Se dice que siempre hay un motivo para seguir adelante, una razón por la cual luchar, aun cuando uno sienta que ya no tiene fuerzas. La única razón que yo tenía para no volverme loca y, sobre todo, para seguir viva… era Kim. Y en ella me refugié.
Mis días transcurrían entre juegos, cuentos, la mayoría fruto de mi gran imaginación, e historias en las cuales nos permitíamos soñar con una vida mejor. En los ratos que compartía con ella, me olvidaba de todo lo vivido y me dedicaba a ser lo que siempre había sido para ella: su hermana mayor, su amiga y, también, su segunda madre.
Kim tenía una habilidad, aun sin ser consciente de ello, de curar todos mis dolores y disipar mis miedos, al menos por un par de horas. Y todo eso lo conseguía con su alegría habitual y su carácter cariñoso y tierno. Lograba convencerme de que la vida, aunque a veces oscura, seguía teniendo un color para mí. Depositaba en mí algo muy importante, a lo que traté de aferrarme con todas mis fuerzas: ESPERANZA.
Sin embargo, ese sentimiento se desvanecía enseguida, al llegar el anochecer. Cada día, siempre a la misma hora, el infierno en el cual vivía se desataba de nuevo. Y no pude hacer más que vivir todo eso como un sueño. Así lo había decidido, pues así era más fácil. Bueno, fácil no… la palabra exacta sería… soportable. Me convencía a mí misma de que todo lo vivido en esa habitación, al caer la noche, era simplemente una pesadilla. La que actuaba en mis sueños era otra Yurani; otra persona a la cual no conocía, ni quería, conocer.
Un sonido me sacó de mis pensamientos. Giré la cabeza, un poco asustada, y comprobé con gran alivio que el ruido se debía a la muñeca de Kim, que se le había caído mientras jugaba a asearla en una palangana de plástico.
Kimberly me miró, un tanto preocupada.
—¿Te he despertado?
—No estaba dormida —le contesté, mientras negaba con la cabeza—. No te preocupes.
—Tenías los ojos cerrados.
—Solo estaba descansando.
Kim asintió, aceptando mi explicación y se dio la vuelta, con la muñeca ya en sus brazos, dispuesta a seguir con su juego.
—Te gusta mucho, ¿verdad?
Se volvió hacia mí y me miró, con aire interrogante. Señalé la muñeca.
—Lara. No te despegas de ella ni un solo momento.
Se la había regalado unos días antes. Debo reconocer que me causó bastante pena desprenderme de ella, puesto que había sido mi mayor compañía durante muchos años. Hasta que llegó ella, mi hermana. Y decidí que ya había llegado el momento de que le perteneciera a ella. Yo ya no era una niña, y puede que Kim la necesitara, si algún día yo ya no estaba…
—Me gusta mucho —admitió con una sonrisa en sus labios —. Muchísimo.
—Me alegro —le dije con sinceridad—. Ojalá la disfrutes, como yo lo he hecho.
Asintió rápido con la cabeza y, a pesar de mantenerse en silencio, me expresó su agradecimiento con una mirada dulce y enternecedora.
—Puedes seguir jugando. Enseguida mamá te llamará para comer. Aprovecha ahora.
Le guiñé un ojo, con gesto cómplice, y pasé por alto el hecho de que, ese día, no habría alimento para mí. Mi estómago se revolvía en un gesto claro de protesta y deseé que Kimberly no se diera cuenta de ello.
Cuando estaba a punto de volver a cerrar los ojos, acostada en mi colchón, su voz suave llegó a mis oídos.
—¿Puedo hablar contigo? Es importante.
Al oír su pregunta, mis sentidos de alerta se activaron, temiendo de pronto escuchar lo que Kim tenía que decirme. ¿Tendría algo que ver con mi sufrimiento diario? ¿Se habría dado cuenta? Deseché rápido esas suposiciones. Ella era demasiado pequeña aún, por lo tanto ingenua, para entender depende qué cosas. Ni siquiera yo las comprendía bien todavía…
—Claro que sí. Ven, siéntate aquí conmigo.
