajo las sábanas en pleno verano y contuviera más de lo normal las ganas de ir al baño. ¡Maldito aristócrata! Tal vez sea por eso que detesto tanto los títulos nobiliarios. No por influencia de los ideales revolucionarios franceses del siglo XVIII, sino por los colmillos sanguinolentos del no-muerto ideado por Bram Stoker que, en mi fluida imaginación, siempre parecía estar al asecho al otro lado de la ventana de mi cuarto.

Ningún otro monstruo me despertó tanto pavor.

A Frankenstein nunca le presté demasiada atención, para serles sincero, y la momia agudizó más mi interés por la egiptología que las ganas de esconderme bajo la ropa de cama. Tal vez el Hombre-Lobo se acerque un poquito al conde-vampiro. Aún así, no hubo nunca punto de comparación entre uno y otro.

Drácula me inmovilizaba. Bastaba con ver la cola (hoy trailer) de alguna de sus películas para que pasara días sin dormir adecuadamente. Ejercía sobre mí un influjo poderoso, nocivo, perdurable, más que cualquier otro ser sobrenatural. Ni siquiera los fantasmas tenían la capacidad de atormentarme tanto; y eso se debe ―quizás― a su supuesta materialidad y posibilidad de desmaterializarse en cualquier momento.

¡Joder con los vampiros!

¿Cómo quitarme de la cabeza esos ojos inyectados en sangre de Christopher Lee o la palidez asquerosa del gran Bela Lugosi? Incluso cuando el actor argentino Adolfo García Grau encarnó ―en broma― al mentado conde en el film (malísimo por cierto) Los Vampiros los Prefieren Gorditos, evoco vivamente el estar tapándome los ojos en medio del cine.

¿Qué tenía Drácula de particular?

Sencillo: rompía con todas las leyes naturales que ―aún sin conocerlas en detalle por entonces― había adquirido en el colegio y en la biblioteca de mi casa. Además: ¡te chupaba la sangre!

Ese puto vampiro me daba vuelta de campana todo lo aprendido y de poco servía que me dijeran, “Tranquilo, Fer, que no existe”; porque ya por entonces había escuchado esa frase que sostenía que el poder de diablo radicaba en su capacidad de conseguir que nadie creyera en él.

¿Y si todo era cierto?

¿Quién iba a defenderme?

¿Van Helsing?

Para mi era un viejo inepto. No me inspiraba la más mínima confianza. A fin de cuentas siempre fracasaba a la hora de matar al monstruo. Por otro lado, todavía faltaban décadas para que el personaje se convirtiera en el súper-héroe del film homónimo, protagonizado por Hugh Jackman.

¡Joder con Drácula!

¡Cómo humillaba mi amor propio!

Y no exagero al decirlo.

Por entonces, ir al cine a ver películas de terror era parte de una especie de ritual de paso entre mis amigos, que consistía en aguantársela sin chistar, sin taparse los ojos, gritar o sacudirse en la butaca, como machos que éramos.

Romper alguna de esas reglas no-escritas implicaba ser expuesto al día siguiente en el colegio y ganarse por un tiempo el mote de cagón. Y nadie quería cargar ese sambenito. Menos que menos delante de las chicas.

Como dije antes, yo podía bancarme a cualquier monstruo y salir bien parado. Pero con Drácula… ¡Joder! Con Drácula era diferente.

En una oportunidad, mientras jugaba tranquilamente en la vereda, un grupo de cinco o seis amigos pasaron por casa.

―Fer, ¿venís al cine? ―preguntó uno de ellos.

Dudé un segundo.

―Dale, vení. Vamos todos. Dan La Momia y otra más…

―¿Cuál?

―Ni idea…

Medité un segundo. Tirarme sin red a la oscuridad de la sala era demasiado. Por ende, pergeñé un posible plan de evacuación.

―Bueno, sí, voy —respondí. ―Pero tengo que llevar a mi hermana menor.

―Y dale, traela…

Y así, rompiendo con una larga tradición, Sisí (de apenas unos 9 años) se sumó al grupo de valiente cinéfilos.

A lo largo de las cuatro cuadras que nos separaban del Cine Select organicé todo.

Mi hermana se ubicaría en la primera butaca de la fila, la que daba al pasillo de la sala. Seguidamente me sentaría yo. Los demás ocuparían el resto.

