Dinastia

Escrito por
| 195 | 6 Comentarios

 

 Primer Capítulo 

 

Los Gupta

 

 

Las calles que conducían al palacio del emperador tenían la limpieza serena de una joya. Los tres príncipes Gupta y sus acompañantes montaban sus enormes elefantes blancos e iban subiendo por una espaciosa avenida, deslizándose entre muros de piedra bellamente labrada que ostentaban los signos del reino. Los hermanos pasaban por debajo de altos balcones y sobre los pétalos de exótica fragancia que fueron arrojados por los ciudadanos. Ante ellos, iban elevándose los imponentes muros y contrafuertes, las grandes cúpulas derramaban sus sombras sobre el camino que conducía hacia el palacio del emperador Otali; finalmente cruzaron por debajo de un gran arco de color blancorealzado con un reborde de borlas de mármol, que llevaba hacia los espléndidos jardines de recreo del monarca.

Nirek el primer hijo de Otali, iba orgulloso por delante, Ojayit, el segundo hijo, lo seguía de cerca, atento y decidido a empuñar su filosa arma contra cualquier enemigo, y así mismo, Nayakan, su hermano menor, que era otro virtuoso con las armas, iba detrás de ellos. Los seguían por detrás varias filas de guardias armados con las brillantes lanzas tan en alto como su valor, y finalmente, avanzaba un largo séquito de sabios, esos viejos qué dedican la vida al estudio de las leyes, y la pasan encorvados sobre antiguos pergaminos rodeados de mil objetos misteriosos. Todos recibían los saludos del alegre pueblo.

El nacimiento del príncipe Nirek se dio en una tranquila noche, mientras la plateada Luna daba su sereno rostro y se desplazaba a través de las estrellas, Otali estaba impaciente, pero sabía que la paciencia es como un árbol de raíz insípida que produce dulces frutos. 

–¿Cómo esta ella? –preguntaba Otali con el corazón exaltado.

–Mi Señor, tu esposa Kuntana acaba de parir con salud un hermoso niño, tan luminoso como la Luna –le contestó el médico principal.

Ocurrió luego la ceremonia para darle el nuevo nombre al bebé, se le bendijo y los sacerdotes le desearon larga vida llena de riqueza y gloria. Después, el niño fue colocado sobre el regazo de su padre y recibió su bendición. El sacerdote ofreció su plegaria a los dioses y a los espíritus de los antepasados del clan para obtener sus bendiciones. Los clarividentes predijeron que algún día, realizaría este pequeño cosas memorables y sería él uno de los prodigios y maravillas de su creador. Nirek sería grande en pensamientos y en hechos, el hijo de Otali tendría un alto sentido de la justicia. Su razón sería muy elevada, sus acciones rectas y firmes; sus intenciones nobles, y sería por derecho, el emperador de Panyab. Ojayit el segundo hijo de Otali, nació dos años después que Nirek y desde pequeño fueron notables sus cualidades atléticas. Desde joven fue educado vigorosamente en la lucha y en el camino de las armas, poseía habilidad natural para el uso de la espada y su cuerpo era duro como roca.

–¡Oh esposa de delicada piel! –decía Otali–. Pronto el pequeño despreciara la suavidad de tus manos ¡Porque su gran afición será el lomo firme de los elefantes de guerra!

Al ver tempranas cualidades de Ojayit, su padre le regaló una espada esplendorosa. Con un regalo de los dioses como ese, Ojayit sentía que podría enfrentar a cualquier vil enemigo que se atreviera a ponerse en frente. Tenía esta grandiosa arma, ocupando el centro de su pomo el rostro de un dios de oro, sobre un fondo de esmalte negro, y tallado en el mango los símbolos de su imperio. El joven Ojayit hizo que la espada de gran hoja cortara el aire, al verla su espíritu parecía iluminarse y se llenaba de gloria, el poseer aquella extraordinaria arma lo obligaba a convertirse algún día en un gran maestro. Al igual que Ojayit, Nayakan, que era el tercer hijo de Otali, era un fornido joven de nobles cualidades, tenía amplia la frente y ojos hundidos y oscuros, el muchacho amaba mucho a sus parientes y solía visitar a su abuelo. Al crecer se convirtió en un virtuoso guerrero gracias a las enseñanzas recibidas. Las lanzas y las flechas parecían volar obedeciendo su virtud. Observaban todos con admiración su despliegue de habilidad con la espada, la soltura de sus movimientos, la gracia de sus ritmos y la variedad de sus ataques. Practicó duramente, ejercitándose hasta llegar a la excelencia. Mucho le serviría luego la habilidad que desarrolló. 

Paramjit, el padre de Otali y sabio abuelo de los príncipes, fue el emperador Gupta más querido por su pueblo. Era un sabio y pensó que algún oficial de prestigio o algún guerrero experto ya retirado debería darles la debida instrucción a sus nietos, y fue así que busco entre los mejores soldados del reino. Visitar la ciudad imperial cuando Paramjit gobernaba era un placer, era un hermoso lugar con arboledas, fragantes flores, melodiosos y transparentes arroyos, limpias y frescas fuentes, e imponentes templos y palacios. Cuando los visitantes llegaban al palacio, solían caminar bajo las frescas sombras de los arboles rodeados por hermosas flores, dulcemente animadas por el trino de los traviesos pajarillos. 

Birendra que era un general valiente y con el poder de un tigre, se ofreció para enseñar los secretos de la espada a los príncipes Gupta, y aunque él era en realidad un tanto ambicioso, se encargó muy bien de dicha labor. El viejo guerrero escribió muchos lienzos referentes a las artes de la guerra, y estos manuscritos eran ricos en arte y enseñaban además muchas verdades de noble índole. 

