Contracorriente (5. Andy)

Escrito por
| 73 | 8 Comentarios

 

No todo lo blanco es blanco, ni todo lo negro es negro. Hasta en los días más oscuros lograba ver un rayo de luz, un atisbo de esperanza. Incluso en las horas de más debilidad, en los momentos que llegaba a pensar que mi cuerpo no aguantaría más el hambre, conseguía encontrar algo positivo, algo que me animara a aguantar esta vida que nos había tocado vivir.

  A menudo me refugiaba en las historias que revoloteaban mi cabeza, dejando volar mi imaginación, tan lejos donde quisiera. Otras veces, me aferraba a los juegos con Kimberly. Por ella me obligaba a sacar una sonrisa y permitirme seguir siendo una niña, inventando siempre nuevas actividades para entretenerla.

  Aquella tarde, la esperanza me visitó en forma de persona. Era un chico joven, calculo que tendría unos 18 años, tal vez un poco más o un poco menos. Escuché su voz, desconocida hasta entonces para mí, al entrar en casa. Iba acompañado de mi padre.

  —Adelante, pasa. Le pediré a mi mujer que nos sirva dos vasos de agua —le ofreció.

  Movida por un repentino sentimiento de curiosidad, me escondí detrás de la cortina que separaba el salón del diminuto pasillo. Con cuidado de no ser descubierta, asomé despacio mi cabeza. Casi sin respirar, para que no se dieran cuenta de mi presencia, me dediqué a observar la escena. Mi padre había tomado asiento en una de las sillas y había invitado al muchacho a hacer lo mismo. Este estaba de espaldas a mí, así que no podía contemplar su rostro. De todas maneras, un extraño cosquilleo me invadía de pies a cabeza. No acostumbrábamos a ver muchos chicos por el barrio. Mamá, Kim y yo apenas salíamos de casa y, cuando lo hacíamos, nuestros paseos se limitaban a ir a la tienda del pueblo a comprar algún ingrediente necesario. Y eso pasaba en raras ocasiones. Además, conocía bien a los muchachos de los alrededores, todos hijos de nuestros respectivos vecinos, y este chico no era ninguno de ellos.

  Absorta como estaba en mis pensamientos, no me di cuenta de que mamá estaba a mi lado hasta que me tocó suavemente el hombro.

  —¡Ay! —exclamé en un gritito ahogado—. ¡Me has asustado!

  —¿Qué haces aquí? Creí que estarías durmiendo la siesta, con tu hermana.

  Me encogí de hombros, sin saber bien qué responderle, y me llevé un dedo a los labios.

  —No digas nada, porfa.

  Mamá sonrío, comprendiendo, y asintió con la cabeza.

  —Tranquila. Voy a llevarles estos dos vasitos de agua —me dijo señalando la bandeja de plástico que llevaba en la mano—. Tu padre se enfadará si les hago esperar mucho.

  Esta vez fui yo la que asentí y mamá entró en el salón, acercándose a ellos.

  —Aquí tenéis. Me imagino que tendréis sed después de una larga caminata. Está haciendo mucho calor fuera.

  Papá y su amigo, porque supongo que lo era, estiraron las manos para coger el agua que mamá les ofrecía. Después de dar un largo trago, el muchacho se dirigió a mi madre, devolviéndole el vaso.

  —Muchas gracias, señora.

  —No hay de qué. Siento no tener nada más para daros…

  En la voz de mi madre noté cierta vergüenza, pero el chico enseguida se encargó de hacerle sentir mejor.

  —No tiene que disculparse. Todos hemos pasado por malos momentos. Pero están de suerte, señora. A partir de hoy, su marido se convertirá en mi socio. Y ser mi socio significa que ya no habrá más pobreza en esta casa, que tendrá usted mucho más que agua para ofrecer a las visitas. Ser mi socio significa dinero —recalcó, con un cierto toque de orgullo en sus palabras.

  Abrí la boca sorprendida y me la tapé con la mano. No entendía bien lo que quería decir aquel chico extraño, pero lo que sí había comprendido a la perfección era una palabra: dinero. ¡Había dicho que mi padre iba a ganar dinero!

  —Para celebrarlo, vamos a brindar como Dios manda. ¿Le importaría ir a comprar dos botellas de vino? Compre también una de zumo, si le apetece.

  Se llevó la mano al bolsillo de su pantaloneta vaquera y sacó un par de billetes arrugados, para después ofrecérselos a mi madre.

  —Muchas gracias, joven. Es usted muy amable. Ahora no puedo salir de la casa porque tengo la sopa al fuego, pero mandaré a mi hija. Gracias por todo.

  Mi madre casi no tuvo tiempo de pronunciar mi nombre. Me apresuré a salir de mi escondite, entrando en el salón y acercándome a la mesa con pasos lentos.

  —Yurani, cariño, ve a comprar a la tiendita que hay aquí cerca, la de la señora Juliana —me pidió mamá con voz dulce.

  Asentí con la cabeza, sin articular palabra.

  —Así que esta es la pequeña de la casa —bromeó el chico.

  —Soy la mayor. La pequeña es mi hermana Kim —le respondí con un poco de chulería.

  No me gustaba que me trataran como a una niña, y él lo había hecho dirigiéndose a mí con ese tono de voz infantil.

