Demsiado calor para ser invierno – Capítulo IV (inédito)

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 La suave brisa continuaba moviendo su pelo mientras el calor se iba apoderando con cada minuto de cada parte de su cuerpo.

Aunque había conseguido inhibir sus recuerdos lo antes posible, Sophie empezaba a sentir en su piel un sol ardiente acompañando su inevitable fuego interno. Esta vez el sentimiento que aparecía era tristeza, no pasión. No poder dejar de pensar en Michael produjo que sus ojos vidriosos dejaran de contenerse.

No intentó detener sus lágrimas. Tan solo se limitó a mirar a su alrededor y poder desahogarse sola, como siempre.

No tardó en levantar la cabeza y sonreír, tratando quizás de animarse a sí misma recordando que ahora tenía un nuevo motivo para hacerlo. Su trabajo. Su sueño.

A pesar de todo ello el tiempo estaba pasando bastante rápido y tan solo 15 minutos separaban su actual situación sentimental de la primera clase de la tarde.

Suspiró.

Luego, tras recoger sus cosas, se dirigió a una de las pequeñas y aisladas edificaciones respecto de los aularios para ir al baño y tratar de disimular un poco sus lágrimas.

Nunca había visto una sala tan vacía como la que apreció nada más adentrarse en él. Un largo pasillo comunicaba dos puertas cuyo recorrido no contaba con más de dos aulas, aún vacías, y dos puertas que parecían pertenecer a los baños de chicos y chicas. Lo que estaba buscando.

Tenía que darse prisa si no quería llegar tarde a una de esas asignaturas que tanto odiaba y en las que tan necesaria era la asistencia a clase para aprobar.

 

Una vez en el interior se dirigió al lavabo y encendió el grifo. Lavarse la cara con agua fría no solo le ayudaría a eliminar el rastro que habían dejado sus lágrimas sino que ayudaría a despejarle las ideas.

Creyó escuchar un ruido. Lo ignoró.

Mientras sacaba de su mochila un pequeño neceser en el que guardaba un poco de base de maquillaje volvió a escucharlo. Parecía un golpe, o más bien varios. Pequeños golpecitos repetitivos acompañados de un casi imperceptible sonido añadido.

Sophie se acercó a una de las puertas cerradas que tenía tras de sí, la única que no estaba abierta, donde parecía estar el origen del ruido. Se mantuvo en silencio para tratar de averiguar si solo eran imaginaciones.

Volvió a escucharlo. Estaba claro que había alguien.

Sin pensárselo dos veces, aprovechando que el pestillo no estaba echado y algo confundida, decidió abrir la puerta.

 

—¿Hola?… ¿Estás bien?…. —Mientras la abría empezó a arrepentirse, tan rápido como sus pómulos se sonrojaban. Una atractiva joven de pelo castaño y ojos claros se encontraba apoyada en una de las paredes, observándola, con su ropa interior por los tobillos y sus manos por debajo de la falda.

Sophie se mantuvo unos segundos totalmente quieta, sin mediar palabra, observando a aquella chica que también parecía haberse paralizado.

Mientras el silencio absoluto completaba la comprometida escena sus ojos se dirigieron inconscientemente a esas manos que seguían ocultas entre los húmedos muslos de la joven. Inmediatamente, tras unos instantes que se hicieron eternos, Sophie cerró la puerta, disculpándose en voz alta mientras lo hacía.

No esperó una respuesta para salir apresuradamente de allí,  tratando de empezar a procesar lo ocurrido.

 

—Parecía realmente excitada… —pensó, mientras hacía caso omiso a las sucesivas explicaciones del profesor, que entraban y salían de su mente sin tomar importancia alguna.

Había llegado unos minutos tarde pero, aún así, parecía que aquél día la suerte estaba de su lado y pudo tomar asiento sin sufrir ningún tipo de reprimenda.

Estaba ensimismada, atrapada en la imagen que se había congelado en su mente. Una imagen que debía haberse borrado ya de sus pensamientos o al menos producido cualquier tipo de pudor que evitara pensar en ello demasiado.

No era así.

La verdad era que estaba sorprendida de sí misma. No estaba segura de lo que había pasado por su mente nada más abrir la puerta y verla allí, por unos segundos, con los ojos cerrados, las manos ocultas y un discreto pero intenso gemido que parecía hacer eco en sus oídos.

De pronto, sin poder predecirlo ni impedirlo, empezó a formular su propia historia sobre lo acontecido mientras miraba por una de las ventanas que daba al campus. A veces su imaginación cobraba vida propia y su sentido común quedaba a merced de lo que sus instintos e impulsos más profundos deseaban con firmeza.

 

Como si se tratara de la escena de una especie de serie de televisión una secuencia de imágenes empezó a apropiarse de sus sentidos y a tomar el absoluto protagonismo de su atención.

Primero recordó lo que ocurrió realmente. Haber entrado al baño y dirigirse al lavabo, lavarse la cara y escuchar algo extraño. Revivió como si estuviera allí de nuevo cada paso hacia la puerta y el eco entre las paredes de ese ruido que había despertado su curiosidad. Luego imaginó a esa chica allí, antes de que ella irrumpiera en su intimidad, originando el sonido de unos golpes generados por el movimiento de sus dedos bajo una fina y corta falda color salmón.

Después continuó la escena. Abrir la puerta. Sonrojarse. Pararse el tiempo.

Unos ojos cerrados y luego abiertos. Observándola. Llenos de placer.

Unos muslos humedecidos, unas manos ocultas, una camisa desarreglada y una mirada penetrante.

Entonces debía concluir con la historia. Cerrar la puerta. Irse corriendo.

Sin embargo su imaginación era mucho más perversa, más curiosa, con más ganas de saber qué pudo haber pasado después.

Entonces lo hizo. No pudo evitarlo. No sabía si era lo que le habría gustado en realidad, aunque sus pulsiones internas no parecían tener ninguna duda.

Evocó el cuerpo de la joven con su propia historia, su creación, su fantasía. Había vivido suficientes experiencias como para idearlo todo. Empezó a desear haber dado dos pasos hacia delante, y no hacia atrás. A esa chica desmelenada invitándola a desabrochar el resto de los botones de su camisa y manosear sus pechos centímetro a centímetro. Solo quedaba improvisar. Deslizar sus dedos bajo la falda que tanto misterio escondía, sentir la humedad en sus propios dedos y rozar su piel desnuda con la de ella.

 

Un ruido en medio de clase desconcentró por completo a Sophie, aún en trance.

Solo era la puerta. Estaba tan ausente que no se había percatado si quiera de que un técnico de la universidad había entrado para arreglar lo que intentaba ser una presentación del temario a través del proyector.

Una vez la dinámica de clase recobró la normalidad Sophie volvió a su mundo, pero no antes sin hacerse preguntas.

“¿Qué diablos estoy pensando?”

“A mi lo que me gustan son los chicos. Bueno… los hombres. Bueno… Michael”.

Aún estando confusa nuevamente sus impulsos parecían decidir por ella.

Imaginarse allí, traspasando los límites de su sexualidad, experimentando incluso más allá de todo lo que ya había vivido con Michael, que no era poco, había conseguido aumentar su temperatura corporal. Era la ficción de sentir sus labios recorriendo el cuerpo de aquella preciosa desconocida lo que había empezado a despertar sus ansias de tocarse y poder al menos calmar una excitación que estaba apoderándose de cada parte de su cuerpo.

Estar en medio de una clase tan empapada era tan incómodo como estimulante.

 

“¿Dónde demonios están los límites?”

Pensó.

 

 

 

Comentarios

  1. Mabel

    13 marzo, 2017

    Muy buena historia. Un abrazo David y mi voto desde Andalucía

  2. GermánLage

    13 marzo, 2017

    Psicológicamente interesante, David, y bien escrita. Seguiremos leyendo.
    Mi saludo y mi voto.

  3. LARRY

    19 abril, 2017

    Muy buena historia. Mi voto. Un saludo.

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