Samir, el célebre emperador de las lejanas tierras del oeste, fue digno amigo de los Gupta desde mucho. Sus ojos grandes y alargados como los de un tigre centelleaban con el deseo de justicia, poseía el príncipe la fama y la fuerza de un guerrero de élite. Cuando Paramjit pretendía ir a una guerra, el padre de Samir le apoyó sin dudar, y al llegar Paramjit a la dignidad de emperador, recordó con gratitud los servicios recibidos y derramó sobre la familia Samir un diluvio de recompensas. El pueblo y las autoridades de Panyab le ofrecían respeto cuando llegaba con su séquito para visitar a los Gupta. Él había sido bendecido con un legendario poder de pelea. Decían las historias que no era otra cosa que una divinidad utilizando un cuerpo humano, pues era un hombre que veía, oía y sentía sin  conmoverse, no experimentaba pena o desagrado pues había ya dominado sus sentidos.Tal era aquel guerrero con un carácter de divinidad. Su vida sostuvo una larga lucha contra los seres malignos, y solía presentar respetos e inclinarse reverentemente ante el trono de oro de su padre.

Ambika, una sobrina de Paramjit, era reina de los Rastrakutas, tuvo a Aleines y a Jayadeva. Aleines era alto y sereno, y Jayadeva fuerte y ambicioso. Kumaradev, la primera hija de Paramjit, tuvo a Otali, que era fuerte y amable y también a Ritor que era muy sabio. Dijeron luego los clarividentes del reino, esos hombres que aprecian la realidad sin velo alguno, que el nacimiento de estos príncipes sería la primera parte de una historia que movería a todo el imperio. Cuando Otali fue adulto, el sabio Paramjit permitía que su hijo tomara decisiones para el reino de Panyab con ayuda de su querido hermano Ritor. El respetuoso pueblo contemplaba con gran cariño a toda la familia real. Otali era un joven prudente, y en cierta vez que observó a Kuntana, se enamoró perdidamente de ella, pues era una princesa elegante y hermosa, su frente era blanca como la luz de la Luna nueva, sus ojos como zafiros y su piel tan suave como una seda.

–¡Oh madre! –exclamó Otali–. Su belleza es realzada por sus oscuros velos que sombrean sus facciones divinas y elegantes. Su rostro es la envidia de la Luna, su cuerpo es delicado y ondulante, y es su aliento como el perfume del jazmín.

–Si tu corazón la ha escogido debes presentarle tu respeto –contestó la reina. 

–Si madre, ella parece formada de relucientes perlas; pues su piel es blanca y suave como si reflejara a la Luna y a las estrellas.

–¿La pedirás en matrimonio hijo? –le preguntó luego su padre.

–¡Por supuesto padre! es bueno mostrar respetos y llevar deslumbrantes obsequios a un emperador con una hermosa hija.

Otali envió pronto a sus emisarios, llevando magnificas ofrendas al padre de Kuntana, hermosas espadas enjoyadas, collares de esmeraldas y diez elefantes cargados con oro. El padre de Kuntana estuvo asombrado y de acuerdo con el matrimonio del príncipe de Panyab y su querida hija, y fue así que finalmente Kuntana se convirtió en la amada esposa de Otali.

Rajpur fue traído al palacio Raman cuando era niño por Ambika, la sobrina de Paramjit, pues su madre, una prima suya lo abandono de pequeño, Ambika le pidió a Aleines que lo criara como un hijo suyo. Aleines era noble y se apiadó de la criatura, nunca le pesaría tanto a un hombre tomar semejante decisión. Rajpur era dueño de un egoísmo natural, propio de todo hombre mediocre, y para disimularlo mostraba bellos gestos de generosidad. El hijo adoptivo de Aleines, era ambicioso y además, su conducta indicaba problemas mentales.

En las frescas mañanas, que era el momento más agradable del día, el mar del silencio nocturno se retiraba pronto con los melodiosos cantos de los pequeños pájaros que atrapaban los oídos. Las flores estaban contentas por la visita de las pequeñas mariposas y un leve brillo de oro se abría paso por entre las rajadas nubes. Veía Nirek con mucho agrado la llegada de la florida primavera que empezaba a despertar de su sueño al bosque, cuyos encantos llamarían la atención de los mismos dioses. La mañana avanzaba y se veían a lo lejos a las aves cruzando el límpido cielo. El aire era puro y desprovisto de nieblas, y la tierra estaba cubierta de fresca hierba y flores perfumadas, cargadas de fresco rocío, y conservando sus colores sin el obstáculo de las tempestades. Los jazmines sembraban por doquier su fragancia, que era arrastrada por una suave brisa.

Otali murió luego de manera misteriosa, pues cierta vez durante una lóbrega noche, una veloz sombra se pudo ver recorriendo los altos muros del palacio. El hábil homicida no fue detectado por la guardia y ni siquiera por los hermanos que algunas veces se quedaban conversando hasta tarde en los bellos salones. El invasor silencioso como una niebla, colocó unas gotas de veneno en la reluciente copa de perlas de Otali, y este, sin percatarse, bebió el mortal elixir para volver a dormir. Pocos fueron los que sospecharon una muerte intencional.

Al día siguiente muy temprano, al enterarse de que Otali ya no estaba, lloraron todos y los criados se despojaron de sus galas, y ocuparon los templos para rociar con lágrimas las sagradas imágenes. Fue como si una parte del imperio hubiera escapado junto a él. Los príncipes eran hombres valientes pero sintieron mucho su partida. Nirek era ahora la cabeza de la familia y tendría que tomar el mando del imperio. Las autoridades civiles y militares del reino se dieron cita en el palacio a llorar por el emperador muerto.

Los días del luto oficial comenzaron, y los príncipes sentían la pena inundándoles el corazón. Una gran tristeza invadía el ánimo del pueblo, una sed animosa de llorar irrumpía en el valiente espíritu Gupta, era como si un hechizo doloroso conquistaba los nobles corazones. Se guardaron entonces treinta días de luto como una muestra de respeto al viejo emperador, y se decretó que cualquiera que hiciera una fiesta o se emborrachara durante esos días, sería prontamente ejecutado. En todo Panyab y algunos reinos aledaños, los pobladores guardaron también luto para acompañar a los príncipes en sus lamentaciones.

La posterior llegada de los príncipes Gupta a Yaipur fue bien recibida por los súbditos. Se oyó un gran repiqueteo ese día al dar su cara el alba y, cuando los habitantes de la ciudad llegaron a verlos, pudieron apreciar sus excelentes corazas, armas relucientes y enjoyadas, y pieles de animales salvajes. Los príncipes y su corte eran transportados por elegantes elefantes blancos. De las calles ascendía la alegría por el regocijo del pueblo, los blancos corceles de escolta levantaban algo de polvo con su poderoso paso hacia palacio. A los príncipes los acompañaba su séquito con poderosos cánticos y el golpeteo de los viejos bastones de los consejeros, esos sabios que se mantenían todos solemnes en su avance. Yaipur era visitada ahora por los devotos guerreros. La gente de la ciudad fue hacia ellos a saludarlos y les llevaron presentes. Para el momento en que llegaron al palacio de Paramjit, un amplio grupo de gente se había acumulado en la entrada. Eran ellos de todas las castas y el mismo abuelo Paramjit llegó para recibirlos. Se hallaba de pie a las puertas del palacio acompañado por Kumaradev, la sabia y severa madre de Otali. Ellos estaban acompañados por sus respetuosos y humildes sirvientes, que los recibían con alegría dibujada en el rostro. Cuando el abuelo Paramjit vio la gran comitiva que estaba llegando, su devoción hacia los príncipes le alegro el corazón, y ordenó a los elegantes sirvientes para que los atendieran.

–Viene tu abuelo en nuestra búsqueda, ¡oh hijo mío! Siento aún nostalgia por tu padre –le dijo Kuntana a Nirek.

–Así es madre, nuestro corazón lo recuerda –contestó Nirek suspirando.

–¡Bienvenidos sean! –dijo Paramjit acercándose con amable sonrisa.

–Que los dioses te bendigan querido abuelo –contestó Nirek bajando del elefante.

La familia descendió de sus elefantes y se dirigió hacia el abuelo, quisieron inclinarse los príncipes, pero se él se los impidió recibiéndolos en sus brazos y los besó, estuvieron muy contentos estaban con su gentileza. Paramjit abrazó a cada uno y los invitó a ir a palacio. El color de su palacio era blanco como el de la Luna, su brillante y precioso pavimento deslumbraba, y los trajes de los sirvientes y las hermosas esclavas llamaban la atención de los príncipes.

 La riqueza de los atavíos de los hermanos capturaba la vista. Luego de un momento retembló el aire con las aclamaciones lanzadas por todos los pobladores, sirvientes y guardias.Se presentaronunasdelicadas mujeres, iban pintadas y vestidas con bellas ropas y empezaron a danzar hábilmente frente a los príncipes. Iban acompañadas con una agradable música de tambores y flautas, todos vieron con ojos contentos el espectáculo y pasaron un día agradable.

Sin un emperador instituido la estabilidad del imperio podía debilitarse; Paramjit, era justo y recto pero envejecía, y Aleines, no podía reinar a causa de sus dolencias, el designado a reinar en Yaipur era ahora Rajpur. Nadie dudaba de que Paramjit, derecho, honorable y sabio, resolvería cualquier problema con la asistencia de sus hijos. Era sólo en sus corazones donde algunos clarividentes del palacio Raman en Yaipur, pensaban que surgirían serias disputas familiares. Rajpur poseía siniestros deseos de liquidar a cualquiera que amenazara su reino, y rociar sus entrañas y huesos a sus siniestros ídolos, era incapaz de retroceder a sus ideas y siempre un fiel enamorado de la tiranía. Pasaba horas en sus lujosos aposentos pensando en cómo molestar a aquellos que no le agradaban. Los Gupta y otros familiares lo despreciaban, pues sabían bien que los escorpiones envidiarían el veneno que afloraba en su perturbada mente.

Un tranquila mañana, en que Rajpur iba temprano a una de las elegantes ceremonias de palacio en Yaipur, lucía él una bella y titilante coraza azul, cubierto de guirnaldas y sintiéndose ya emperador. Ojayit que fue invitado aquel día lo vio entonces, y pensó que era hora de hacerle una broma, sin que nadie lo viera, le puso un líquido resbaloso en el piso; luego, Rajpur caminó orgulloso por el elegante salón, piso el líquido y cayó al suelo como tronco delante de sus propios hermanos, primos y sirvientes que intentaron disimular la risa. Estalló entonces de rabia el príncipe y después de levantarse rápidamente empezó a renegar con grandes ojos.

–¡Escupo en tu cara mal guerrero! ¡Hijo de zorra pisaré tu sucia cabeza! –exclamó con la sangre envenenada.

Fue allí que el príncipe sintió la venganza brotar veloz en su mente y que su acero conocería a Ojayit. Pero el ignoraba lo que sabían todos los sabios, que el desear grandezas y encariñarse con la riqueza es propio de los mediocres que mueren en la estéril esencia de vanos ideales, y desdeñan como indigna la utilización del conocimiento para practicar con justicia las mortales técnicas de guerra, conocimiento que pertenecía exclusivamente a aquella minoría de eruditos que utiliza las armas con noble corazón y puño poderoso, y no olvidan la misión final de proteger a los más débiles.

Pero Ojayit poseía una gran virtud para la lucha y el manejo de la espada, su entrenamiento solía ser riguroso y agotador, y podía hacer que el acero destructor cortara el aire con velocidad increíble. Cuando practicaba con el gran Samir, podía verse que ya era uno de los mejores guerreros del mundo, y no dudaba en consultarle cualquier duda o secreto de guerra, pues sabía que el que pregunta puede parecer ignorante por un instante, pero el que no pregunta, es un ignorante para toda la vida. Como Ojayit era virtuoso y sus flechas eran certeras, su tío Jayadeva le obsequió un día un arco magníficamente confeccionado. Era un arma con excelentes tallados, y muy digna de un príncipe. Ojayit le agradeció el gesto a su tío y de inmediato probó su puntería con algunos alejados troncos de árbol seco, acertando todos los flechazos. Solían ambos practicar el tiro al blanco en los bosques cercanos. Tenían algunas veces que lanzar saetas y jabalinas desde corceles a galope. Los tres hermanos aprendían con solemne dedicación las técnicas antiguas de pelea, sobre todo el Kalarippayatt. Sus estrictos maestros de guerra le brindaron una correcta instrucción, especializándose en enseñarle el manejo del cuerpo, los desplazamientos, el combate desarmado y además claro, el completo dominio de la espada.  Su entrenamiento solía llegar hasta puntos extremos, pues los generales tomaban en consideración cualquier circunstancia adversa que pudiera presentarse en una guerra. Lo que perduraba en la mente del príncipe, era perfeccionar su método de ataque, pues todo guerrero debía pensar serenamente y manifestar su habilidad realizando movimientos armoniosos y exactos con la espada. Los generales del ejército se habían tomado muy en serio el adiestramiento de los soldados que protegerían el reino. Usaban a varios espías para realizar misiones que pondrían a tiritar a cualquier ser humano, como desplazarse sin ser capturado entre los guardias de una fortaleza, escalar altos muros y realizar misiones de espionaje sin dejar ninguna pista. Paramjit, se sentía contento de que los maestros de la guerra les transmitieran a sus nietos todas las formas de combate conocidas. Su conocimiento sería muy útil pues, aunque nadie tenía la certeza, una horrible y oscura guerra se avecinaba. Rajpur alimentaba de a pocos sus grotescas fantasías de adueñarse de todo el imperio, sus pensamientos como frutos podridos, brotaban obscenamente en su siniestra mente.

Kalari, otro primo de Rajpur, solía visitar su palacio y era un experimentado y cruel maestro de la nigromancia. Su presencia brutal y terrible atraía a la fría oscuridad en los reinos; era el un famoso mezclador de poderosas pócimas. Solía perderse en los bosques y buscar los fatales venenos que allí brotaban, y ningún veneno escapaba a su conocimiento. Este vil individuo conocía los secretos y las oscuras prácticas de los viles magos, prácticas que eran detestables y funestas. Era su mundo un lugar saturado de malignas virtudes ocultas. Él fue acusado varias veces de haber liquidado horriblemente a gente inocente para dar lugar sus siniestras prácticas.Solía el pernicioso practicar puntería utilizando sus flechas talladas con los símbolos que sirven a las tinieblas, y cualquiera que fuera atravesado por estas sería la víctima de una cruel muerte.Corrían miles de rumores supersticiosos sobre él, y al verlo pasar con sus afiladas uñas, traje oscuro y ojos destellantes de maldad, y los pobladores pedían bendiciones a sus dioses y apartaban lejos los ojos.Muchos esclavos habían muerto en su reino después de horribles sufrimientos, pues su lúgubre nigromancia era sangrienta y brutal. Acostumbraba llevar siempre una colección de bizarros manuscritos que contenían conocimientos antiquísimos. Acompañaba a sus tíos en Yaipur pues en algunas ocasiones, los nigromantes que trabajaban para Rajpur solían pedirle consejos.

Anand, el brutal hermano menor de Rajpur, se destacaba por su aversión a todo lo sagrado, y marchitaba los nobles deseos de su padre, pero su actitud resultaba conveniente para Rajpur. La venenosa sombra de las mentes de ambos hermanos impregnaba su vida de perversos deseos por obtener poder. La India debía a estos príncipes muchos espléndidos y elegantes monumentos levantados en nombre de su altanería.El templo de Ranakpur, construido por los ingenieros de Yaipur, constaba de muchas capillas y salas. Este elegante y majestuoso templo no tenía par en el mundo, fue hecho con mármoles de diversos colores y con un decorado extraordinario, que podía arrebatar a cualquiera la razón. Sus características cúpulas y torres se elevaban hasta casi tocar las fibras de nubes y sus grandes monumentos tallados todos con exquisito detalle.

En cierto día bastante soleado en que Samir llegó de visita a Panyab junto a su familia. Al caer la tarde, los alegres jóvenes de la familia Gupta decidieron ir con él a explorar el bosque. Salieron acompañados de su guardia en un pequeño paseo por las cercanías del palacio, llegando luego de caminar un rato a un grupo de estatuas antiguas, que les atraparon las pupilas por su majestuosidad. Aquella región fue habitada por remotas culturas, y dejaron estos habitantes algunos de sus monumentos. Se vieron más adelante algunas mariposas de matices diversos, que revoloteaban con sus alas llenas de polvo de oro, flotando rápido sobre las pintorescas flores. Algunos tímidos lagartos salían de entre las piedras para dar la cara al Sol, las granadas se entreabrían y se veía ya su sangrante corazón, y los regimientos de rosas y orquídeas cautivaban los ojos.

Caminaron mientras se elevaba la voz armoniosa y suave de los canarios, apagando todos los cantos de la selva; Se exhalaban esos agradables murmullos con el encanto con que vibran las delgadas cuerdas de una lira; esa voz encantadora y melodiosa como los tonos de una dulce flauta. Se oían también los poéticos murmullos de los distintos pájaros, entonando todas las armonías que les inspiraba la naturaleza. Podía verse a lo lejos la nieve que solía consolidarse en las altas montañas, pues era allí donde las leyes del creador marcaban su frío límite a los grandes depósitos de hielo, que con los destellos del astro rey se derretían lentamente, y las escarchas de hielo blancas y afiladas, se rompían de a pocos y las aguas que de ellas manaban se filtraban deslizándose por los flancos de las frías montañas como plateadas y centelleantes serpientes, y a medida que el caudal se enriquecía con el tributo de nuevos hilos gruesos de cristalina agua, formaban finalmente pequeñas cataratas que se derrumbaban lanzando su fresca bruma.

Los príncipes alcanzaron un río que corría claro y sereno, las tranquilas pozas de agua estaban llenas de flores flotantes. La visión hizo que todos sintieran la frescura del lugar. Por todas partes había cascadas de las que llovía el agua clara y levantaba una azulada y fresca bruma. Había dos grandes pozas de agua en aquel río, y los príncipes deseosos de frescura, se acercaron y empezaron a deslizarse entre las cristalinas aguas.

Más tarde, cuando el crepúsculo dejaba caer algunas de sus sombras, decidieron retirarse, y luego de caminar, mientras regresaban al palacio pudieron ver todos que cerca de las cristalinas y murmurantes aguas del río, un grupo de poderosos y jóvenes tigres jugaban entre ellos, y apenas los vio, Ojayit arrojó varias veloces lanzas contra las bestias, y quedo solo el movimiento de las ramas inclinadas a medida que los grandes animales se alejaban y se ocultaban en medio del espeso bosque. Sus maestros le reclamaron sus actos, pues todo seguidor de la sagrada religión debía creer que la vida en todas sus manifestaciones, por ser sagrada y digna de ser respetada, nadie debía atacar animales a menos que fuese en defensa propia.