  Entonces, él soltó una carcajada.

  —Bueno, sea como sea, encantado de conocerte, Yurani.

  Al escuchar mi nombre en sus labios un escalofrío recorrió mi piel, y mucho más lo hizo cuando levanté la vista del suelo y encontré su rostro, enfrente de mí. Tan cerca.

  —Toma, coge este dinero y ve a comprar. Coge dos botellas de vino y, lo que sobre, te lo puedes quedar. Cómprate algo que te guste o guárdalo para otra ocasión. Es tuyo.

  Atónita por su generosidad, me acerqué a él para agarrar los billetes que tenía en su mano. Al hacerlo, su piel entró en contacto con la mía, rozándose levemente. Y entonces el cosquilleo se hizo más grande, más intenso.

  —Muchas gracias —susurré, tan bajito que pensé que no me habrían oído ninguno.

  —No tienes que darme las gracias, chiquilla. Gracias a ti, por obsequiarme con tu belleza. No todos los días se ven chicas tan bonitas… —dijo y después, soltó una risita—. Por cierto, me llamo Andy.

  Se levantó de la silla y se presentó, de forma educada, dándome dos besos. Uno en cada mejilla. Para hacerlo, tuvo que agacharse un poco, ya que me sacaba un par de cabezas.

  Me miró a los ojos y sonrió, tal vez esperando una respuesta. Cohibida y tímida como nunca había sido, quise evitar su mirada, pero no pude. Sus ojos oscuros desprendían una fuerza y una atracción tan poderosa, que me obligaba a mantener los míos fijos en ellos. Era tan guapo que casi parecía salido de un cuento. Sin saber cómo, y consciente de que mis padres estaban contemplando la escena, conseguí sacar las palabras, con una voz que casi parecía haberme abandonado.

  —Me llamo Yurani. Aunque eso ya lo sabes. Encantada.

  Traté de sonar cortés, con la amabilidad que siempre tenía cuando conocía alguien nuevo, con la educación que me habían enseñado. Supongo que no lo conseguí, pues Andy, de nuevo, estalló en una carcajada.

  —El gusto es mío.

  Incapaz de disimular mi nerviosismo por más tiempo, me apresuré a guardar el dinero entre mis manos y me di la vuelta, con intención de marcharme.

  —Enseguida vuelvo —me despedí de todos.

  —Ve con cuidado —me pidió mamá, con su voz dulce de siempre.

  Antes de salir, pude ver a mi padre, que seguía sentado en la silla y que no había articulado palabra en toda nuestra conversación. Por el rabillo del ojo, me di cuenta de que me estaba observando fijamente. Y, no sé por qué, eso no hizo más que aumentar mis nervios. Así que me di prisa en desaparecer de su vista y salir de casa, dispuesta a obedecer lo que me habían ordenado. Durante todo el camino, un pensamiento ocupó mi alocada cabecita. Y ese pensamiento tenía los ojos negros y la cara más bonita que había visto en mi vida. Se llamaba Andy.

Comentarios

  1. Esteff

    22 marzo, 2017

    Ese pensamiento me da que es más tóxico que la lejía. Intenciones poco claras y falta de escrúpulos. Mira que es jodidamente fácil con una niña de esa edad, sea lo que sea lo que pase, que auguro no va a ser nada bueno. Demasiado fácil….enfin, espero próxima entrega. Me está gustando mucho.
    Un abrazo, empiezas a crear enganche.

    • Imagen de perfil de Patry

      Patry

      22 marzo, 2017

      No te falta razón. Este chico no depara nada bueno, pero prefiero no adelantar acontecimientos. Jeje. Os lo dejo a la imaginación.

      Llevas razón, es demasiado fácil convencer a una niña de esta edad… Muchas, (que no todas), se dejan engatusar por las palabras bonitas y por sentirse mejor al fijarse alguien en ellas. Es algo que ha pasado siempre y seguirá pasando.
      Me hace muy feliz que te guste mi novela. De verdad, no hay mejor premio que eso. Un abrazo grandote.

  2. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    22 marzo, 2017

    A diferencia de Esteff, yo prefiero no edivinar. Las dos me habéis sorprendido ya tantas veces que prefiero mantenerme a la espera.
    Magnífico, Patry; siempre fiel a tu estilo.
    Mi saludo y mi voto.

    • Imagen de perfil de Patry

      Patry

      22 marzo, 2017

      Eso es bueno, poder llegar a sorprenderte. Y que te siga gustando mi manera de escribir es la mejor satisfacción. Un abrazo, Germán.

  3. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    22 marzo, 2017

    ¡Excelente! Un abrazo Patry y mi voto desde Andalucía

  4. Imagen de perfil de Desafinado

    Desafinado

    9 mayo, 2017

    Patry, te he votado hace un rato, pero se me había olvidado mandarte un mensaje para felicitarte por tu talentoso trabajo. Una prosa fluida y elegante.

    • Imagen de perfil de Patry

      Patry

      10 mayo, 2017

      Muchas gracias. Acabo de leer tu comentario. Gracias por tu tiempo y por tus bonitas palabras. ¡Me alegro de que te haya gustado!

      Un saludo.

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Abrir la barra de herramientas