Contracorriente (24. Anya)

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Me despertaron unos gritos. Aterrorizada, me incorporé de un salto en la cama, quedándome sentada y con los cinco sentidos en máxima alerta. Eché una rápida mirada al lado izquierdo de mi cama. Al corroborar la presencia de Kimberly, que seguía durmiendo tranquilamente, respiré con alivio. La voz de esos lamentos angustiosos me había resultado conocida y, por un momento, había conseguido asustarme.

Entonces, buscando con rapidez el parecido con esa voz, me di cuenta de quién provenía ese grito desesperado, ese aullido implorando clemencia. Deseando con todas las fuerzas de mi ser equivocarme, dirigí la mirada en dirección a la litera contigua; la cama de arriba seguía vacía, como la noche anterior; la de abajo… también.

—¡Leslie! —exclamé con un grito ahogado.

Ignoraba en qué momento había salido de nuestra habitación, qué motivo la había incitado a marcharse sin decirnos nada. Lo que tenía claro era que estaba en apuros. Y yo, aunque mi instinto protector me odiara por ello, no podía hacer nada por ayudarla. Era más importante el proteger a mi hermana, a la cual no dejaría sola en ese ambiente desconocido y peligroso. Kimberly, alarmada por mi grito, abrió los ojos sobresaltada.

—¿Qué pasa?

—Nada. No pasa nada. Solo ha sido un sueño.

Pasó sus pequeñas manos por los ojos, restregándolos. Y yo me apresuré en llevar las mías a sus orejas. Se las tapé, apretando con fuerza, para evitar que escuchase nada de lo que estaba aconteciendo allí fuera; detrás de esas paredes que, por el momento, nos protegían. Ella trató de zafarse, empujando mis manos, en un intento fallido.

—¿Qué haces? Suéltame. Me haces daño —protestó.

Pero no le hice caso. En lugar de eso, aflojé un poco y acerqué mi boca a su oído.

—Es un juego. Más tarde te lo explico.

Al ver su expresión desconcertada, me apresuré en insistir.

—Gana la que más aguante. Tienes que guardar silencio. Mejor, duerme un ratito más. Aún es pronto.

Kim abrió los ojos como platos pero, siguiendo las reglas del misterioso juego, me contestó en el mismo tono bajito que yo había empleado:

—No tengo más sueño. Ya es de día. —Señaló con sus dedos la ventana, la luz que entraba por ella dejaba ver con claridad que ya era hora de ponerse en pie y comenzar un nuevo día.

Hasta ese momento, no me había percatado de los barrotes que protegían la ventana; habían sido cuidadosos también en ese aspecto y, por si quedaba alguna duda, acababa de ser disipada. No había escapatoria alguna, no existía manera de librarnos de lo que nos esperaba. A juzgar por los gritos que había proferido Leslie, no podía ser nada bueno. Me aterrorizaba el hecho de imaginar lo que estaría pasando con ella. Deseché rápido esas visiones y me reconforté, convenciéndome de que el silencio que ahora reinaba era una buena señal.

En ese preciso momento, se abrió la puerta. En cuanto escuché el sonido de la cerradura al girar, me abalancé a cubrir con mi cuerpo a mi hermana. Con gesto fraternal, rodeé su cuerpo con mis brazos y la apreté fuerte junto a mí; demasiado efusiva, quizás, puesto que Kim soltó un quejido, protestando de nuevo.

—¡Ay! ¿Te has vuelto loca?

Puse mi dedo índice en sus labios.

—¡Chsst! Calla.

Quise cerrar los ojos, temerosa de lo que iba a encontrarme, pero me obligué a mantenerlos bien abiertos, para ser consciente en todo momento de lo que sucedía. Para mi sorpresa, no fue Andrés, ni Carlos, ni ninguno de sus hombres, los que entraron por esa puerta. Tampoco Andy. En su lugar, una figura femenina irrumpió en la habitación, echando una rápida mirada a toda la estancia. Con los ojos como platos, la examiné detenidamente, en cuestión de segundos. Mi sentido de investigación se estaba desarrollando a pasos desorbitados. Era una muchacha joven, de rostro desconocido para mí; alta y un tanto rellenita. Recuerdo que me pregunté cómo habría hecho para ganar tanto peso; en mi ciudad no conocía a nadie con esa complexión, todos eran parecidos a mí, rozando casi la delgadez extrema. Iba vestida casi igual que las otras chicas de esa casa; una camisa corta de tirantes, una minifalda vaquera, que más parecía un cinturón que una falda, y unas botas negras escandalosamente altas. Con paso decidido, se aproximó hacia nuestra cama.

