El ángel de la guarda

Escrito por
| 57 | 4 Comentarios

EL ÁNGEL DE LA GUARDA

una novela de ramiro fdez.

http://www.lanzanos.com/proyectos/el-angel-de-la-guarda/

 

 

PROLOGO

Alicia no era nada.

Casi podría decirse que no era nadie.

Alicia no era guapa.

Alicia no era alta.

Alicia no era delgada.

Alicia no era especialmente simpática.

Alicia era blanca, transparente, insignificante.

Alicia siempre tuvo la sensación de no llamar la atención.

Y, en realidad, así era.

Esta es la historia de cuando dejó de serlo.

PRIMERA PARTE:

La historia de la pobre Alicia

1.01

Son las nueve y media de la noche. Las gemelas ya están bañadas y con el pijama puesto. Juegan en la cama mientras esperan que vaya a contarle un nuevo cuento, como cada noche.

Están preciosas con sus ricitos rubios, el pelo aún húmedo y su pijama nuevo con dibujos de ositos.

Cuando finalmente entro en su habitación se sienta cada una en su cama y me miran con ojos intrigantes: esperan su regalo por haberse portado bien durante la cena, tal y como les prometí.

A ver, niñas, les digo: hoy quiero explicaros una historia, pero una diferente. ¿Y sabéis por qué? Porque esta es real.

Ambas me observan con gran interés y una mirada intensa.

Otras que os he contado, continúo, eran imaginadas, fantásticas; algunas incluso me las explicó mi madre cuando era pequeña como vosotras. Esta es diferente porque ocurrió de verdad, punto por punto, tal como os la explicaré. No es una gran historia, es pequeña, transparente, que casi pasó inadvertida. Pero recordad una cosa: las grandes historias están formadas por muchas pequeñas.

Y esta es una de ellas.

Lo primero que os explicaré es que ocurrió en nuestro pequeño pueblo, en el que vivimos.

Por eso muchas de las circunstancias o de los lugares que aparecerán en ella los conoceréis de primera mano.

Sabéis tan bien como yo que no es el pueblo más bonito del mundo, pero también sabéis lo mucho que hemos llegado a quererlo.

Tiene unos inviernos fríos como el témpano, y sabéis que, después, el verano es todavía peor; pero es nuestro pueblo, y lo queremos, ¿verdad?

Ambas asienten, con los ojos bien abiertos, sin despegar su mirada de mí.

En los muchos años que transcurren a lo largo de la historia que os voy a explicar esta noche, nuestro pequeño pueblo apenas ha cambiado. Su población ha sido bastante estable, rondando siempre los dos mil habitantes. Y como todo pueblo que se precie, tiene su plaza mayor, su biblioteca y un pequeño paseo donde van a caminar todas las madres con sus cochecitos. Infinidad de veces os he llevado a vosotras y habéis jugado entre sus árboles, ¿verdad?

Con los años, también le llegó su momento a la piscina, reclamada durante muchos años. Vosotras la conocéis bien. Veo vuestras sonrisas pícaras y sé que es así.

Se miran entre sí y sonríen a la par.

La carretera principal recorre el pueblo de una punta a la otra. Muchas de sus calles huelen todavía a la historia que hay tras ellas, con la piedra original con que se construyeron. Muchas de sus casas, esas mismas a las que habéis ido a jugar con vuestras amigas, están igual que cuando se construyeron, hace ya más de cien años.

Y en su plaza mayor, la iglesia, con ochocientos años de historia y varias remodelaciones a sus espaldas.

Podéis recorrer nuestro pequeño pueblo de punta a punta caminando, como hemos hecho en alguna ocasión, y no tardaríais más de dos horas. Aquí todo el mundo se conoce entre sí. Es la típica población de interior, de casas bajas y antiguas, mercado el primer domingo de cada mes y las mujeres sentadas en sus sillas de playa en la puerta de casa las noches de verano, mientras se ponen al día de las nuevas noticias.

En realidad, casi nada ha cambiado.

Pero todo esto, ahora no es importante. Lo iréis descubriendo con la historia.

Y esta empieza ya.

Alicia, la protagonista de nuestra historia, nació un veintinueve de febrero de un año, obviamente, bisiesto. Fue el único hecho en su vida que se salió de la más absoluta normalidad. No es que fuera extraño nacer un veintinueve de febrero, aunque dicho día solo exista una vez cada cuatro años y, sin embargo, Alicia cumpliera años cada doce meses.

Sus padres se llamaban Antonio, con cuarenta y dos años en el momento de nacer Alicia, y Pilar, de treinta y tres.

Dada la fecha que eligió nuestra protagonista para nacer, sus padres creyeron que lo mejor sería celebrar su cumpleaños el uno de marzo. Le explicaron, aún niña, que era como un día más del mes anterior. Pero Alicia no lo entendió nunca.

De hecho lo único que le importaba era celebrar su cumpleaños como cualquier niña más.

El pequeño hospital de la maternidad que la vio nacer apenas tenía cabida para tres parturientas. Sin embargo, aquel día su madre estuvo sola en toda la planta; está visto que pocos bebés deciden nacer en un día tan insólito.

Sus padres tuvieron que coger el autobús el día anterior, pues ya sabéis que en nuestro pequeño pueblo no tenemos hospital, como tampoco lo había entonces. Tuvieron que dejar a Maribel, con dos años de edad, con los abuelos.

Pilar se las vio y se las deseó durante las doce horas de parto que tuvo que soportar para traer a la vida a la pequeña Alicia.

Al día siguiente los abuelos acudieron al hospital para ver a su nueva nieta, henchidos de orgullo.

