La despedida

Escrito por
| 50 | 6 Comentarios

El farol de una esquina de la Plaza de Santa Ana iluminaba las líneas que sus ojos llorosos trataban de comprender. Minutos antes había salido del apartamento, desesperado, llamándola y buscándola por doquier, con la nota de despedida en sus manos, la que encontró en la peinadora que él le había regalado para su cumpleaños, seis meses atrás.

Salió tarde del trabajo, ese agobiante empleo que lo esclavizaba a cambio de un salario medio. Diez horas diarias de su vida, allí, tras un escritorio, atendiendo los reclamos de los clientes, resolviendo los problemas de su jefe, planeando la forma de cumplir las metas del departamento.

Esa noche él tenía planes. Cuando llegara a casa iba a invitar a Sara a una velada distinta, especial. Quería dedicarle tiempo, ese que tanto le hacía falta, que se diluía en la rutina del día a día. Pero todo se desvaneció. La sorpresa, inesperada mueca del destino, lo sumió en una profunda estupefacción. Una carta, eso fue lo que encontró; no a ella, sino una maldita expresión de renuncia, de abandono.

Percibió como 4 años de sus vidas se desvanecían, se perdían en el tiempo, en el viento, en las lágrimas. No había espacio, según ella, para más nada; no cabían oportunidades ni intentos, no creía en ellos. Sara estaba cansada de sentirse angustiada, de medirse y competir contra el mundo. Para ella no era vida, eso de esperar a que él llegase del trabajo o el levantarse temprano para verlo irse, de dedicarse a asuntos domésticos, de tener la comida y la ropa al día; nada de aquello le resultaba satisfactorio, ella quería sentirse como antes, cuando no vivían juntos y el amor germinaba.

Falsas promesas, y él lo entendía ahora, eran aquellas que con constancia le había ofrecido, en pos de mayor tiempo juntos. Ya no habría tiempo ni espacio para más, Sara había renunciado. Él lo vio venir, pero prefirió engañarse y convencerse de que ella no sería capaz de hacerlo.

Estrujó el papel, humedecido por su llanto; pensó en tirarlo en la calle, pero algo muy dentro le hizo guardarlo. Era una hoja cargada de dolor, pero también de historia, y de sueños; así fuesen perdidos. La introdujo en el bolsillo del pantalón.

Enjugó sus lágrimas y continuó la búsqueda, ahora con un poco más de tranquilidad, no con aquel desmedido afán que lo había llevado a llamarla y buscarla con desaforo por aquella medianamente transitada avenida del centro antiguo de la ciudad. Ahora caminaba pausadamente por veredas y callejones. Algo muy dentro le decía que perdía el tiempo, pero insistía, se castigaba regalándose esperanzas. No se trataba de la huida cursi vendida en las telenovelas; era la realidad. No la encontraría sentada en una banqueta de la plaza más cercana, sumida en el llanto, esperando a que él la rescatase. Eso no sucedería

No obstante, volvió hasta la Plaza de Santa Ana. Lo hizo para sufrir un poco más, sentía que lo merecía. Se sentó en una banqueta, releyó la nota y rompió en silencioso llanto. No quería que nadie se percatara de su dolor o que escuchase lo que de su interior hubiese emanado si estuviera en compañía de la soledad. Puso los codos sobre las rodillas y su rostro sobre las palmas de sus manos, y allí se quedó por largos instantes, minutos convertidos en eternidad. Las lágrimas corrían por sus antebrazos. Ya el papel de la nota no lo era más, sino el pañuelo de su desdicha.

Volvió al apartamento y telefoneó a todas las amigas cercanas de Sara. Algunas no contestaron, otras no sabían nada y un par se hicieron las difíciles para responderle. Si no todas, la mayoría lo sabía. Definitivamente eran sus amigas.

No durmió, deseaba que llegara el amanecer. Se haría el enfermo y faltaría al trabajo, era algo que en su vida se había atrevido a hacer. Tomó tres tazas de negro café y se dispuso visitar a algunas amistades cercanas. Con la cara llena de vergüenza preguntó por Sara, sabiendo que al hacerlo, la noticia de su partida se iba regar como pólvora. Sólo una, que viendo la miseria que lo consumía, se atrevió a decir lo que debía ser su secreto. Sara se había ido no simple y llanamente por las razones expuestas en la nota de despedida. Había alguien más, uno que había jugado y ganado una partida donde el otro jugador no tenía idea de lo que ocurría.

La verdad se cruzó como un rayo lo hace sobre las pupilas, un escalofrío recorrió su cuerpo y su ser desfalleció en la puerta de la casa de esa amiga que se atrevió a revelar lo que muchos sabrían, pero él ignoraba. Minutos después caminaría por la vereda, con la mirada perdida y derramando lágrimas que se confundían con la gotas de lluvia que le recorrían el rostro. Muy dentro parecía entender el suplicio y aceptarlo como merecido, sin embargo algo le carcomía. Miraba su vida, cada acción, cada detalle; sentía que lo había dado todo, pero aun así, cuatro años se tiraban a la nada.

Debía encontrarla, confrontarla; no podía todo reducirse a una traición y a una fugaz y cruel despedida. Así, cuatro días después, luego de insistir con llamadas a sus amigas más cercanas, consiguió que una la convenciera de hablarle. La escuchó al otro lado del auricular, su tono de voz era suave. Él no pudo evitar romper en llanto, le compartió lo terrible que habían sido esos días, lo mal que había estado el trabajo, su vida en casa, la infausta soledad; sin embargo, ella no se quebraba, su voz era firme, buscaba levantarle el ánimo, demostrarle que lo que le ofrecía con su partida era realmente una nueva oportunidad para su vida. Ella no era lo que él necesitaba y él no era lo que ella esperaba.

Fueron quince minutos, terribles instantes. Él intentó todo lo que pudo, incluso le ofreció el perdón por la traición; no obstante, de nada sirvió, la decisión había sido tomada; la conversación se dio por terminada.

Tres días después él abandonó el trabajo, dejó de contestar el teléfono y los llamados a la puerta de sus amigos y vecinos. No fue hasta una semana después que un nauseabundo olor se apoderó del corredor del piso siete. Al abrir la puerta, allí estaba él, sobre el sofá; de sus muñecas se había escapado hasta el último aliento de lo poco de vida que le había dejado Sara.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    21 marzo, 2017

    Muy buena historia. Un abrazo Augusto y mi voto desde Andalucía

  2. Imagen de perfil de Esteff

    Esteff

    21 marzo, 2017

    Estremecedor. Me gustó mucho tu relato. Un ab razo, nos leemos.

  3. Esruza

    23 marzo, 2017

    Muy triste y desolador, desesperante, pero cuando todo se acaba, se acaba.
    Tienes mi voto desde Atenco

  4. Imagen de perfil de gines

    gines

    30 mayo, 2017

    Narrado con maestría… Felicidades, te leo.

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Abrir la barra de herramientas