—Buenos días, chicas. Me han informado de vuestra llegada y me envían para recibiros. En realidad, quería presentarme ayer. Tengo que reconocer que me moría de ganas, pero era demasiado tarde y no fue posible. Debíais descansar, guardar energías para hoy, por palabras textuales de Andrés. Así que espero que lo hayáis hecho.

Tras su retahíla de palabras, todas comprensibles para mí pero carentes de significado verdadero, guardó silencio. Nos analizó con la vista, como yo había hecho con ella. Después, esbozó una sonrisa. La verdad es que su sonrisa me pareció sincera, pura y sin segundas intenciones escondidas. Su rostro, redondito y no demasiado agraciado, me resultaba simpático. Por ello, decidí bajar un poco la guardia.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté.

—Anya —respondió sonriente, contenta de que hubiera decidido hablarle—. Vosotras debéis de ser Yurani y Kimberly. ¡Encantada!

Sabía nuestros nombres. Ella nos conocía antes incluso de que nosotras supiéramos de su existencia. Por un segundo, se me pasó por la cabeza la idea de que tal vez estuviera compinchada con esos hombres; después, me deshice de ese pensamiento al observar de nuevo su rostro bondadoso. Podían engañar las palabras, también los gestos de cariño, pero no una mirada. La suya era transparente como el agua.

Ni siquiera preguntó por Leslie, pensé con preocupación. Eso significaba que estaba al tanto de su situación. Ella, Anya, me sacó de mis pensamientos y se dirigió de nuevo a nosotras, con ese acento extraño que, en el fondo, me hacía gracia.

—Voy a ser vuestra compañera de habitación —nos informó—. Así lo han decidido los jefes y, si os soy sincera, yo estoy encantada. Mis otras compañeras eran… un tanto difíciles. Y me siento realmente feliz de conoceros y teneros como amigas.

¡Un momento! ¿Había dicho “amigas”? Esa chica debía estar pirada. Apenas llevábamos unos minutos de primer encuentro y ya se refería a nosotras de esa forma. Comenzaba a darme miedo. En mi país, solo había tenido una verdadera amiga, una amiga de la infancia. Y en eso se quedó, en una amistad de la niñez, una amistad que se esfumó con el paso de los años. Ni siquiera sabía si creía en esa palabra. Solo creía en mi hermana y en mí misma.

Anya no pareció notar mi desconcierto y, si lo hizo, lo disimuló muy bien. Y siguió hablando, con esa sonrisa que no se le borraba de la cara.

—Espero que nos llevemos muy bien. Estoy segura de que será así. Tengo muchos libros y me sé muchas canciones. Lo vamos a pasar genial, los ratos que compartamos juntas.

Ese fue el detonante, lo que hizo que Kimberly se levantara deprisa y se acercara a ella, sin darme tiempo a agarrarla para impedirlo.

—¡Me encantan los cuentos! ¡Y las canciones! Yo también me sé una, es muy bonita. ¿La quieres oír?

—Por supuesto que sí. ¡Estaría encantada! —respondió Anya, mirándola con ternura.

Me di cuenta de que Kimberly estaba dispuesta a enseñarle la canción que nos había dedicado la chica del viaje, la que nos salvó del aburrimiento y de la desolación con el simple hecho de regalarnos un trocito de su vida. Le hice señas con la mirada, instándole a que desistiera de su intención. Kim lo comprendió a la primera y se llevó una mano a la boca.

—¡Lo siento! Se me acaba de olvidar —se disculpó con tanto énfasis, que sonó a mentira.

Anya echó la cabeza hacia atrás y soltó una risita. Después, acarició el cabello de mi hermana y le dijo con dulzura:

—No te preocupes. A mí, a veces, también se me olvidan. ¡Con decirte que ni de mi edad me acuerdo!

