UN NUEVO CONCEPTO DE ARTE.
La expresión artística debe su desarrollo a un mecanismo de acción-reacción en la que el catalizador es doble: por una parte está el academicismo ortodoxo y por otra el cumplimiento de su sentido u objeto, de la auténtica finalidad de la creación artística: llegar a transmitir al espectador el mensaje que el artista desea.
Desde la expresión “séptimo arte”, que implica la existencia de otras seis formas artísticas, hasta las escuelas y facultades de Bellas Artes, todo parece indicar que las reglas, los modelos, la ortodoxia y la supremacía de algunos académicos rigen esta forma de expresión. Pero ¿qué es el arte en realidad? ¿Qué efecto tiene en él la ortodoxia y las normas sobre su creación? ¿qué es un artista y quién no merece tal calificativo? ¿qué significa tener talento artístico y quién decide sobre este particular?
Se impone, pues, un nuevo concepto de arte, movido por resortes diferentes a los puramente convencionales, y cuyo elemento central no es otro que el cumplimiento de su verdadera esencia. Es, por tanto, sobre la naturaleza primordial de la creación artística sobre lo que versa el siguiente ensayo.
LA BELLEZA COMO FACTOR FUNDAMENTAL DE LA EXPRESIÓN ARTÍSTICA.
Parece obvio que toda expresión artística debe poseer el componente “belleza” de forma necesaria e indeclinable. Pero yo pienso que la belleza es algo totalmente subjetivo, y la subjetividad invita a las ambigüedades, y éstas a la interpretación múltiple de los conceptos.
Los académicos odian la libertad. Están para eliminarla, para dictar normas a cumplir, para ejercer como suprema apelación sobre las controversias respecto a las múltiples facetas de la expresión artística. ¿qué concepto poseen ellos de la belleza?¿qué es la belleza, pues? ¿existe acaso un concepto universalmente válido sobre la belleza? La respuesta es no. Sí que se han marcado ciertos cánones, ciertos formalismos mediante los cuales se ha tratado de limitar la enorme falta de concreción del término, pero eso no aclara nada.
Lo que para algunos es bello, para otros no lo es. Sin embargo esta confrontación se ha solucionado mediante el dictado de normas emanadas de los que se suponen son las máximas autoridades en la materia. La consecuencia ha sido clara: ellos otorgan, suspenden, revocan, reasignan y retiran para siempre la calificación de artista. Ellos deciden si algo es o no es arte, y ese es el punto de partida de lo que sigue.
EL ARTE COMO LA FORMA DE EXPRESIÓN MÁS ELEVADA QUE POSEE EL SER HUMANO.
Partiré de la premisa siguiente: el arte pretende transmitir aspectos, casi siempre inmateriales y espirituales, que requieren de formas abstractas para lograr llegar al espectador y estimular sus interioridades más auténticas.
Imaginemos un soneto, que cumple las normas de sílabas de arte mayor, rimas en consonante, que encadena perfectamente los dos últimos tercetos…. Pero que, debido a que debe respetar todas esas reglas, pierde con ello gran parte de su capacidad de transmitir. El escritor se ve forzado a prescindir del término adecuado, o altera la sintaxis gramatical para forzar la rima. El resultado, bien puede ser que el mensaje que recibe el oyente no sea el que deseaba transmitirle el escritor. Pero, para que sea un soneto, debe cumplir unas reglas.
Dicen que solía decir Góngora que “el buen poeta logra superar esas trabas y eso es, precisamente, lo que lo diferencia del mal poeta”.
Ahora pongamos como ejemplo la música. ¿transmite más el virtuosismo que la pasión en la ejecución? ¿qué motivo hay para nombrar las obras por sus tonalidades y modalidades cuando estas cambian innumerables veces a lo largo de las composiciones? ¿debe tener una obra un estructura fijada de antemano, comenzando por un allegro, al que sigue un adagio, para culminar con un presto vivace? ¿debe ser la Toccata y Fuga una forma musical que eleve a un músico a la categoría de artista cuando su música, que respeta las reglas de esta forma, no dice nada al oyente?
