Capítulo 8. Preliminares

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Finalmente acaban la cena a eso de la medianoche. A la una de la mañana está prevista la llegada de las chicas contratadas, aunque el único que conoce ese dato es Curt. La cena ha resultado un tanto agotadora, y subiendo hasta la última planta en el ascensor, inmersos en un escamoso silencio, van notando cómo los excesos les pasan la factura.

Alain se había mojado el pelo minutos antes con el fin de despejarse, y como no coordinaba precisamente bien sus movimientos, acabó empapándose la camisa que ahora permanece helada y adherida a su pecho, calándole los huesos. Tiene las pupilas enormemente dilatadas y el gesto cansado, pero todas las ganas de comerse el mundo, con un hormigueo infame recorriendo cada parte de su cuerpo, una aceleración desmedida, adrenalina a flor de piel, unas ganas inmensas de cometer todas las locuras del mundo, de saltarse las prohibiciones e infringir cualquier norma.

En su tercera visita al lavabo, espitado hasta las entrañas, se encontró inesperadamente con una de las conquistas nocturnas de aquella mesa que celebraba una despedida de soltera, una de las mujeres atractivas de orificios suculentos y eróticos que llevaba toda la noche coqueteando con él desde la distancia. Estaba casi tan borracha como él drogado, y sin ningún tipo de miramientos se coló en el servicio masculino, le asedió y le manoseó antes de que él pudiera valorar la situación, o decidir si se sentía atraído o no, y todo concluyó en tres arrumacos, cuatro besos y algún que otro amago de encerrarse juntos, llevados por una pasión aparente y en este caso unilateral, intentando finiquitar un polvo rápido e incómodo que Alain finalmente recusó. “¿Por qué ahora no?”, preguntó esa hermosa loba de pelo rubio y piel bronceada, “porque ahora quiero meterme esta ralla”, “¿Y luego?”, “luego….pues…luego, no sé, he pedido un sorbete de frutos rojos de postre”; y la loba le confirió un gesto anonadado, se quedó con la boca abierta momentáneamente mientras él no le hacía mucho caso y se dedicaba simplemente a esnifar, olvidándose de su presencia y de sus insinuaciones. “Es que…podría pasar algo malo”, fue Alain quien interrumpió ese incómodo silencio esta vez, excusándose. “Pues a mí me gusta hacer cosas muy malas”, respondió la loba, incauta, rebuscando sin pudor por dentro de su bragueta, intentando provocar una erección que sorprendentemente hasta ahora se mantenía ausente, mientras él inhalaba pacientemente con el torso arqueado. “Oye, no te ofendas, pero creo que podría hacerte daño. Lo digo en serio: podrían pasar cosas malas. Creo que es mejor dejarlo así, ¿eh, preciosa?; yo sólo quería esnifar un poco de coca, esnifar tranquilo”. En esos instantes, bien podía cortarse la tensión del ambiente con un cuchillo. “¿Me estás vacilando, verdad?”. Más silencio. Alain realizó un gestó a modo de disculpa con una sonrisa gamberra y atractiva, los orificios de la nariz con restos blanquecinos, a lo que ella espetó: “Vete a tomar por culo, marica de mierda”.

La chica se sintió, cómo definirlo….estafada, con el orgullo mermado, le miró algo desalentada, desprendiendo cierto aire humillante, y salió por la puerta del lavabo de caballeros contoneando su ajustado vestido fucsia, diana de todas las miradas reunidas en esas cercanías.

En el ascensor, Alain reflexiona vagamente sobre lo sucedido, lo que los recuerdos selectivos y su privilegiada memoria le han dejado explorar tras esa capa excitante de desinhibición que le envuelve esta noche, y cree que cuando pasaron ante justamente esa mesa para pulsar el ascensor, la loba murmulló algo con desprecio dirigido a él, pero lejos de sentirse desacreditado devolvió una sonrisa amable y le guiñó un ojo. Fue en ese momento cuando se imaginó cómo sería sodomizarla con el dispensador de papel higiénico, enorme, esférico y de aluminio que había en el mismo lavabo dónde tuvieron ese penoso encuentro, mientras introducía con fuerza su mano completamente abierta hasta la muñeca en ese orificio desmedido de máscara de buceadora.