Un escalofrió me recorrió el cuerpo al escuchar esas palabras. Le eché, a simple vista, unos cuantos años más que yo. Unos 16, o 17. Era difícil calcularlo, pues su cara risueña parecía de una cría, pero su cuerpo, considerablemente desarrollado, era el de una mujer hecha y derecha. Me sobrecogió el hecho de que olvidase su propia edad. ¿Tanto tiempo llevaría en esta casa, para no recordar cuántos años habían pasado desde su llegada? Me repetí a mí misma con determinación, con una ansiedad inesperada. “Tengo 12 años. Kimberly tiene 5. Tengo 12 años. Kimberly tiene 5”. Después, recé para que no se me olvidara.

 

Después de la primera impresión causada, comprobé que mis pensamientos hacia ella eran ciertos. Anya era una chica muy simpática, agradable. Con la que, a pesar de no existir confianza, una se sentía bien, a gusto en su compañía. Se sentó junto a nosotras y pasó largo tiempo contándonos anécdotas, todas divertidas, ninguna triste; nos habló de las demás chicas que vivían allí, distribuidas por las muchas habitaciones que tenía esa casa; nos dijo nombres, apodos y opiniones sobre ellas. Algunas nos caerían bien enseguida; con otras, sería mejor guardar las distancias. Nos prometió que nos enseñaría todo el edificio, que, poco a poco, nos acostumbraríamos a sus largos pasillos y sus puertas cerradas. Nos informó de que, la puerta que teníamos dentro de la habitación, era un cuarto de servicio; en el que deberíamos asearnos y hacer nuestras necesidades, por turnos. Escuché con atención cada palabra, guardando en mi memoria toda la información recibida, para usarla en caso necesario.

Cuando hubo terminado de hablar, me dirigí a Kimberly.

—Kim, cariño. Ve al baño y lávate la cara. Recuerda que eso es lo primero que debemos hacer cada mañana.

Le guiñé un ojo, cómplice y ella, aunque remolona, se dispuso a obedecerme. Se dirigió hacia el servicio con pasos lentos y, antes de entrar, se dio la vuelta para mirar de nuevo a Anya. Estaba claro que a ella también le había gustado. Además, a Kim la volvía loca hacer nuevas amigas. Será porque nunca había tenido el privilegio de hacerlo.

Cuando me vi a salvo de sus oídos, clavé mi mirada en la de Anya y le pregunté lo que había querido hacer desde el momento en el que se presentó:

—¿Qué harán con nosotras? ¿Para qué nos han traído aquí?

Ella desvió sus ojos de los míos y, por primera vez, su semblante se volvió serio.

—No voy a decirte lo que quieres oír. Me gustaría contarte alguna otra cosa, algo diferente, pero no puedo. —Se encogió de hombros—. Seré directa. Cometiste un error muy grande al caer en las redes de Andy, al ponerte en sus manos. Con ello, te has metido en un mundo turbio. Estás dentro de una de las mafias más grandes del país.

Abrí mis ojos como platos, tanto, que creí que se me iban a salir de las órbitas. Tragué saliva con rapidez, tratando de darme prisa en asimilar la información que esa chica me estaba dando.

—¿Qué clase de mafia?

Anya emitió un suspiro.

—Traficantes de mujeres. Para ellos, no somos nadie. Simplemente… esclavas sexuales.

Creí que iba a desmayarme.

—¿Esclavas? ¿Sexuales? ¿Pero… de qué va todo esto? ¿Qué les hemos hecho?

—Nada. No hemos hecho nada. Pero, en nosotras, ven negocio y dinero. Mucho dinero. Eso es lo único que mueve a esta gente.

—De todas formas, no pueden mantenernos aquí metidas por mucho tiempo. Tarde o temprano, tendrán que dejarnos salir. Y entonces… nosotras nos iremos lejos.

Miré los ojos, de un color verde que nunca antes había visto, de Anya. Analicé su mirada y supe que mis intenciones eran inútiles. De haber podido escapar de ese sitio, ella ya lo hubiera hecho. En cambio, se encontraba ahí, sentada junto a mí, dándome información por órdenes de sus superiores. Al entenderlo, sentí un nudo en la garganta, un peso gigantesco que me impedía casi respirar. Anya no dijo nada. Agachó la cabeza, dejando caer hacia adelante su rubia melena larga, y guardó silencio. Respetando mi angustia. Seguramente, ella ya había vivido esa escena hacía mucho tiempo. Solo que, por aquel entonces, se encontraba en mi lugar; recibiendo noticias de una chica que le resultaba desconocida y demasiado aturdida para querer creerlo.

Me levanté de la cama, enfadada, y la miré fijamente. Mis ojos echaban chispas de la rabia. Ella me mantuvo la mirada.

—No podrán conmigo. No les tengo miedo.

Anya meneó la cabeza de lado a lado, reprobando mi rebeldía repentina.

—Eres valiente, lo sé por tus ojos. Pero aquí no se trata de eso. No conseguirás nada con tu valor. Solo meterte en problemas. Aquí tienes que ser inteligente.

En ese momento, no quise hacer caso a sus palabras. No tardé mucho tiempo en comprenderlas…

Comentarios

  1. Esteff

    24 abril, 2017

    Qué esconderá Anya….a mi que me da que no todas las miradas muestran sinceridad. A veces, a fuerza de prácticas, es facil llegar a mentir con ellas. Gran pasaje, muy bien redactado, me encantó. Aunque como ya es normal, el corazón en un puño.
    A ver si tienen un poco de dulzor en la vida, que no todo debe ser agrio. Uff, que sufrimiento.
    Un beso y seguimos leyéndonos!

    • Imagen de perfil de Patry

      Patry

      25 abril, 2017

      Anya esconde muchas cosas, que se irán viendo dentro de poco.

      La verdad es que comparto tu opinión, hay muchas miradas que no demuestran lo que en realidad son. Como bien se dice, hay muchos lobos disfrazados de oveja. Pero, en este caso, Anya no es uno de esos lobos, si no más bien una víctima más en todo ese mundo injusto al que se han metido. Ella va a jugar un papel muy importante en la vida de Yurani, pero no quiero revelar más, que si no se pierde la gracia al asunto jejejeje.

      Dulzura… la habrá, pero la verdad es que aún falta un poco. En realidad, en las cosas más mínimas, en los gestos más absurdos que, seguramente, en situaciones normales a la mayoría nos pasarían desapercibidos, Yurani va a encontrar la mayor de las dulzuras, momentos bellos que no ha vivido nunca. Aun así, lamentablemente, en este mundo prioriza lo malo, y el sufrimiento pesa más en la balanza que las cosas bonitas.

      Gracias por seguir aquí, guapa. ¡Un abrazo! Poco a poco, y con perseverancia, ¡vamos avanzando!

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    24 abril, 2017

    ¡Excelente! Un abrazo Patry y mi voto desde Andalucía

  3. Luis

    24 abril, 2017

    Pues, quedo completamente enganchado a tu lectura y escritura- mi lectura, tu ficción-. De nuevo consigues atrapar al lector con comedimiento dado el tema tratado, y con inteligencia y persuasión, por eso, un abrazo y mi voto Patry!

    • Imagen de perfil de Patry

      Patry

      25 abril, 2017

      Pues me alegro muchísimo de que quedes enganchado, Luis. De eso se trata y ese es mi objetivo, así que me doy por satisfecha.

      Muchas gracias por tu tiempo y tus palabras. Un abrazo desde La Rioja.

  4. Imagen de perfil de XaviAlta

    XaviAlta

    25 abril, 2017

    Ya estamos en el nudo (o en la boca del lobo para ser más exactos) dónde Yurani demostrará su valor y Anya… será su guía o su tormento?

    • Imagen de perfil de Patry

      Patry

      25 abril, 2017

      Sí, Xavi. Estamos en el nudo, donde quedan muchas cosas por vivir. Anya es un personaje muy importante en esta novela. Lo de si será su guía o su tormento… te dejo imaginarlo jeje. Aunque pronto lo averiguarás.

      Un abrazo y gracias por pasarte.

  5. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    25 abril, 2017

    Los viajes traen estas cosas, pero, aunque sea con un poco de retraso, he podido leer este inquietante episodio, tan bien hilvanado como todos los demás.
    Mi afectuoso saludo y mi voto.

    • Imagen de perfil de Patry

      Patry

      26 abril, 2017

      No te preocupes por el retraso. Como bien se dice por ahí, mejor tarde que nunca… jeje

      Sé lo mucho que cuesta, a veces, sacar unos ratitos para poder atender este tipo de aficiones, leer a los compañeros, escribir nuestras historias… Así que te agradezco que sigas aquí, desde el principio. Y espero que la novela te siga gustando.

      Un abrazo grande, Germán. Y espero que el viaje haya sido todo un éxito.

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