Capítulo 3: La mariposa (I)

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El patio del psiquiátrico era para los pacientes el lugar más cómodo y tranquilo. En él, gatos y reinas moras, residentes y acompañantes, psiquiatras y enfermeras, solían encontrar un respiro de aire fresco que no sólo oxigene los pulmones sino también el cerebro.

Tadeo, en los primeros días institucionalizado, pasaba demasiado tiempo en el patio. Llevaba un cuaderno de notas que el psiquiatra le había dado e intentaba escribir todas las emociones que le revivían día tras días durante la internación. Fumaba unos cigarrillos baratísimos que le había regalado su compañero de habitación y se inmiscuía con el cuaderno durante minutos largos, sentado en un banco de madera pintado de gris.

Aún no lograba empatizar con nadie, ni siquiera con su compañero de cuarto, un adulto que decía frases incoherentes. Notaba que, en su gran mayoría, quienes estaban internados eran personas adultas y que había una gran desorganización de edad. Eso le molestaba, aunque no tanto como para hacer una carta de queja al psiquiatra que lo atendía.

Sus compañeros habían notado su presencia pero nunca lo interrumpían. Preferían no acercarse al joven tempranamente internado por vaya a saber qué miedo o fantasía.

Mientras escribía, mordía sus labios y no pestañaba. Estaba convencido de que todos los pensamientos que ahí ponía iban a serle útiles para su mejoramiento. Levantó la mirada, miró al resto de los residentes pasear, algunos delirar, algunos sonreír, algunos tan como él: inmiscuidos en sí. Luego bajó la vista al cuaderno y finalizó su escrito con un Extraño su mirar.

Cerró el cuaderno y notó que una mariposa se había posado sobre una esquina del banco gris. Quedó mirándola por un tiempo, su aletear lento y su tranquilidad. Intentó acercar su mano, para sentirla al menos de cerca, pero ella voló y desapareció entre la luz del sol resplandeciente.

Un joven se le metió en frente de su búsqueda. Un joven menor que él. Tenía tatuado el cuello como si asemejara una columna llena de grafitis; fue lo primero que Tadeo pudo observar.

-  ¿Puedo? – dijo, prendiéndose un cigarrillo y sentándose a un lado. Tadeo se corrió tímidamente a un lado y miró hacia otro lado, a su compañero de habitación. El hombre estaba con un sombrero de gamuza y discutiendo con otro que, una vez, Tadeo lo había visto perseguir un gato. – somos los más jóvenes – añadió el chico, rascándose sobre el tatuaje.

Tadeo, como si no hubiese escuchado, siguió mirando a su compañero.

-  Estoy tomando unas pastillas que, ay, me dejan dopado. Ahora me empezaron a hacer lindo efecto.

-  Lindo efecto – repitió Tadeo.

-  Lindo efecto, lo que se dice lindo efecto. Al menos la siento menos y vomito menos.

Tadeo miró de reojo las manos del chico: tenía las uñas pintadas de negro.

-  ¿Qué estás escribiendo?

-  Eh… una cosa que me dieron los de terapia.

-  Ajá… ¿y qué estás escribiendo?

-  Nada – dijo Tadeo volviéndose hacia él y mirándolo por fin a la cara.

Notó en su rostro algo peculiar. Un rostro que era feo, pero, a la vez, para quien lo mirara por demasiado tiempo, era lindo. Las facciones del rostro eran demasiado notables, tenía los ojos verdes saltones, los labios gruesos y una nariz pequeña. La barba estaba recortada y sus orejas eran también pequeñas.

-  Dale, no voy a seguir molestándote. Es que estar acá, sin nadie para charlar más que de mierdas, comida y juegos de mesa, me pone con ganas de hablar. Entiendo que a vos no, sí, sí, lo entiendo. Entiendo que yo pueda ser alguien pesado para vos.

-  No, no, está bien – se compadeció Tadeo.

-  Es que todos son tan fríos acá; hasta los mismos locos.

-  ¿Cuándo ingresaste? – interrumpió.

-  Hace una semana, ¿y vos?

-  También

-  Lo intuí

-  ¿Nos habíamos visto antes? – le preguntó Tadeo.

-  ¿Acá? ¿En el psiquiátrico?

-  Sí, sí…

-  No, bah, que yo sepa no. En realidad, pasó así: me ingresaron hace una semana, pero hace sólo dos días que estoy acá en este pabellón. Pasé cinco días en aislamiento.

-  Yo sólo pasé uno.

-  Sos más manso, se nota – dijo el joven, sonriendo.

-  ¿Cómo es tu nombre?

-  Alex

-  Alex; yo soy Tadeo.

El chico, con sus uñas pintadas, estiró su mano y le dio un apretón a la de Tadeo.

-  Tadeo Campbell; sí, ya sabía

-  ¿Cómo?

-  Sí, ya sabía

-  Pero, ¿cómo es que sabes?

-  Tu caso fue conocido en San Isidro. No hay dato de “Los anónimos” que no sea conocido por San Isidro.

-  Ah – sólo dijo Tadeo y se quedó pensativo mirando la tapa rayada de su cuaderno.

-  Hey, ¿puedo mostrarte algo?

-  ¿Qué?

-  Vení conmigo – añadió Alex, levantándose del asiento, lanzando el cigarrillo a un lado, pisándolo con sus zapatos – dale, vamos – agregó, dejando que el sol iluminara por completo su rostro.

Tadeo se levantó y lo miró.

-  Pero nada, nada fuera de las reglas ¿eh?

-  Vos vení – y se fue caminando, con el pecho parado y las manos en su bolsillo. Tadeo lo siguió por atrás.

 

El viento, la sensación del viento. La mirada, la sensación de la mirada. El cariño, la sensación del cariño. El cuerpo, la sensación del cuerpo. Qué cruel es el viento cuando transporta la mirada que porta un cariño que golpea en el cuerpo. Qué desahuciadores son los días que, no importa quién, cómo, ni dónde, el viento puede transportar miradas que portan cariños que se inscriben en el cuerpo.

Sentí su mano, luego su boca y luego su voz: “tranquilo”.

 

* * *

 

Salir a la calle no podía haber sido una tan horrible idea para Tadeo.

Pero así fue, se despertó a la mañana, lo demasiado temprano, se puso un pantalón, zapatillas de deportes, una gorra, unos lentes Ray Ban, una mochila con: un libro de Murakami, una botella de agua y una remera por si volvía a sucederle lo del café.

Entusiasmado, y en secreto, porque claramente la señorita Trotski nada sabía sobre que él había decidido durante la madrugada su visita a la ciudad de Los anónimos, salió caminando, con las manos en los bolsillos, algo de dinero que quitó de la cartera de su madre y una sonrisa demasiado encantadora para ser verdadera.

Saludó a la pareja de ancianos Díaz. Ancianos arrugados y malolientes que todos los días se la pasaban tomados de la mano frente a su pequeña casa llena de perros desquiciadamente ladradores. Pensó en la posibilidad de que esos dos, ancianos de mal carácter, siempre aferrados a la idea de que alguien iba a robarles, podían ser unos grandes compañeros de institucionalización. Luego pensó en la gran posibilidad de la sociedad entera de ser institucionalizada. Se rio al pensarlo: la máquina de hacer pájaros.

Miró al cielo que había espantado a todas las nubes grises de la noche anterior. Lo miró con esmero y encanto. Hoy era Tadeo y no otro.

Ser uno y no ser otro. Tal idea podría ser pensada de varios aspectos, desde el existencialismo, desde el psicoanálisis, desde la psiquiatría, desde un libro de auto-ayuda. Ser uno y no ser otro, equivale a la unificación y a la firmeza con que uno se ve: soy esto. Desde Camus hasta Coelho nos vendrían esas preguntas: ¿se puede ser sólo uno? ¿qué es lo otro en lo que uno se convierte cuando se desconoce? ¿puede habitar más de uno en uno?

Salteando cualquier tipo de pregunta que podía ser un explosivo en un edificio de sólo siete pisos y siete habitaciones, Tadeo caminó sin problemas. Caminó como quien camina sin intencionalidad. Como si, manejado por un principio de nirvana constante, estuviera muerto. Ningún fin, ningún objetivo. Ahí estaba Tadeo caminando sin pensar en nada más que en eso que hacía: caminar.

El sol recién estaba apareciendo tímido por el horizonte. Pensó en lo terriblemente encantador que es un amanecer como ese en Los anónimos. Su encanto permanece unido al silencio, a los pájaros, a dos ancianos tomados de la mano y a gatos que vuelven a sus casas silenciosamente. ¿A dónde iban los gatos por la madrugada? ¿qué los hacía volver? ¿qué los hacía irse?

 De pronto, uno de esos gatos le interrumpió el camino. Uno color naranja, más precisamente de rayas naranjas, con ojos verdes y saltones y de mediana estatura entre esa clase de felinos. Bajó de un árbol ágilmente, parándose en una de las raíces sobresalientes. Llevaba en la boca un pájaro oscuro. Se frenó al ver a Tadeo: ambos se frenaron y se contemplaron por segundos que parecieron minutos. El gato apretó los dientes en el ave y salió corriendo en dirección contraria a Tadeo; él siguió caminando.

Siguió caminando como un burgués algo tomado por el whisky de la reunión con otros burgueses. Caminó, como si no le importara ni en lo más mínimo todo lo que le rodeara.

