Capítulo 2: El gato (I)

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Miradas escondidas detrás de las cortinas de seda o cortinas semi-transparentes o cortinas opacas. Miradas extrovertidas sobre sillas expuestas que van a excelente tono con las bicicletas reposadas sobre las rejas de metal desgastado y perros ladrando en todos los niveles de volúmenes posibles.

Árboles resonando con el viento, calles anchas, calles asfaltadas, de tierra y de ripio.

Los ancianos cargan sus bolsas, andan en bicicletas y dicen que hoy va a llover. María, la panadera, retruca: “esta tormenta sigue de largo”.

El lago tranquilo, los sábados de fiesta, los domingos tradicionales y compartidos, los lunes angustiantes.

Ausencia de noticias. Por días, se parece a una ciudad abandonada y, otras veces, intenta asemejarse a un pueblo-ciudad con mucho ruido y movimiento. Son un equilibrio. Motocicletas, bicicletas y automóviles rigen todo el movimiento. El centro, esa calle que parece acabarse rápidamente, es todo el desastre sonoro que una ciudad como Los anónimos, puede tener.

El pan caliente, el olor a humedad, la humedad, los ferrocarriles abandonados, las plazas atestadas los domingos, oscuras en las noches, simples estatuas pseudo-naturales de algunos pocos. Que es nuestra, que es de ellos.

Persianas americanas, ventanas nuevas, ventanas antiguas, vidrieras empolvadas, vidrieras exageradamente limpias, vidrieras pseudo-limpias, vitrales de iglesias, parroquias y mansiones de principios del siglo pasado. Reflejos rápidos de quien, en su apuro, necesita acomodarse el mechón caído.

 “Pathetique” de Beethoven sonando en una casa de tres pisos, a pocas cuadras hace la diferencia una canción famosa del rock nacional y a sólo unos metros la cumbia que había sido hit en los últimos meses irrumpe en la cuadra.

Una danzarina de ocho años practicando su primer salto, un kiosquero descargando las cajas de cartón llenas de paquetes, la maestra jardinera y los pequeños niños sonriendo ante su chiste, la eléctrica sensación que los niños sienten prematuramente cuando uno sonríe porque el otro cuenta un chiste, la sonrisa tímida que de ello deriva y la sensación de ser alguien, algo más de lo que dicen que sos.

El canto de los gorriones por la mañana y el sonido entrecortante de los murciélagos por la noche.

Las lluvias, la estrépita sensación que uno siente cuando la primera gota fría cae sobre la mejilla izquierda. La purificación de las aguas sobre el rostro de una persona. Esa persona. El sentimiento auténtico de una persona que deja correr la gota fría sobre la mejilla y su sonrisa expresándolo a medias.

Estamos en Los anónimos, en el pueblo de los seguros. Estamos seguros que usted es un estúpido, que él es un loco y el otro un drogadicto, que nuestro intendente es un ladrón y narcotraficante, que nuestros vecinos son siempre curiosos, que los amigos de mis hijos son mala influencia, que las familias de los amigos de mis hijos están locas. Estamos seguros que «por algo le pasó lo que le pasó», que «se lo merecía», que lo que me muestran mis programas de televisión es una verdad y los tuyos son una mentira. Estamos seguros que eso siempre va a ser así.

La seguridad con la que andamos por la calle no se reduce sólo a otras personas, sino que, con mucho orgullo, uno se reafirma a sí mismo como la persona que tiene razones de por qué estar seguro.

«No, ¡me importa un carajo tus argumentos! No voy a cambiar mi opinión». «Estoy seguro que sólo me decís eso para sugestionarme».

No importa cuántas veces uno haya visto a la otra persona, si al menos cenó o si conversaron una vez al pasar en el bar de la esquina o en la plaza de los andrajos. Todos estamos seguros de que, aunque hayamos entablado sólo una pequeña conversación, visto una fotografía, escuchado una historia que fue contada en el boca a boca, es prueba eficiente y suficiente para corroborar nuestras hipótesis: Tadeo es un loco de mierda.

Pero hace falta un pequeño resplandor de duda para poner en crisis todo el sistema de prejuicios y seguridades, para callarse la boca y escuchar y analizar todo desde una perspectiva más profunda. Es duro. Uno tiene que, al fin, caer en la duda eterna. El primer golpe con ella se viene pesado, casi insoportable, pero al tiempo… al tiempo te das cuenta que la duda es la única seguridad que te puede dar esta vida. Y la duda se vuelve para mirarte de frente y ponerte en jaque a vos mismo antes que a todos los demás. La duda se vuelve un caos hermosamente revelador.

*

La puerta de madera enorme sonó con tres golpes sobre ella. Silencio.

La puerta de madera enorme volvió a sonar y ahora con dos golpes. Silencio.

Unos pasos marcados por el ruido que hacía la suela de los zapatos al tocar el piso reluciente comenzaron a acercarse a la puerta de madera.

La puerta de madera enorme sonó otra vez y esta vez la mucama, vestido informalmente con un chaleco de lana y una camisa rosa, la abrió.

–  ¿Sí? – levantando sus cejas y esperando la presentación. Tenía una tez clara y unos ojos celestes profundos. Llevaba una marca de nacimiento justo a un lado de su ojo izquierdo, a la que Tadeo no pudo dejar de mirar.

–  Soy Tadeo, Tadeo, el hijo de Estanislao y Elba.

–  Espere un momentito – le respondió la mucama y se dio media vuelta, cerrando la puerta de madera enorme.

Por unos dos minutos, la puerta de madera enorme quedó allí, sin sonar. Tadeo y la señorita Trotski esperaban detrás, como si fueran vecinos invasivos y molestos.

Otra vez, los pasos marcados por el ruido de esos zapatos. La mucama hace su entrada y abre la puerta.

–  Puede pasar, señor.

–  Gracias – añadió Tadeo mirándola con el ceño fruncido y dejando, mientras, la maleta a un lado de la puerta.

–  Gracias – agregó Trotski.

–  Siéntense en el living, en un rato el señor los atiende.

–  Seguime – dijo Tadeo mirándola a la señorita Trotski. Ella lo siguió por detrás.

Ambos, luego de un suspiro sincronizado, se sentaron en un sillón cómodo sin mirarse.

Sara quedó anonadada con el lujo de la casa. El enorme calefactor, los floreros lleno de flores que parecían haber sido recogidas hacía minutos, enormes cuadros originales.

El rostro de Tadeo, luego de haber sido embardunado por todo un vaso lleno de jugo, lucía impecable, pero su camisa a cuadros aún largaba el hedor y estaba teñida de naranja. Ni siquiera quiso levantar su cabeza para recorrer el nuevo estado de la casa, de su casa. Prefirió mantener la vista en sus zapatos.

–  ¿Vas a ser mi sombra? – le dijo Tadeo en voz baja a Trotski.

–  Tengo la obligación de acompañarte en estos momentos, Tadeo – añadió ella, girando su mirada hacia él.

–  ¿Para anotar en tu libretita o por si tenés que inyectarme algo que me deje tumbado contra esa alfombra? – dijo, señalando una alfombra enorme que cubría la mitad del salón.

–  No siempre voy a estar al lado tuyo. Es una transición. Además, vos mismo aceptaste la idea de venir conmigo.

–  ¡Alá! ¿En sus reuniones periódicas con los psiquiatras y psicólogos, también dicen que a Rima le encanta masturbarse y gemir como una vieja?

Intentando fugarse de aquella pregunta, Trotski respondió con otra pregunta:

–  ¿Por qué no le dijiste a Rima que te ibas? Le causaste un encierro en la sala de aislamiento y dos pastillas que ni siquiera surtieron efectos.

–  Bueno, al parecer tampoco el encierro surtió efecto, si salió corriendo como un desacatado detrás del taxi.

–  ¿Qué pasa, Tadeo?

–  ¿Qué?

–  Estás distinto y molesto.

El joven resopló, se tiró hacia atrás y miró para arriba.

*

–  La vida, la vida altiva… – decía Rima mientras jugaba con dos dados – la vida… – miró para arriba e intentó encontrar la frase que la completaba en la mancha del techo que siempre miraba Tadeo al despertarse.

El joven, mientras, leía el libro de Murakami que había sacado semanas antes de la biblioteca.

–  La vida está llena de vasopresina – siguió Rima.

–  No rima, Rima

–  La vida es una mierda.

–  Tampoco

–  La vida altiva que todo lo…

–  Shhhhh, que quiero leer

La puerta ruidosa de la habitación de ambos se abrió de golpe y Leonardo, un viejo compañero de habitación de Rima, apareció.

–  Chicos, ¡hay un gato en el patio!

Rima saltó de su cama y le quitó el libro de las manos, lanzándoselo lejos.

–  No nos lo vamos a perder persiguiendo a nada, ¿eh?

Y así fue, varios de los pacientes corrían ante el anuncio de Leonardo. Dejaban todo lo que estaban haciendo y perseguían al viejo tal como él pronto estaría persiguiendo al gato imaginario.

Leonardo residía en la institución hacía veinte años, luego de haber sido denunciado siete veces por habitantes de Los anónimos. El nombre, tal vez valga la pena aclararlo, no era el mismo que figuraba en su ya extraviado documento de identidad. Tal nombre había sido puesto por una profesora de artes, de nariz parada y joyas colgando de los lóbulos de su oreja, cuando descubrió al anónimo pequeño comiéndose una copia fotocopiada a color de “La última cena” de Leonardo Da Vinci. El jovencito, de unos sólo doce años, retrucó: “tenía hambre”.

El pequeño anónimo luego de que sus compañeros del curso y también de otros le escribieran en su frente: “Leonardo” con tinta, corrió a su casa de chapa y le dijo a su mamá: “me llamo Leonardo”. Desde ese momento, ella no lo dejó ir más al colegio, pero no para que ya no recibiera degradaciones, ella siempre alegaba que los de “su clase” estaban destinados a soportar tal atropello a la identidad, sino porque lo necesitaba para tener comida. Aquel “tengo hambre” la madre pudo percibirlo sin haber recibido noticias de la profesora, quien sólo se comunicaba con los padres de los niños más adinerados del curso.

Desde entonces, el pequeño Leonardo recorría las calles de Los anónimos juntando cartones. A quienes pasaban le decía que los necesitaba para pintar, porque él era un gran pintor y todos, enamorados y estúpidos consumidores de obras, se comerían sus pinturas.

 Una vez, día de lluvia y de recolección de residuos, Leonardo se cruzó con quien lo bautizó, la profesora de artes. Cuando la vio, desde la calle hasta la vereda, de lo agradecido que estaba, le gritó: “¡estoy pintando, profesora! ¡desde la primera hasta la que está antes de la última cena!”

Ella, con su paraguas en manos y un gesto de rechazo, le respondió: “¡Muy bien, Leonardito, pero primero llenate la panza de comida y después pintá!”. Siguió caminando y el pequeño la siguió por detrás.

–  Todavía no empecé a pintar, pero dentro de poco, va a ver, profe, voy a ser tan famoso como el hombre que usted nos enseñó – ella, asustada, intentó acelerar el paso para perderlo, pero el niño, mucho más ágil que ella, siguió caminando con un cartón en manos, a la par de ella.

–  No, no vas a pintar como él – le dijo, ya en un tono grosero.

–  Si, va a ver

Intentó cruzar la calle, cuando el niño se le cruzó delante. Él tenía los ojos desorbitados y una expresión iluminada en su rostro: “ya no voy a comer mis obras, otros van a comerla”.

–  A ver, nene – dijo, corriéndolo a un lado y cruzando la calle de a pasos largos.

El pequeño Leonardo se quedó en la esquina, observándola irse bajo la lluvia.

Esa noche, su madre falleció por desconocidas causas. La embolsaron, porque no había quien pagara el ataúd y mucho menos quien se interesara por ella y la dejaron por mucho tiempo en un panteón para olvidados hasta que sus huesos sirvieron para estudiantes de kinesiología que pagaron más dinero, a vaya a saber quién, que todo lo que su hijo había podido ganar con los cartones.

El pequeño Leonardo siguió viviendo en su casa de chapa con el gato que visitaba a su madre antes del fallecimiento y los cartones hasta que, sólo seis días después, una asociación de jóvenes comunistas lo encontró casi moribundo. Ellos lo alojaron hasta que pueda recuperar su salud sin el gato y sin los cartones.

Se habrá de entender del por qué todos estaban emocionados ante la posibilidad de que Leonardo pueda agarrar al gato fantasmal. Él siempre decía orgulloso que su gato de vez en cuando iba a visitarlo, pero, como era arisco y miedoso, no dejaba que él lo toque. Pero él alegaba que con sólo sentir su pelaje, iba a recobrar la cordura.

Tadeo y Rima, chocando a varios compañeros boquiabiertos y abriéndose paso entre ellos, lograron ver la escena.

Leonardo perseguía un gato real que, como un conejo, daba zancadas enormes por entre los arbustos crecidos.

-¡Leonardo, Leonardo, Leonardo! – gritaban todos dándole apoyo.

*

Tadeo soltó una risa.

–  ¿Cuánto tiempo van a tardar para ver a su hijo? – dijo, rascándose la rodilla.

El joven sabía que ambos, Estanislao y Elba, estaban en la habitación lo demasiado tensos como para darle la bienvenida. Sabía que su padre le tocaba el hombro con una mano para tranquilizarla pero mandándola a ella a poner el rostro ante la situación y sabía, pese a sus dos años de distancia, que ambos deseaban en ese preciso instante haber rechazado la propuesta de la institución privada de que su hijo volviera a rehacer su vida con ellos.

Pónganme el nombre, grítenme “loco de mierda” y sáquenme a patadas de la casa. Lo espero ansioso. Espero con todas las ganas que, de una puta vez, me rechacen en la cara, sin por eso recurrir a instituciones privadas ni policías.

El loco, el de los miles de hombres dentro de su cabeza, llegó, ahora a ustedes les queda el resto.

 

–  Qué lindo gato – expresó la señorita Trotski sonriendo y señalando al felino blanco peludo que se lamía la pata delantera y que había irrumpido en el living sin que lo notaran.

Sí, el gato tenía más pelotas que mi papá para darme la bienvenida.

 

A los segundos, Elba hizo su entrada. Con un vestido rojo y el pelo teñido, con zapatos relucientes y una mirada miedosa.

Tadeo, querido, no sabés cuánto esperaba que llegaras… – dijo, con su voz quebrada, abriendo los labios como un telón tembloroso y mostrando los dientes blancos y firmes. Luego se volvió hacia atrás, donde estaba la mucama, y le dijo al oído a la vez que con las manos: hacé tres cafés.

-No tomo café – dijo Tadeo

–  Con gusto – agregó la señorita Trotski modulando una sonrisa falsa.

–  ¿Y vos sos?

–  La señori… Sara Trotski.

–  ¡Ajá! Como León Trotski… ¿y qué hacés acá? – añadió, afilando sus garras.

–  Soy la acompañante de Tadeo, durante su estadía en su casa… bah, seguramente leyó la nota enviada por el instituto

–  Ah, la enfermera.

–  Acompañante, mejor.

–  ¿Y a qué lo acompañás?

–  A transitar estos momentos

Soltó una risa que se esfumó en la mitad y se tapó la boca.

–  Bienvenida, querida, bienvenida a la casa de los locos – dijo, tocando la cabeza del felino blanco que ahora se acostaba sobre la afombra – eso sí, les voy a pedir silencio: Estanislao está atendiendo a unos pacientes y el ruido realmente lo altera.

Un sorbo de café de mi mamá expresa lo que cien palabras nunca pudieron decir.

Ella estaba inquieta y nerviosa ante mi presencia, sin contemplarme en lo absoluto, ni olerme, ni tocarme. Estaba como se está frente a lo inanimado, ante una cosa que, aunque pareciese ya sin valor, expresa presencia. Como frente a un ventanal. Su posición encorvada parecía la de un anciano en sus últimos días, pero sin dudas estaba más rejuvenecida. Se había teñido el pelo y, se notaba por sus arrugas, en dos años había reído más que sus 40 anteriores. Todo parecía indicar que un sorbo de café era lo único que podía obtener como respuesta a mi bienvenida. O al menos lo único sincero que podía esperar de mi mamá en ese entonces.

Y yo me comportaba como un adulto, o intentaba parecerlo. Me rascaba el mentón como si realmente me interesase lo que ella expresaba en su sorbo de café. Intentaba, como intentan algunos religiosos frente a los ateos, gesticular palabras que nunca podrían haber salido de la boca y hacía hablar en mí a alguien que no me pertenecía. Sólo el mover con mis dedos sobre mi rodilla temblorosa era lo único que expresaba lo que cien palabras nunca pudieron decir.

Y quizá, así de ambiguo todo, ambos podíamos comunicarnos sinceramente allí, en ese sorbo de café y en ese movimiento de dedos, y no hacía falta nota y no hacía falta llanto.

Pero esa otra persona que hablaba en mí también era quien a veces reunía a todos los pequeños hombres dentro de mi cabeza y decía: hagan uso de las palabras, del decir, del hablar. Solamente así el otro puede entenderlos.

Y fue tal vez ahí, cuando ese otro dejó de hacerme hablar y volvió a meterse al círculo de hombres, donde se expresó la sinceridad. Dejé de mover las manos y mi mamá dejó la taza de café ya vacía sobre la mesa del living.

Nos miramos. Tal vez fue en ese mirar que Edipo predijo su extirpación. Entendí que sólo la mirada de ella era lo que esperaba. Aunque inmiscuida, aunque asustada, aunque seguramente mi mirada estaba más dolorida que la de ella. Nuestras miradas se chocaron y expresaron más que lo que un millón de palabras nunca pudieron decir. 

Comentarios

  1. Estefania

    28 marzo, 2017

    Creo que está como dividido en dos partes. Me ha entusiasmado cuando has descrito todo el pueblo, con sus rarezas, sus gentes, su hipocresía, con esa prosa que a ratos se convierte en poesía, todo sentimiento. Bella la historia de Leonardo, ¿Irás explicando los entresijos de cada paciente? Eso puede ser bueno y curioso, a la vez, a mí me gustaría. Has incluido la historia de la mamá, esos ratos tan especiales, y el café con leche que a mí tanto me gustó! Me ha encantado volver a leerla. Un abrazo y seguimos en ello.

    • Fran

      28 marzo, 2017

      Esteff amiga, si, esta dividido en dos tiempos. Va a ocurrir muy seguido el cambio de tiempos a través del *. Los pacientes, al menos, voy a intentar ir relatando sus historias. Es un ejercicio muy divertido y contenedor de la historia. (nunca me gustaron un solo personaje enfocado por la luz). Muchas gracias por lo del pueblo. Y si, siempre ese relato de la madre estuvo pensada para esta historia (o fue la que la desencadeno). Epa epa, ese lapsus… Jajaja hay que remitirse a tu comentario en tal escrito. Muchas gracias por leerme
      Nos estamos leyendo, Esteff
      Un abrazo grande

  2. Estefania

    28 marzo, 2017

    Ups, lo café con leche ha sido mi subconsciente. El café; café solo jaja

  3. csquerea

    28 marzo, 2017

    Mi voto. Me ha gustado sobre todo la descripción inicial, era como oír una sinfonía que pintaba el pueblo (perdón por la siestesia). Buen trabajo.

    • Fran

      28 marzo, 2017

      Muchas gracias por tu comentario, @csquerea me alegro que te haya gustado el principio. A mi me fue llevando de a poco y lo disfruté mucho cuando lo escribí. Espero que te sigan gustando las siguientes entregas.
      Un saludo y nos leemos!!

  4. Mabel

    28 marzo, 2017

    Muy buena historia. Un abrazo Fran y mi voto desde Andalucía

    • Fran

      30 marzo, 2017

      Gracias por pasarte… Un abrazo grande!!

  5. Dai

    30 marzo, 2017

    La ciudad de los anónimos y una madre anónima. Me encantó el final, la reflexión de Tadeo, con esas miradas doloridas que hablan otro idioma a los cuales los anónimos parecen no acceder. Genio total.

    • Fran

      31 marzo, 2017

      Gracias, Dai, por tus palabras. Sabés que las recibo siempre con mucho amor y comprensión de por qué escribo lo que escribo. Me alegro mucho que te guste!!!
      Abrazote grande a la misionera más bonita.

  6. YCAN

    31 marzo, 2017

    Fran… ¿Qué te digo? ¡Eres el rey de la narración «multi escena», che! Es hermosísimo este capítulo. Es maravilloso como nos permites entrar –a través de los ojos de Tadeo– en cada detalle del gran caleidoscopio que es una ciudad. Manejas el «Flahs Back» de una manera magistral. Me encantó la bienvenida del gato blanco. Me tiene atrapada tu novela. Sigo leyéndote. Hermoso este capítulo. Simplemente, hermoso. Un gran abrazo para ti y mi voto.

    • Fran

      31 marzo, 2017

      Qué hermoso comentario, Ycan, lo recibo con mucho aprecio. Espero que te guste mucho más las proximas entregas. El flash back tengo miedo que se confunda con el presente, pero al parecer lo conectás excelente. Muchas gracias!!!!!
      Abrazo grande

  7. Lourdes

    9 abril, 2017

    Bueno…la descripción del pueblo me parece de lo más original…son como pinceladas firmes que van creando un paisaje. . Si tuviera que nombrar al pintor que se me vino a la cabeza mientras te leía te diría que Van Gogh!
    Me gusta la técnica narrativa…tan pronto es Trostky la narradora, tan pronto es el autor, tan pronto el protagonista (considero a Tadeo protagonista) nos cuenta sus propios pensamientos. Origiinal, y hace que no se pierda atención en el texto. Siempre hay sorpresas.
    Un abrazo

    • Fran

      10 abril, 2017

      Hola, @lourdesb . Te respondo en este comentario todos los que me has dejado. Te agradezco muchísimo tu lectura, tus comentarios y tu disposición hacia mí. Es algo muy bello de tu parte. Es de lo más interesante leerte estos comentarios y me quedo con esto de Van Gogh… me llenaste el alma. Van Gogh es de mis pintores favoritos porque es sincero con su mente y con su arte, ambos, juegan sobre el mismo plano a la hora de pintar. Y eso me puso muy orgulloso de todo. Gracias por leerme, ya me voy a dar una vueltita por tus relatos. Estoy un poco corto de tiempo (entre la escritura, la facultad, el estudio) pero en cuanto pueda ya vas a ver que te voy a llenar de comentarios sobre lo que escribís que me gusta en demasía.
      Nuevamente, gracias.
      Te mando un abrazo grande…

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