Contracorriente (21. Y llegó la noche)

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No recuerdo haber sentido en mi vida tanto alivio como cuando, por fin, llegamos a nuestro destino. Cuando noté la furgoneta detenerse, y con ella el ruido de su motor, solté un suspiro de tranquilidad. El trayecto había sido excesivamente largo, sobre todo dadas las condiciones en las que las demás chicas y yo habíamos viajado. Nos habíamos detenido en contadas ocasiones, en las que se nos permitió bajar por turnos a hacer nuestras necesidades. Por lo demás, habíamos permanecido allí, apiladas unas con otras, sofocadas por el calor excesivo y luchando por no perder la respiración, ni la calma. Había aguantado el hambre e incluso la sed, racionando al máximo mi botella de agua para que no le faltase a mi hermana. Lo que en verdad llevé mal fue la falta de oxígeno, la sensación de asfixia al sentirme encerrada en un espacio tan reducido.

Por eso, cuando finalmente las puertas se abrieron y pude respirar aire fresco, sentí tanta felicidad que casi me pongo a llorar. Pero no lo hice. En su lugar, abrecé a mi hermana y le dediqué una amplia sonrisa, celebrando así nuestro triunfo. Afortunadamente, todo había salido bien. O eso es lo que pensaba. Habíamos cruzado la frontera y nada, ni nadie, nos lo había impedido.

Nos costó un gran esfuerzo mover el cuerpo en condiciones. Las piernas se habían adormecido y la sensación de hormigueo era incesable. Tuvimos que esperar un buen rato hasta que los músculos comenzaron a obedecer las órdenes que le daba nuestro cerebro.

El hombre que nos había abierto la puerta me era desconocido. Imaginé que se trataría del chófer misterioso y no le presté más atención, ya que enseguida se dirigió a otro grupo de muchachas.

Entre la muchedumbre, busqué con la mirada a Andy. Y, entonces, la puerta del copiloto se abrió y de allí bajó él. Estuve tentada de correr a su lado y lanzarme a sus brazos, realmente contenta de verlo de nuevo. Pero me contuve. Mi cuerpo tampoco me lo habría permitido. Se acercó hacia nosotras y se paró enfrente, observándonos una por una, con mirada aprobatoria.

—Excelente, chicas. Habéis hecho un gran trabajo. Habéis aguantado como unas valientes. Estoy orgulloso de vosotras.

Supongo que, con sus palabras, pretendía infringirnos ánimos y, de una forma u otra, a mí me reconfortaron enormemente.

—¿Ahora cuál es el plan? —preguntó una voz femenina, a mi lado.

Era Leslie, y no supe en qué momento se había unido a nosotras dos.

—Ahora… Debemos esperar. —Señaló el cielo azul y resplandeciente—. Nos encontramos ya fuera de nuestro país, pero todavía falta mucho para llegar a nuestro destino. No podemos hacerlo así, en plena luz del día, así que aguardaremos a que anochezca y, después, emprenderemos el camino.

—¿Por qué tiene que ser todo de noche? ¿Por qué nos escondemos?

Por unos segundos, pensé que Andy le regañaría a Leslie por su interés. Ya lo había dejado claro. Una de las reglas era no preguntar demasiado…

Sin embargo, Andy respondió con tranquilidad:

—De la policía. No conviene que nos encuentren. Recordad que, aquí, sois inmigrantes. Inmigrantes ilegales —añadió—. Y, hasta que la situación se normalice, será mejor que pasemos desapercibidos. En la medida de lo posible.

No hubo más preguntas. Por órdenes de Andy y del otro señor, nos dividimos en dos grupos. En uno, el del conductor, se fueron unas cuantas chicas. En el de Andy, conté unas diez muchachas, incluyéndonos a Leslie, Kimberly y a mí misma.

Me fijé en las demás niñas. Todas tenían la misma expresión de nerviosismo, la misma mirada ausente; tal vez sumergidas en los recuerdos y en el temor de lo desconocido.

Siguiendo las indicaciones de nuestro guía, nos sumergimos en una especie de bosque que había al lado de la carretera. Allí, resguardados entre los árboles, decidimos hacer tiempo y aprovechar para descansar. Algunas no se sentaron, habíamos pasado demasiado tiempo sentadas y prefirieron ejercitar un poco el cuerpo, estirándose y dando pequeños paseos, sin alejarse de nuestra vista. Otras, entre ellas nosotras tres, nos acomodamos en el suelo como pudimos, buscando la postura correcta para relajar nuestros adoloridos músculos. Y así, entre pequeñas charlas sin sentido y pensamientos entremezclados, fueron pasando las horas. Casi la mayoría de nuestras acompañantes terminaron por quedarse dormidas. Yo no pude conciliar el sueño. Me fijé en que, unos pocos metros más allá de donde yo me encontraba, Andy tampoco podía pegar ojo. Se encontraba sentado, con la espalda apoyada en el tronco de un árbol, y la mirada perdida en un punto fijo. En un momento determinado, nuestras miradas se cruzaron. Una descarga eléctrica sacudió mi cuerpo al sentir sus ojos clavados en los míos.

En esa mirada expresamos tanto, tanto, que jamás pude comprender cuál era su significado. Por mucho que lo he intentado.

De pronto, desvió la vista hacia el otro lado, casi diría que avergonzado, y yo me quedé confusa, divagando entre un montón de pensamientos; unos buenos y otros… no tanto.

Y llegó la noche. Y, con ella, nuestra partida. En mitad de la noche, comenzamos a caminar, siguiendo siempre los pasos que Andy daba. Nos adentramos en el bosque, iluminados solo por la clara luz de la luna. Andy disponía de una pequeña linterna, pero la usó en contadas ocasiones, para que las pilas no se agotasen tan deprisa.

Pronto nos dimos cuenta del brusco cambio de tiempo. En nuestro país, vivíamos en un constante calor. Se podría decir que no existían las estaciones para nosotros. En cambio, en ese nuevo y desconocido país, el clima era muchísimo más fresco. Andy nos comunicó que estábamos en pleno invierno. Como nos había prometido antes, llevaba ropa en su mochila (mucho más grande que las nuestras), para todas nosotras. Nos proporcionó a cada una de nosotras una chaqueta de manga larga. En cambio, no nos dio nada para cubrir nuestras piernas. A pesar de las nuevas prendas, el frío era tan hondo que se calaba en los huesos y helaba las entrañas.

Kim, en todo momento guiada de mi mano, protestó:

—¡Tengo frío!

Me fijé en ella, estaba tiritando. No lo dudé un segundo. Me desprendí de la chaqueta, la cual me acababa de poner, y se la puse a ella por encima de la suya. Le quedaba bastante grande y le llegaba hasta más debajo de las rodillas, por lo que confié en que eso la protegiera del despiadado frío.

Nos internamos enseguida en las montañas y las atravesamos, descansando en contadas ocasiones. Nos deteníamos solo para recobrar el aliento y eso, como mucho, en las horas con más luz del día; que eran en las que más peligro corríamos de ser descubiertos. Comíamos algo de lo que Andy nos ofrecía, todo comida envasada; y bebíamos agua, racionándola al límite. Muchas aprovechaban esos pequeños ratos para dormir un poco, a mí me resultaba casi imposible poder hacerlo. Me encontraba demasiado nerviosa. Tuve que repetirme varias veces las razones por las que había llegado hasta allí. Continuamente, la imagen de mi padre surgía ante mis ojos. Él era el causante de esa decisión. Por él y por proteger a mi hermana de su maldad, había llegado a ese punto. Entonces, las ganas de abandonar se evaporaban y surgía de nuevo la fuerza para continuar el camino.

Cuando llevábamos más de un día de trayecto, sorteando caminos y desviándonos hacia otros, comprendí que Kim no podría soportar dar unos pasos más. Era la más pequeña de todas. Hasta las chicas que iban en nuestro grupo me lanzaban miradas reprobatorias, juzgándome en silencio por haberme atrevido a meter a mi hermana en tan alocado plan. ¿Cuántas de ellas habrían dejado atrás a su familia? ¿Tendrían acaso también un hermano o hermana pequeña? Busqué entre ellas a la muchacha de la voz dulce, la que nos deleitó con su emotiva canción. Quería ponerle rostro, pero ninguno me resultaba conocido. Ni siquiera sabía si la dueña de esa voz se hallaba entre nosotras o se había alejado en el otro grupo, quién sabe a dónde.

Cargué a mi hermana en mis brazos. Lo había hecho muchas veces, cuando caminábamos hacia el pueblo, y ese viaje no sería menos. Kim era de complexión delgada pero, aun así, sabía que no sería capaz de llevarla mucho tiempo sin que me faltara el aire y sin que mis piernas empezaran a rebelarse. Ella no opuso resistencia. Estaba demasiado cansada y acabó por dormirse en mis brazos. Nadie se ofreció a ayudarme, ni siquiera Andy. Tampoco lo habría permitido. A pesar del agotamiento, sentir la piel de mi hermana y sus brazos rodeando mi cuello, era lo que me reconfortaba y me daba ánimo para seguir adelante.

Mis pies sangraron de tanto caminar. Pasaron dos o tres noches hasta que llegamos a nuestro destino. Hubo momentos en los que creí que no podría soportar seguir andando. Pero lo hice.

Cuando pensé que no podía más; cuando estaba a punto de desfallecer, dejándome caer al suelo y echar así por la borda todos nuestros propósitos, por fin… llegamos. Recuerdo que pensé que todo había terminado. Lo que no sabía era que, en realidad, no había hecho más que empezar.

 

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    18 abril, 2017

    Me temo que sí; que aquello no había hecho más que empezar. Tu novela, Patry, ha entrado en uno camino realmente interesante.
    Mi cordial saludo y mi voto.

    • Imagen de perfil de Patry

      Patry

      19 abril, 2017

      Muchas gracias, Germán. Así es, el camino, el verdadero camino, de su vida, acaba de empezar. Y tendrá que armarse de fuerza para soportarlo.

      Un abrazo grande y ¡buenas noches!

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    18 abril, 2017

    ¡Excelente historia! Un abrazo Patry y mi voto desde Andalucía

  3. Esteff

    18 abril, 2017

    Ahora vienen los platos fuertes. Uno de los pasajes mejor relatados.
    El chico apoyado en el tronco del árbol con la mirada perdida…¿remordimientos quizá?
    El enamoramiento ciego….
    No sé dónde irán, ni cómo irán.
    Qué miedo, madre mía.
    Me ha encantado este capítulo, aun con tantísima dureza.
    Un beso y seguimos leyéndonos!

    • Imagen de perfil de Patry

      Patry

      19 abril, 2017

      Sí, es cierto, ahora vienen los platos fuertes, el nudo de historia. El verdadero trayecto en el que se va a ver envuelta esta pobre muchacha.

      Efectivamente, Andy tiene remordimientos, lo que sucede es que los guarda tan bien dentro de su fachada ambiciosa, de su corazón ennegrecido y cegado por el dinero, que ni él mismo es capaz de reconocer tales sentimientos.

      El enamoramiento ciego… uno de los sentimientos más poderosos… y peligrosos. Tiene el poder de construir cosas muy bellas, o de destruirlo todo.

      Gracias por tus palabras, guapísima. En verdad, me llenan de ánimos para continuar. Un beso enorme. Y… ¡espero que, para mañana, pueda leer tu próximo capítulo! @esteff

  4. Imagen de perfil de LARRY

    LARRY

    19 abril, 2017

    Muy interesante historia y empiezas a pensar habeís salido de Guatemala y vais a Guatepeor. Saludos. Mi voto.

    • Imagen de perfil de Patry

      Patry

      19 abril, 2017

      Eso es. Salen de un mundo malo para adentrarse en uno peor.

      Gracias por tu tiempo y por tu comentario. Me alegro de que te haya gustado.

      Un saludo.

  5. Imagen de perfil de XaviAlta

    XaviAlta

    20 abril, 2017

    Describes con acierto la dureza y dificultad de un drama humano muy común hot en día.
    Si siempre he admirado a los emigrantes que abandonan sus raíces buscando una vida mejor, la inmigración ilegal en países destrozados es un drama que estás relatando excelentemente.
    Felicidades

    • Imagen de perfil de Patry

      Patry

      21 abril, 2017

      Agradezco tus palabras, pues, la verdad, tengo que confesar que escribir sobre esto. La inmigración, además, como dices, ilegal; la forma de viajar hasta su destino… me ha costado dolores de cabeza. No soy una mujer que haya viajado demasiado, y no es lo mismo ver documentales sobre estas cosas que verlos de cerca. No sé si lo he hecho de la manera correcta, pero lo he intentado.

      Gracias por tus palabras. Un saludo, Xavi.

  6. Imagen de perfil de Lauper

    Lauper

    24 abril, 2017

    Y pensar que tantas mujeres estaràn pasando en estos momentos por algo similar…uff sigo leyendo…

    • Imagen de perfil de Patry

      Patry

      24 abril, 2017

      Así es, Lauper. En muchas partes del mundo, habrá tantas mujeres viviendo algo así, una huida de su propio infierno, una huida desesperada que, en muchas ocasiones, no puede traer nada bueno.

      Es realmente lamentable e injusto.

      Gracias por tu tiempo. Un beso.

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