Una vez, siendo ya adultos, los príncipes Gupta fueron invitados a Yaipur para el cumpleaños de su tío Jayadeva, las fiestas ocurrieron en relativa calma. Ese día se sentaron todos a una gran mesa de sándalo admirablemente tallado, y enseguida, los respetuosos sirvientes les trajeron grandes platos de vistosa comida. Apenas acabada la cena, Ojayit hizo lagrimear una botella de soma sobre su vaso, y después de degustarlo, se levantó, se estiró y se retiró pesadamente a caminar un poco. Ojayit no toleraba a Rajpur ni a Anand, y los miraba con cierta dosis de desprecio. Rajpur tocó la larga mesa con sus gruesos nudillos, exigiendo que le trajeran algo de beber, los respetuosos sirvientes se apuraron en atenderlo. El recibía lo que le traían con soberbia.Al llegar a este punto, sus intenciones ya no pudieron ser contenidas por más tiempo, y el odio que hacía mucho vivía en su mente empezó a fluir. Vino luego a su mente un pensamiento malvado, pensaba si existía alguna manera de expulsar a sus familiares del imperio utilizando la fuerza, y de esa manera quedarse con todo. Sin embargo sabía bien que hacía casi dos siglos, muchos reyes fueron lo suficientemente insensatos como para querer conquistar esa nación, todos fallaron su ejército era uno de los mejores del mundo. Al ver contentos a los Gupta, la luz del día parecía desbaratarse para el haciéndole añicos cualquier felicidad; y con ese sabor de la bebida en la lengua, decidió que pronto construiría un plan para encargarse de ellos.

La corte del palacio sabía que se debía realizar pronto la ceremonia de coronación de Nirek, se consultó a los sabios y se escogió un día propicio para empezar con los preparativos. Antori, el sabio consejero de grandes ojos y cabello canoso como blanca cascada, era el más reverenciado de los sabios, tenía el anciano los ojos grises, y la piel oscurecida y curtida debido a su avanzada edad. Solía pasar momentos en Yaipur, pero prefería estar con los Gupta, aconsejando a los príncipes para que tomaran las decisiones más prudentes. Este sabio, tras hacer sus respetuosas ofrendas a los dioses, trabajó junto a sus ayudantes durante varios meses, y luego, dio las órdenes correspondientes.

–Arreglen el palacio como es debido, y que se envíen invitaciones a todos los nobles de los distintos reinos. Que los oficiales guerreros del ejército asistan, los músicos y todas las mujeres de palacio deben vestirse de manera que hagan sentir envidia a las flores del campo, de esa manera Nirek la celebración se llevará a cabo.

Nirek sabía que todo estaba listo para ser reconocido como el emperador de Panyab. Les pidió entonces a sus mensajeros llevar las invitaciones a distintos reinos, mientras Antori se quedaba en Panyab a fin de preparar la gran ceremonia. Ojayit llevó sus mensajeros al Este. Senkes que era un consejero de Nirek, iría al sur y Nayakan marchó al oeste llegando a los reinos más lejanos. Todos los reyes aceptaron la invitación y enviaron a Nirek espléndidos tesoros y obsequios, como collares de perlas, akshata que es un tipo de arroz, incienso, lámparas, ofrendas de comida y perfumes. Habían también recibido la visita de Pramar, el hijo de Ojayit, que habitaba un palacio en el Sur, y que llegó con sus grandes contingentes de soldados.

Roani, otro destacado comandante de Nirek proveniente de la tierra de Guyarat, envió invitaciones a los emperadores cercanos que asistieran.Se darían alegran fiestas para honrar al nuevo emperador, y se obsequiarían regalos a los ciudadanos pobres y ricos. Los emperadores de todos los reinos aledaños asistirían pronto a la majestuosa ceremonia, pues sabían que el gobierno justo de Nirek tendría como consecuencia abundantes cosechas y la prosperidad de todos los imperios. El pincel del creador tendría ahora nuevos colores aún más brillantes que los anteriores, pues así como el árbol es hijo de la sagrada tierra, Nirek era hijo de la nobleza y la sabiduría, y con la llegada del nuevo rey, el creador extraería los venenos de todos los jardines del mundo, y las flores que crecían en los campos del mundo, serían liberadas de las serpientes que emponzoñaban la libertad de los reinos. Una luz hermosa, preñada de buenos auspicios, parecía envolver todo el palacio, llenando todo con sagrada brillantez. Una nutrida profusión de luces eran derramadas por las hebras de Sol, y los pétalos con agradable aroma exhalaban su poema de amor constituyendo un festival de color, los diversos matices y reflejos que desplegaban las flores esparcidas atraían las miradas. Las mansiones que habían construido los ingenieros del imperio para recibir a todos estos huéspedes eran espléndidas. Desde la distancia, los altos muros resplandecían como montes nevados por la tarde.

Para Nirek había sido cuidadosamente confeccionado el glorioso traje de oro entretejido que había de llevar en la fiesta de su coronación. Además le sería entregada una corona tachonada de titilantes gemas, y asimismo, le construyeron un magnifico cetro con hileras de relucientes perlas. Los visitantes llegaban y los vistosos arreglos les cautivaban los ojos. El reino coronó con flores a las divinidades construidas en diversos lugares, y estaban todas dotadas del esplendor de la belleza divina porque fueron todas colocadas sobre construcciones de ensueño, levantados a la sombra de templos que otorgaban majestad a la vista de todos.  Los visitantes y emperadores se sorprendían con el elegante palacio mientras caminaban a través de grandes salones sembrados de perlas y caminando sobre las alfombras de hilo de oro, y sobre los suelos de blanco mármol. Los patios y salones se llenaban pronto de amables invitados, todos escuchaban a los cantores recitar las leyendas de las proezas de sus dioses. La música en el alegre palacio no cesaba, y llegaban grupos de sirvientes vestidos de seda, que amablemente repartían bebidas y dulces. Les llevaron además una gran cantidad de vasos de oro incrustados de hermosas pedrerías conteniendo toda clase de vinos. Los visitantes estaban muy contentos. Nirek contrató a actores y bailarines para que los entretuvieran y se comportaba humilde y cortés con todos. Los oídos de los huéspedes se deleitaban con relatos que tenían raíces en la remota mitología de la India, así como aquellas historias sobre dioses peleando contra demonios que les eran entretenidas a los príncipes y, aunque algunas parecían fantasiosas en los labios del pueblo Gupta, eran parte importante de su antigua cultura.

