Diálogo en capilla

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De pronto comenzó a sentir un ligero cosquilleo en la parte posterior del cráneo que le dejó muy sorprendido, pues siempre había tenido la idea de que los muertos ni ven, ni oyen ni perciben ningún tipo de sensación. El hormigueo, no obstante, seguía creciendo gradualmente en intensidad hasta que alcanzó un punto en que le pareció percibir con toda nitidez dos palabras: “¡hola, negro!”

¿Estaré soñando?, pensó. ¿Será que me han metido aquí sin estar bien muerto y lo que siento es el efecto de la morfina, de la que me estoy despertando?” ¡Qué extraño! De pronto le pareció oír un risa socarrona y, tras ella, la misma voz claramente audible: “¡no vas a decirme que estabas dormido!, ¿eh, negro? ¿O es que aún no te has adaptado a tu nueva situación?”

¿Quién eres?”, se decidió a preguntar.

¿Quién? Tu vecino, el muerto de la capilla de al lado. Te oí llegar, y como estaba aburrido… Yo ya llevo aquí seis horas, ¿sabes? ¡Y hay que ver la bulla que armaba esa gente que vino contigo!”

Hubo una larga pausa, como si la comunicación se hubiera interrumpido, hasta que la curiosidad, de nuevo, le indujo a preguntar: “tú eres italiano, ¿no es cierto?”

¿Cómo lo supiste?”

Igual que supiste tú que yo soy negro”. Y otra vez percibió claramente su risa socarrona:

Eres listo, negro. Ya me había dado cuenta”.

¿Y para qué me has llamado, si puede saberse?”

Por curiosidad. Estaba aburrido y pensé que podríamos hablar un poco; saber quién eres, por qué estás aquí, y contarte mi vida, si es que quieres escucharla. Las viejas costumbres de las que cuesta desprenderse, ¿sabes? A los italianos siempre nos encantó hablar y hablar, o, como decís aquí, echar paja. ¿A ti no te gusta echar paja, negro?”

¡Como no! Aunque he de confesar que no soy letrado, y más bien parco en palabras”.

¿Y allá qué hacías?, porque me pareció ver que esa gente que vino contigo no está muy contenta”.

La que está en tu capilla tampoco parece estarlo”.

Ya lo sé. Están arrechos, y no precisamente porque yo me haya muerto. Igual que los tuyos, supongo. ¿Qué les hiciste?”

¿Yo? Nada. Siempre fui un hombre honrado. Me pasé la vida trabajando y gané buen real, pero todo me lo bebí. Era mío, ¿sabes? Yo lo había ganado. Aparte de eso, no me reconozco otro defecto. En el trabajo me respetaban, y en casa me temían, porque yo viví siempre con miedo”.

¿Le pegabas a tu mujer?”

Esa no es una pregunta para hacer a una caballero, ni aún viniendo de un italiano”.

Disculpa, colega; te ruego que continúes: hablabas de que viviste siempre con miedo”.

Una angustia honda que me acompañó siempre; la angustia del negro que nunca entendió que el color está solo en la piel y que el mundo es igual para todos. Me pasé la vida huyendo, quizá de mis propios temores, y no hallé más refugio que el alcohol, el que ahora me tiene en esta capilla y a mi familia en la miseria. Primero me comió el hígado; luego me llevó al hospital donde no supieron hacer por mí otra cosa que dejarme morir”.

Interrumpió su relato porque la risa del italiano era tan fuerte que, en medio de tanto silencio, le estaba molestando en los oídos.

¿De qué te ríes, compadre? ¿O es que no te crees mis cuentos?”

Yo pensaba que solo después de muertos éramos todos iguales, pero oyéndote he comprendido que ya lo fuimos también allá. De eso me río; de que, en la vida, todos fuimos iguales”.

Pues tú no eres negro, dijo a modo de refutación; y sospecho que tampoco fuiste pobre”.

El italiano seguía riendo, pero en su risa ya no había sorna, como al principio, sino verdadero sarcasmo.

Estoy viendo a tu mujer. Mírala cómo se lamenta. ¿De la pérdida que para ella supuso tu muerte? ¡Quiá! Escúchala. ‘Fue una bendición que Dios se lo llevara’. ¿La oyes? Está diciendo que fue una bendición que te murieras, ‘porque así todos dejamos de sufrir; y ya no teníamos quien nos prestara más plata para comprar los remedios que le mandaban en el hospital’. ¿La has oído, negro?”