Cuatro días después Antonio y Pilar tomaron el autobús de vuelta, con Alicia en brazos. Pilar se resentía del largo parto, le dolía gran parte del cuerpo, pero su rostro era la misma imagen de la felicidad. En el pueblo, sus abuelos y su hermana les esperaban en la parada del autobús, acompañados por un grupo de vecinos que, conocedores del nuevo advenimiento (imposible no saberlo en un pueblo tan pequeño), les esperaban para ver a la recién nacida.

Cuando Pilar bajó del autobús con su nueva hija en brazos, los aplausos y los vítores de los congregados ensordecieron la plaza mayor, lo que provocó que muchos se asomaran a la ventana o al balcón para ver qué sucedía. En pocos minutos el pequeño tumulto se convirtió prácticamente en un mitin político dado el número de congregados. Algunos coches tuvieron que recular y dar media vuelta para cruzar el pueblo, ya que muchos de los vecinos ocuparon la carretera principal sin la menor preocupación.

Alicia vivió siempre en la misma localidad y gran parte de su vida en la misma casa, situada en el número cincuenta y uno de la carretera principal que cruza el pueblo.

Era una casa vieja que había sufrido varias remodelaciones. Techos altos, difíciles de calentar en invierno, y una terraza trasera desde la que se veían los pocos coches que, por aquel entonces, cruzaban el pequeño pueblo.

Tenía dos plantas. En la planta baja, la cocina, el comedor, un pequeño lavabo y un trastero donde reinaba el más absoluto caos. En la planta de arriba, un lavabo más grande y las habitaciones, incluida la de Hemeterio y María, que vivían con ellos.

Había veintidós escalones desde la planta baja a la primera planta, escalones que Alicia contó cientos de veces durante su infancia.

Los primeros meses de vida de Alicia fueron un ir y venir de casa a la frutería y viceversa. Pilar no tenía ni cinco minutos de descanso en todo el día entre la casa, la niña y ayudar en la tienda. No olvidéis que entre ella, su marido, sus dos niñas y los abuelos eran seis desayunos, seis comidas y seis cenas que preparar, servir, recoger y fregar. A eso, añádele ropa para lavar, suelos que fregar y un bebé de apenas unos meses, que por sí solo daba trabajo para casi todo el día.

Diez meses después, casi sin tiempo para descansar, Pilar estaba de nuevo de parto. Alicia apenas gateaba cuando llegó Paloma a casa.

Antes de casarse sus padres habían decidido tener tres hijos. Tras el nacimiento de Alicia, pensaron que era mejor rematar la faena lo antes posible y superar esa fase de su vida.

Pilar se encontró con dos bebés llorando y hambrientos, colgados de sus pechos cada tres horas, y una hija que no había cumplido aún los tres años, pero aceptó la situación sabiendo que sería temporal.

Apenas a quinientos metros se encontraba el paseo, donde las tres hermanas iban todas las tardes a jugar con el resto de sus amigas del colegio, bajo la atenta mirada de Hemeterio, encantado de poder disfrutar el máximo tiempo de sus nietas.

Los hombres descansaban en la terraza de un bar situado en una pequeña plazoleta al final del mismo paseo, jugando la clásica partida de mus. A diferencia de ellos, las madres se sentaban en la puerta de alguna vecina, haciendo corrillos y comentando los últimos cotilleos de la semana.

Hemeterio y María vivieron su juventud en sendas granjas situadas a las afueras, rodeados de tierras, bosques y un criadero de cerdos que gestionaban ambas familias en común, motivo por el cual desde siempre se supo que ambos, como hijos únicos de ambas familias, estaban condenados a acabar juntos.

Y así lo hicieron. Pero cuando unieron sus vidas en matrimonio, decidieron que no querían la misma vida que sus padres, y se fueron a vivir al centro del pueblo, y allí abrieron la frutería, que supuso muchos años de esfuerzos y largas jornadas laborales, pero, al menos, su calidad de vida había mejorado un cien por cien en comparación con la vida en el campo. Durante casi medio siglo, aquella fue su vida.

Pero su avanzada edad les obligó a traspasar el negocio a su hijo, que de esta manera pasó de empleado a jefe, aunque no tuviera a quien mandar.

Y entre Antonio y Pilar gestionaban la frutería, para tenerla abierta todo el día.

Pilar vigilaba a sus tres hijas desde el escaparate de la frutería, en los pocos momentos que tenía libres al cabo del día.

A pesar de la precaria economía familiar, nunca les faltó de nada, aunque todo con modestia y humildad.

Maribel, la hermana mayor, fue siempre la más independiente de las tres. Tal vez se debió a que fue la que se desarrolló a más temprana edad y la que antes comenzó a moverse entre chicos.

Sin embargo Paloma, la pequeña, fue siempre la más débil; seguramente por ello fue la preferida de mamá.

Alicia, como hermana intermedia, siempre pasó inadvertida. Nunca llamó la atención ni provocó la más mínima preocupación en sus progenitores: sacaba buenas notas en el colegio (nunca excelentes, algún notable, y casi siempre bienes, que eran su especialidad), acataba las órdenes de mamá sin rechistar (como cuando le colocaba la muda limpia sobre la cama y Alicia no tenía más que ponérsela; de adulta, sería una de las cosas que más añoraría de su infancia), comía lo que le servían en el plato y nunca dejaba nada.

Para eso, la peor siempre fue Maribel, que ni un día de su vida dejó el plato limpio ni cumplió una orden de sus padres a la primera. Paloma pataleaba a menudo, pero siempre acababa imitando a Alicia, asustada por los gritos que recibía Maribel.

La regla imperante en todas las facetas de Alicia era la normalidad, una “buena hija” a la que todos querían.

Pero, como hemos dicho, sus dos hermanas no eran como ella.

Maribel siempre fue la más obstinada vistiendo. A muy temprana edad (apenas catorce años recién cumplidos) ya tenía novio. Esto hizo que la mayor de las tres hermanas se convirtiera en el gran problema de sus padres, quienes intentaron de todas las formas posibles tener un control estricto y diario de sus entradas y salidas, con resultados bastante desiguales.

Maribel siempre odió el lugar donde vivía y culpaba a sus padres por ello, por ni tan siquiera tener la más mínima voluntad de salir de aquel agujero, como ella siempre lo llamaba.

En cuanto tuvo edad suficiente para ir con chicos que ya conducían desaparecía días enteros, y siempre lo más lejos posible de allí.

Paloma, con apenas once años de edad, muchas noches, al acostarse, preguntaba a su madre por Maribel. Esta, superada por la situación, a menudo rompía a llorar.

Cuando Paloma ya dormía, Alicia oía las discusiones de sus padres desde la cama. El nombre de Maribel siempre aparecía por medio. No entendía lo que sucedía. Lo único que sabía es que no quería ser como su hermana mayor. Nunca.

Cansada de aquella situación, Maribel, a dos semanas de cumplir los dieciocho años, abandonó el domicilio paterno.

Las tres hermanas solo volvieron a estar juntas para el entierro de sus abuelos, seis meses después.

El problema de Paloma fue los estudios. Desde el primer día fue mala estudiante y siempre traía suspensos a casa, hasta que, con dieciséis años, empezó a trabajar en un supermercado del pueblo, propiedad de un amigo de la familia.

No es que fuera mala chica, que no lo era, pero Paloma sabía que no había nacido para estudiar y, por más ahínco que le pusiera, jamás pasó de un cinco raspado. A menudo dedicaba más horas al estudio que la propia Alicia.

Sus padres la tuvieron a prueba durante un mes en la frutería, pero la chica era un desastre y el negocio no daba para tres sueldos. Paloma, joven pero consciente de la situación, encontró trabajo en el supermercado, a través de una amiga de clase que también había dejado los estudios recientemente. Si tenía que trabajar, prefería hacerlo lejos de la familia.

Paloma solo tenía una ilusión en la vida: casarse. Las películas que veía en televisión siempre giraban en torno al mismo tema. A menudo hablaba de cómo sería el día de su boda, con toda serie de detalles.

Resumiendo: Alicia se encontró en una situación de absoluta transparencia, de absoluto anonimato, si puede decirse esto de una hija. Traía buenas notas, los chicos no se le acercaban más que para pedirle los apuntes de clase y llegaba puntualmente a casa, siempre bien vestida y bien peinada.

Alicia jamás pensó que sus padres la quisieran menos o le prestaran menos atención. Sencillamente, no la necesitaba. Siempre se valió por sí misma.

Desde muy corta edad, los domingos por la mañana fue el día de la visita semanal a la iglesia.

Acudir a misa era un acto social muy respetado en el pequeño pueblo. No asistir un solo domingo significaba levantar todo tipo de rumores.

Para Alicia, representaba la familia al completo, donde contaba con la total atención de sus padres. No podía pedir más.

Pilar guardaba las mejores ropas para ese día y, durante casi una hora, se dedicaba a vestir a sus hijas como si fueran muñecas de porcelana. Para sus dos hijas pequeñas, era un día especial, una pequeña fiesta donde mostraban sus mejores galas y veían a todas sus compañeras de clase.

La hija mayor era otro cantar. A menudo significaba graves discusiones que acababan con Maribel arrastrada literalmente del brazo de camino a la iglesia de la plaza Mayor. Maribel, desde bien pequeña, siempre mostró una clara obstinación tanto a ponerse la ropa que su madre elegía para ella como a mantener un silencio absurdo durante más de una hora, rodeada por toda aquella gente que para ella resultaba absurda.

Con trece años, la situación llegó a tal nivel que su padre, harto de tantas discusiones, le dejó elegir y, obviamente, Maribel eligió no ir más a misa, por lo cual a menudo se quedaba sola en casa o salía por el pueblo con sus amigas, y con la ropa que ella había decidido ponerse.

Cuando, cada domingo, a las diez de la mañana, Alicia y su hermana pequeña salían dirección a la iglesia, cogidas de la mano de sus padres, con prisas porque siempre salían tarde, nuestra protagonista observaba con tristeza a su hermana mayor, sola en casa, y no entendía el porqué de la situación.

En el futuro, sería el único sentimiento que tendría al recordarla.

Alicia estudió en un colegio de monjas.

Al llegar al instituto, la vida de todo joven sufre un buen número de alteraciones, tanto físicas como emocionales. Alicia no sufrió ninguna de ellas.

En cuanto a las físicas, tuvo que esperar hasta los dieciséis para que su cuerpo le recordara que era una mujer. Ello supuso varias visitas al médico, acompañada por una madre preocupada, que veía cómo los años pasaban por su hija y su cuerpo no reaccionaba. Esto no es normal, le oía decir a su madre cuando, de vuelta de la visita, hablaba con su padre. Él médico dice que sí, pero yo sé que no. Por algo soy su madre. Alicia no entendía el porqué de tanto revuelo.

En realidad, sí sufrió una alteración física: los ocho minutos más de camino que le supuso el cambio de edificio al empezar el instituto.

En cuanto a las emocionales, como no hubo cambios circunstanciales (de casa al colegio y del colegio a casa), no hubo alteración alguna. Los chicos, sencillamente, no existían en su mundo.

Fue al poco de cumplir los dieciséis cuando su cuerpo pareció reaccionar. Se presentó ante su madre tras volver precipitadamente del parque con toda la falda manchada de sangre, terriblemente asustada y sin entender qué le estaba pasando. La confusión de Alicia fue aún mayor cuando vio la absoluta felicidad reflejada en la cara de su madre. ¡Ay, madre de Dios! ¡Por fin!, no dejaba de repetir, feliz como pocas veces en la vida, mientras abrazaba a su hija sin darle más explicaciones de lo que le estaba ocurriendo.

Al final, y tras una ducha, su madre le explicó en poco más de dos minutos lo que aquello significaba. Alicia, por supuesto, no entendió casi nada, pero aprendió que, de ahora en adelante, tendría que controlarlo. Y usar compresas, claro.

Su cuerpo empezó a sufrir ligeros cambios, sus hormonas comenzaron a alterarlo todo, pero Alicia lo vivió y lo sufrió en silencio, sin una madre cercana con quien poder hablarlo y que le explicara lo que estaba ocurriendo en su cuerpo. Su madre daba por buena la explicación del primer día.

Eran otros tiempos.

Sí, empezó a salir alguna tarde con las amigas del instituto, pero jamás se le ocurrió ni preguntar si podía llegar a casa más tarde de las diez de la noche. Ella misma marcaba sus límites, ella misma cerraba el cerco.

Y poco a poco, sus amigas empezaron a conocer chicos.

Lentamente, se fueron formando las parejas habituales de la juventud.

Chica conoce chico, y chica desaparece de tu vida, como si nunca hubiera existido.

Con el tiempo, llegó el día en que Alicia se encontró sin ninguna amiga a quien poder llamar cuando tenía algún problema, sin ninguna amiga con quien salir el sábado por la tarde.

No le importó especialmente. En cierta forma, lo consideró algo normal: los chicos no se le acercaban, y por supuesto, ella tampoco iba a hacerlo. No tenía prisa: ya llegaría el chico adecuado. Entonces, disfrutaría de todo aquello que ahora no estaba a su alcance.

Alicia siempre supo que seguiría estudiando, aunque no sabía qué. Veía a su hermana pequeña y sabía sobradamente que aquello no era lo que quería para ella.

Y cuando llegó el momento de decidir qué estudiar, seguía sin saberlo.

Una tarde de domingo, se sentó con sus padres en la cocina de casa para pedirles consejo, pero ellos estaban ocupados con una elevada factura de luz que había llegado, y ambos culpaban al otro de haberla ocasionado.

Finalmente, decidió estudiar administrativo. No era lo que ella quería, pero tampoco sabía lo que quería. Era una solución razonable, práctica y con fácil salida laboral.

Se levantaba cada día a las cinco de la mañana para coger el tren de las seis y veinticinco. Las clases empezaban a las ocho de la mañana.

Se pasó tres años así, tren arriba y tren abajo, repasando los apuntes en las largas horas de ida y vuelta.

Le habría encantado poder coger un piso en la capital con sus amigas, y poder ahorrarse tantos viajes. Sus amigas siempre se lo decían, la invitaban a fiestas a las que nunca podía acudir…, pero todo aquello superaba su pequeña mentalidad de provincias.

La primera experiencia sexual de Alicia —o mejor dicho, el primer intento de Alicia de tener una experiencia de tal tipo— fue de todo menos placentera. Realmente, no fue nada.

Se llamaba Iván. Tenía veinte años, uno más que Alicia.

Lo conoció en la estación de tren. A pesar de lo temprano de la hora, siempre estaba en la estación diez minutos antes.

Alicia aprovechaba hasta el último minuto para repasar los apuntes del día anterior. Esos diez minutos de espera antes de la llegada del tren no eran una excepción.

Iván se fijó en ella desde el primer día. Pero como Alicia parecía no percatarse de su presencia, su timidez le impidió dar ningún paso.

Un día se sentó frente a ella en el vagón. Pero todo lo que consiguió fue una ligera sonrisa de Alicia cuando sus pies chocaron por error al levantarse del asiento.

Pasó una semana más y aquella chica no parecía dar ninguna señal.

Por eso, al final, decidió dar el paso y entablar una conversación con ella.

Se encontraba sentado de nuevo frente a ella en el vagón del tren.

– ¿Qué estudias?

Alicia levantó la mirada de sus apuntes, como si no supiera quién le hablaba.

A decir verdad, lo sabía muy bien.

Alicia llevaba días observando a aquel chico tan mono que cogía el tren a la misma hora que ella. Sabía que él no le quitaba los ojos de encima, pero veía cómo la timidez del muchacho no le dejaba entablar una conversación. Por eso, en varias ocasiones, se las ingenió para que él se sentara frente a ella.

Afortunadamente, después de casi tres semanas, él se aventuró a preguntarle por sus estudios.

A partir de aquel día, se sentaron juntos todos los días en el tren. Alicia se sentía cómoda a su lado. Iván era mayor que ella, tenía el cuerpo completamente desarrollado y le sobrepasaba un palmo de altura.

Cuando llegaba a la estación, Iván ya estaba allí, esperándola, y le hacía una señal para que se sentara junto a ella en el andén.

Dos semanas después, Iván le cogió la mano mientras esperaban la llegada del tren. Alicia no la soltó. Iván la miró a los ojos, para ver su reacción. Ella, simplemente, le sonrió.

A partir de aquel día sus manos permanecieron unidas el poco tiempo que pasaban juntos.