Todos guardaban la esperanza por disfrutar de un futuro pacifico, pues la autoridad del abuelo Paramjit y sus hijos sería respetada. Sabían los pobladores que las reglas del reino eran justas, y los nobles serían justos con los seres suplicantes del imperio. Los invitados llegaban al gran palacio y eran amablemente recibidos. El rey Amio que fue un gran aliado de Otali, llegó con un variado séquito. Era Amio un hombre de alta estatura, complexión fuerte y gran cortesía, y llegó encontrando un intrincado público a su paso, avanzando orgullosamente sobre un blanco elefante cubierto de pedrerías, y llevando en su mano la espada enjoyada con que había atravesado a muchos en sus antiguas batallas. Tenía su reluciente acero acanaladuras en el filo no cortante que aligeraban el peso de su arma. Lo seguían de cerca sus cien mejores guerreros y cien poderosos hechiceros. 

El Maharajá de los Itanagar llegó poco después, con su gran carruaje que era arrastrado por cuatro enormes elefantes de poderosos colmillos. El palanquín real, la gualdrapa, los pesados brazaletes en las cuatro patas y las cadenas que colgaban de las orejas de las bestias eran todas de oro.

La ciudad sentía ya la llegada de los imponentes elefantes, largos carruajes y poderosos guerreros, toparon todos los viajeros con un río de gente mientras emperadores, sacerdotes, consejeros y guerreros llegaban desde todas las direcciones. Samir y sus nobles también fueron invitados. Salían los pobladores a darles la bienvenida con ofrendas y sonrisas. Cuanto más se acercaban a las puertas, más denso se hacía el tumulto.La justicia y la libertad iban de la mano, los pobladores les acariciaban los oídos con sus melodías ideales y rendían culto a la nobleza y a los antiguos héroes del reino, glorificando la justicia y apartando la tiranía.

Rajpur viajaba relajado sobre un imponente elefante enjoyado. Era enemigo de las ideas de la Gupta, pero no las atacaba de manera sincera sino conspirando. Admiraba ahora con la envidia carcomiéndole los ojos esos arreglos realizados en el gran espectáculo. Se veía además llegar a la gran orden del emperador Mirlos, amo del imperio del sureste, se le conocía a él por las historias sobre sacrificios humanos dedicados a sus oscuros dioses, y cuyas víctimas eran muchas veces los emperadores vencidos en batalla o algunos esclavos desobedientes. El ruido de las bestias y los gritos de bienvenida del público competían con los caracoles soplados desde las terrazas más altas del palacio. Trepaba el de los caracoles hasta las nubes y, a cada bestia que cruzaba las puertas de la ciudad, se alzaba el crescendo de una aclamación bramada por los ciudadanos, todos vestidos con sus mejores sedas. Los visitantes llegados desde diversos reinos fueron alojados en el gran palacio, tenía el lugar admirables muros, las colgaduras de las paredes eran vistosas, las vajillas de oro y plata, las salas eran brillantes y por todas partes había alfombras con bordados de delicados cisnes, árboles y todo tipo de animales salvajes.La elegancia y la riqueza penetraban las sorprendidas pupilas. En las resplandecientes salas del palacio, se sentían los murmurantes sonidos de flautas.

Reinaba en todo el lugar un deseable perfume de jazmín, era como si un fragante bosque se hubiera trasladado a la ciudad, el aroma competía con el de las guirnaldas de flores que colgaban en los bellos pilares.La ciudad tendió en sus techos y cúpulas tantos arreglos como el tocado de una novia. Era como un inmenso jardín en florida primavera. Los invitados al palacio visitaron los amplios jardines, en los que se podía pasear sin que los ojos se agotaran de apreciar las perfectas simetrías y diseños preciosos. Además se podía apreciar la gran cantidad de estanques y fuentes sobre los cuales se deslizaban delicados cisnes. Los jardines estaban tapizados de una multitud de tonos por orquídeas, amapolas, prímulas y margaritas. Muchos de los invitados quedaron perplejos al mirar un inmenso espacio para los espectáculos. Asimismo llamo su atención una magnífica alfombra de terciopelo que se extendía a través el esmeraldino césped y combinaba sus colores con los matices naturales de flores y arbustos. Y siguiendo con la mirada aquella alfombra, entre las hierbas del esplendoroso jardín, divisaron entonces, el soberbio palacio construido con el más fino mármol.

Luego de unos momentos, llegó Naru, un familiar del ya legendario Samir, arribo al palacio de Nirek con su guardia personal y vistiendo su elegante armadura. Fue bien recibido y venia trayéndole vistosos obsequios florales y perfumes de agradables notas frutales. Venía Naru acompañado por otro amigo, Amio, el generoso emperador de Neemrana,que se parecía a un tanto Ojayit. Poseía el encanto despreocupado de los grandes emperadores guerreros. Amio solía visitar a Nirek llevándole obsequios, pues eran buenos amigos desde la época en que Otali vivía. Acostumbraban ellos dos jugar al ajedrez durante varias horas. Nirek demostraba gran habilidad en aquel juego. Solía su amigo traerle diversos obsequios que eran recibidos con agrado por Nirek. Llegaba con su séquito e irrumpía a través de los soldados de las puertas y de los peticionarios que se amontonaban con pedidos en los salones del palacio. Nirek les dispensaba a sus amistades una acogida amplia y generosa, y mandaba a sus sirvientes a degollar varios carneros en su honor y hacía además clarificar algunos vinos.

Lo justo era ceder una parte del imperio a Rajpur, que sería monarca de Yaipur, y el resto a Nirek, que sería emperador de Panyab. Luego de discutir con los consejeros Antori estableció el día que se realizaría la coronación de Nirek. A tal fin, convocó a las autoridades y a los nobles del imperio, que sabían cuán digno de suceder era el noble príncipe y todos prestaron juramento de obediencia al nuevo emperador. Para poder afirmar que en adelante que sus antecesores le entregaban toda su autoridad y su poderío, besó Paramjit su amplia frente y lo bendijo deseándole prosperidad y sabiduría, colocándole la brillante corona en medio del júbilo de todos los invitados. Tendría el nuevo emperador un espléndido trono de marfil, el cual estaba cubierto de oro puro con relucientes apoyos a ambos lados cerca del asiento, junto a los cuales estaban esculpidos en marfil dos majestuosos elefantes.