Habitaciones 280, 281, 282. Ésas son las suyas. Una situada al lado de la otra, la última enfrente de la una. El suelo es marmóleo, opulento, el decorado sobrio de tonos templados, los ventanales enormes, hay un gran muro recubierto de alabastro con visos de colores dotado e un tamaño descomunal que separa los pasillos de las habitaciones pares de las impares. Las luces halógenas inspeccionan los tres cuerpos, esas tres sombras; parecen forasteros recién salidos de una rebelión bárbara, arrastrando las secuelas, caminando con pesadez, tambaleándose, con mal aspecto, víctimas de los rescoldos que han dejado caprichosos juegos mentales y sustancias nocivas acampando en su cerebro.

A Curt el subconsciente se le ha ausentado temporalmente y ahora se encuentra mucho más tranquilo. Está casi dispuesto a tenderle el cheque a Alain, con el fin de despreocuparse de la chica contratada y adjudicada para el resto de la noche, que bastante costosa le ha salido, pero examina el deplorable estado en el que se encuentra su amigo y prefiere ser él quien administre y distribuya tal elevada cantidad de dinero. Es el mismo Alain el primero en despedirse, sin que nadie le acucie a ello, escudado tras el ahumado de sus cristales, con un cigarro sin encender en la comisura de los labios y ciertos escalofríos de tanto en tanto.

-Voy a intentar encontrar un secador de pelo para secar….esto.

Y enseña la camisa holgada y fluida que se ha convertido en un trapo ceñido y húmedo.

-Creo que esta noche me portaré bien y me quedaré dentro de la habitación para hacer frente a la resaca.

-Cuando la chica acabe dile que se pase por la habitación de al lado, para cerrar negocios.

-¿Qué chica?

-La chica.

Alain se encoge de hombros y, francamente, no sabe de qué le está hablando Curt pero tampoco le importa. Acabará obedeciendo a sus impulsos, venga quién venga, pese a quién pese, como siempre. Maldice interiormente la manía de todo el mundo de encasquetarle sexo sin él requerirlo, pero está demasiado ido como para hacer frente a alguna discusión o debate fútil sobre el tema. Saluda con la mano, ya dándoles la espalda, saca la tarjeta magnética para la cerradura electrónica de su habitación, ¿Era la 282?, y aumenta la celeridad de sus pasos, un poco de lado, tropezándose con las paredes y chocando con los ventanales. Finalmente llega lastimosamente, y tras unos cinco minutos sin atinar a introducir la tarjeta, víctima de las risas burlonas de los otros dos, consigue entrar.

Antes de ser separados por ese enorme muro de mármol y alabastro, Curt se acerca íntimamente a Mick, agarrándole por los hombros, en un tono cómplice a más no poder, y le confiesa con un inquietante temblor en la voz poniéndole instintivamente la mano sobre el corazón:

-Oye, Mick, creo que he visto a mi padre en la barra del bar del restaurante.

Michael le mira estupefacto. Como él también teme al juez McNeill, le teme de una manera imperiosa, y aunque duda de la fiabilidad de la palabra de Curt, recorre con la vista todo ese abundante escenario, intentando vislumbrar sombras escondidas, vigilando el ascensor, controlando todo lo que viene o se escucha desde sus espaldas por eso de mitigar sorpresas inesperadas.

-Curt, ¿Qué barra de bar? Abajo no hay ninguna barra de bar. Y yo no he visto a tu padre en toda la noche. Aquí no hay ningún conocido.

El vikingo se ruboriza, vuelve a sentirse sofocado, va casi con toda la camisa abierta acusando una calor abrasadora que no existe, chasquea la lengua y gira la cara, intentando adivinar en qué tipo de embrollo está metido, planteándose si lo que está viviendo ahora es real. De repente le invade un sentimiento de desnudez porque se ha dado cuenta que ha vuelto a dejar entrever una de sus debilidades. Y aunque el receptor sea Mick, y a Mick no le tiene ningún miedo porque ambos llevan demasiado secretos compartidos cargados a sus espaldas, mostrar los puntos débiles supone un error fatal que puede suponer múltiples consecuencias. La confianza siempre estuvo sobrevalorada, se reprende a sí mismo. Rápidamente, no sin cierto apocamiento, cambia radicalmente de tema y le pasa el cheque firmado.

-Madre mía, ¿Esto te ha costado la chica?

-Bueno, es una tarifa media. Eso me dijeron. No domino el tema. Tampoco he investigado.

Mick se detiene, le mira copartícipe, y pasándose la lengua por los molares superiores como siempre que se queda pensativo o debe hacer algo de lo que en un futuro pueda arrepentirse, le devuelve el papel firmado.

-Curt…yo no quiero una puta esta noche. Además, esto es un pastizal.

-Pues supongo que es porque lo valen. ¿Me estás diciendo que no quieres echar unos cuantos polvos? O uno sólo. O yo qué sé, lo que te ponga. Está a tu disposición. Como si quieres ponerte a jugar al póquer con ella. Yo no rechazaría la oferta, tan suculenta oferta. Además, es como despreciar un regalo.

-No. Sí. Bueno, no sé. Dame el puto dinero. -se lo arranca de las manos, con sonrisa de rufián, mientras el vikingo asiente con el aire de quien ya vaticinaba lo que pasaría- De todas maneras me gusta saber a quién me voy a tirar. Tengo unos gustos concretos. La próxima vez déjame escoger.

-Ya, claro, es verdad. A ti te gusta hablar en francés ¿no?

-Hablaba. Hablaba francés, ahora estamos aprendiendo otros idiomas por un tiempo.

Ambos se integran en una niebla propia que sólo les abarca a ellos, se hace un silencio abrumador que retumba en los oídos, y el ambiente distendido empieza a deformarse y a hacerse irrespirable. Mick se enciende un canuto mientras le ofrece a Curt, que ya está saturado de todo tipo de sustancias y, ¡oh, milagro!, declina la oferta. Siguen caminando, con ese estrato de bruma haciéndole las veces de sombra, portador de advertencias y noticias inmediatas.

-Pues yo me estoy planteando últimamente aprender francés.

Curt sigue caminando pero nota que le falta acompañante. Ha sido pronunciar tal lapidaria frase y despertar al kraken. Mick guarda el tono pacífico, pero Curt le conoce como a las líneas de la palma de su mano, y sabe que sus gestos no denotan esa neutralidad, que su expresión no tiende a la benevolencia. Mick antepone su brazo frente al cuerpo del vikingo, obligándole a moverse según su voluntad, y ahora que están frente a frente le abotona lentamente, de forma exhortativa, como si se tratara de un gesto aclaratorio o quizá denotando una advertencia concluyente, los botones sueltos de su camisa, que son casi todos.

-Eres mi amigo desde hace muchísimos años. Te quiero, te respeto, te entiendo, te defiendo, te perdono, confío en ti. Sabes que lo hago, Curt, siempre lo he hecho. Ahora quiero que pienses en una red. En un campo de juego, me da igual cuál disciplina, sólo quiero que pienses en una red y en una pelota. Quiero que visualices el preciso momento, ese instante en que el esférico golpea con el borde de la red y parece que se pare el tiempo. Te hablo de una fracción de minutos, segundos, dónde todo está detenido, dónde se tiene el corazón en un puño, donde todo depende de algo inmediato. Depende de un milímetro, depende de si pasa la línea de la red o dónde caerá el esférico, de si algo puede ayudarle, un golpe de brisa o una mano de judas. Se puede ganar, quedar en tablas o se puede perder el juego. Perderlo con malas artes, llevarse consigo las ilusiones, los valores, los recuerdos, la confianza, la amistad, de un plumazo, en una fracción de segundo. Todo. Porque no podemos volver a atrasar el tiempo, no hay ley física que logre volver atrás y descruzar esas líneas. Yo no voy a golpear esa pelota al lado más traidor de la cancha, nunca lo haría. Sabes que yo nunca lo haría. Si resulta que es cosa de la brisa, pues tendré que joderme. Pero no voy a ser yo quién golpee al otro lado la pelota en esos instantes. Nunca rebasaría esa línea, prefiero tenerla suspendida en el tiempo, indefinidamente. Prefiero que se quede dónde está, siempre he sido de no tentar al suspense. Por principios, yo nunca pasaría esa línea contigo, Curt. Nunca golpearía la pelota al campo de juego equivocado, nunca provocaría que tu perdieras, ni haría estallar la guerra. Y espero que esta decisión sea recíproca. Porque eres mi amigo, y te quiero, y te respeto, pero no soportaría esa deslealtad. ¿Me oyes? No soportaría esa deslealtad.

Curt le golpea suavemente la muñeca, absorto en sus ojos claros, advirtiendo que quizá haya cruzado un umbral prohibido, consciente ahora de la gran importancia que tienen los asuntos sentimentales en corazones ajenos, asimilando ahora el alcance de los sentimientos de Mick.

-Era una broma. Yo nunca te haría eso. Nunca sobrepasaría esa barrera. Estaba bromeando.

Mick hace planear el cheque ante su rostro, emite un silbido elevado a categoría terminante, se lo guarda en el bolsillo de los vaqueros con un ceño serio, y asiente, asiendo con brío el hombro de su amigo antes de dividirse a sus respectivas habitaciones, respondiendo de la manera más cortés y falsa que atina a encontrar, porque en el fondo no confía en él ni lo más mínimo:

-No lo dudaba, vikingo. Nunca lo dudé.

 

Comentarios

  1. Mabel

    27 marzo, 2017

    Muy buena historia, es muy intrigante e impacta muy bien la atención del lector. Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía.

    • Estefania

      27 marzo, 2017

      Muchas gracias por estar ahí siempre Mabel. Un abrazo.

  2. csquerea

    27 marzo, 2017

    ¡Cómo somos los tíos n nuestras relaciones! Supongo que nunca acabamos de salir de la tribu. Como siempre , leo atento y sobrecogido tu relato. Un abrazo Esteff.

    • Estefania

      27 marzo, 2017

      Y las tías. Si es que las personas, la mayoría, somos así. No dejamos de ser animales. Tendríamos que aprender eso de «nadie es de nadie», pero sólo lo aprendemos por las malas.
      Seguimos leyéndonos. Un abrazo.

  3. Bartu

    27 marzo, 2017

    Me gusta mucho la narracion. Es parte de una historia mas larga?

    • Estefania

      27 marzo, 2017

      Muchísimas gracias, para mí es un orgullo que te pueda gustar.
      Si, es parte de una historia que llevo un tiempo entretejiendo. Ahora comienza en sí la trama más ardua, voy jugando entre saltos en el tiempo. Espero que te vaya gustando. Y no te cortes en criticar, sobre todo, para eso los cuelgo para intentar aprender y mejorar.
      Espero seguirnos leyendo, un abrazo.

  4. GermánLage

    27 marzo, 2017

    Me gusta el detalle de haberte saltado la cena y haber trasladado la escena al ascensor y al pasillo delante de las habitaciones. Es original. El episodio del lavabo, un buen interludio, oportuno y resuelto con tu habitual maestría.
    Una observación: los párrafos finales del diálogo entre Mick y Curt, aún después de leerlos dos veces más, me resultan confusos. Mary me hizo la mismo observación. (¿Será que a los dos nos está atacando ya el sueño?)
    El consabido abrazo y mi voto.

  5. Patry

    27 marzo, 2017

    Y sigo alucinando, cada día más, con tus entregas. Y sigo enganchada por completo a esta novela.

    Me da a mi que Curt no va a poder cumplir esa promesa, y estoy deseando leerlo. Como también deseo leer lo que sigue a este capítulo, lo que sucede dentro de esas habitaciones. Miedo me da…

    Por cierto, déjame decirte que echó mucho de menos a Marinne. Espero que vuelva pronto.

    Un saludo y mi voto diario para ti. Felicidades.

  6. XaviAlta

    28 marzo, 2017

    Sigo enganchado a la novela como los demás, esperando que Curt lo reviente todo
    Estoy de acuerdo contigo en que vas entretejiendo la trama lentamente, presentando muy a fondo a los personajes y sus miserias para tomar pronto la rampa de despegue.
    Nos leemos, con ganas de más

  7. Unavulpes

    28 marzo, 2017

    Ahora entiendo porque hablabas en mi microrrelato sobre la manera que estaba escrito. Sabes captar muy bien la atención del lector y sobre todo llevar el ritmo en lo que escribes. Que aunque no lo parezca en la prosa es muy importante. Me ha gustado mucho, tendré que ponerme al día con los capítulos de la historia. Un abrazo

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