EL PAQUETE
El cabo espacial Gordon no atinaba a entender cómo le habían convencido para emprender una tarea como aquella. Al inscribirse en la Academia, nunca cruzó por su mente tener que viajar al espacio.
Bueno, era obvio que si en el nombre del colegio, “Academia Espacial Hawkins”, se mencionaba así nada más, como de pasada, la palabra Espacial, alguna relación habría con tener que estar metido en una lata de sardinas, sin más materia en el exterior que millones de kilómetros de espacio muerto entre él y suelo firme y terregoso de algún planeta perdido.
Cierto era que aprobó con honores todas las pruebas físicas. Igualmente las pruebas mentales, dejando incluso algo perplejos a los examinadores al contar con respuestas inusuales para casi todo. No teniendo un sitio mejor para ponerlo, decidieron asignarlo a la astronave de carga más insignificante de toda la flota. Cosas como esa eran las que hacían al ejército una de las máquinas más estúpidamente funcionales del gobierno, y la razón principal por la cual quiso ser cadete. Nada en esa máquina parecía funcionar como debiera, por lo que ir al espacio era una posibilidad muy remota.
Pero helo aquí, caminando a través del gran pez del Capitán (nunca entendió eso de por qué llamarle Capitán al Capitán. Lo asociaba más bien con un barco. No una nave espacial. Pero en fin. Hacía mucho que había renunciado a tratar de razonar con lógica la lógica del ejército), en busca del Ingeniero de máquinas. Al no contestar en su puesto, mandaron a buscarle como perro rastreador, y eso hacía justamente. Empezó a tener respeto por los perros rastreadores cuando comenzó a pensar como uno (¿cómo era posible eso? Bueno, su mente no era lo que podría decirse, común). Suponiendo que la nave espacial tenía un área finita, y que no podía albergar muchos sitios de interés para un Ingeniero de máquinas, se dirigió hacia el área de embarque sin saber por qué.
Ahí, sentados justo detrás de contenedores que pesaban cientos de toneladas, halló a 7 hombres alrededor de una mesa pequeña, con naipes en las manos cada quien y una diversidad de objetos al centro: desde algunos billetes, monedas, hasta cosas tan insólitas que más de uno que no estuviera acostumbrado a observar una partida de naipes en una nave espacial de carga, creería: un ojo óptico, una mano mecánica, un diente de oro… Gordon aguardó solemnemente a que terminaran la partida para hablar con el hombre objeto de su búsqueda.
– Ingeniero Clancy…
El aludido levantó la cabeza mientras hacía los últimos gestos de enfado por la derrota.
– ¿Qué quieres, niño? – respondió, tras darle dos miradas a Gordon.
– El Capitán quiere que le informe la razón de por qué la nave tarda unos cuantos miliparsecs en entrar a los saltos. El siguiente será en dos horas y no se siente cómodo con lo que sucede…
– ¿Cómodo? ¿No se siente cómodo? Creo que su desgraciada silla es la más confortable de toda esta chatarra de nave, ¿y no se siente cómodo?
Gordon le miró escupir a una ventila de extracción de vapores, despidiendo ésta un poco de humo verde tras vaporizar el escupitajo.
– Nunca me he sentado en la silla del Capitán, Ingeniero.
Clancy le miró nuevamente, con una mezcla indefinida de emociones en el rostro.
– ¿Estás burlándote de mí? – dijo, tras soltar otro bolo de saliva a la ventila. – Mira, niño, dile a esa bola de grasa que si unos míseros miliparsecs le causan problema, puede bajarse a empujar la nave él mismo antes del salto.
– Enseguida, Ingeniero. – Luego de decir esto, Gordon dio media vuelta y comenzó a desandar su camino. A los pocos metros, un grito del técnico le hizo aminorar un poco su marcha, sin girarse.
– ¡Modera tu lengua, niño! ¡Dile que estoy trabajando en eso!