Por primera vez en su vida, Nirek conocía la gran dicha de ser emperador y gozar de los privilegios que ello conllevaba.Sabía que debería dirigir su reino con justicia, castigando rigurosamente a sus enemigos, siendo muy sincero con sus amistades, piadoso con los débiles y lleno de cortesía con los hombres santos. Nirek visitaba la ciudad acompañado por su guardia y podía observar la fluidez con que la gente se desplazaba entre las calles. Admiró la predilección singular de los ciudadanos por las flores, que llegaban al punto de que no solamente las llevaban en el pelo y en las pintadas manos, sino también en las orejas. Y además, todas las tiendas estaban provistas de búcaros llenos de rosas y jazmines. En aquel tiempo la paz reinaba en todos los rincones, pero toda paz puede acabar pronto como una tranquila tarde ante una súbita tormenta.

Al llegar el mes de Kartika, se celebró el vistoso Diwali, que es el festival de cinco días que se celebra durante la Luna nueva, para marcar el triunfo del bien sobre el mal. Los pobladores utilizaban nuevos ropajes, colgaban campanas y guirnaldas de flores, y compartían variados regalos y dulces con todos. Los pobladores realizaban sus vistosos rituales para obtener las bendiciones divinas, y la ayuda para aquellos que luchan para alcanzar la prosperidad. Realizaban sus ceremonias usando granos, hojas, monedas e ídolos para preparar sus admirables rituales, mientras recitaban todos los mantras védicos. Algunos de los viajeros, que llegaban desde los lugares en que la gente se reunía para el festejo, reflejaban en el rostro, algo del resplandor que desplegaban los vistosos arreglos para esta festividad. 

El ejército estaba debidamente organizado gracias al esfuerzo de los tres hermanos que se dedicaban activamente a las rigurosas prácticas militares. Ojayit se dedicaba con empeño a sus artes de lucha, realizando óptimas hazañas y consiguiendo constantemente nuevas habilidades. Ojayit se mostraba respetuoso con sus maestros al adquirir conocimiento. Todos los miembros del ejército construían armas nuevas y mejores, elaborando nuevas formaciones de combate y atrayendo a los mejores instructores de la guerra. Los salones en los que guardaba Nirek sus armaduras eran cuidadosamente mantenidos por sus sirvientes, centelleantes lucían aquellos vistosos lugares, y en la parte trasera del palacio, estaba su gran elefante blanco que lo había acompañado desde pequeño.

Por las extensas galerías del palacio Panyab, se prolongaban un laberinto de pilastras esbeltas y elegantes, y se podían admirar los espaciosos salones vestidos de tapices, donde sobre la seda y el oro, habían representadas con mil colores distintos, escenas de dioses del amor, de la caza y la guerra, y adornados con trofeos de armas y escudos. Por las tardes solían aproximarse al trono un numeroso coro de gráciles artistas, todos ellos alegres danzantes, iban con las largas cabelleras sueltas y coronados con guirnaldas de frondosos jazmines. Les acompañaba una gran muchedumbre de bellísimas muchachas, más hermosas y frágiles que en cualquier otro palacio, vistiendo todas sus riquísimas sedas y sus frentes con hilos de perlas.

Cierto día, ambas familias estaban reunidas discutiendo en el palacio Panyab. Los presentes disfrutaban la elegancia de aquellos salones, pues eran un digno espacio para el desarrollo de las alegres armonías. La versatilidad de las gráciles danzantes alegraba la vista, mientras los oleajes de sabiduría brotaban de los labios de los consejeros. De pronto se pudo ver a un robusto guerrero que llegó a la puerta del palacio de Nirek, estaba acompañado por varios sirvientes portando sus armas, estos se abrían camino a través de la muchedumbre, llevaba el guerrero una admirable coraza. El orgulloso guerrero avanzó y saludo al recinto regio. Desplegaba una fría mirada abarrotada de orgullo. Dio entonces comienzo a su arrogante desafío. Él era aún más altanero que Rajpur y Anand. Portaba un casco azul que casi le cubría los ojos, pero Nirek se percató pronto que era un antiguo e infame guerrero nombrado Balan, que había sido rechazado por su padre hacía mucho.

–¡Samir! La leyenda de tus proezas llega desde tu lejano reino, pero mi habilidad es envidiada por cualquier guerrero –dijo Balan altivamente empuñando una enorme y temible espada.

–¡El dios de la muerte brilla en tus ojos guerrero! ¡Más mortales son estos que las brillantes espadas y el hierro de las veloces lanzas! –exclamó Paramjit–. Es el arma de un dios de la guerra tu acero cargado de venganza.

–Sin duda fuerzas maléficas dirigen tu actitud –dijo Aleines con algo de temor.

 

–¡Colocaré una filosa flecha entre sus desafiantes ojos antes que pueda parpadear! –dijo Samir cerrando los puños mientras fruncía el ceño de sus pobladas cejas oscuras.

 

–¡Reprimamos por ahora nuestras lenguas queridos amigos y no dejemos escapar más palabras superfluas que nos aflijan los corazones! –dijo Paramjit intentando calmarlos.

 

Los consejeros que estaban aburridos en el salón nuevamente despertaron y pusieron ojos grandes y atentos mientras la voz del guerrero no anunciado vibraba a través del aire. Llegaba su aliento a todos los rincones del reluciente palacio. Samir frunció el ceño con enojo. La voz del inesperado invitado latigueaba y rebotaba incómodamente en la conciencia de los presentes. Los guerreros de Samir revelaron desprecio en sus rostros por la actitud altanera del recién llegado. Antes de que los presentes pudieran pestañear, Balan había empezado a disparar sus veloces y certeras flechas hacia una estatua de un tigre que reposaba en uno de los altares del enorme salón. El tigre recibió pronto todas las filosas flechas que quedaron clavadas. Rajpur dirigió hacia el guerrero una pensativa mirada pensando en ese instante que este hombre podría ser su aliado.

 

–¡Demostraré mi habilidad para el combate y los ojos de este reino serán testigos de que estoy hecho para la gloria! –dijo Balan con una temeridad extrema y perversa altanería.

 

 Su soberbia controlaba cada una de las violentas emociones e implacables deducciones que florecían en su mente, hablando con una larga lengua repleta de veneno. Paramjit y Aleines se sintieron molestos, pero Rajpur sentía que este podía ser el guerrero que lo ayudaría a acabar con los Gupta. Ojayit apretó duramente el mango de su reluciente acero pensando en acabar con el invasor. Paramjit caminó entonces hacia el visitante y le hablo amablemente.

 

–No has sido invitado extranjero, y tu forma de retar demuestra que llevas contigo la venganza.Recuerda que cuando se habla, es preferible que las palabras sean más agradables que el silencio.

 

El letal guerrero continuaba lanzando sus insolentes retos y Paramjit intentaba conversarle y calmar los ánimos.

 

 –Las leyes deben ser obedecidas –dijo el abuelo Paramjit mirando a Balan–. Samir es hijo del noble emperador de los Nuru pero a ti no te conocemos, debes darnos a conocer tu nombre y tu linaje.

 

Esperaron que el guerrero dijera lo que deseaba, mientras algunos guardias del palacio estaban atentos a atacarlo.

 

–¿Dónde están los verdaderos guerreros cuya hospitalidad se hace evidente a los viajeros? ¿Dónde están los virtuosos de la guerra que una vez habitaron en esta región? ¡Yo soy Balan el mejor guerrero de estas tierras! –dijo coronado de orgullo.

 

Paramjit aclaró que no habría duelos en el palacio de Panyab y que los emperadores y los príncipes no aceptan desafíos de extraños.

 

–Si así lo deseas guerrero, Samir puede responderte en otro lugar mas no aquí –afirmó Paramjit.

Balan hizo un gesto de desprecio y se retiró pronto del palacio seguido por sus sirvientes. Rajpur espero a que el invitado se retirara, y después, lo alcanzó prometiéndole riquezas y gloria. Ofreció a Balan una gran fortuna a cambio de adiestrar a su ejército y lo convenció luego de ir a su palacio. No se les volvería a ver más en ese lugar.

La joven y admirable hija del emperador Saike, nombrada Samali, era una de las princesas más deseadas en los reinos, su piel era blanca y tersa, ningún hombre se cansaba de mirarla, hermosa y del más gentil gesto que podía tener una doncella de su linaje en todo el mundo; sus cabellos negros eran tan oscuros como el misterio de la noche y le cubrían el busto por delante. Como toda buena princesa, ella solía estar cubierta de oro, portaba titilantes pendientes, joyas en el cabello como estrellas sobre el manto de la noche, de su delgado cuello se descolgaba un collar con decenas de zafiros, además, lucía un vestido de una seda sutil, y ceñida con un cinturón de oro.

Pasaron los meses y, finalmente durante una celebración, los ojos de Samali y Nirek se encontraron y nació un gran amor. Nirek cayó ebrio de amor por su belleza y su estela de perfume. Sabía en su corazón que algún esa mujer le daría hermosos hijos.

–Madre –le decía Nirek con ojos asombrados–. Ella es tan hermosa que los otoños se inclinan ante el oro de sus matices, la Tierra es bella debido al brillo de sus ojos que se fijan sobre la faz del mundo como los poderosos rayos del Sol. Los problemas del imperio no me harán renunciar a mi amor por la princesa Samali, pues tengo la intención de pedírsela pronto a su padre en matrimonio.

–¡Hijo no pronuncies tales palabras en público! Recuerda que ella es el deseo de muchos y no quiero que ganes enemigos, ten cuidado de que no te oigan los hermanos de Rajpur, pues sé que un par de ellos también la desean con pasión.

–¡No te preocupes madre! Yo sabré ganarme su cariño. Además, le enviaré a su padre un regalo tan vistoso que me elegirá de inmediato como esposo para su bella hija.

Nirek envió entonces a sus elegantes mensajeros al palacio de Saike, viajaron sus nobles emisarios acompañados de dos columnas paralelas de esclavos vestidos con sedas blancas, llevando presentes que dejarían deslumbrado a cualquiera. Los súbditos se amontonaban admirados para poder ver al grupo de poderosos esclavos en la entrada del palacio. Los respetuosos sirvientes le llevaron deslumbrantes ofrendas, como cinturones engastados de rubíes y esmeraldas, collares de perlas brillantes como lunas, cuchillos con mangos marfil y espadas de diseño Kilij tan enjoyadas que era dignas de los dioses de la guerra. Pocos emperadores serían capaces de enviar obsequios que compitiesen con aquellas maravillas.

Los mensajeros hicieron una respetuosa reverencia a Saike, y le presentaron los obsequios enviados. El salón se saturo de pronto con un bello resplandor, era como si el Sol de la mañana lo estuviese alumbrando. Saike quedó perplejo por las titilantes joyas que la habían traído y le encanto su pureza y brillo. Luego los mensajeros pidieron ceremonialmente el permiso oficial a Saike para el matrimonio de Nirek con Samali. Saike sintió gran satisfacción y Samali se veía sorprendida y muy contenta. El más anhelado deseo de Saike era ver algún día a su hija casada con algún emperador, y en este caso tuvo la suerte de que Nirek, el poderoso emperador de Panyab se fijara en su hija, y se le hacía entonces evidente que Samali había escogido al más sabio, que era Nirek.

 

Comentarios

  1. Mabel

    17 marzo, 2017

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

  2. Fiz Portugal

    8 abril, 2017

    Hola Percy, bienvenida.Entiendo que va a ser una novela tiene entidad para ello. Creo que está muy bien encaminada.

  3. GermánLage

    28 abril, 2017

    Un texto muy bien escrito, Percy; en el tono adecuado para el tema. Su lectura ha sido muy agradable.
    Mi saludo de bienvenida y mi voto.

  4. Estela Rubio

    26 noviembre, 2018

    ¡Hola Percy!, me encanta el tema y la forma de describir los escenarios y las personas.

    Un abrazo y mi voto. ¡Bienvenido!

    Estela

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas