Cuando tienes miedo, un simple sonido o movimiento puede llegar a ser lo más terrible que te puede llegar a pasar. Lo más aterrador… La señal de que, el calvario, ha comenzado. Supe que había llegado la hora en cuanto se abrió la puerta, por segunda vez en aquella mañana. En cuanto vi el rostro de ese hombre, me eché a temblar. Mi cuerpo se volvió víctima de una ansiedad incontrolable y tuve que hacer esfuerzos enormes para controlar mi nerviosismo.
La segunda cosa que activó la alarma fue la expresión de Anya. En su cara se había formado un mohín de disgusto y su mirada reflejaba casi el mismo miedo que ya estaba sintiendo yo. Temía por mí, lo supe desde el primer segundo.
Anya desvió su mirada de la mía y la clavó en Andrés, el hombre que había entrado para llevarme a mi propio infierno. Él se acercó, con pasos cortos pero amplios, como un verdadero gigante. Y sentí el mismo miedo que se siente cuando eres demasiado pequeño aún para comprender que los monstruos, los extraños seres que habitan en nuestras pesadillas, no existen. Solo que en mi vida, en mi realidad, sí existían. Y estaba allí, parado frente a mí, mirándome con ojos inquisidores.
—Buenos días —saludó aun a sabiendas de que no obtendría respuesta por mi parte.
Anya, en cambio, sí lo hizo. Le devolvió el saludo con exagerada educación.
—Buenos días, Andrés. He venido hasta aquí para presentarme y contarle cómo van las cosas en esta casa, como tú me has pedido. Enseguida, traeré mis cosas y me instalaré aquí, junto a ellas.
Andrés no se dignó en contestarle. Permaneció con sus ojos intactos en los míos y abrió su boca, para decir las palabras que tanto temía oír.
—Ha llegado el momento. Es hora de trabajar.
Mi cuerpo se tensó al escucharle. Desesperada, busqué los ojos de Anya y le pedí ayuda con mi mirada. Ella, afligida, se limitó a acercarse a mí y agarrar mi brazo con suavidad.
—Ven. Te enseñaré el camino.
Me negué a obedecer. Mi cuerpo y mi mente luchaban, incansables, por salir inmune de aquella situación irreal. Me mantuve inmóvil, con los pies clavados sobre el suelo, pero todos mis intentos no sirvieron de nada.
—Pórtate bien. Espero que no nos des problemas —me habló Andrés—. No estoy para tonterías. Y recuerda… eres virgen. Debes esforzarte en parecerlo.
Su voz llegaba lejana a mis oídos y, a la vez, me taladraba el cerebro. Mi angustia se acrecentó cuando vi a Kimberly acercarse a mí. Me observaba con mirada interrogante, y su presencia en esa escena hizo avivar mis emociones. Como la actriz en la que ya me había convertido, me esforcé en que el tono de mi voz sonara despreocupado, al preguntar.
—¿Qué pasará con ella? No puedo dejarla sola.
Anya se dirigió a mí, tratando de tranquilizarme.
—No te preocupes por tu hermana. Yo cuidaré de ella. Primero, tengo que acompañarte a tu lugar de trabajo. Después, volveré a su lado, y la acompañaré hasta que vuelvas.
No sabía si podía fiarme de ella. Le estaba confiando a lo más preciado de mi vida, la persona de la que nunca me había separado. No me quedó más remedio que hacerlo.
Después de darle un beso en la frente a Kim y acariciar su cabello con ternura, me dispuse a salir de la habitación, en compañía de Andrés y Anya. Antes de marcharme, miré a mi hermana:
—No te muevas de aquí. Juega con Lara y hazle caso a Anya. Volveré pronto.
Kimberly asintió y, desde la distancia que ya nos separaba, me envió un beso, lanzado al aire por su pequeña mano. Fue ese gesto el que avivó la llama de mis emociones. Mi piel se erizó y mis ojos se humedecieron, amenazando con desbordar el inmenso mar que llevaba dentro. Suspiré con fuerza y, con el corazón a mil por hora, salí. Dispuesta a cumplir con mi obligación. Y a sobrevivir a ello.
Pasamos por pasillos oscuros, dejando atrás chicas, curiosas todas ellas, que nos observaban al pasar. Distinguí en sus rostros una pizca de compasión, un atisbo de pena hacia mi persona. Todas eran conscientes de lo que me esperaba en esa habitación a la que, en un pocos pasos más, llegaríamos.
Andrés se despidió de nosotras con prisa. Antes, me dedicó una mirada que dejaba claro lo que esperaba de mí. Indecisa, entré en ese cuarto, seguida de Anya. Ella parecía desenvolverse con una tranquilidad absoluta en ese mundo. Se dirigió al enorme ventanal que había al fondo y dejó correr sus cortinas, envolviendo la estancia en una oscuridad absoluta. Después, pulsó el botón de la lamparita que había en la única mesita de la habitación; y una leve luz se encendió. La intención de aquella iluminación era la de proporcionar un espacio cálido, acogedor; sin embargo, a mí lo único que me provocó fue un terror absoluto.
A continuación, Anya abrió uno de los cajones de esa mesita y sacó un paquetito, el cual me ofreció, extendiendo su mano hacia mí.
—Toma. Son condones. Úsalos siempre, a no ser que sea muy necesario prescindir de ellos.
Al comprobar la incomprensión en mi rostro, Anya abrió la boca y se la tapó con sus manos, realmente sorprendida.
—¡No me digas que no sabes lo que es esto! —exclamó.
