Los días pasaban bajo una estela gris, sus sueños parecían extenuarse bajo la perdida mirada de quien supuestamente le pertenecía. Había anochecido y la ausencia de él era más que sofocante. Otra vez, como mueca permanente de la crueldad, la historia parecía repetirse.
Quería que fuese distinto, ahora buscaría sentir en carne propia la rudeza de la verdad, sin importar cual fuese. Detuvo el sopor de sus pensamientos y caminó hasta la puerta de la fresca habitación; su mano sobre la perilla temblaba sin cesar. En el fondo del pasillo, la tenue luz del ocaso se colaba por una ventana, fiel testigo de las circunstancias. Miró su mano izquierda, con la copia de la 212. Frunció el ceño y volteó hacia sus adentros. No faltaba más, era la hora.
Entró y allí estaba aquel que supuestamente le pertenecía, con sus piernas entrelazadas con las de quien, antes, le había entendido, consolado, persuadido; la más grande de sus amigas. La tibieza de sus cuerpos entremezclados con jirones de pasión crepuscular, reflejaba los vívidos momentos que antes le pertenecían y que ahora le arrebataban.
Una expresión de rabia entremezclada con tristeza recorrió su rostro hasta las mejillas, explayándose sobre su terso empeine, el que era motivo de cálidos y húmedos besos de cortejo, cuando las frías noches cedían al calor del impulso y el deseo, la pasión de dos cuerpos, el amor rebosante de jovialidad; demostraba ahora ser capaz de la más vil traición, de causar el más terrible dolor.
Le llamó con un grito que brotó de lo profundo de sus entrañas. Sus miradas se cruzaron mientras la asustada intrusa escapaba de entre las sábanas, presa del pudor. De pie, expuesto, frente a frente sin palabra alguna, más que el frío sudor que brotaba de sus sienes y coyunturas.
Él no lo podía creer. Por su parte, ella lo entendía todo, no había más que dudar o suponer, todo estaba dicho. Así, se abalanzó lentamente sobre su ya desechable consorte, liberando su anular de la prisión, de aquel cadalso del eterno amor. Sin titubear ni un instante, puso fin a su terrible y angustioso sufrimiento.
Horas más tarde, las campanas de las cinco cuadras norte repicaban a la par que los gritos de Claudia, la responsable de los pasillos y aposentos de la posada, opacaban al alba. La mueca cruel cobró el saldo, la delirante pasión adornada de traición despertó lo nefasto tras la belleza y la bondad. El frio fulgor del acero había cegado la vida de los traidores. Ahora ella, en una esquina de su habitación, buscaba con sus lágrimas esconder la culpa tras la victimización. Su catarsis apenas comenzaba.





Mabel
¡Impresionante! Un abrazo Augusto y mi voto desde Andalucía