Los anónimos, pueblo de silenciosos, era especial por las mañanas. Oxigenaba, como el patio del psiquiátrico, no sólo los pulmones sino también el cerebro.

El joven, luego de diez minutos de caminata, volvió su mirada atrás y notó que ya se había alejado demasiado de la casa de los Campbell. Entonces soltó un suspiro extenso que había sostenido por vaya uno a saber cuánto tiempo. Suspiro que largó no sólo aire sino todo lo que se había oxigenado en el cerebro.

Sacó su mochila de la espalda y la soltó a un lado del camino, se agachó y sacó el libro de Murakami. Sólo lo olió. El olerlo le produjo lo mismo que le produciría volver a escuchar la voz de Rima con una de sus rimas: sensación de ser querido.

Qué asociación ridícula: el olor de un libro usado y la sensación de ser querido. Ambas intrínsecamente unidas en la mente de Tadeo. Cualquiera creería que tal asociación sólo podía ser hecha por alguien loco. Bueno, es que el joven, para cualquiera, estaba loco. Y prestemos atención en ello: para cualquiera, tal asociación, es de locos.

Pero no es de locos creer que un chocolate sólo se comparte con el amor de nuestras vidas, ni tampoco es de locos considerar que si uno dobla bien las remeras entonces es organizado en todos los ámbitos de su vida, incluso en el amor, no es de locos considerar que si uno ama a un ente más allá también recibirá amor y mucho menos es de locos asociar la sensación de ser querido con la mirada de algún desconocido a las diez de la noche en una calle cualquiera o un “me gusta” en las nuevas redes sociales del Internet. Tadeo estaba loco, para cualquiera que lo vea, porque su sensación de ser querido se debía al olor de un libro usado. Pero no era condición necesaria y única para serlo, sólo el tener la sensación era una característica más entre muchas.

Dejó el libro dentro de la mochila, quitó la botella de agua: bebió dos tragos y volvió su mirada a la ya lejana casa de los Campbell.

Se colgó la mochila y siguió caminando, nuevamente, con su principio de Nirvana.

 

* * *

 

-  Tranquilo – murmuró Alex abrochándose hasta el último de los botones – no va a pasar nada. ¿Qué somos?

-  Practicantes

-  Practicantes, ajá…- y se colocó una lapicera en el bolsillo de la chaqueta de alguien que se la había olvidado en la habitación de los ex acompañantes.

Ahí estaban los dos jóvenes del psiquiátrico, caminando con la vestimenta de los acompañantes por entre los demás residentes. Caminando derechos, con la postura perfectamente teatralizada, mirada seria y mentón parado. Caminando con intencionalidad, movidos por un empuje del que carecían algunos compañeros catatónicos.

Tadeo giró a la izquierda guiado por Alex. Miró su cuello tatuado, su cabello ondulado y firmemente peinado y luego se acopló a la caminata.

Saludaron a dos enfermeras que los miraron con deseo y ellos, sin parecer demasiado residentes, sólo sonrieron al verlas. Ellas quedaron ahí, mirando su caminar recto y preguntándose cómo no los habían antes. “Los nuevos acompañantes son cada vez más jóvenes” le dijo una a la otra.

Lograron pasar por tres puertas seguidas hasta llegar al pabellón de pacientes graves.

Pabellón de pasillos silenciosos y vacíos. Con algunos gritos escuchándose detrás de las puertas, preguntas sin respuestas y respuestas sin preguntas. Se miraron como dos niños haciendo travesuras y Alex sonrió, generando en Tadeo ahora desconfianza.

Luego, y de un tirón, el chico de las uñas pintadas lo tomó de la mano y lo hizo doblar hacia la derecha. Todo indicaba que conocía muy bien el lugar y que había residido en la institución más de lo que decía haber estado.

Entraron en una habitación que no estaba cerrada como todas las demás. Tal habitación tenía una cama distendida, un libro de Murakami sobre la cama y carecía de ventanas.

No hubo palabras, ni siquiera preguntas. Alex acercó su rostro a la de Tadeo y cerró la puerta.

La respiración de ambos, cosa tensa, chocaba una con otra como olas de dos mares juntos y en sentido opuesto. Las miradas también se chocaban pero con complicidad.

La mano de Alex, huesuda y pintada, se posó sobre la mejilla de Tadeo. Era cálida, suave y cuidadosa. Luego, y muy de a poco, se inmiscuyó en el cuello del joven.

Los labios también chocaron como la respiración y las miradas, las cuales ahora se habían apagado.

Oscuridad, oscuridad y sensación de cariño. Sensación de ser querido.

Entre lo blanco de las paredes, las chaquetas de los acompañantes, las puertas, los mosaicos y las sábanas: oscuridad y sensación de ser tocado y mirado en la oscuridad.

Después de demasiado tiempo, Tadeo volvió a sentir lo que, sin lugar a dudas, era la sensación de ser querido para cualquiera que se denomine cuerdo.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    8 abril, 2017

    Excelente capítulo, Fran. Cada vez voy descubriendo más detalles de tu técnaca narrativa. Me gusta eso que parece técnica envolvente, que avanza jugando con el presente y los recuerdos. Habrá que seguir observando. El plan que expusiste ayer me parece excelente.
    Mi cordial saludo y mi voto.

    • Fran

      8 abril, 2017

      Gracias, @germanlr !! Por leer y tu comentario. Este es un fragmento particular. Particular porque aunque parezca muy simple, muuuy simple, me costó bastante. Contiene muchos, muchísimos códigos con lo que respecta al desarrollo de la historia. A la vez que estoy un poco dudoso de tal fragmento. Seguramente lo mejore con el tiempo, ahora prefiero dejarlo respirar un rato y avanzar. Gracias por tu comentario, en serio. El pasado y el presente, ambos juegan como miles de espejos rotos.
      Un abrazo grande!!! (hoy voy a leer tu relato)
      Saludos

  2. Esteff

    8 abril, 2017

    Ya se empiezan a formar ciertos lazos afectivos en el psiquiátrico. Me cae bien Alex, el de las uñas pintadas de negro. Todo un logro la creación de este personaje, me da que será algo rebelde e irreverente. ¿Me equivoco?
    El gato que aterriza en las raíces sobresalientes con un pájaro en la boca y huye huidizo….puede ser una gran metáfora. La supervivencia, el escape, el lado más animal y salvaje del ser humano, los instintos más primarios.
    Tenía muchas ganas de ver este regreso de Tadeo. Y la verdad es que no me has defraudado en absoluto. Lo de Murakami resulta ser un precioso y excelente guiño.
    Voto y abrazo, apoyo incondicional.

    • Fran

      8 abril, 2017

      Esteff querida…. Me alegro que te guste este nuevo personaje. Si lees el comentario que le hice a Germán, viene de la mano con el tuyo. Como bien sabes, estos dias me ha estado costando un poco escribir y leer y me dejó fuera de mis limites (se nota hasta la forma de narrar). Sin embargo, lo que es de la historia me gusta, tengo que trabajar un poco la narrativa… Alex es como esos personajes que querés describirlo tanto que al final no sabes como describirlo: Así me pasó. Espero que el segundo fragmento tenga mejores expectativas. Con respecto al gato, si es una metáfora importante. Sobretodo ya sabiendo que el cspitulo 1 es el pájaro y el 2 el gato. Hay detalles para tener en cuenta como los ojos saltones verdes del gato y Alex y otros mucho mas importantes que este. Peeero como tampoco voy a develar toda la historia, mejor me voy. @estef14
      Te mando un abrazo grande y gracias por leer…
      Nos seguimos leyendo,
      Abrazo!!!

  3. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    8 abril, 2017

    Muy buena historia. Un abrazo Fran y mi voto desde Andalucía

  4. Imagen de perfil de csquerea

    csquerea

    9 abril, 2017

    Me sigue gustando tu narración y, personalmente, me supone un placer leerte. Un saludo.

    • Fran

      10 abril, 2017

      Muchas gracias, csquerea. Me alegro que así sea… Espero que te guste el próximo. Un saludo enorme

  5. YCAN

    15 abril, 2017

    Constantemente, me sorprendes, Fran. Cuando pienso que ya comienzo a conocer a Tadeo, me sorprendes con una característica nueva. Me encantó este capítulo. La presencia de la mariposa es un simbolismo sutil y hermoso. Me encanta la exquisitez de tu narrativa. Por supuesto, mi voto. Fran. En breve leo tu siguiente capítulo. Saludos.

    • Fran

      18 abril, 2017

      @Ycan : Gracias por tu comentario. Como le dije a Lourdes, estos días estoy sin un hueco para poder dedicarle el tiempo que se merece a la novela, falsaria y a ustedes, por eso ha quedado todo tan quieto en mi perfil y en mi movimiento en falsaria. Espero poder reanudar con rapidez.
      Me alegro que siga sorprendiéndote. Tengo pensado dividir la historia en dos partes, asique supongo que la segunda parte será una que te gustará mucho, eso creo.
      Abrazo grande, Yolanda!!

      • YCAN

        25 abril, 2017

        Está muy bien, Fran. Recuerda que la tinta es como el buen vino: algunas obras requieren estar más tiempo en la barrica para lograr un sabor exquisito. A su tiempo. Un lector atrapado por una historia, jamás es infiel a esa historia. Así que seguiremos en espera, Fran. Un abrazo para ti.

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