Me encogí de hombros.
—Nunca lo había visto antes.
—Entonces… Por lo que me ha parecido entender, tú ya no eres virgen. Eso dijo Andrés cuando me habló de ti. Entonces… ¿no los habías usado? ¿Sabes el peligro que conlleva tener relaciones sin usar protección?
Volví a encoger los hombros, ante su recriminación.
—No. No lo sé. Nadie se ha molestado en explicármelo. En realidad, a mi padre no le importó acostarse con su propia hija. No creo que le importara mucho tener que usar eso…
Mientras señalaba lo que, aún tenía ella entre las manos, mil dudas surgían por mi mente. Anya me las resolvió todas en un momento, sin necesidad de tener que exponérselas en voz alta.
—Comprendo. La situación por la que has pasado es dura, es realmente injusta. Pero, aunque suene cruel, tal vez eso te ayude a sobrellevar mejor todo esto. Quiero decir… que tú ya has pasado por ello. Hay niñas que lo pasan realmente mal, cuando es su primera vez. El dolor al estrenarte, y mucho más si no es deseado, puede llegar a ser verdaderamente horrible. —Por su voz, deduje que hablaba de ella misma—. Los hombres que vendrán a ti no serán diferentes de tu padre. Tienen la misma frialdad, la misma sangre fría y el mismo deseo de disponer de tu cuerpo a su antojo. De ti depende que el acto en sí sea más fácil o más complicado. Yo te aconsejo que les dejes hacer. Actúa con indiferencia, como si nada estaría pasando; y no pongas pega alguna. De lo contrario, lo harán de todas formas, pero con menos cuidado.
Guardó silencio unos segundos, par a recobrar el aliento. Después, continuó:
—Esto… —Señaló el misterioso paquetito—. Se llama condones, preservativos. Y deberás disponer siempre de ellos. Tiene muchas utilidades. Una de ellas sirve para no dejarte embarazada. No querrás traer un niño a este mundo, ¿verdad?
Pensé rápido en su pregunta, y pensar en ello me hizo evocar la imagen de Kimberly. Otro niño, o niña, como ella; al cual tener que cuidar y proteger de las injusticias que se nos presentaban. No… no podría soportarlo. Así que negué con contundencia.
—¿Y la otra? ¿Cuál es la otra utilidad?
—La otra… —Anya dudó un momento, después suspiró y continuó—, la otra sirve para mantenerte con vida.
No entendí lo que quería decir con eso, pero me fue suficiente analizar la gravedad de su voz para comprender que, sin hacer caso a sus recomendaciones, mi vida podía correr peligro. Me bastó con eso para saber que usaría aquellos trozos de plástico, los cuales Anya ya había desembolsado de su paquetito para mostrarme cómo se usaban. Después de una detallada explicación, Anya se acercó a mí y me abrazó. Me aferré a su cuerpo, a la única señal de cariño que había recibido desde hacía demasiado tiempo, y tuve que luchar por no echarme a llorar; entre sus brazos, como una niña pequeña.
—Tengo miedo —me atreví a confesar, en un susurro.
Ella me apartó el pelo que cubría mi rostro y me habló, con voz dulce:
—Todas lo tenemos. El miedo es algo con lo que tendrás que aprender a vivir. Aunque parezca imposible, se puede conseguir. Solo tienes que saber engañarlo. Déjame decirte una última cosa, pues ya tengo que irme. En unos pocos minutos, un hombre entrará por esa puerta. Desde el momento en que lo haga, tienes que salir de tu cuerpo. Olvida que es tuyo, convéncete de que nada de lo que suceda es real. Obedece sus órdenes, sin oponer resistencia. Y no te sientas culpable por nada. Cierra los ojos así. —Cerró los suyos con fuerza—. Y no vuelvas a abrirlos hasta que se vaya.
Asentí con torpeza, incapaz de controlar el torbellino de emociones que se agolpaba en mi interior. Silenciosamente, le di las gracias por sus consejos; por sus palabras de aliento que, sin saberlo, me estaban proporcionando un bote salvavidas al cual poder agarrarme; sin miedo de caer al vacío.
Después, y sin poder hacer nada por remediarlo, Anya se alejó de mí y se marchó, dejándome sola en aquella pesadilla, de la que nadie podía despertarme.





Mabel
¡Qué angustia! Un abrazo Patry y mi voto desde Andalucía
Patry
Sí, Mabel. Mucha. Gracias y un saludo.
LARRY
La cruel realidad, todo lo que va mal es susceptible de empeorar. Mi voto. Un saludo.
Patry
Así es, Larry. Y lo que mal empieza… mal acaba… Al menos, eso se dice.
Un saludo y gracias por seguirme.
Luis
Buena continuación, un saludo Patry y mi voto!
Patry
Gracias, Luis. Me alegro de que te guste.
¡Un saludo!
Sosias
Mi pasión por la novela sigue viva. Saludos desde Galicia . Mi voto Patry.
Patry
Me alegro de que te guste la novela.
Muchas gracias por leerme y un saludo también para ti, desde La Rioja.
XaviAlta
Sigue el crescendo… Por dura que sea la historia, durísima, estoy disfrutando pues me gusta tu estilo, sin concesiones pero sin necesidad de ser vulgar, metiéndonos en el papel de las pobres desdichadas.
Patry
Me alegra de verdad que te guste mi estilo de escribir, pues no hay mejor premio para un aspirante a escritor/a (como nosotros), que saber que somos leídos y valorados por los demás.
Un saludo y un abrazo.