Esos son limitaciones a la expresión artística. Esas reglas van en menoscabo de la pureza de la expresión, en detrimento del mensaje.
Beethoven abrió su primera sinfonía con un acorde disonante. Los eruditos críticos en la materia se burlaron de él. Esto me causa indignación cuanto menos. Dijeron que en la “Heroica”, Beethoven había olvidado las más básicas reglas de la armonía y que se había perdido en un laberinto de formas sin sentido. ¿creen ustedes que esos sesudos eruditos, críticos de genios hacen algo por el bien del arte como forma de expresión? Yo pienso que, en absoluto.
Van Gogh fue usado por críticos de la pintura como saco de boxeo por su forma de pintar, a la que llamaban “infantil” y “alejada de lo correcto y laudable”. Picasso fue objeto de burlas por esos mismos sesudos academicistas, a los que les producía indignación que alguien pintara cosas como esas.
De Baudelaire y Ducasse dijeron que eran jóvenes que jamás llegarían a ninguna parte. Afirmaban que escribían “cosas sin sentido, orden ni concierto”.
Las obras de teatro debían observar ciertas formas, cumplir con sus partes diferenciadas y no salirse jamás de los modelos establecidos por los que dictan esas ridículas normas. El teatro de “vanguardia” existe por pura y simple aclamación popular, aburrido de contemplar obras en las que el espectador sale de ellas vacío y sin un mensaje claro.
LA CONTRIBUCIÓN DE LAS ACADEMIAS DE ARTE.
Así pues, ¿qué consiguieron los académicos con esa actitud? Entre otras muchas cosas, principalmente menoscabar la esencia artística y limitar y cercenar la expresión de los sentimientos del artista.
Pero ocurre una cosa muy curiosa. Resulta que cuando un proyecto de artista (en cualquier faceta) es criticado, repudiado y hasta excomulgado por los academicistas, y luego el público y los años lo ponen en su lugar, se le acepta en un proceso que podríamos calificar de “diferido”. Pero, aún así, lejos de reconocer sus errores, los ortodoxos arbitran reglas para que esos visionarios tengan cabida, y todo ello con el objeto obvio de no perder credibilidad ante los amantes de la expresión artística.
Cuando Beethoven presentó su cuarta sinfonía, y su sordera comenzó a ser notable, se abrió la más feraz e inspirada faceta del maestro. La quinta sinfonía fue “salvada” por la bucólica y convencional “Pastoral”. La Séptima sinfonía marcó la decadencia del genio. Sus obras dejaron de interpretarse, y sus apuros económicos, junto con el contencioso sobre su sobrino Karl hicieron mella en el maestro. Durante cinco largos años, Ludwig sobrevivió gracias a las limosnas de sus mecenas y apenas si escribió nada digno de él. El motivo era sencillo: debía escribir para vivir, y, por ello, adaptarse a los modelos y reglas impuestas por los críticos. Y cuando ya era un artista acabado, represaliado por romper los moldes del clasicismo, produjo la “Novena”. Introducir un coro en una sinfonía era blasfemo a los ojos de los académicos. Su
carácter tampoco le ayudaba a granjearse amistades entre los críticos más solventes de la época. La percusión que introdujo en la composición instrumental de la orquesta junto con la “excesiva presencia de instrumentos de viento en su modelo orquestal” fueron duramente criticados en la época. No fue hasta que se estrenó esa obra sin parangón en la historia de la música cuando más de uno tuvo que tragarse sus palabras y reverenciar algo sublime, tanto que abrió una nueva etapa en la historia de la música. Tuvieron que rendirse ante la evidencia, pero, eso sí, con altivez y reticencias, sin hacer acto alguno de humildad y reconocer cuán injustos habían sido con el arte de Beethoven.
GENIOS LITERARIOS Y REBELDES
“Le Bateau Ivre” fue el poema que Rimbaud envió a Paul Verlaine para presentarse ante él, ya consagrado poeta, y penetrar en los círculos más selectos de las letras parisinas. Cuando el joven y terrible genio adolescente asistía a esas “soirées” en las que los poetas leían sus obras, se comportaba como un indignado que pensaba que todos esos poetas no eran más que “cagatintas obedientes” que hacían lo correcto para ganarse el aplauso de los críticos. Su obra, visionaria y de culto hoy día, fue comprendida de inmediato por Verlaine, pero duramente criticada por las autoridades literarias de la época.