Gesticulé con las manos, invitándola a acercarse más a mí, y ella no lo dudó un segundo y se acercó, cogiendo asiento a mi lado.
Sin dejar de mirarme, habló:
—Yurani, ¿qué es el amor? ¿Tú lo sabes?
Casi me atraganto con mi propia saliva al escucharla. Kimberly, como cualquier niña de su edad, era un torbellino de dudas, siempre encontraba algo nuevo por lo que interesarse y yo siempre hallaba las explicaciones necesarias para sus preguntas. Pero, esta vez, me había pillado desprevenida y no encontraba palabra alguna para contestarle.
—¿A qué viene eso, Kim? ¿Por qué quieres saber tú esas cosas?
Se encogió de hombros.
—Antes, en la cocina, he escuchado a mamá hablar con papá. Le decía que él no la quiere y que no sabe lo que es el amor, que nunca lo ha sabido.
Tragué saliva.
—¿Eso has escuchado? Y papá, ¿qué le ha dicho?
—Nada. No le ha contestado. Se ha marchado con cara de enfadado.
Hizo una pequeña pausa, imagino que pensando sus palabras, antes de continuar.
—¿Sabes? Ellos piensan que no me entero, que no entiendo lo que dicen, pero sí lo hago. Lo entiendo todo.
Asentí con la cabeza, comprendiendo. Kim solo tenía cinco años, apenas había comenzado su recorrido en el mundo, pero ya era consciente de muchas cosas. Se fijaba en los pequeños detalles, cosas que a los demás tal vez les parecían insignificantes; analizaba los hechos y sacaba sus propias conclusiones, hasta donde su pequeña cabecita le permitía. Los niños, muchas veces, saben más de lo que creemos y supongo que, más aún, cuando se ven obligados a vivir de una forma que no es la correcta para su edad.
—¿Tú me crees, verdad? Tú no piensas que soy una niña tonta.
Acaricié su mejilla, con cariño.
—No, Kim. Yo confío en ti. Eres mi amiga.
De nuevo, le guiñé un ojo y ella sonrió, muy contenta, devolviéndome el guiño. Lo hizo de una forma tan graciosa, cerrando ambos ojos al mismo tiempo, que me causó gracia y no pude más que reírme.
—Todavía no me has contestado.
Respiré hondo. Sabía a lo que se refería. No dejaba de asombrarme su interés por cosas tan profundas, el amplio vocabulario que tenía y su manera de expresarse.
Ella permaneció en silencio, con sus ojos negros clavados en los míos, esperando una respuesta por mi parte. No la tenía, pero intenté hacerlo lo mejor que pude.
—Supongo que sí sé lo que es el amor. Una personita me lo ha enseñado…
—Y… ¿Qué es? ¿Me lo cuentas?
Suspiré, ahora con más fuerza. Acaricié su cabello oscuro con mis dedos finos, y me dejé llevar.
—El amor es algo muy grande. Tanto, que es complicado expresarlo con simples palabras. Algo por lo que hacemos cosas que nunca creímos que haríamos. El amor es, por ejemplo, cuando apreciamos mucho algo en concreto… —Sonreí mirando a la muñeca, la cual seguía en sus delgados brazos—. Pero preferimos que lo disfrute otra persona, a la que queremos mucho. Es cuando el simple hecho de estar con esa persona nos alegra y nos hace felices. Cuando estamos un poco tristes y un solo beso o abrazo suyo puede calmarnos. Es cuando harías cualquier cosa por cuidar y proteger a esa persona, a la cual amas, por encima de todo. Eso es el amor.
Kim se quedó un momento en silencio, analizando mis palabras. A continuación, sonrió.
—Yo creo que hay algo más —aseguró, convencida.
—¿Ah, sí? ¿El qué? —pregunté con curiosidad.
—Creo que no me lo has contado todo bien. Lo he pensado mucho y creo que el amor es algo más. Por ejemplo, cuando alguien tiene mucha hambre y le duele la tripa… —Señaló la suya con sus manos—. Pero esconde su comida para dársela a otra persona. Y cuando duerme con ella para que no tenga miedo. También creo que es cuando lloras por la noche, pero lo haces calladita, para que yo no me entere.
