La muchacha de la estación

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Algunos cambios más o menos recientes en mi vida, me obligan a moverme a diario entre dos estaciones del Miami Metrorail a horas no fijas. Sin embargo, suele haber un horario de fin de semana en el que con frecuencia estoy en el tren, lo mismo que un señor mayor acompañado de un niño el cual pareciera ser su nieto. Esta insólita pareja, tiene su parada en la terminal donde desembarco, misma en la que habitan de forma semi-permanente tres homeless. Entre ellos una chica visiblemente embarazada.

La muchacha ha construido su casa a partir de un saco de dormir, que lo mismo es cama que alfombra, sábanas para las paredes y el techo -cuando hace frío- y un carrito de supermercado que funge tanto de armario para la ropa como de despensa, igual que transporte de sus escasas pertenencias cuando muda de escenario.

El refugio se encuentra bajo techo, iluminado por bombillas amarillas, en un área de estacionamiento de la terminal, ahora en desuso. Un teléfono público cercano -uno de los pocos que aún funcionan en la ciudad-, le sirven a ella y a los otros inquilinos, como estación de carga para sus celulares. También disfrutan del Wi-Fi gratuito que ofrece el gobierno de Miami-Dade, a los usuarios del tren y sus estaciones.

El área es amplia. Hasta hace poco la mujer la ocupaba sola, ya que los otros dos individuos prefieren dormir lejos del piso -sobre sendos bancos-, en una zona un poco más cercana al trashumar humano. A mi ver, así también le ofrecen a ella cierta privacidad, puesto que vive como si la abrigaran del mundo muros sólidos. La he visto -al pasar- untarse crema humectante en las piernas, pintarse las uñas, cambiarse de ropa y arreglarse el cabello, con las improvisadas paredes dobladas cuidadosamente a su lado. No parecen molestarle los testigos de sus cotidianos performances, o ser consciente de la poca intimidad de su hogar. Incluso, los días más calientes, duerme a “cielo abierto” con el rostro sereno pintado de amarillo.

De un tiempo a esta parte, también pernocta allí un nuevo vecino. Envuelto como oruga en un capullo verde oliva, se dispone distante de ella todo lo que el ancho del espacio permite. En verdad no se si ha sido su presencia o el frío, quienes la obligaron a erigir sus paredes.

Volviendo al tren, dentro se da un diálogo entre el hombre y el niño el cual no escucho -el traqueteo de la máquina y las vías no me lo permite-, pero que por su gestualismo intuyo. Cuando faltan dos estaciones para el desembarco, el pequeño comienza a excitarse y a mostrarle al anciano lo que aparece en la ventanilla. El otro lo calma con la mano, hasta el momento en que la voz en los parlantes anuncia nuestro destino. Entonces el hombre se levanta un poco de su asiento, mete una mano en el bolsillo y saca unas monedas -después de la tercera vez de presenciar el acto, sé que las trae preparadas- que deposita en la mano anhelante del pequeño, quien responsablemente las aprieta.

Al llegar a destino, apenas superados los tres tramos de escaleras que nos llevan a la calle y abiertas las puertas con el abracadabra magnético de nuestras tarjetas, el niño echa a correr hasta el lugar donde La Muchacha de la Estación -este es su nombre artístico-, se halla sentada devorando una sopa de lata sin calentar. Él deposita con gran gesto las monedas sobre la colchoneta-sombrero-gigante de la performista. Ella devuelve una sonrisa sin brillo y un mudo gracias, en visible mal inglés. El abuelo pasa sin mirar, llamando al muchachito por un nombre que hace eco en el espacio.

Los miércoles, realizan un pequeño mercado popular frente a las puertas de acceso al exterior de la terminal. Allí he sido testigo, del tercer acto de esta pieza sin autor, cuando La Muchacha de la Estación compra pan de zanahoria y algunas manzanas.

Comentarios

  1. GermánLage

    9 marzo, 2017

    Hermoso relato, Mariana; humano y entrañable.
    Mi cordial saludo y mi voto.

  2. Mariana

    9 marzo, 2017

    Gracias Germán, tú siempre el primero. Gracias!

  3. Estefania

    9 marzo, 2017

    Hermosísimo, tierno, estremecedor. ¿Sabes eso que dicen: se me queda algo atorado en la garganta? Eso es lo que he sentido cuando he leído al inocente niño dejándole unas monedas a la chica. Cruel realidad.

  4. Mabel

    9 marzo, 2017

    ¡Qué belleza! Un abrazo Mariana y mi voto desde Andalucía

  5. diáfano

    12 marzo, 2017

    Me encanta la forma en que contás tus historias…hermoso leerte. Saludos!

  6. veteporlasombra

    27 marzo, 2017

    Qué bien contado, Mariana, y qué honda historia. Me alisto a la legión de tus seguidores. Un saludo…

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