Gordon transitó por varios pasillos, esquivando gente que andaba en sus asuntos. Dedicó algunos saludos militares de vez en cuando, llegando al puesto de mando pasados varios minutos. El Capitán estaba con 3 hombres más, mirando algunos mapas llenos de marcas, anotaciones, y números.
– ¿Capitán?
– ¿Qué? ¡Oh, eres tú! ¿Qué te dijo Clancy?
– Que está ocupándose de ello, Señor.
– ¡Maldición! Eso quiere decir que podemos esperar sentados a que ese holgazán resuelva el problema. Odio a los Ingenieros. Necesitan que el desfase tenga un número con valor de dos dígitos después del cero para entrar en pánico…
– Quizás tengamos tiempo para hacer nuevos cálculos, tomando en consideración el desfase actual… – dijo el Oficial de Navegación.
– Puede ser, pero no quiero arriesgarme. Bien, vean lo que pueden hacer de aquí a hora y media, pero mientras no haya necesidad de otra cosa, mantengan el plan original en curso.
– Muy bien, Capitán – dijo el Oficial.
– ¿Me requiere para otra cosa, Capitán? – preguntó Gordon.
– No, por el momento. Anda a tus deberes. ¡Ah, sí! Una cosa más y luego puedes ocuparte de tus cosas. Notifica a los del puerto de abordaje que en una hora enchufará con nosotros el “Bengala”. Dejarán suministros y una buena dotación de fusibles. Pareciera que este cacharro no tuviera otra cosa a que dedicarse mas que a hacerlos saltar y fundirlos…
– Enseguida, Capitán.
Andando por los pasillos hasta la parte media de la nave, buscó al oficial a cargo. Se encontraba meditando dentro de una espesa nube de humo de cigarro… A Gordon siempre le había parecido inadecuada esa expresión. Sobre todo en un caso como el que tenía enfrente, ya que calculaba se requiriesen al menos unas dos cajetillas enteras para generar esa cantidad de humo. Reconociendo las botas de suela color azul eléctrico del Oficial de Puerto, no le importó no poder ver su cara.
– ¿Oficial Jensen?
La nube pareció cobrar vida de pronto, empezando a formar remolinos en su centro. El rostro del Oficial Jensen emergió desde el centro mismo de la nube gris. Portaba en su boca un puro enorme.
– ¿Sí?
– El Capitán quiere que estén preparados para enchufar dentro de una hora con el “Bengala”. Dejarán suministros y una buena dotación de fusibles…
– ¡Por Halley! ¡Justo a tiempo! Tengo la mitad de los malditos circuitos del tablero de control funcionando con retazos de cable eléctrico. Es increíble que no hayamos ido a parar al centro de alguna súper nova, o un hoyo negro al momento de salir de los saltos. Le pondré un altar al desgraciado una vez que volvamos a la vieja y buena Tierra.
– Quisiera pedirle un favor, Oficial.
– Dime, Cabo. Adelante.
– Tengo entendido que las transmisiones personales son imposibles…
– Así es. Nada que no sea estrictamente militar puede mandarse a través de las sub ondas. Están tan saturadas las comunicaciones, que a veces pienso que todas las malditas antenas retransmisoras funcionan con cables igual que mi maldito tablero de control. El día que logremos hallar un sistema de comunicación rápido, funcional, y que no sea alterado por los malditos rayos X de los agujeros negros, y la maldita gravedad de los planetas y sistemas solares, la maldita humanidad avanzará un salto gigantesco. ¿Entiendes lo que quiero decir, chico?
– Que todo está maldito. ¿Hay problema si envío un paquete a mi familia en la Tierra? Algunos soldados me han dicho que ellos les entregan sus paquetes a los de suministros…
– Es caro, chico, pero funcional. Hacen la función que el antiguo correo en la bola azul. De hecho, ahora que lo pienso, es asombroso que en tantos siglos hayamos avanzado tanto y lo más efectivo en ese sentido siga siendo el correo. Increíble, ¿No crees? Te cobran 30 unidades espaciales.
– Puedo solventarlo. Gracias, Oficial.
– No hay por qué, chico.
Gordon volvió a su puesto en el centro de Inteligencia de la nave. Aunque él jamás le hubiera llamado “de inteligencia”. El tener que revisar todos los datos que llegaban de la Computadora Central, y reportar lo que a su juicio eran cosas incongruentes, no le daba mucha seguridad acerca de la competencia del cerebro Brandon-V que manipulaba todas las constantes de la chatarra en que viajaba. ¿De qué servía un cerebro de 3000 millones de unidades espaciales, si tenía que terminar siendo vigilado por un puñado de hombres? Aunque a decir verdad, nunca habían tenido que apagarlo y manejar todo ellos mismos.
Mientras pensaba en esto, revisó dos veces unas ecuaciones y les dio el visto bueno, dando luz verde al programa a que continuara. Luego de un rato más, llegó el momento de su descanso junto con otro cabo como él.
Avanzando hacia el comedor, recordó que no tenía dirección el paquete para sus padres. Desde que despegó hacia el espacio profundo, no se había comunicado con ellos. Bueno, estaba esa ocasión en que aterrizaron para dejar un cargamento en la base militar de Drosphere, ubicado en el punto más lejano del Universo respecto de la Tierra, en la galaxia GND-5296 (era tan lejana que a pesar de haber sido descubierta en el Siglo XXI, y de contar con tres planetas colonizados en su brazo interno hace apenas 200 años, nadie se había tomado la molestia de ponerle nombre).
Era, según el Capitán, “El trasero del Diablo”, ya que por lo mismo de su lejanía, alrededor de 30 mil millones de años luz separada del buen planeta azul, muchas ocasiones la ley brillaba por su ausencia. Esa ocasión había descendido de la nave y salido del puerto espacial asignado a ellos, trasladándose (bajo su propio riesgo, según el oficial de admisiones de la base) a uno de los tantos tugurios existentes en el planeta donde podía comunicarse a casa.
El holograph en ese lugar reproducía una muy deficiente voz de su madre, pero la imagen era aceptable. No se percató de que había sido una mala idea hasta que ella abrió los ojos como platos y se quedó blanca como la nieve. Al girar la cabeza y observar lo que miraba, se acercó más a la Holo pantalla para tapar un poco el fondo. Hacia él, avanzaba a paso lento un Ostroloc. Inofensivo de cierta manera, pero sumamente repulsivo a la vista ya que se movilizaba en base al desplazamiento de sus viscosos seudópodos. Esas criaturas siempre le habían parecido graciosas a Gordon, ya que si uno miraba con cuidado y algo de imaginación, parecía que su cabeza fuera el trasero de una persona, ya que carecían de globos oculares, nariz, y contaban tan solo con una muy curiosa boca, además de poseer unas mejillas prominentes. Claro, solo a él se le ocurría pensar eso. Tras haber tranquilizado a su madre y cortado comunicación, se juró nunca volver a llamarla.
Estando sumido en sus pensamientos, avanzó por la fila hasta las ranuras situadas en la pared frente a él. Tras observar el menú un momento, insertó su identi-card y oprimió una tecla de la barra situada a un lado. El panel se deslizó, dejando ver en su interior un recipiente con comida.
Luego de tomarlo, repitió la operación en las dos ranuras restantes, eligiendo lo que permitían sus créditos asignados como cabo. Había un rincón desocupado en una mesa al fondo, lejos del bullicio que generaban los cientos de hombres comiendo en esos momentos. Abrió el primer recipiente y retiró el plástico protector de los cubiertos, comenzando a dar cucharadas sin saborear siquiera la sopa. Al cabo de semanas de comer lo mismo una y otra vez, ya que no había demasiada variedad en los menús, terminaban atrofiándose las papilas gustativas.
Sacando el paquete para sus padres del bolsillo de la pierna de su uniforme, se percató al observarlo de que no sería fácil colocarle las indicaciones con la dirección. Tenía demasiada cinta adhesiva colocada sin orden. Bueno, no podían ser muy exigentes ya que era la primera ocasión que mandaría uno. Guardándolo nuevamente, terminó sus alimentos ya que los quince minutos que tenía para comer casi habían terminado.