“Les Chants de Maldoror” de Issidore Ducasse (Comte de Lautréamont) fue autopublicada parcialmente (y con su dinero) por el joven onanista. Nadie reparó en ellas sino para calificarlas de “blasfemas y de porquería incomprensible”. Hoy día es un autor de culto, precursor del surrealismo literario.
“The Raven”, vendido por siete dólares a The Strand Magazine, fue calificado como otra muestra de la locura y crónica embriaguez de Poe. El público, no obstante,
quedó anonadado cuando leyó aquella metáfora encarnada en un cuervo, pero los académicos se burlaron del pobre Edgar, con la inestimable ayuda de sus enemigos.
Juan R. Jiménez comenzó a escribir unos versos, libres, alejados de las formas poéticas impuestas, que expresaban lo que jamás poetas anteriores habían logrado: abrir el espíritu al lector, hacerle reflexionar y elevar la expresión poético-literaria sus más altas cotas. Las obras del Nobel español escritas durante sus períodos depresivos de los años veinte y treinta abrieron otra puerta al arte literario a base de soportar críticas severas sobre sus “anárquicas” creaciones. En Moguer, su pueblo natal, era conocido como “el loco”, que tenía a un jumento como mascota, y al que dedicó su obra más conocida. De nuevo, los académicos tuvieron que esconder y doblar su prepotencia ante la aclamación popular.
Lorca consiguió con el “verso libre” unir la belleza, la musicalidad y el sentimiento más íntimo como nadie antes lo había hecho. Hizo del castellano un instrumento músico-literario que, aún hoy, sigue siendo insuperable.
“El almuerzo desnudo”, “On the road” y “Yonki”, por citar algunas, abrieron la puerta al pop art literario, pero fue el público lector el que las comprendió, no los académicos que se enfrentaban a estilos que rompían totalmente sus anacrónicos moldes.
LA PINTURA Y LOS GRANDES VISIONARIOS
Los pintores de las Monarquías y de las aristocracias europeas solamente comprendían el arte pictórico como el reflejo fidedigno de una realidad. Poca diferencia veo yo con las pinturas rupestres de Altamira: Una suerte de fotografía de la época. Pero llegaron los rompedores del moldes, y, como siempre, no fueron ni mucho menos bien recibidos.
Los grandes maestros españoles, Murillo, Velázquez, Valdés Leal, todos fueron pintores muy obedientes a los moldes impuestos por los eruditos. Luego vino Goya y comenzó a quebrar esas reglas, logrando una conexión espiritual con el espectador no lograda hasta entonces.
Los impresionistas, los modernistas y los pintores etiquetados como “abstractos” fueron criticados duramente y fue de nuevo el gran público el que corrigió a los que dictan los moldes del arte, es decir, a los que despojan al arte de su principal cualidad: la expresión libre de los sentimientos más profundos.
¿qué decir de la fusión de las artes plásticas con el arte convencional? Las texturas, grandes innovadoras en su día, lograron sacar de quicio a los críticos. Para comenzar, decían que “eso no es arte, sino una cosa indeterminada que poco dice del talento de quien realiza esas obras”. Depauperadas por ellos mismos lo que llamaron “artes plásticas”, no tardaron en identificarlas con ellas.
Y llegamos al gran Dalí. Pasó por muchas etapas, pero el surrealismo (“yo soy el surrealismo, y es Dalí el surrealismo”- decía) tampoco fue acogido con ilusión ni nada
parecido, sino con la consabida y manida crítica de tildar de “basura” aquellas genialidades. Todos coincidieron en que “el Cristo” era su única obra de calidad, y digo “todos” cuando me refiero a los críticos. Las obras en las que Dalí transmutaba la materia, disociándola e innovando como nadie se hubiera atrevido a hacerlo, eran objeto de escarnio y burla. Sus competidores, incapaces de hacerle sombra siquiera, estaban encantados. De nuevo fue el gran público, y sobre todo los espectadores foráneos los que quedaron convencidos de que el catalán era un genio a la altura de los más grandes.