Sí, musiú. La he oído. Durante el tiempo que estuve en el hospital les hicieron gastarse los pocos churupos que les quedaban; primero fueron las sábanas, que allí no había, y mi pobre esposa tuvo que llevar las de casa. Un día me levanté para ir al baño y cuando salí no estaban; se las habían robado. Los medicamentos tenían que ir a comprarlos a la farmacia, igual que las sondas y el algodón; y para las transfusiones tuvieron que dar sangre todos y pedir el favor también a los conocidos. Ya ves, musiú; hasta su sangre me bebí en el hospital. ¿Es que ni siquiera oyendo esto vas a dejar de reírte?”

No es eso, negro, no es eso. Has oído a tu esposa. Pero ahora presta atención a lo que dice la mía. Escucha. ‘Te digo, Francesca, que su muerte fue un alivio, y que Dios me perdone; para él y para nosotros. (El negro se llevó las manos a las orejas para aliviar el dolor de oídos que le produjo la carcajada del italiano). El pobre Angelo (ese soy yo, ¿me oíste?) dejó de sufrir y nosotros también’. ¿Estás oyendo?”

Sí, pero no te rías tan fuerte que no aguanto el dolor de oídos”. Mas, a pesar de la súplica, Angelo seguía riendo sin compasión alguna.

Escucha, escucha, que esto es muy bueno; a cada pariente que llega le cuenta lo mismo, escucha: ‘una fortuna nos costó su enfermedad, Francesca; una fortuna. El seguro le cubría hasta doscientos millones, pero, ¿qué son hoy doscientos millones? Nada; eso no es nada. En dos meses la clínica se lo había llevado todo. Luego nos trajimos los dólares que teníamos en Estados Unidos, y los euros que habíamos mandado para Italia, pensando en poder algún día regresar allá, porque una siempre piensa en regresar a su tierra, claro. En poco más de quince días allá se fue todo, porque le hicieron dos operaciones y cada día le ponían medicamentos más caros. ¡Pobre Ángelo, qué sufrimiento! Tuvimos que vender la camioneta; esa que a él tanto le gustaba manejar; luego la casa de Chirimena, y el apartamento de Miami. Todo, Francesca; todo lo vendimos. Y, cuando ya no quedaba nada, le desconectaron los aparatos y le mandaron para casa a seguir allí el tratamiento. ¿Cómo lo ves? ¡Y menos mal que se murió, que Dios me perdone; porque yo ya no podía más!’ ¿La has oído, negro? ¿Comprendes ahora por qué te decía antes que también allá fuimos iguales? A ti te quitaron en un hospital lo que te quedaba hasta dejarte morir y a mí me lo quitaron en una clínica. Esa fue la única diferencia. Los dos dejamos a nuestras familias arruinadas y a nuestras esposas dando gracias a Dios por nuestra muerte. A propósito; ¿por qué no me dices tu nombre para no tener que seguir llamándote negro?”

Puedes hacerlo, no importa; sé que lo soy. Allá nunca entendí por qué yo era negro, pero ahora lo sé: yo fui negro como tú fuiste catire; ahora lo entiendo”.

Como quieras”.

De todos modos, si así lo prefieres, me llamaba Nelson”.

¿Lo ves? También en eso fuimos iguales; todos allá tuvimos un nombre, que aquí ya no hace falta”.

Hubo entonces una pausa muy prolongada en la que Nelson pensó que la conversación había tocado a su fin. Y en aquel silencio se sentía bien. Silencio total. A sus acompañantes había dejado de oírlos; en realidad solo había oído a su esposa, y a la de Ángelo cuando éste se lo hizo notar; una especie de voz en off, como venida de una dimensión diferente. Y se sentía bien en aquel silencio, como si fuese lo único que esperara encontrarse allá. Incluso llegó a percibirse a punto de dejar otra vez de pensar y sentir, de retornar a la nada de donde le habían sacado las palabras del italiano, cuando el cosquilleo ya conocido en la parte posterior del cráneo le anunció de nuevo su voz.

¿Sabes, negro; digo, Nelson? Yo amé la vida. Quise vivir. O, al menos, tuve la impresión de que la amaba. ¿Me estás oyendo, Nelson?”

Sí, musiú; te oigo”.

Si te molesto, me lo dices, y me callo”.

No, no. Puedes hablar”.

Te iba diciendo que yo amé la vida; quise vivir. Yo luché como voluntario en la guerra de España; hace ya muchos años, claro; era yo un carajito. Me habían metido en la cabeza que debía tener un ideal y, en nombre de aquel ideal, me fui allá, enviado por Mussolini, a matar españoles. Era un muchachito imberbe, y fui uno de aquellos que tanto corrieron en Guadalajara huyendo del enemigo, que no eran sino otros italianos que, en nombre también de un ideal, nos querían matar a nosotros. ¿Me sigues oyendo, negro?”

Claro, musiú; te sigo oyendo; amabas la vida y te fuiste a matar gente en nombre de un ideal”.

Eso es; de un ideal. Luego me obligaron a combatir en la Gran Guerra; pero entonces a quienes tenía que matar ya no eran españoles, sino franceses, al comienzo; luego, americanos, y, después, rusos. Hasta que, al final, me mezclé entre la multitud que estaba colgando desnudo a Mussolini en una plaza de Roma. Eso sí. Siempre por un ideal”.

Calló durante un buen rato como si fuese a tomar aliento, pero enseguida se percató de que hacía ya doce horas que había dejado de respirar.

Cuando ya no tenía que matar a nadie, continuó relatando, me di cuenta de que aquel ideal había acabado con todo; que Italia estaba destruida y allí no había más que miseria y hambre. ¡Hambre, negro! ¿Sabes qué es eso?”

Lo sé, musiú, lo sé; la conocí de joven, aunque no tuviese que ir a ninguna guerra”.

¡Hambre! Eso era lo que había dejado aquel ideal. Pero no era yo el único que la sentía; y alguien me habló de América; y me dijo que allá nadie pasaba hambre, porque no había habido ninguna guerra para defender ningún ideal; que muchos italianos como yo ya se habían ido y que ya no tenían hambre, porque allá, para comer solo había que trabajar. Solo eso; trabajar y comer; y ganar plata. Y un buen día me subí a un barco que me trajo hasta acá”.

Aunque sabía que no tenía que tomar aliento, hizo una nueva pausa, que Nelson aprovechó para recordar que él también había tenido que abandonar su pueblo, un pueblo mísero de Barlovento, para huir del hambre, aunque no había tenido que subir a ningún barco ni hacer ninguna larga travesía. Simplemente se había encaramado en un camión en el que otros hambrientos como él abandonaban el pueblo para ir a trabajar en las autopistas que se estaban construyendo en la capital. Y, como si la comunicación interrumpida de un celular se reanudase, de nuevo oyó la voz de Angelo:

¿Sigues ahí, negro? ¿Me estás oyendo? ¿Por qué no me contestas?”

Porque estoy pensando, musiú; estoy pensando”.

Pues piensa en voz alta, como yo, para que pueda oírte. ¿No estarás pensando en cómo también tú malgastaste tu vida?”

No, musiú; yo fui más listo y no la malgasté. Trabajé como tú, pero en lugar de ahorrar, me lo bebí. Eso es lo que te llevo, mejor dicho, te traigo, de ventaja; yo lo disfruté”.

¿Bebiendo?”

¡Claro, musiú! Con el aguardiente ahogué mis penas. ¿Cómo, si no, hubiera podido sobrellevar mi natural tristeza?”

Ya sé; la amargura del negro que nunca entendió que el color está solo en la piel; lo recuerdo”.

Esas y otras muchas con las que uno nace por ser como es y nacer donde nació. Creo que tú no lo entiendes musiú”.

Quizás no”.

Las amarguras de cada uno nacen con él; con el color de su piel, con la ignorancia de sus padres, con la miseria de su entorno. Eso es, musiú. Las penas de cada uno nacen con él, sin necesidad de irse a buscarlas con un ideal”.

Y Nelson dejó correr también un tiempo largo antes de animarse a proseguir.

Yo vi cómo el amo blanco de la hacienda golpeaba a mi padre porque era negro, y le hacía trabajar bajo el sol plomizo del mediodía porque su piel negra había sido hecha para eso. Yo vi a mi padre callar y sufrir en silencio, y, años después, trabajando en la autopista, yo también callé. Los italianos protestaban y consiguieron un descanso a mediodía, cuando más apretaba el sol; los negros callamos y tuvimos que seguir extendiendo el cemento aunque el sol abrasara. No habíamos comprendido que el color está solo en la piel. ¿Me entiendes, musiú?”

Te entiendo, negro; te entiendo. Tuviste miedo. Callaste y sufriste por miedo; durante toda tu vida. Igual que yo. Durante toda mi vida tuve miedo. Quizás cuando menos miedo tuve fue cuando estaba en la guerra matando gente por un ideal, aún cuando en más de una ocasión huyera del enemigo. El miedo, en el fondo, fue el que siempre me empujó a hacer lo que hice. Miedo al enemigo o a pasar hambre; miedo a ser atacado por un malandro, a que alguien me quitase lo que con tanto esfuerzo había ganado, a llegar a viejo y no poder pagar la clínica o el hospital. Fue el miedo el que me hizo trabajar toda mi vida como un cabrón; el que me obligó a pasar de peón a contratista para ganar más plata, a meterme en obras de mayor riesgo cada vez hasta llevarme a perder los escrúpulos. Por miedo saqué mi plata para Italia y para Estados Unidos y compré allá mi apartamento; por miedo a perderla, a que los políticos me la quitaran, a volver a pasar hambre, a que un día me dejasen morir por no tener con qué pagar. ¿Me comprendes, negro? Miedo”.

Hizo una mueva pausa para intensificar el efecto de lo que iba a decir a continuación y, cuando le pereció que ya era bastante larga, continuó.

Un día mi hija se casó y al año tuvo un parto prematuro; le hicieron la cesárea y los dos se salvaron, pero el niño tuvo que estar un mes en la incubadora, y allá se fueron mis ahorros. Cuando creía haberme repuesto, mi hijo tuvo un accidente tan grave que al carro lo dieron pérdida total y a él le faltó poco. Tres meses hospitalizado y un año en rehabilitación. Entre la clínica y los médicos se llevaron lo que había quedado de mi hija. ¡Míralo, negro! Es aquel que está allí lamentándose de que no les he dejado nada. ¡Lo que uno tiene que oír por estar muerto! Y a empezar otra vez. Siempre volviendo a empezar”.

Hubo un silencio prolongado, casi temporal. El negro llevaba un buen rato sin decir nada, y el italiano ni siquiera se molestaba en comprobar si le estaba oyendo; en realidad ya solo hablaba para sí mismo. Y siguió hablando.

¿Has visto, negro? Tú bebías para aplacar tus penas; yo ahorraba plata por lo mismo. Tú las ahogaste en alcohol; yo, trabajando como un negro. Y no te me vayas a arrechar por decir esto porque, si bien lo piensas, es un cumplido que os hacemos los catires”.

El eco de sus risas golpeó los oídos del negro y, antes de que se apagase, continuó:

Dijiste antes que me habías sacado ventaja en la vida porque te la habías pasado bebiendo, pero no te lo creas. Yo también bebí lo mío, ¿sabes?; y no siempre por placer, sino, como tú, también para olvidar. Y comencé pronto; allá en Italia, con la grapa. Luego aquí seguí con el ron, hasta que llegué al whisky; eso, sí; siempre añejo, del bueno. Por muchos años fue mi gran consolador. Me vas a permitir, pues, que ponga en duda que tú fueses quien mejor supo disfrutar de la vida”.

Yo también sé lo que es un buen whisky, musiú: yo también gané plata; no la ahorré como tú, pero para un buen whisky nunca me faltó”.

Me alegro, negro; me alegro. ¿Ves como me das la razón? Estando allá todos somos iguales; nos pasamos la vida persiguiendo sueños, cazando fantasmas para, al final, acabar como empezamos: sin nada. Pero, aún así, valió la pena. ¿No es cierto?

¡Pues, claro, musiú! ¡Cómo no! Y morir también valió la pena. Lo único malo es que aquí no hay whisky”.

Y, al oírlo, el italiano soltó una estruendosa carcajada que llenó todo el recinto, y su eco se extendió por todas las capillas, hasta que lentamente se fue apagando, y otra vez volvió el silencio; un silencio absoluto; el silencio de la nada.

                 Caracas, 2 de Octubre de 2007

 

Comentarios

  1. DeepFunk

    23 marzo, 2017

    Narrado con gran estilo y maestría veterana. Un saludo y mi voto.

  2. Charlotte

    23 marzo, 2017

    Fantástica reflexión sobre la vida, Germán. Tu relato merece una lectura pausada para apreciar la profundidad de sus enseñanzas, lo absurdo de muchas de las luchas en las que nos embarcamos. Me encanta la irónica sabiduría del italiano. Un beso

    • GermánLage

      24 marzo, 2017

      Gracias, Charlotte, por leerme una vez más y por ese comentario, tan condescendiente como de costumbre.
      Un beso para ti también.

  3. gines

    23 marzo, 2017

    Y gran final… Me pareció escuchar la tenebrosa carcajada… Mi voto nos leemos!

    • GermánLage

      24 marzo, 2017

      Gracias, Ginés, por tu lectura y por tu amable comentario.
      Un cordial saludo.

  4. Estefania

    23 marzo, 2017

    Anonadada me he quedado tras leer (más de una y dos veces) este diálogo existencial, cargado de reflexión, de sabiduría, de verdades como puños. Al final todos acabamos en el mismo sitio, qué más da lo que hayamos conseguido. Y mientras, nos sacan el riñón, como no. Me quedo conque es necesario vivir como a uno le plazca, siempre y cuando no hayan daños colaterales, porque vida sólo hay una. Y ya bastante injusta y dura es.
    Un placer leerte, como siempre. Un gran abrazo Germán.

    • GermánLage

      24 marzo, 2017

      Gracias, Esteff, por leer mi relato y por tu comentario. Como la cabra tira al monte, de vez en cuando a uno le da por poner a sus personajes a filosofar. ¡Qué le vamos a hacer! Eso, sí; con un toque de humor, que es la sal de la vida.
      Un fuerte abrazo, Esteff.

  5. Mabel

    23 marzo, 2017

    Es una historia digna de admirar tanto por ese diálogo tan bien realizado y trasladado al punto de vista de esas inquietudes que muchas veces tenemos y solo la muerte es la que va buscando ese rincón solitario que se va apoderando de nosotros, de nuestros propios sentimientos y que nos va haciendo ver esa falta de sinceridad que muchas veces no admitimos y que nos corroe por dentro. Es tan fabulosa la historia que no se que más decirte, solo darte la enhorabuena. Un abrazo Germán y mi voto desde Andalucía.

    • GermánLage

      24 marzo, 2017

      Gracias, Mabel, por haberme leído y por tu amplio y sentido comentario.
      Un fuerte abrazo.

  6. LennDellamort

    23 marzo, 2017

    Una situación graciosa, y algo irónica, evoca el dicho «Nadie sabe lo que tiene hasta que…» y ello aporta una carga reflexiva a la historia. Buen relato, Germán. Qué pena que solo se permita un voto por persona, quisiera darte algunos más.

    Saludos.

    • GermánLage

      24 marzo, 2017

      Gracias, Lenn, por leer mi relato y por tu condescendiente comentario.
      Un cordial saludo para ti.

  7. YCAN

    24 marzo, 2017

    Tu historia me sacude, Germán. Es verdad: en aras de tener una «seguridad»en la vida, dejamos de vivir, verdaderamente. Por otro lado, siempre, cuando voy al cementerio «a saludar a mi padre y a mi hermano» me pregunto: «¿qué platicarán los muertos?». Sí. Para conocer la verdadera esencia de la gente, no hay nada como un asistir a un sepelio y observar y escuchar a los «dolientes». Me ha gustado mucho tu relato, Germán. Mi voto y un gran apretón de manos para ti.

    • GermánLage

      24 marzo, 2017

      Gracias, Ycan, por leer mi relato y por tu amplio y comprensivo comentario. Celebro que te haya gustado.
      Un cordial saludo para ti.

  8. Jules

    24 marzo, 2017

    Gran reflexión, Germán, disfrazada de lectura ligera. Mucho, mucho sentido, en lo que nos cuentas. Gran trabajo.

  9. Charlies

    24 marzo, 2017

    GENIAL!! Me encanta GermánLage. Original, muy lúcido. De lectura obligada a negros, catires, pobres, ricos.
    Es usted un maestro.

    • GermánLage

      24 marzo, 2017

      Gracias, Charlies, por leer mi relato y por tu comentario tan condescendiente.
      Un fuerte abrazo.

  10. csquerea

    24 marzo, 2017

    Me ha gustado mucho. En mi opinión, está muy bien escrito además de ser muy interesante, invitar a la reflexión y a la vez disfrutar de este diálogo de muertos que a pesar de sis dispares vidas y afanes acaban compartiendo su destino. Lo repito, me ha gustado mucho. Un abrazo.

    • GermánLage

      24 marzo, 2017

      Hola, Csquerea; tus palabras sobre mi relato son muy amables. Gracias por ello.
      Un cordial saludo.

  11. Manger

    24 marzo, 2017

    Genial, querido tocayo. Creo que es de lo mejor que te he leído hasta ahora. Excelente en la forma y mejor aún en el fondo. Mi reconocimiento y saludos.

    • GermánLage

      24 marzo, 2017

      Gracias, tocayo; viniendo de ti, esos elogios me emocionan aún más. Espero no defraudarte en el futuro.
      Mi cordial saludo.

  12. Marco-Antón

    24 marzo, 2017

    La vida es una enfermedad de la que ninguno sale vivo. Carpe diem

    • GermánLage

      24 marzo, 2017

      Eso es, Marco; esa es la conclusión; porque, luego, allá no hay whisky.
      Gracias por leerme y por tu comentario.
      Un cordial saludo.

  13. gonzalez

    26 marzo, 2017

    Es un placer leerte, realmente te lo digo. Esto capaz ya te lo dije pero no me acuerdo, asique… las historias de Miranda y Charlotte son las que más me gustan, ahora también las tuyas. Una gran admiración, Germán. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

  14. GermánLage

    26 marzo, 2017

    Gracias, González, por leerme y, sobre todo, por tu comentario ta condescendiente.
    Un fuerte abrazo.

  15. Patry

    27 marzo, 2017

    Bueno, Germán, qué más decirte que no te hayan dicho nada. Un relato realmente bien escrito.

    Hablar de un tema tan tenebroso y tenido, para algunos entre las que me incluyo, como la muerte… y lograr hacerlo con ese toque de humor y sabiduría… es todo un éxito. Y tu lo has logrado.

    Es cierto que pasamos la vida empecinados en conseguir lo que buscamos, también ahogando las penas, cada cual a su manera. Y sabemos que el momento va a llegar, sabemos que la vida hay que disfrutarla, pero lo vamos aplazando.

    Me duele el hecho de que los familiares lo tomen como un respiro, y sigan adelante pero eso… también es ley de vida.

    Me ha encantado también tu reflexión acerca de la igualdad que existe en realidad entre las personas, independientemente de su raza o condición. El color sólo vive en la piel…. me quedo con esa frase porque, realmente, me ha llegado.

    Un cordial saludo y un abrazo.

    • GermánLage

      29 marzo, 2017

      Hola, Patry. Celebro que te haya gustado mi texto, aunque esté lejos de ser tan emotivo como los tuyos. Gracias por tu comentario.
      Un cordial saludo.

  16. Ellipsism

    27 marzo, 2017

    Me encantan estos relatos que usan una ficción de otra dimensión, en este caso de lo que hablan los muertos, para llegar a temas y reflexiones de mayor profundiad. ¡Lástima lo del whisky! Me ha gustado.

    • GermánLage

      29 marzo, 2017

      Pues, sí; según parece, del otro lado no hay whisky; y dicen que tampoco dejan llevarlo de acá. Por eso yo estoy pensando en no ir, ¿tú que opinas?
      Gracias, Ellipsism, por leerme y por tu comentario. Un cordial saludo.

  17. Paris Psv

    28 marzo, 2017

    Que gran final, un placer leerte, saludos desde Lima.

  18. Lourdes

    29 marzo, 2017

    Querido Germán. ¿Cómo es posible que se me haya pasado este texto tuyo?…creo que ya no doy más de mí!! (jajaja) hay tanto por leer!.
    Como siempre ha sido una delicia leerte. Los temas relacionados con la muerte siempre me llaman la atención y más si están escritos de una manera tan fresca, quitando importancia a algo que la mayoría de la gente tiene como tabú. Es divertido imaginar de qué pueden conversar los muertos y esta es una buena opción.
    De tu técnica nada que decir, más bien reafirmar tu maestría.
    besos enormes

    • GermánLage

      29 marzo, 2017

      Sí, Lourdes; algo de eso hay; últimamente ha aumentado en Falsaria el excelente material para leer, sin haber aumentado el tiempo. Lo cual no impide echar de menos un nuevo escrito tuyo.
      Gracias, por tu comentario.
      Un fuerte abrazo para ti.

    • GermánLage

      31 marzo, 2017

      Gracias, Iván, por leerme una vez más y por tu comentario tan condescendiente.
      Mi cordial saludo y mi voto.

  19. El observador

    29 abril, 2017

    Excelente cuento, que expone la relación vida-muerte, como un todo, contado desde la perspectiva de dos difuntos. Real, lastimero, entretenido, sencillo. Felicitaciones. Mi voto para ti. Felicitaciones.

    • GermánLage

      29 abril, 2017

      Gracias, Pablo, por tu lectura y por tu amable comentario.
      Un cordial saludo.

  20. Sol

    6 mayo, 2017

    Muy bueno, Germán. Me va gustando todo lo que leo tuyo. Un saludo

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