El Capitán se hallaba de buen humor, No podía ser para menos. En 40 años de estar al mando de tantos hombres y de deambular por el espacio, nunca había tenido incidentes de ningún tipo. Su hoja de servicio era impecable, y éste sería el último gran viaje. Los cálculos para el salto estaban listos, y a menos que se presentara algún imprevisto, estarían en Andrómeda en menos de 24 horas, luego de haber descargado todo el contenido de las bodegas de la nave en sus respectivas bases militares. El Oficial de comunicaciones llegó apresuradamente con unas hojas en la mano.
– Capitán, acaba de llegar esto urgente de la Base Uno.
Tomando las hojas y recorriendo con la mirada lo escrito en ellas, comenzó a ponerse de un color carmesí.
– ¡Con un demonio! ¡Sólo a esos imbéciles en el Comando Central podía ocurrirles esto! – gritó a la cara del Oficial de Comunicaciones.
– Lo lamento, Señor.
– Manda de recibido y ya veremos qué podemos hacer. ¡Maldición!
– Enseguida, Señor.
Abandonó el puente y se dirigió a la sala de datos. Caminaba lo más de prisa que sus 70 años le permitían. Al entrar, los hombres se levantaron para saludar marcialmente, cosa que él respondió de manera automática.
– Oficial al mando… – dijo, en tono neutral.
– Aquí, Señor.
– Necesito que ubique en la bodega de carga este contenedor, y lo aparte de los demás – le ordenó, entregándole un papel.
– Permítame verificar su ubicación de almacenamiento…
El Oficial manipuló una pantalla con habilidad. Tras 5 segundos de espera, frunció el ceño al observar lo que arrojó el indicador.
– Señor, ese contenedor está al frente de la bodega. Se descargará en el “Bengala” en algo menos de una hora.
– Pues aborte la instrucción, soldado. Tenemos una contra orden del Comando central. Ese contenedor debe regresar al destinatario en vez del destino programado. ¿Me oyó?
– Muy bien, Capitán. Pero no entiendo… ¿Por qué la contra orden?
– No me mencionaron que fuera secreto militar, así que le contaré lo que sucede: Como bien sabrá, el gobierno de la Tierra ha tratado por todos los medios de hallar la manera de instaurar un plan comercial con Nevel-4, el maldito planeta que orbita la estrella Meleagridis.
– Si, en efecto, pero son unos humanoides obstinados. Según tengo entendido, han tenido avances científicos importantes, es respetable su desarrollo, y por fortuna han sido en apariencia pacíficos, ya que en los 300 años que se tiene de conocimiento de ellos, nunca se ha informado de eventos bélicos o guerras civiles. Manejan un sistema político o lo que sea su equivalente, muy bueno al parecer.
– Bien. Todo eso es verdad. Pero por muy pacíficos y democráticos que sean, no han estado interesados en tener intercambio comercial con la Tierra. A todos los agentes de ventas, cargamentos, e intentos variados por mostrarles mercancías que podrían serles de interés, respetuosamente han declinado. Creo que incluso una ocasión mandaron una nave-dron a dejar, así nada más, un contenedor con diversas mercancías. Se abriría al tocar tierra para que la curiosidad hiciera el resto…
– Muy bien. ¿Y?
– 6 meses después, y ante la falta de la señal que emitiría el contenedor al aproximarse alguien, decidieron que era suficiente y enfocaron el Telescopio Sagan que está en la sonda Copérnico… Toda la maldita mercancía estaba oxidándose a la intemperie. ¡Nadie se acercó siquiera a darle una mirada!
– Eso sí es el colmo, pero… ¿Qué tiene que ver este contenedor que hay que separar de todo eso?
