PAULA. 5
Los Astros, la Divina Providencia o todos los Santos, no sabía por qué opción decidirse, parecían estar intercediendo para dar un vuelco de 180 grados a su vida, sobre todo en lo referente a su vertiente sentimental.
Desde el té con Martín, había habido varias charlas más o menos productivas con él, aunque ninguna tan intensa como la llamada telefónica del sábado 23. La excusa era felicitarle la Navidad, “llamándote un día antes seguro que soy el primero” pero habían charlado animadamente sobre sus agendas respectivas durante esos días de asueto. “Me prometiste ayudarme en las dificultades, Sonrisa”.
La respuesta de Paula no pudo ser más reveladora, “finalmente nos quedamos estas fiestas, así que podemos vernos cuando quieras”, además de pedirle que no la llamara Sonrisa, en un tono casi infantil, aunque realmente le encantaba pues la hacía sentir especial.
La bomba había caído el jueves por la tarde. Papá había anunciado que solamente podrían “subir al pueblo” algunos días de la semana de Reyes, aunque aún no podía confirmar qué días, pues le había surgido un encargo que le garantizaba, en principio, trabajo hasta Año Nuevo. “No están los tiempos para ir dejando pasar oportunidades” como era este caso, una adecuación de albañilería que le habían encargado al padre de Yoli y éste necesitaba dos brazos más. Además, le pagaría en negro.
Sus hermanas se apenaron bastante e intentaron reorganizar las vacaciones, pues querían cambiar de aires, proponiendo irse solamente las cinco mujeres de la casa. Pero antes de que Paula tuviera que excusarse en exámenes o un montón de trabajo, Mamá dejó claro que “Papá no se va a quedar solo en un momento en que nos necesita a su lado”. Hubo quejas, discusiones e incluso algún amago de rebeldía, pero Mamá era mucha Mamá en aquella casa y se hacía lo que ella decía. ¡Tema zanjado!
Si el jueves le había costado dormir, con el estómago lleno de mariposas, el sábado lo pasó flotando. Habían quedado para el miércoles 27 por la mañana en una cafetería cercana a la universidad. Paula con sus apuntes, libro y todo el conocimiento que podía albergar su cerebro, que era mucho. También aportó nervios, muchos nervios. Por quedar con Martín, por no estar a la altura de lo que él esperaba, por transmitirle mal algún conocimiento, por meter la pata, por… no gustarle.
Como siempre, ella llegó primero. La verdad es que llegó casi 20 minutos antes, pero no entró en la cafetería. Iba a hacerlo, pero se sintió ridícula. El camarero la vería esperando durante una eternidad, notaría su ansiedad y de algún modo podría transmitírsela a Martín. Dio un par de vueltas a la manzana, paseó por un parque cercano intentando mitigar su nerviosismo, hasta que entró. Faltaban cinco minutos para la hora acordada.
Él llegó tarde, más de quince minutos, pero le bastó abrir ligeramente los labios y sonreír para que Paula no se lo tuviera en cuenta. Llevaba una bufanda gris con rallas negras anudada al cuello, una chaqueta Napapijri sin mangas azul marino y unos tejanos gastados Tommy Hillfiger. Los zapatos de sport, marrones, eran Bikkemsberger. “Me alegro mucho de haber quedado contigo, Sonrisa” fue su carta de presentación, mientras se quitaba la chaqueta para colgarla en el respaldo de la silla y se sentaba. La camisa azul cielo era La Martina. Paula se derritió.
Durante una hora estuvieron comentando el temario de Hacienda Pública. La verdad es que Martín no era un buen alumno de repaso. Cambiaba de tema constantemente y no podía disimular lo poco que le gustaba la asignatura. A ella tampoco le apasionaba, pero “el que algo quiere, algo le cuesta” repetía día sí, día también su madre. Obviamente no se lo dijo a Martín, la hubiera visto como una idiota.
Pero lo que recordaría toda la tarde Paula fue el momento en que Martín se la quedó mirando fijamente, haciendo latir su corazón a triple velocidad, alargó su mano y apartó un mechón de cabello finísimo de la comisura lateral de sus labios. “Nada debe tapar tu sonrisa”.
Si no fuera una mujer con un sentimiento de la responsabilidad muy estricto, si no fuera una joven acostumbrada a controlar sus reacciones, o si no fuera tan tímida, en ese mismo instante se habría abalanzado sobre Martín para besarlo con toda la pasión que su corazón le demandaba. Pero no lo hizo.
Vanesa. 5
Solamente había una cosa que sentía haber hecho bien respecto a su encuentro con Ayala. No comentar nada con sus amigas.
Paula habría puesto el grito en el cielo y le habría recriminado su falta de madurez. Yoli habría considerado que estaba rematadamente loca por querer “liarse con un viejo”. Vero la habría llamado tonta por enamorarse, con el agravante de hacerlo de un profesor.
Así que no tenía con quien sincerarse, buscando un consuelo que esperaba que la ayudara a pasar el mal trago, que levantara su ánimo y le diera razones para seguir caminando.
Tampoco podía explicárselo a su hermano. Aunque con él tenía una buena relación, le daba vergüenza y sabía que acabaría por juzgarla. No lo haría con mala intención, pero sería así, seguro.
Así que cruzó el desierto sola. Deambuló por la facultad durante la última semana del trimestre, saltándose todas las clases que le parecieron prescindibles, que fueron muchas.
No le apetecía salir por ahí por lo que se recluyó en su mundo. Sus amigas la convocaron a salidas, fiestas e incluso juegos. Pero no hubo manera. Por primera vez en tres años faltó a la Fiesta de Navidad que organizaban los estudiantes de la Facultad de Arquitectura y que cada año se superaba.
Vero fue la única que se dio cuenta de cuál era el problema de su amiga, pero no se lo dijo. Simplemente le ofreció un hombro en el que apoyarse. Nunca entendería como una tía podía dejarse arrastrar por los suelos por un hombre, pero tenía muy cerca el ejemplo de su madre, así que tampoco quiso juzgarla.
Vero pasaría las vacaciones de Fin de Año a Reyes en París, con su padre y Marianne, y tan sólo tendría la semana de Navidad para pasar con ella. Al principio Vane la rechazó, prefería estar sola, pero acabó sucumbiendo a los encantos de su amiga que antes de acabar la semana logró meterla en un local de moda que hacía poco que habían inaugurado en la zona del Puerto y en el que le habían dicho que los camareros estaban bastante buenos. Las camareras también lo estaban, pero a ella eso no le importó. Vero directamente las ninguneó.
Aquella noche Vanesa siguió la máxima “un clavo quita a otro clavo” y, persuadida por su amiga, se tiró a un chaval que no estaba mal. No, para ceñirnos más a la realidad, se dejó follar por un tío que no estaba mal.
De lo que Vanesa no se dio ni cuenta es que Vero tonteó con todos los chicos que les entraron, hasta que aparecieron los dos que respondían al perfil de estamos lo suficientemente buenos, os podemos invitar a cuantas copas deseéis y tenemos un buen coche cerca, pues ella también pensaba acabar la noche acompañada.
Yolanda. 5
Su primera decisión para lograr rehacer el grupo fue tender puentes. A Sergio lo tenía en casa y podía decirle lo que fuera, por duro que sonara, sin que éste pudiera evitarla. Como mucho, la mandaría a la mierda, pero entre hermanos, estas trifulcas suelen durar horas o, en el peor de los casos, días.
El segundo puente ya estaba construido, así que no tuvo que esforzarse mucho. July tenía tanto interés como ella en solucionar las cosas. Así que él sería la columna central que sostendría la estructura del edificio. Los cimientos.
Adán era el duro de pelar. No porque fuera el más terco, pues ese premio se lo disputaba con su hermano, sino más bien porque a un carácter fuerte unía la propiedad de la razón. Analizando las últimas discusiones que había tenido con Sergio, más de la mitad se habían debido a una especie de lucha de poder que su hermano se había negado a perder, como si reconocer un acierto de un hipotético rival supusiera ceder.
Pero paradójicamente, Adán tenía una debilidad: era el eslabón más frágil de la cadena. Father’s Cove había funcionado casi dos años con solamente tres miembros y se las habían apañado más o menos bien. La verdad es que no tan bien, pero habían compuesto y actuado. Era cierto que Adán había aportado aquel plus de calidad que les había permitido dar un salto de bastantes peldaños. Pero en el peor de los casos, Yolanda se dio cuenta de que era una pieza prescindible. O mejor dicho, sustituible.
Cuando le contó su plan a July, éste la miró trastornado, asustado e incluso se puso medio histérico. “¿Te has vuelto loca?” fue lo más suave que le dijo. Pero Yolanda necesitaba resucitar el grupo de música, quería mantenerlo vivo, idealmente integrado por los cuatro miembros actuales. Todos tendrían que ceder un poco y, estaba convencida, si Adán se veía fuera, acabaría por aflojar el pulso.
Con Sergio el plan era otro. Cantarle la caña, sin ambages ni medias tintas, reconociéndole su valor en el liderazgo del grupo, pero obligándolo a compartirlo con los demás miembros. Sobre todo con July, porque, a ojos de Yoli, él era el auténtico líder. Sergio y Adán eran capitanes o comandantes, no sabía qué pues no conocía el orden ni el peso de cada grado en la cadena de mando militar. Pero general solamente había uno.
Verónica. 5
Siempre consideró que su familia era atípica, o al menos, que no era como a ella le hubiera gustado que fuera. Posiblemente por ello, sus tres amigas también eran su familia. Una familia con la que mantenía unos lazos emocionales, a menudo, más estrechos que con sus padres.
Vero lo sentía así. De otro modo, no se habría metido en aquel coche dos días antes de Fin de Año, ni se habría dejado meter mano por un tío que siendo guapo no le pareció nada del otro mundo y mucho menos, se hubiera dejado follar por él en el asiento trasero de su coche, por más que se tratara de un Audi A3.
Seguramente el tío creyó estar pegando uno de los mejores polvos de su vida, atendiendo al monumento de piba a la que se estaba beneficiando y a que la tenía en cuatro dándole tanta caña como podía.
Vero, en cambio, tenía otra óptica completamente distinta. Estaba allí haciéndole un favor a su amiga Vanesa, como dando ejemplo, así que se dejó hacer poniendo lo justo de su parte. Cuando el tío se sacó la polla y le pidió que se la chupara, se negó, “eso no lo hago”, mintió. A cambio, prefirió darse la vuelta y decirle que esa era su postura favorita, “como una perra”, acompañada de la mirada más sucia que fue capaz de mostrar. Tal como ella esperaba que sucediera, el chaval se la endiñó a toda pastilla, súper excitado, soltando tantas guarradas e insultos como se le ocurrieron, lo que provocó que el pobre idiota llegara al orgasmo en pocos minutos. ¡Joder, qué simples son los hombres y qué fácil es llevarlos por la senda que una quiere!
París en Fin de Año le pareció una ciudad aún menos romántica de lo que le había parecido la primera vez que la visitó. No se lo confesó a Marianne, que evidentemente pensaba lo contrario, pero ese adjetivo no era el primero que le venía a la cabeza cuando se dejaba llevar por sus calles, visitando museos o monumentos, disfrutando de su gastronomía, aspirando su amplia variedad de olores. Imperial la definiría mejor. Orgullosa de sí misma también se ajustaba a su sensación. Aunque en algunos barrios, su mirada escrutadora vio una capital decadente, despojos de un gran imperio.
Aunque Marianne había nacido en Barcelona la familia de su madre era originaria de una pequeña ciudad al oeste de París llamada Saint Cyr L’Ecole. Muy cercana a Versailles, se trataba de un pueblo grande aún tranquilo que alberga una gran academia militar y un pequeño aeródromo como centros de interés más importantes.
La familia política, con la que compartieron la verbena, era muy amable e hizo lo imposible para que se sintieran en casa. De allí, cuatro días en París los tres solos mientras las dos jóvenes mujeres pedían y pedían y papá pagaba y pagaba.
Agradeció que su padre hubiera reservado una habitación individual para ella sola. No quería sentirse carabina por las noches y necesitaba mantener un espacio vital, propio, en el que desconectar de tanta familia.
Aquellas vacaciones a orillas del Sena sirvieron para que Vero confirmara unos cuantos hechos. Por un lado, que su madrastra seguía locamente enamorada de su padre. Nada parecía haber cambiado entre ellos después de casi tres años de relación.
En segundo lugar, su padre parecía tener suficiente con Marianne. No lo descubrió ni una sola vez mirando a otras mujeres, ni que fuera de reojo. Pero conociéndolo, no sabía si se debía a que realmente había encontrado una mujer con la que compartir el resto de sus días o que el hombre estaba actuando espléndidamente para evitarse broncas con su hija. Aunque también cabía la posibilidad de que se estuviera haciendo viejo.
Otro tema que confirmó aquella semana fueron sus desmedidas necesidades de volar sola. La semana de Navidad, en casa, había sido tranquila pues Juan Carlos tenía a mamá entretenida y Vanesa no era una carga. Pero, ¿cómo habría sido la semana en París si hubiera ido sola? Apasionante, intensa, excitante, loca. Plena.
Sólo necesitaba a papá para pagarle los caprichos y para eso no hacía falta que la acompañara. Bastaba con una tarjeta de plástico con la banda magnética activada.





Esteff
Ando expectante por saber qué les pasará!!! Me da que a la hora de la intimidad las apariencias engañan….a ver qué pasa. Te espero.
Mabel
¡Me dejas intrigada! Un abrazo Xavi y mi voto desde Andalucía
Luis
Buena historia, a Portada, saludos Xavi!