Llevaban un mes tomando el tren cogidos de la mano. Alicia sentía cierta intranquilidad: le preocupaba que algún conocido pudiera verla y la noticia llegara a oídos de sus padres, lo cual podría resultar una absoluta catástrofe. Iván se mantenía firme en su actitud y no había intentado pasar a mayores. Por eso, Alicia no sabía muy bien a qué atenerse: ¿Eran amigos? ¿Eran novios? Novios no podían ser, porque no hacían cosas de novios. Pero los amigos tampoco se cogen de la mano, ¿verdad? Por eso, no sabía muy bien cómo enfrentarse a la situación. Esperaba que Iván, en un momento u otro, tomara la iniciativa en un sentido o en otro.

Y ese día finalmente llegó.

– ¿Quieres que te lleve en el coche?

Se habían saltado la última hora de clase para poder estar juntos unas horas más. Al volver en el tren, Iván le hizo el ofrecimiento. Alicia desconocía incluso que él tuviera coche, por lo que la pregunta le sorprendió. No veía clara la situación, pero confiaba plenamente en Iván.

No tomó el camino de casa, pero Alicia no se sorprendió. Condujo por un camino que les llevó hasta el puente por el que transcurría el tren y que quedaba oculto a vista de todo el mundo. El clásico lugar, como hay uno en todos los pequeños pueblos, donde acababan todas las parejas. Pero Alicia no lo sabía.

Una vez allí, Iván paró el coche y, sin mediar palabra, acercó su cara a la de Alicia y la besó. Ella, obviamente, no opuso resistencia. Sabía lo que iba a ocurrir y quería que ocurriera. Tomó la cara de Iván entre sus manos mientras sus labios se fundieron en un beso sin fin.

El problema (siempre hay uno, ¿verdad?) vino cuando las manos de Iván empezaron a moverse arriba y abajo a lo largo del cuerpo de Alicia. En un primer momento, una sensación de bienestar se apoderó de todo el cuerpo de nuestra protagonista, una sensación hasta ahora desconocida, pero que llevaba tiempo ansiando conocer. Alicia pudo sentir cómo una profunda emoción invadía cada centímetro de su piel al ser acariciada por la mano de Iván.

Una fuerte convulsión y un pequeño grito fueron la respuesta de Alicia al sentir la mano de Iván en su entrepierna. No esperaba que él llegara tan lejos y notó, por primera vez en su vida, la humedad de su cuerpo al sentir el tacto de un hombre sobre su piel.

Alicia estaba paralizada. No podía pensar ni hablar. Solo sentir. Y lo que sentía era altamente satisfactorio.

Entonces Iván sobrepasó la delgada línea.

Se separó de Alicia, se bajó los pantalones hasta las rodillas y, sin preámbulo de ningún tipo, tomó a Alicia del cuello y dirigió su cara hacia su entrepierna. Aquello, acompañado por la brusquedad de un muchacho de diecinueve años, joven, inexperto y ansioso, superó las expectativas de Alicia, quien se cogió a todo lo que pudo para intentar evitar lo que Iván pretendía con tanto anhelo.

Finalmente, Alicia consiguió deshacerse de las manos de Iván y salió del coche como alma que persigue el diablo.

Se recompuso la ropa todo lo que pudo mientras intentaba recuperar el ritmo de su acelerada respiración. Miró a su alrededor: el día que oscurecía, aquel sucio puente repleto de basura, la nada más absoluta rodeándolo todo. Entendió, fue plenamente consciente, de la mala decisión que había tomado y una profunda decepción colmó su alma hasta desbordarla. Había esperado aquel momento durante un mes, se lo había imaginado de todas las formas posibles, siempre ante una nube de indecisión, confusión e incertidumbre. Al final, todas sus ensoñaciones e ilusiones habían acabado en un cubo de basura.

Iván salió del coche como si no pasara nada. A partir de ahí, vinieron las excusas, las peticiones de perdón y las caras de cordero degollado.

Pero Alicia ya había borrado a Iván de su mente y de su vida.

Los ofrecimientos de Iván no surtieron efecto y Alicia volvió caminando a casa.

Un absoluto sentimiento de culpabilidad inundó todo su cuerpo, sin saber muy bien qué es lo que había hecho mal.

Era tarde y en casa ya debían estar esperándola pero, a pesar de todo, decidió ir a misa. Su idea no era rezar ni pedir perdón, ni arrodillarse ni intentar comunicarse con el altísimo. Simplemente entró y se sentó en la última fila. Recuperó la respiración y calmó los sentimientos confusos que se amontonaban en su interior.

Allí consiguió relajarse, ver las cosas de otra manera.

Sencillamente era un buen lugar para hablar con una misma.

Durante el mes siguiente, Alicia e Iván coincidieron en varias ocasiones en el andén de la estación, pero ambos hicieron como que no se veían, como si lo suyo nunca hubiera existido.

Alicia continuó aferrada a sus apuntes, sin levantar la vista.

Iván, con disimulo, buscó otro vagón; probablemente, en busca de otra chica con quien charlar.

Durante los siguientes años, Alicia tuvo más ofertas masculinas, más invitaciones para salir o ir al cine. Pero, cuando pensaba en ello, solo veía los arcos del puente bajo la vía del tren y el triste final de su historia con Iván.

Decidió tomarse algo de tiempo, esperar.

Y esperó tanto que al final las cosas se tomaron un tiempo con ella.

Y hasta aquí, la triste historia de juventud de la pobre Alicia, nuestra protagonista.

Así fue hasta entonces su vida, el lento y suave caudal de un riachuelo que cruza un bosque por donde nunca pasa nadie…

1.02

Con veintitrés años, Alicia había acabado los estudios y llevaba casi seis meses trabajando en una empresa, a quince minutos de casa.

Alicia era tan solo una administrativa más, pero el sueldo era digno y suficiente, o al menos así lo era para ella.

Eran las siete de la mañana de un viernes más en la vida de Alicia.

Se levantó temprano para ayudar a sus padres, que se iban una semana de vacaciones.

Contenta porque después de tantos años se tomaban una semana para ellos solos, fue la primera en levantarse.

No recordaba ni una ocasión en que sus padres se hubieran tomado unas vacaciones; lo suyo era trabajar y trabajar.

Preparó el desayuno para ambos y les hizo la lista de las cosas imprescindibles que no debían olvidarse antes de salir.

Antonio y Pilar no se hacían aún a la idea de estar una semana fuera de casa, y esta nueva situación les ponía muy nerviosos.

Ante tanto ruido y tantos nervios, Paloma se levantó con la cara llena de marcas de la cama y los pelos alborotados.

– ¿Qué pasa aquí? —preguntó Paloma.

– Que hoy es el día que se van de vacaciones.

– Ah…

Paloma no estaba muy al tanto de los cuestiones familiares. Entre su trabajo de cajera en el supermercado, y Raúl, su nuevo novio, con el que llevaba saliendo dos meses, tenía más que suficiente.

Tampoco es para tanto, pensó y se sirvió una taza de café recién hecho.

Sin embargo el rostro de Alicia era de felicidad plena.

Les dijo adiós contenta y satisfecha. En gran medida, era un triunfo de ella, la que les había insistido hasta la saciedad que debían hacer aquel viaje. Les convenció (con pequeñas mentiras) de que no eran indispensables, que sabrían sobrevivir sin ellos. Finalmente, sus padres accedieron.

Alicia veía la ilusión en sus ojos, felices de poder disfrutar de una semana solos después de tantos años dedicados al trabajo y al cuidado de sus hijas.

Vio cómo el coche se alejaba y la mano de su madre sobresaliendo por la ventanilla, diciendo adiós. Alicia siempre recordó aquel momento con agrado. Pensó que era bonito que el último recuerdo que tenía de sus padres fuera una imagen alegre. En cierta forma, había tenido la oportunidad de despedirse de ellos.

Cuando el teléfono sonó en casa a las cinco de la tarde, Alicia miró el reloj y pensó que su padre había vuelto a conducir demasiado rápido.

Un triste lunes de abril, a las diez de la mañana, protegida de la lluvia por un triste chubasquero y un paraguas viejo, Alicia enterró a sus padres con la única presencia de una tía lejana de su madre y su hermana Paloma. Ni siquiera Maribel se dignó aparecer por allí.

En realidad, nadie hizo el menor intento por localizarla.

A partir de aquel día, todo cambió para continuar igual.

Sus abuelos habían muerto varios años atrás, sus padres acababan de hacerlo, su hermana mayor había desaparecido de un día para otro, hacía ya más de siete años, y parecía que a nadie le importaba nada de todo aquello. Sin apenas darse cuenta, de su familia solo quedaba ella y Paloma, su hermana pequeña, que vivía con su novio Raúl desde hacía una semana, justo en la otra punta del pueblo, como si intentara marcar un espacio entre ambas.

Poco a poco, la distancia entre las dos se fue incrementando. La muerte de sus padres no hizo más que romper definitivamente unos lazos que ya se encontraban en un estado muy crítico. Alicia no volvió a verla prácticamente, salvo de tarde en tarde, y de lejos, cruzando alguna calle del pueblo. Y eso que vivían en una localidad de dos mil habitantes, donde todo el mundo se conocía.

Sí que sabía de ella, siempre había rumores que escuchar, siempre había la persona mal intencionada que venía con oscuros intereses a explicarte la vida de tu propia hermana. Pero con el tiempo, el tema dejó de interesarle.

Cuando la veía por la calle, se paraba con la esperanza de que ella la viera también y tal vez se parase a hablar, qué cosas hacía o cómo era la vida en pareja, ahora que vivía con su novio. Pero eso nunca ocurría. Nunca supo si la veía o no, o si había decidido ignorarla.

Llegó un día en que Alicia, cuando veía a Paloma por la calle, apenas recordaba que, hacía ya mucho tiempo, esa persona fue su hermana.

Supo, tiempo después, que la habían ascendido en el supermercado del barrio donde trabajaba, y que de cajera había pasado a encargada. Era un gran reconocimiento, sobre todo en un pequeño pueblo de provincias. Y que estaba con los preparativos de la boda con Raúl, después de más de un año viviendo juntos.

Un día triste y feo de inicios de otoño sintió la necesidad de escribirles una carta de despedida a sus padres. Decirles que lo sentía, que se arrepentía de haberles insistido en hacer aquel viaje que significaría su muerte… Que, tal vez, si no se hubiera obstinado tanto, ellos podrían estar vivos… Y las lágrimas, después de tanto tiempo, volvieron a aflorar en un rostro surcado por el recuerdo de la lluvia cayendo sobre su ataúd, sin nadie ya que les recordara…

Quería explicarles que hacía mucho tiempo que no sabía nada de Maribel, que apenas veía a Paloma, pero sabía que se iba a casar dentro de dos semanas, aunque ella no había recibido ninguna invitación de boda…

Su cabeza era un hervidero de ideas sin sentido. Y era consciente de ello.

Por un momento sintió la profunda necesidad de hablar con alguien y decirle que lo sentía, decirle cómo se sentía por dentro, los sentimientos escondidos en lo más profundo de su corazón…

Quería explicar en qué consistía su trabajo, lo que había comido aquel día, la película que vio la noche anterior pero que se quedó sin saber cómo acababa porque se durmió en el sofá, de lo sola que se sentía con toda la casa para ella sola, de las frías noches y de la soledad de dormir sola, sin el aliento de nadie al lado con quien poder…

En un segundo, fue consciente de ello: no tenía a nadie con quien hablar.

Con estos sentimientos encontrados, buscó en los cajones de su habitación, entre carpetas, cables y cosas olvidadas. Al final encontró un diario que su madre le regaló cuando inició sus estudios de administrativo. A partir de ahora, necesitarás apuntar muchas cosas, para que no se te olvide nada, le dijo su madre cuando Alicia abrió el regalo. Alicia lo había guardado más por respeto que por otra cosa.

En ese momento de aflicción, quiso trasladar todos esos sentimientos al papel, explicar lo que sentía y lo que anhelaba, lo que deseaba y lo que sufría. Quería explicarlo todo, aunque solo fuera a sí misma.

Sin ella saberlo, fue el inicio de un diario que en el futuro sería muy importante.

La vida cambia y las personas cambian con ella.

Sin embargo la vida de Alicia no sufrió ningún cambio significativo.

Y no lo haría durante mucho, mucho tiempo.

1.03

Alicia cumplió treinta y ocho años y, como todos los años, lo celebró el uno de marzo.

Vivía sola.

Hacía quince años ya de la muerte de sus padres y había perdido toda relación con sus hermanas.

Todas las navidades recibía una postal de Paloma, que se había ido a vivir a la capital por una oferta profesional muy ventajosa a su marido.

Ese sería el primer año en no recibir ninguna postal.

Alicia no tenía nada ni a nadie.

Un trabajo, el piso de sus padres y una vida anodina.

Alicia no era nada. Casi podría decirse que no era nadie.

1.04

A las nueve en punto de la mañana, como cada día, Víctor Úbeda entró en el despacho de abogados que llevaba su nombre en la puerta.

Al terminar la carrera como número uno de su promoción, estuvo varios años como asociado en el despacho de su padre, don Esteban Úbeda Almagro, un famoso abogado de la ciudad con prestigio nacional. No en vano, tenía pleitos por todo el país y se pasaba la vida de avión en avión. La figura del padre era fácilmente reconocible en la de su hijo. En un inicio, le abrió muchas puertas, pero muy pronto se pudo vislumbrar que su hijo llegaría a volar más alto aún, si era posible.

La única mala decisión que Víctor Úbeda reconoció haber cometido en vida fue abrir un despacho en compañía de cuatro compañeros, cuando, por nivel adquisitivo, e incluso por prestigio, pudo hacerlo por sí mismo.

De lo malo, sacó algo bueno: nunca le faltó un amigo para tomar algo después de una larga jornada de trabajo o de un pleito ganado después de varios meses de apenas dormir; de todas formas, compartir el despacho le sirvió para deshacerse de todos aquellos casos que no le interesaba llevar.

Víctor era quien tomaba las principales decisiones y asesoraba en muchas ocasiones al resto de compañeros en infinidad de asuntos, tanto legales como laborales o personales. En el despacho eran conscientes de esta situación y se adaptaban a ella, por puro interés.

Pero cuando apenas llevaba un año y medio, decidió corregir el error y se despidió. En una semana, tenía montado su nuevo despacho, esta vez en solitario, situado en pleno centro, más amplio y más lujoso. Por supuesto, todos sus clientes se fueron con él sin que Víctor tuviera ni que levantar el auricular del teléfono.

El despacho se encontraba en la novena planta de un edificio situado frente a la plaza más concurrida de una importante capital de provincia.

Cuando subías en ascensor y entrabas en Úbeda y Asociados, las paredes acristaladas permitían ver toda la ciudad mientras uno permanecía en la sala de espera. Era toda una declaración de principios para el despacho. Por eso, durante tu primera visita, siempre te hacían esperar unos minutos de más: debías tomar buena nota del lugar en el que te encontrabas.

Lo primero que veías nada más salir del ascensor era a Nuria, una joven licenciada de veintitrés años, de cuerpo perfecto y larga melena rubia, que atendía el teléfono y recibía a los clientes. Su físico había primado más que su preparación a la hora de contratarla.

Víctor Úbeda cruzó la puerta acristalada y se encontró con Nuria, quien le entregó los avisos telefónicos que le habían dejado. Echó un ojo al resto de dependencias y pudo ver que Patricia ya había llegado; siempre era la primera, y la que más horas hacía.

Patricia, de treinta y un años, larguirucha (sobrepasaba a Víctor en varios centímetros), media melena corta y morena, parecía salida de cualquier serie de abogados de la televisión. Sabía disfrutar de sus curvas y mostrar a sus clientes que era perfectamente consciente de las virtudes que la madre naturaleza había reservado para ella. Dotada de unos pechos pequeños (así los valoraba Víctor), Patricia jugaba con el último botón de la camisa con un desparpajo que conseguía poner nerviosos a muchos hombres; en realidad, ese era el cometido que buscaba.

Siempre usaba traje chaqueta, que se ceñía a su cuerpo como si hubiera nacido con él puesto.

Víctor pasó por delante de la puerta de Patricia, como hacía siempre al llegar, y ambos se lanzaron una sonrisa cómplice.

Caminó hasta el final del pasillo y accedió a su despacho: totalmente acristalado, sillones de cuero a cada lado de su mesa, y una más grande para reuniones improvisadas. Se divisaba gran parte de la ciudad desde sus dos amplios ventanales.

Desde allí, se sentía el rey del mundo.

No en vano, en varias ocasiones había consultado el significado de su nombre en diferentes diccionarios: “Víctor: nombre masculino de origen latino, que significa ‘vencedor’ o ‘victorioso’”. Así era como él se veía.

Encendió el portátil. Como fondo de escritorio tenía la imagen de la escena final de “El precio del poder”, con la pequeña torre interior donde Toni Montana tenía hecha una inscripción con luces de neón que la rodeaba: “El mundo es tuyo”.

– El mundo es tuyo —se repetía Víctor cada mañana al observarlo, como si intentara convencerse de ello.

Llevaba tatuado el nombre de su héroe, Toni Montana, escondido en la parte interior del muslo de la pierna. No quería que se viera: aquello era solo para él.

Víctor Úbeda tenía treinta y dos años, medía un metro setenta y nueve, y pesaba setenta y dos kilos. Estaba soltero y vivía solo. Conducía un coche de cincuenta mil euros, que no fue el que más le gustó en el concesionario, pero sí el más oportuno para su estatus.

Nada más sentarse en su mesa, observó acercarse la figura perfecta de la recepcionista, con un café y un agua en botella de cristal.

– Buenos días, Nuria.

Esta le lanzó una sonrisa y volvió a su puesto de trabajo.

Una larga jornada de trabajo le esperaba por delante.

Era viernes por la noche y Víctor estaba acabando de vestirse. Él y Patricia habían quedado con algunos clientes con los que habían consolidado casi una amistad.

Irían a cenar y luego de copas. Seguramente, acabaría en casa de Patricia, como en los últimos meses.

Se miró al espejo, repasando que todo estuviera en perfecto estado. Y así era.

Se miró a los ojos, sonriente, orgulloso.

A las dos y media de la mañana, Víctor descansaba en una amplio sofá al fondo de la discoteca de moda en la ciudad.

La mayoría de los clientes ya se habían recogido: “Es viernes y estoy cansado de toda la semana”, había sido la frase más repetida.

Tenía a Patricia sentada a su lado. Ella apoyaba la cabeza en su hombro mientras bebía breves sorbos de un vaso de tubo.

Patricia levantó la mirada y observó los ojos distantes de Víctor.

– ¿En qué piensas?

La música apenas les permitía hablar. Víctor bajó la mirada hacia ella y le dio un beso en la frente.

– Nada… Cosas mías.

– Veo la misma mirada de concentración que tienes en el despacho y en el juzgado. ¿Qué te preocupa?

– Nada… Nada en absoluto.

– ¿Y entonces?

Víctor le sonrió ligeramente y volvió la mirada al frente, hacia la nada.

Patricia apoyó de nuevo la cabeza sobre su hombro.

– ¿Nos vamos ya?

1.05

Víctor Úbeda había nacido en una familia muy bien situada y con amplios recursos económicos.

Vivían a las afueras de la gran ciudad, en una casa amurallada de más de dos mil metros cuadrados de superficie, con un amplio jardín, la piscina y un árbol centenario del que colgaba un columpio que hizo las delicias de Víctor y sus hermanas cuando eran niños.

Fue el cuarto de cinco hijos, todas mujeres menos él.

Su padre, don Esteban Úbeda Almagro, con un importante sobrepeso y una amplia barba, estaba plenamente dedicado a su trabajo, lo que suponía muchas horas de viaje, días enteros fuera de casa, grandes decisiones que tomar a menudo, y aparecer con cierta regularidad en los periódicos. Sin embargo, no podía decirse que no fuera un hombre familiar y que no disfrutara en compañía de los suyos.

Su madre, Angélica, ama de casa, pertenecía a una familia más humilde. Fue siempre el espíritu de la casa, quien supo encontrar el justo equilibrio entre un padre ausente y unos hijos que, en el mejor de los casos, requerían su atención las veinticuatro horas al día.

Se enamoró de su marido el primer día que lo conoció y al casarse, seis meses después, supo que su función sería apoyarlo en todo dadas sus importantes obligaciones, hacer crecer a sus hijos y recibirle con los brazos abiertos al llegar a casa. Fue una obligación que aceptó con pleno entusiasmo y una decisión de la que nunca se arrepintió. En realidad, pensaba que ese era su lugar en el mundo.

El resto de la casa lo poblaban sus cuatro hermanas: Anna, Elena, y Lourdes, mayores que Víctor, y Ruth. Entre los cinco hermanos había una diferencia máxima de uno o dos años.

Víctor convivió con su familia hasta los veinticuatro años, momento en el que empezó a trabajar en el despacho de su padre, y decidió que era una buena excusa para volar solo.

Sin embargo, a menudo se dejaba caer por allí, incluso días entre semana: siempre había alguien en casa.

Dos de sus hermanas aún seguían viviendo en casa, una por su reciente divorcio y la otra porque todavía no había encontrado el hombre adecuado.

Víctor era, sin lugar a dudas, un gran amante de su familia y de todo lo que ello conlleva.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    9 abril, 2017

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

  2. Imagen de perfil de Patry

    Patry

    11 abril, 2017

    A pesar de ser una introducción bastante larga, me ha gustado mucho. Me quedo ansiosa de conocer más sobre Alicia, la chica que no era “nadie”, y también sobre la mujer que le está contando esta historia a sus hijas.

    Esta frase me ha gustado mucho: La vida cambia y las personas cambian con ella. A pesar de parecer una frase simple, guarda mucho significado.

    Mi voto y un saludo.

  3. Imagen de perfil de Fiz Portugal

    Fiz Portugal

    19 septiembre, 2017

    Aunque la introducción es demasiado larga, me gusta la historia. Tieneds mi voto.

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Abrir la barra de herramientas