– Los chicos sabios del Comando creyeron que podían cambiar un poco la temática del contenido y cargar cosas que hicieran ruido y tuvieran lucecitas que encendieran y apagaran. Pensaron que los chicos nevelanos podrían interesarse quizás… Sólo que acaban de descubrir que mandaron el contenedor equivocado.
– ¿Equivocado?
– Así es. Hay 20 toneladas de estiércol en mi bodega, en una caja metálica gigante.
– ¿Estiércol? ¿Para qué demonios tienen estiércol en el Comando Central?
– No lo sé ni me importa. Este es mi último viaje y quiero terminarlo en paz. Mande a alguien a que ordene la reasignación del contenedor. Quiero que se haga personal. No por radio o algo puede salir mal. No sería la primera ocasión en que mis órdenes llegan después de dos horas al destinatario.
Gordon iba de camino a su puesto nuevamente, cuando fue interceptado por un Oficial.
– Cabo, necesito que me haga un favor. Es algo informal. En 30 minutos me llamará mi novia por el Holograph y tengo que hacer un pedido para el Capitán en la zona de bodega. No me desocuparé a tiempo, ¿Entiendes? ¿Puedes suplirme?
– No hay problema.
– Gracias. Me salvas el pellejo. Tan solo debes darle este papel al de registros en la bodega y decirle que no debe dejar salir este cubo de mierda del almacén sin antes modificar el destino. Que tiene que ser devuelto a esta dirección en la Tierra. Es una base del Comando Central. ¿Entiendes?
Echándole una mirada a lo escrito, tan solo traía apuntado un domicilio de un lado del papel, y del otro el número de identificación del contenedor.
– Muy bien. Creí que estaban prohibidas las comunicaciones personales a bordo de la nave.
– Chico, en esta vida hay que tener contactos para todo. Pa-ra to-do… Gracias.
Encogiéndose de hombros mentalmente, Gordon se echó el papel a la bolsa del pantalón y se dirigió hacia las bodegas.
En el área de embarques había movimiento en esos momentos. El “Bengala” no tardaría en enchufarse y debían estar listos. Un individuo de andar pausado y vientre prominente, andaba de un lado a otro mientras mascaba un puro.
– ¿Oficial Hendrix?
– Yo soy él. ¿Qué pasa? – le preguntó a Gordon.
– El Capitán ordena que este contenedor no debe ser movido de aquí. Hay que mandarlo a esta base del Comando Central. – le dijo, mostrando el papel con el número de serie.
– Mmmmh… Déjame ver eso… Si, está bien. Es ese de allí, justo detrás de ti, en efecto. No hay problema.
– Bien. ¿Puedo quedarme un rato por aquí? Quiero mandar algo a mi madre y veré quién de la tripulación del “Bengala” puede llevarlo a la Tierra.
– Mientras no estorbes, no me importa. Dale el encargo del contenedor a él también.
Gordon aguardó a que el “Bengala” fuera enchufado correctamente y que los hombres comenzaran sus faenas de descargo y verificación de órdenes. Al iniciar la etapa de embarque, se acercó discretamente a los hombres, tratando de hallar a alguien que le inspirara confianza. Una voz a sus espaldas le hizo girarse.
– ¡Maldita sea! ¡Pero si es mi amigo Gordon en persona!
– Hola, Connor. ¿Eres tripulante de esa lata de sardinas?
– Modera tu lengua. El “Bengala” es solo 50 años más vieja que tu nave. Dios, es increíble que estés efectivamente aquí.
– ¿Efectivamente?
– Así es, muchacho. Hace dos semanas estuve de licencia en la Tierra y fui a visitar a mis padres. Me conoces desde niños, demonios, y sabes que no puedo dejar de ir a verles cada vez que piso la Tierra. Mi madre le dijo a tu madre, y justo el día de mi partida llegó con esta hermosa caja de galletas que habría de entregarte si te veía.
– ¿Pero cómo sabías que me encontrarías?