Entonces, llegó la oscuridad. Nos fagocitó y La Momia hizo de las suyas a lo largo de una hora y media, sin que se me moviera un pelo.

Tras el intervalo, empezó la segunda película.

Dios

No recuerdo cómo se llamaba, pero la primera escena me heló la sangre.

Un castillo abandonado. Un par de gitanos realizando un extraño ritual y, de pronto, un sarcófago de piedra con un nombre esculpido en uno de sus lados: Drácula.

En ese mismísimo instante el plan “Huída Digna” se puso en marcha.

Giré disimuladamente la cabeza hacia Sisí (que miraba extasiada la pantalla) y en voz baja, inaudible al resto de los presentes le pregunté:

―Tenés miedo, ¿no es cierto?

Me miró relajada.

―No, ¿por?

―Tenés miedo…

―Te digo que no tengo…

―¡Shhhh…! Bajá la voz, boluda. Callate. Vos tenés miedo y punto. ―Sentencié apretándole fuerte el antebrazo. ― ¿Entendiste? Mucho miedo. Y ahora pedime que te querés ir a casa.

―Pero yo no me quiero ir a casa.

―Bajá la voz, tarada ¡Decí que te querés ir!

―Fer, me quiero ir a casa ―dijo, resignada, por lo bajo.

―¡Más fuerte, tonta!

―FER, ME QUIERO IR CASA.

Todos mis amigos voltearon hacia ella. Los miré frunciendo los labios.

―Mi hermana está cagada en las patas ―dije. ―Me tengo que ir, sino mis viejos me matan.

Y antes de que alguno de ellos intentara convencerla de lo contrario, la tomé de la mano y salí disparando por el pasillo en dirección a la calle.

Recuerdo haberla arrastrado mientras ella trataba de darse vuelta para mirar la escena en la que el vampiro salía de su tumba.

―Ibas a soñar toda la noche ―le dije exagerando el rol de hermano mayor.

―¡Vos ibas a soñar! ―respondió―. ¡Cagón!

El esas circunstancias el mote no me afectó. A nivel familiar los adjetivos descalificativos eran inocuos. Además, siempre existía el camino de la amenaza directa, si se le ocurría divulgar el secreto.

 

Han pasado más de cuarenta y cinco años desde aquella tarde en el cine y, la verdad, es que no puedo más que recordarla con profunda nostalgia. Una nostalgia que no se apoya en la niñez misma, ya perdida, sino en el fascinante terror que Drácula me producía.

Tal vez por ese motivo, cuando hoy veo a los más chicos tapándose los ojos frente a un monstruo, no puedo dejar de envidiarlos un poco y rememorar mis ya evanescentes temores. Señal de que me estoy poniendo viejo.

 

Buenos Aires, marzo de 2014

 

 

Comentarios

  1. Mabel

    3 marzo, 2017

    Los temores solo están dentro de ti y si tú tienes la fortaleza suficiente, estos se irán. A mi me encantan estas películas porque al mismo tiempo que te atraen crean mucho suspense y misterio. Un abrazo Fernando y mi voto desde Andalucía.

  2. Estefania

    3 marzo, 2017

    Es que el conde es mucho conde, su historia es espeluznante a la par que increíble, ese trasfondo romántico y cruel a la vez. Para mí la novela de Stoker está por encima de todas. Gracias por sacar a relucir a Drácula, con la fotografía del gran Cristopher Lee, conde encarnada en el cine por tan buenos actores, lleno de erotismo y misterio. Gran artículo. Mi voto y un abrazo.

  3. Alejandro Lucero

    4 marzo, 2017

    Fernando, entonces hemos pasado lo mismo, fue a lo único que le tuve miedo de chico -y como vos, quizás un poco al hombre lobo-, aunque desgraciadamente no tuve una hermanita menor para justificar mi huída, y me la tuve que bancar, aunque a veces cerrando los ojos cuando la futura bajaba las oscuras escaleras de la cripta, para encontrarla vacía mientras iba anocheciendo….

    • Fernando.Jorge.Soto.Roland

      5 marzo, 2017

      jajajajajaja… Tendríamos que haber creado el “Club deTemorosos de Drácula”. Pero ya es tarde, al menos para mí.
      Abrazo!

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas