Alonso se sentía aturdido y de repente una ola de calor se apodero de él, sus piernas flaquearon, intentó con toda su fuerza incorporarse, pero pronto quedó sumido en la inconciencia. Cayó en un estado extraño de existencia, tenía visiones macabras, altos minotauros arremetían contra él, figuras oscuras cargaban a sus espaldas y él se encontraba solo en medio de aquel campo, cada que repelía un ataque venían dos más, incluso desde el cielo imponentes grifos sobrevolaban un cielo carmesí, caían en picada y al llegar cerca suyo arrancaban pedazos de sus carnes, ya sea con sus picos o con sus garras. Estaba desnudo, no llevaba más que unos pantalones de lana y su espada en la mano.
El campo estaba arrasado como si diez mil jinetes incandescentes hubieran avanzado a través del amplio terreno. El caballero luchaba con fiereza, como si su vida dependiera de ello, pero a la vez sabía que no era nada más que un sueño, en todo aquel mundo oscuro y onírico se escuchaban las idas y venidas de ella, de Alosna. Él sabía cuándo ella estaba cerca porque aquella pradera perdía aquel olor socarrado y se inundaba del dulce olor de la muchacha. Aun así, eso no evitaba el dolor, cada golpe, cada tajo era tan real, o incluso más que aquellos que había recibido en castilla. Su cuerpo estaba en carne viva y sentía como la muerte se acercaba dando zancadas largas. Poco a poco sintió como iba perdiendo la batalla, como iba perdiendo la noción del mundo exterior donde estaba aquella hermosa joven. Alonso se sintió desalentado, perdido pronto no tuvo la fuerza para seguir luchando, los grifos cayeron sobre él y lo picotearon como si fuera Prometeo encadenado, llegaron bestias de todos los rincones de aquella planicie, todas ellas dispuestas a disputarse su carne.
Cuando por fin parecía que el caballero se iba a desvanecer, cuando sentía que caía en el lóbrego pozo del que ningún hombre vuelve jamás, cuando había perdido sus brazos, sus piernas y sus entrañas estaban expuestas como un adorno floral, entonces escucho la voz de Alosa, ella cantaba una canción, su voz era hermosa, pequeña y delicada al igual que ella, evocaba la porcelana blanca en las manos enguantadas de alguna fina dama. Su canción era extraña y ominosa, en un leguaje tan diferente al castellano que el caballero no podía distinguirlo de los ruidos de una manada de animales. Aun así, su cuerpo, o lo que quedaba de él, flotó buscando aquel canto, buscando a aquella mujer, fue tan rápido como si cabalgará en la mejor montura de todo el reino y cuando se acercó lo suficiente al firmamento, que ahora tenía un argentino resplandor, el caballero despertó.
Alosna estaba abrazada al cuerpo hirviente del caballero y lloraba de manera profusa, con toda la fuerza que pudo reunir Alonso la rodeo con su brazo, la joven al ver que había recuperado la conciencia se lanzó a su boca, como buscando beber de ella. El caballero de pronto sintió toda la fuerza de antaño, una euforia vitalista se apodero de él y en un movimiento estuvo encima de la muchacha.
- ¿Qué hacéis? – gemía preocupada Alosna- ¿No veis que estáis muy débil, mi señor? Podéis morir si no os cuidáis.
*Sin duda si pudiera elegir un lugar donde morir, seria en vuestros brazos -dijo el caballero en medio del frenesí de su pasión- Os quiero Alosna, os quiero como nunca creí que volviera a pasar…
Alosna intentó parar al caballero, intentó cuestionarlo, pero él se perdió totalmente en su cuerpo. Aun así, mientras estuvieron fundidos la joven se preguntaba ¿por qué? ¿por qué me queréis? Las únicas respuestas que parecía articular el caballero eran tiernos besos y mustias palabras de amor. No era suficiente para ella.
La joven recordó el primer día que vio al caballero, fue en Santa fe, en la plaza central, él estaba entrando al palacio del virrey y ella estaba vendiendo sus raíces en la plaza de mercado. Ella notó enseguida que no era un hombre de este lado del mundo, pero sintió un desagrado descomunal hacia a él, todo en él le era repelente, su cabello rubio, su cruz en el pecho y sobre todo su estruendosa voz, pensó en que era otro engreído invitado del virrey, otro despreciable noble de más allá de mar. Todo el camino de vuelta estuvo pensando en aquel hombre, había algo en él que la hacía pensar cosas terribles, sintió de repente una gran desconfianza, tal vez era un tirano general que venía a pacificar las tierras del rey, como pasó antaño. Por estos pensamientos fue que no fue cautelosa en los caminos y fue asaltada por aquellos bandidos.
Seguro hubiera sido violada sino no hubiera sido por ese hombre que le había parecido tan desagradable, él mismo resulto herido en la batalla y no sólo esto, sino que perdió su acero, la cosa más preciada de un caballero. En los días siguientes le causo una curiosidad terrible, era un hombre amable y educado, pero obviamente sin sangre noble, andaba por el pueblo como cualquier paisano e incluso una que otra vez cruzaron algunas palabras. Pronto se dio cuenta que era un hombre bueno, pero atormentado, sufría de delirios como lo hacía su madre, por esto fue que lo ayudó cuando lo encontró tirado en medio del camino. El seminarista, recordó Alosna, pensaba que estaba ebrio, pero ella sabía distinguir el sueño que trae Baco y el que trae la locura. Ella entonces comprendió que se veía atraída hacia al caballero, no era amor, ni deseo, pero había algo en él que la cautivaba.
En la madrugada mientras Alonso dormía, Alosna salió de la cama y se puso una capa, salió corriendo hacia el pueblo, una extraña ansiedad se apoderó de ella, sentía la necesidad imperiosa de verlo, bueno, de verla, se halló entonces en la puerta de la víbora y cuando esta estuvo en el umbral, Alosna se tiró a sus pies implorando perdón de una manera tan piadosa que incluso el mismo señor en los cielos se sintió abochornado. El seminarista tomó entre sus pequeñas manos el rostro de la joven y haciendo acopio de toda su fuerza interna, escupió el esputo más repulsivo e infecto que pudo sobre ella.
ª Sois tan afortunada de que mi virtud no tenga límites y mi benevolencia sea tan amplia, como para perdonar a una impertinente ramera como vos -empujó a Alosna hacia el fango que se había acumulado, gracias a las aguas lluvias, abajo del rosetón de su casa- mañana iré a que me complazcas, y más vale que lo hagáis bien o perderéis el honor de estar cerca de alguien tan honrado y elevado como yo.
-Gracias, yo… - Alosna escucho cerrar la puerta, mientas se limpiaba el barro de sus ojos- yo os amo – la muchacha sonrió y emprendió su camino de vuelta a casa, sólo esperaba que cuando llegará su cama estuviera vacía-





Mabel
¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía