El Escorial de los mares

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Poco antes de las 14:30 horas de aquel trágico 21 de octubre, el navío Santísima Trinidad, de 130 cañones, soportaba sin cesar el fuego cruzado procedente del Victory y el Neptune, que ya le habían desarbolado sus palos mayor y mesana, haciendo también desaparecer el mástil en donde tremolaba la rojigualda. Considerando que el general Baltasar Hidalgo de Cisneros y el comandante Francisco Javier de Uriarte optaban por rendirse, nuestros enemigos hicieron un alto el fuego, descolgando en una chalupa a la delegación de oficiales enviados para hacerse cargo de la nave.

Cisneros informó a los británicos que su bandera había caído en el fragor de la lucha, pero que ni él ni sus hombres tenían ninguna intención de rendirse y, atendiendo al caballeroso comportamiento que le caracterizaba, dejó marchar en paz a los delegados. Su gesto no evitó que el zafarrancho resultara aún más encarnizado, soportando la Trinidad el fuego de otros cuatro navíos: Conqueror, Leviathan, Britannia y África que se unieron a su captura.

Cuando finalmente las baterías de la Trinidad callaron hacia las cuatro horas de la tarde, agotados la totalidad de sus tripulantes y la munición, además de heridos gravemente Cisneros y Uriarte, de los 1.048 hombres embarcados solo quedaban con vida alrededor de doscientos cincuenta. Había tantos muertos, heridos y mutilados que la sangre empapaba la caoba de sus cubiertas y resbalaba por las poternas de los cañones, ofreciendo a la vista un espectáculo dantesco, al tiempo que el gran navío yacía inerme sobre las olas y en total silencio dentro del fragor de la batalla.

El oficial inglés Richard Grindall, uno de los primeros en subir a bordo, escribió en su informe: «…que él y muchos de los que le acompañaban vomitaron por el fuerte olor a sangre y carne quemada que, mezclado con el agrio de la pólvora y otros muchos despojos humanos ─incluyendo heces e intestinos destripados─, impregnaba de forma malsana el aire de todas sus cubiertas».

Aquel fue el espantoso y tremebundo final del orgulloso y espléndido «Escorial de los mares», tal y como apodaron las gentes al mayor navío de su época, que horas después de su captura se hundía sin remedio por un fuerte temporal con todas sus víctimas frente a la punta del Camarinal, mientras era remolcado como un trofeo sangriento por nuestros enemigos camino del Peñón de Gibraltar.

Comentarios

  1. Mabel

    10 marzo, 2017

    ¡Excelente historia! Un abrazo David y mi voto desde Andalucía

  2. Fisquero

    12 marzo, 2017

    Coincido con los demás comentarios, un excelente artículo, como caracteriza a todos cuantos presentas.

    Saludos y mi voto

  3. XoseFD

    13 marzo, 2017

    Excelente, a lo O’Brian….Cisneros, conocido en estas costas como «El Sordo», debido a que perdió su capacidad auditva en la batalla de Trafalgar, fue el último virrey del Río de la Plata y tuvo que salir pitando antes que lo mandaran al otro barrio. Muy bonito, me encanta la novela histórica. Te seguiré. ¿A dónde me llevarás? ¿Finisterre? Xosé desde Buenos Aires!!!

  4. XoseFD

    13 marzo, 2017

    Me habían hablado de ti ,ahora que recuerdo. Soy historiador. Pásate por mi

  5. Monisclaini

    16 marzo, 2017

    Muy interesante tu relato y me emociona, Me trae memoria:
    En Chile tenemos el combate Naval de Iquique, en unos pequeños barcos, se gesto una gran batalla.
    Lo conmovedor es que Prat muríó y perdimos, por su valentía y heroísmo lo conmemoramos.
    Grau comandante peruano, fue un caballero con la viuda. envíandole sus pertencias acompañado de una carta.

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