Curt sabía que había algo en su comportamiento, en su cabeza, que no estaba en orden. Lo sabía desde hacía tiempo, pero nunca se había atrevido a desmenuzarlo con minuciosidad, a plantearse la existencia de un problema. Quizá, pensaría mucho más adelante, era el miedo quien le hablaba entonces y le negaba la realidad.
S e dio cuenta hacía relativamente poco tiempo, durante una exposición de réplicas artísticas pertenecientes a creadores de la época del impresionismo. En realidad lo que le sucedió aquel día no dejaba de ser una anécdota insustancial, que para otros podía pasar inadvertida, aunque en él caló de una manera certera, casi clarividente. Porque Curt era meticuloso rozando la obsesión, detallista hasta el tuétano, autocrítico con suficiente inteligencia para no denostarse ni vanagloriarse, y quizá por eso pudo darse perfecta cuenta de que últimamente sólo le cabía odiar o conformarse –no, esa no era opción– con lo que el espejo le ofrecía, sin efectos ópticos, y aceptar unas divagaciones un tanto peligrosas. Con todas esas directrices a su favor -o jugando en su contra, según se mire- se halló de repente incapaz de ignorar la evidencia.
A Curt le gustaba la fotografía y la pintura, odiaba la escultura. Pensaba que los que hacían estatuas a orden y semejanza de lo que ya estaba creado y además tenía vida, e intentaban mejorarlo, inmortalizarlo, calcarlo sin más, se burlaban del arte de la creación. Para Curt eran simples copias de bocados existenciales procedentes de manos que pretendían jugar a ser Dios, utilizando piedra, arcilla, hierro, marfil o vete tú a saber qué materiales prohibidos e imposibles para conseguir más efectos. Entonces la invención sobria quedaba en un segundo plano y se empeñaban en artificios vanos y ostentosos, con el fin de consagrarse a través de aplausos boquiabiertos ante el más extraño todavía. Quizá hubiera algo de envidia en ese recelo.
De todas formas, cuando tuvo ante sus ojos a la Venus de Milo quedó enamorado y embriagado por la exuberancia y majestuosidad de esas curvas femeninas sin brazos ni cabeza, aunque volviendo a sus incongruencias de siempre se escudó en que no era más que la excepción confirmando la regla. Seguía en sus trece y nunca lo reconoció. Curt no entendía de grises, sólo de negros y blancos, sin puntos intermedios, extremista y radical en todos los ámbitos. Cuando acudía a alguna visita guiada o simposio sobre arte -salidas que realizaba a menudo-, en los que también se incluía la plástica y el modelado, escuchaba callado con el odio habitando sus entrañas a pedantes de última moda infavalorar la pintura o la fotografía en pos de la escultura, con su modernidad colosal a cuestas, obviando la belleza de los antiguos, o la perfección de los pinceles, o la plasmación de acontecimientos únicos en instantáneas con vida propia. Le entraban ganas de romper en mil pedazos una de esas estatuas perfectas y modernas de hierro forjado, con incrustaciones de cristal y de oro, y aporrear con toda su dureza y de manera inmisericorde la cabeza que discrepaba con sus ideas hasta dejarla carente de las mismas. Yuppies rendidos a las modernidades, chuparos ésa. ¿Quién critica ahora?
Normalmente estaba de acuerdo con las entendidas en bellas artes cuando le guiaban por diferentes obras referentes de varios movimientos artísticos -“las” porque siempre habían sido mujeres, con muchas de las cuales acababa teniendo conversaciones más profundas y derivadas a otros ámbitos- pero ese día, en las réplicas de impresionismo, disidió en el extremo con la experta.
Édouard Manet era su favorito, y ahí lo tenía: “el suicida”, cuadro fruto de la que él pensaba fue su mejor época. Tanto el grupo elitista que murmullaba a su alrededor como la encargada de narrar las vicisitudes de artista y obra, sólo vieron a un señor con traje tendido sobre una cama, dentro de una habitación austera e increíblemente modesta, con una pistola en la mano, una cruz sangrante en algún lugar equivocado del pecho pues no era el corazón, una extraordinaria paleta de colores lúgubres -sí, el rojo podía llegar a ser lúgubre y magnífico dentro de esa obra- y la cabeza volteada hacia atrás.
Curt giró hacia un lado la suya cuando por fin pudo acceder a colocarse enfrente, respetando el cordón de distanciamiento preciso, admirando ese óleo de trazos perfectos sobre un lienzo conservado al detalle. Contempló curioso durante bastante tiempo, con la intención de encontrar algún punto escondido y esclarecedor, de buscar los ojos del muerto, indagando en algún secreto oculto que el pintor hubiera luchado por transmitir y que hubiera pasado desapercibido durante tantos años por todas esas mentes absurdas y poco pensantes. No, no hay ninguna cabeza girada hacia atrás. El suicida no tiene cuello.
Lo observó durante largo rato, tanto que incluso fue objeto de miradas molestas, enojadas, inquiriéndole a que apremiara y dejara el espacio libre. Pero él los ignoró y se dedicó a crear una simbiosis profunda con el cuadro, deduciendo al fin que el tal suicida no era realmente un suicida. Para Curt, eso no era más que un asesinato con muy buen acabado. La cabeza no estaba volteada hacia atrás, estaba colocada de una manera suspicaz sobre el pecho de un hombre a quien se la habían cortado. Se obsesionó con esa parte del cuerpo dentro del lienzo, y luego derivó su mirada a esa extraña posición, la pierna incómodamente colocada, la sangre esparcida sobre las sábanas pero no como un torrente a su alrededor, la camisa blanca con manchas casi imperceptibles, esa pequeña aspa del pecho emulando un disparo. El corazón está en el lado izquierdo, y la cruceta no. El señor con traje no es un suicida, es un desgraciado al que le han rebanado el cuello, le han puesto la cabeza sobre el pecho en señal de advertencia y han simulado su muerte con un tiro propio en el corazón. ¿Cómo es posible que nadie se de cuenta? Haced una jodida escultura de eso, venga, listos.
Resultaba de veras escalofriante que, entre tanta multitud, él se hallara callado y expectante, como entendido que era, realizando sus pesquisas, sacando sus conclusiones, que cada vez resultaban más enfermas y desasosegantes.
Con “el suicida” reaccionó de inmediato, y aunque no desechó en ningún momento de sus pensamientos la idea de un concepto equivocado, se guardó bien de transmitir su visión al mundo por razones obvias de incomprensión. Sin embargo, no paró de repetírsela a él mismo y obsesionarse con esas percepciones. Es mas, cuando se percató de lo grotesco de sus pensamientos, retrocedió dando unos pasos asustado de su propia mente, e intentó despedirse con gratitud del cuadro de Manet, al que nunca antes había visto de una manera tan sádica.
Aun así, siguió pensando lo mismo mientras salía del museo, mientras conducía el coche, mientras comía salmón ahumado en el restaurante, mientras se cambiaba de ropa y realizaba sus ejercicios en el gimnasio, mientras se duchaba y acicalaba, mientras cenaba con una de sus citas, mientras tomaba unas copas. Y siguió pensando que estaba en posesión de la razón, y que tan sólo Manet y él ocultaban verdades al mundo.
Por esa razón era su pintor favorito.




csquerea
Me gusta el texto y me has hecho descubrir una interesante pintura que no conocía de Manet. Gracias por las dos cosas. Nos leemos. Abrazos.
Estefania
Gracias a ti por leerme siempre!!! Pero espero que veas un simple suicida, una gran obra de arte con un señor que se ha disparado. Lo otro me haría sospechar jeje Un abrazo y nos seguimos leyendo!
XaviAlta
Buen texto (as usual) y muy interesante la mirada al cuadro de Monet.
Lo conocía pero en mi triste cultura artística soy incapaz de ver nada más que un dibujo donde tú has visto una historia.
Estefania
Gracias! Bueno, piensa que al fin y al cabo el arte es como un test de Rorschach pero elevado a otro nivel. Si alguien saca esas conclusiones, hay que plantearse un desorden mental. Así como en otras disciplinas, claro está. (Yo sigo viendo a un suicida, aunque no pueda verle el cuello xd, espero que tú también jeje)
GarciaCorpas
Sin bajar el nivel Esteff. Extraordinaria. Abrazo y voto.
Mabel
¡Excelente pintura! Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía
GermánLage
Excelente “divertimento” o pasaje de descanso, que engrandeces con tus conocimientos de pintura y tu gran capacidad de análisis. Como los grandes compositores, incluso en los pasajes de transición eres genial.
Un abrazo y mi voto, Esteff.
Ratón
Desnudando el alma de Curt. Muy bueno el capítulo.