– ¡Ja, ja! ¡Eso es lo mejor! No tenía la menor idea, pero tu madre se empeñó. Además, las empacó con ese nuevo plástico auto ad, que ioniza el interior y crea un vacío hasta que lo abres, por lo que técnicamente tenía 6 meses para encontrarte. No podrás negar que soy buen amigo. No la abrí para comérmelas. Cuando supe que enchufaríamos con ustedes, las traje conmigo para buscarte.
– Bueno, muchas gracias. ¿Regresarás a la Tierra luego de esto?
– Lo lamento. Nos conectaremos mañana con otra nave y quedaré reasignado ahí. Debo irme. Dile a tu madre que cumplí con éxito mi misión aún a costa de mi vida. ¡Ja, ja!
– Lo haré. Gracias.
Gordon colocó la caja de galletas sobre la mesa de bitácoras y continuó esperando a hallar al hombre adecuado. Por fin, un hombre de aspecto cansado parecía el indicado. Su mirada le delataba como ansioso de tener licencia pronto.
– Hola, Buen día.
– Buen día, chico. ¿Qué necesitas?
– Me dijeron que quizás alguien de la tripulación del “Bengala” podría llevar un paquete a mi madre en la Tierra…
– Ya veo… Sí, es posible. Nuestro Oficial de máquinas es un Vegano. Creo que él tiene licencia en dos días y podría enviar tu paquete desde allí, o enlazarlo a otra nave. Es seguro, no te preocupes. Lo llamaré.
– Gracias.
Tras algunos minutos de espera, un humanoide de piel verdosa llegó hasta él.
– Hola, soy Dzul – dijo el traductor electrónico que portaba en el cuello.
– Hola, soy Gordon. ¿podría hacerte un encargo para llevar a la Tierra? Es para mis padres. Será una enorme sorpresa para ellos.
– Claro, no tengo problema en eso. Mañana enchufaremos con otro transporte que se enlazará con otro, y ése con un tercero. Creo que ése último podría…
– Espera, espera… Son demasiados transportes y creo que seguramente se perderá. ¿No hay otro modo?
– Lo único que puedo ofrecerte es mandarlo desde mi planeta, pero tendrías que escribir con exactitud la dirección. Mi sistema de correo es automatizado y se requiere que no haya errores.
– Bueno, supongo que es la única opción. Déjame buscar un papel para anotarla.
Buscando en sus bolsillos, sacó el papel con el número de serie del contenedor, unas llaves, una goma de mascar, y una pluma. Colocándolo todo sobre la caja de galletas, empezó a buscarse en los bolsillos traseros, encontrando por fin un trozo de papel lo suficientemente grande para anotar lo que le pedían.
– Ok, déjame recordar… Creo que es así: Súper cúmulo de Galaxias Virgo, Cúmulo de Virgo, Grupo Local, Vía Láctea, Brazo de Orión (a dos terceras partes de camino desde el centro de la galaxia), Sistema solar, 3er planeta, Continente Americano, Estados Unidos de la Federación, Estado de Nueva York, Condado de Yates, Pueblo de Starkey… calle… número… Código Postal… Listo. Ten. También cancela esta orden en tu bitácora de almacén, por favor… Te daré unas 30 unidades espaciales.
– Muy bien.
Luego de darle las gracias mientras recogía las llaves y demás cosas, volvió a su puesto.
El salto no puso mayores problemas, luego de haber realizado los ajustes convenientes, dando la apariencia de que todo transcurría normalmente.
Un ciclo o 24 horas después, dado que la humanidad continuaba midiendo el tiempo en el espacio como en la Tierra, fue llamado Gordon a la cabina de mando del Capitán.
– ¿Me mandó llamar, Capitán?
– Sí, Gordon. Pasa. ¿Sabes? Iba a retirarme hoy pero ya no me será posible hacerlo. ¿Tienes idea de por qué razón?
– No, Capitán. Lamento no poder darle esa información.
– Muy bien, Gordon. Te la diré. ¿Conoces el problema de falta de comercio con Nevel-4? Debes saberlo, claro. Es conocido por todo el universo que son el único planeta que no tiene comercio con nadie. Pero que al ser del tamaño de dos Júpiter juntos, y ser poseedor de una gama de materiales increíblemente útiles para la Tierra, resulta en una pena. Ayer dejé instrucciones a alguien de que hiciera algo, que me enteré después no hizo, siendo encomendada esta instrucción a alguien más, que tampoco hizo bien. ¿Estás enterado de esto?
– Supongo que mi ignorancia no es evidencia de falta de conocimiento del hecho, Señor.
– Así es, Gordon. Mandaron hace un rato del Comando Central, un cable por las sub ondas. Textualmente dice: “No entendemos el motivo de la jerga en clave del texto. Favor de explicar”. ¿Quieres saber el texto, Gordon?
– Me ayudaría a disipar mi ignorancia, Señor.
– Bien. Dice así: “Querida madre: Estoy muy bien. La comida no es mala ya que no he perdido peso y la vida en el espacio no es tan mala…”. Es el inicio de algo que llegó ayer al Comando Central.
Gordon se enderezó del respaldo de la silla en que se había sentado.
– ¡Oh, pero hay más! ¿Sabías que el Presidente Mundial me llamó hoy? Bueno, las sub ondas llegaron hace un rato, pero lo mismo da. Me acaba de relevar de mis funciones como Capitán de este cacharro y me nombró Director de la comisión para el comercio con Nevel-4. Yo quería irme a mi casa a cultivar petunias.
– Me agradan las petunias, Señor.
– A mí también, Gordon. A mí también. ¿Podrías pensar, luego de tantos siglos, por qué demonios todo el maldito planeta de Nevel-4 desea cambiar lo que sea por toneladas de galletas de avena? Ya se les dijo que pueden cultivarla y preparar las galletas ellos mismos, pero están empecinados a no sembrarla. Quieren las malditas galletas ya que no tienen nada similar y les encantaron. Por cierto, tu madre no quería cooperar para dar la receta de las galletas. Y parece que el maldito plástico en que estaban envueltas les funciona como catalizador para no sé qué cosa. ¿Alguna idea de cómo llegó un paquete con 100 galletas de avena a su planeta?
– Comienzo a perder la ignorancia, Señor.
– ¡Eso es muy bueno, Gordon! Muy bueno. Hay una nota que mandó un vegano para ti, y llegó hace unas horas. Dice: “Confundí los papeles. ¿Cuál es el correcto para el paquete, la caja y el contenedor?”. ¿Alguna idea de qué habla?
– Creo que sí, Señor. – dijo Gordon, recordando que en su ansiedad por anotar todo correctamente, había dejado abandonada la caja de galletas con la hoja de destino a Nevel-4 que debía cancelarse, justo encima del panel de bitácoras en la sala de embarque. Y que la hoja del paquete para sus padres se la dio en la mano al vegano, pero el paquete en sí no llevaba anotado nada… Además de una leyenda en la cinta en que estaban envueltas sus cartas, que decía: “Ejército de los Estados Unidos de la Federación”. Debió haberse hecho un lío el vegano tratando de dilucidar a qué pertenecía cada cosa. Y recordó algo: los veganos tomaban todo literal, así que cuando uno dice frente a un vegano que será una enorme sorpresa, prácticamente levantan la vista al cielo. Debió haber supuesto que el contenedor…
– Hay otro mensaje para ti, Gordon. Tu padre trató de que todo el maldito ejército te hiciera llegar esto.
Un mensaje breve, decía: “Hijo, gracias por el estiércol. Será un abono excelente para esta cosecha”.





Mabel
Muy buen Cuento. Un abrazo Alex y mi voto desde Andalucía
Strophantus
Gracias, Mabel.
Desafinado
Una imaginación desbordante. Soy nuevo en esto y estoy aprendiendo a manejarme. Al ver que te faltaba un voto y el trabajo merecía pasar la primera de las pruebas, te he votado para que entraras en portada. Good Luck.
Strophantus
Muchas gracias. Es un honor.