Necesité más de unos segundos para asimilar todo lo que me estaba diciendo mi hermana y, cuando por fin pude hablar, susurré con la voz casi rota por el dolor:
—Ven. Acércate más a mí.
La estreché entre mis brazos y ella me devolvió el abrazo con fuerza.
Dedicamos unos minutos a permanecer así, abrazadas, en silencio. Pero era un silencio bonito, calmado; no un silencio de esos que hacen daño.
Entonces, Kim se separó un poco de mi cuerpo y levantó la cabeza, volviendo a mirarme fijamente.
—Se me ha olvidado decirte algo. Yo también te quiero mucho.
Su voz tenía un tinte de melancolía y tuve que luchar contra las lágrimas, que ya amenazaban con salir de mis ojos. Apreté la mano de mi hermana con fuerza, tratando así de transmitirle todo lo que sentía hacia ella.
—Nunca te dejaré sola. Siempre estaré a tu lado. Vayas donde vayas, iré contigo.
Kimberly asintió con la cabeza, sin decir nada. Después, se acurrucó de nuevo a mi lado y apoyó su rostro en mi pelo. La rodeé con mis brazos y estuve así hasta que se quedó dormida. Con cuidado, la acosté sobre el colchón y me tumbé a su lado, sin dejar de observarla. Aquel día no salimos de la habitación.
No fuimos a comer, tampoco nos llamaron para ello. Pero no importaba; en realidad, nos bastaba con estar juntas.
Intenté no dormirme, quería permanecer despierta por miedo a que llegara la noche y, con ello, el causante de mis desvelos nocturnos. No quería que encontrara a Kim en mi cama cuando eso pasase. Me aterraba el pensamiento de imaginar que pudiera hacerle daño. Sabía que algún día eso pasaría. Kim se haría mayor y, tal vez, yo no pudiera estar siempre para velar por ella. Sabía muy bien que tenía que hacer algo, y tenía que hacerlo pronto.
Entre todos esos pensamientos, y algunos más que se entremezclaban, me rendí al sueño y me quedé dormida.
Dormimos muchas horas, hasta el día siguiente. Aquella noche fue la primera de muchas en la que no tuve pesadilla alguna. Fue la primera en la que no recibí visita en la oscuridad de mi cuarto. Mi cerebro, y mi padre, me dieron una tregua. Y la aproveché descansando, al lado de la persona que más quería en el mundo. No podía pedir nada más.





Mabel
¡Impresionante! Un abrazo Patry y mi voto desde Andalucía
Patry
Gracias, Mabel. Un abrazo.
GermánLage
¡Cuánto amor, Patry; cuenta ternura y sentimiento hay en todo lo que escribes! No cambies nunca tu estilo ni dejes de escribir. Lo que acabo de leer es muy hermoso, Patry.
Un abrazo y mi voto.
Patry
No lo haré, Germán. No dejaré de escribir. Es algo que ha nacido conmigo y que espero que me acompañe por siempre.
Gracias por tus bellísimas palabras. ¡Tú tampoco cambies!
Un saludo y un abrazo.
Esteff
Metes a los lectores en tu novela; los metes muy adentro, estoy inmersa, viviendo y sintiendo todo, el dolor, la ternura, un torrente de sensaciones.
Es precioso.
Nos seguimos leyendo.
Patry
Me alegro muchísimo de eso. De conseguir sumergirte en la historia y hacerte vivir los sentimientos que quiero expresar.
Un abrazo grande, Estef, ahora mismo voy a leer tu capítulo.
Desafinado
Una historia conmovedora y escrita con fluidez de un modo sublime. Te he votado antes, ya que te faltaba un voto para pasar a portada y creo que tu trabajo merece eso y mucho más.
Patry
Me hacen muy feliz los comentarios como los tuyos. En serio, son estas palabras las que dan fuerza para continuar.
¡Gracias!