LA MUSICA
Vivaldi retrató las estaciones del año, en su conocida obra “las 4 estaciones” como nadie. Obviamente, aunque tuvo sus detractores, la mayoría se rindió ante tamaña expresión del realismo musical.
Franz Joseph Haydn, autor de más de cien sinfonías se limitó a respetar escrupulosamente las formas imperantes en la época, pero su música, aparte de amenizar las fiestas de la alta sociedad de la época, poco dicen al oyente si las comparamos con las de autores “rompedores de moldes”.
Las sinfonías de Haydn son tonales de principio a fín. Un tema básico es desarrollado mediante variaciones (también tonales), siguiendo la estructura básica de la sinfonía y sin apartarse un ápice de lo establecido.
Podría enumerar decenas de autores que siguieron en la línea del clasicismo más ortodoxo, pero todas pueden resumirse en una reflexión: esos moldes cercenaron de forma evidente su talento creativo, y quizá de no haberse impuesto esas reglas
como necesarias para la buena acogida de la crítica, Haydn hubiera sido un autor de bastante más calado.
Y llegó Beethoven. Comenzó componiendo “Variaciones sobre una marcha de Dressler”. Luego adoptó la sonata como referencia; el piano, los cuartetos de cuerda, los conciertos para piano (o violín) y orquesta de cámara. Su virtuosismo pesaba más que su expresividad por aquellos entonces. Pero él estaba hecho de una pasta diferente. Comprendió rápidamente que los moldes limitaban su genio, y decidió prescindir de ellos. Lo hizo paulatinamente hasta que abrió su primera sinfonía con el famoso acorde disonante. Esa obra está plagada de pasajes que luego serian su firma personal.
“Claro de luna”, “Apasionata” o “Patética” ya son composiciones en las que los sentimientos afloran como un volcán escupe las entrañas de la tierra. El Presto Agitato de “Claro de Luna” describe el desamor como ninguna otra composición de la época. En sus notas hierve el desencanto, en sus fusas se agolpan los sentimientos más profundos que provoca el amor no correspondido. Antes, en el Allegretto, la felicidad se transforma en un suerte de minueto que retrata los días de disfrute del amor correspondido.
Luego vendrían composiciones de más enjundia. “La Quinta”, es una obra condescendiente motivada por las críticas sin piedad que recibieron sus anteriores composiciones sinfónicas. Aún así, tuvo Beethoven que componer la “Pastoral” para dar un dulce a los críticos y seguir en el mundo de los vivos.
Pero con la séptima y la Octava, Beethoven rompe con esa condescendencia obligada, y también escribe la Sonata en Si bemol, auténtico ejemplo que retrata las aseveraciones anteriores.
Hector Berlioz fue uno de los que supo comprender a Beethoven. Tampoco él se libró de la burla de los críticos, cuando las revistas especializadas en música publicaban caricaturas haciendo referencia al exceso de instrumentos en la orquesta, porque aun estaban enamorados de las composiciones para orquesta de cámara de Mozart.
LO BELLO VERSUS LO GROTESCO, LO FEO, LO DELEZNABLE
“El arte debe contener la belleza como elemento principal. No hay arte sin belleza”. Esta es la afirmación que, seguramente, más ha confundido al amante de la expresión artística.
La belleza es un concepto subjetivo, pero todos tenemos una idea innata sobre ella. El artista debe saber expresar su mensaje tomando la belleza como referente principal. Estas afirmaciones fueron la respuesta de los academicistas ortodoxos a las nuevas formas de expresión artística.
Lo grotesco encierra la idea de lo extraño, lo raro, e implícitamente lo alejado de la belleza natural, de la armonía suprema.
Lo feo jamás puede ser arte bajo esas premisas.
Luego está lo que encierra un todo integrado por lo grotesco y por la ausencia de la belleza pura: lo deleznable. Esa fue durante mucho tiempo la base de las críticas negativas sobre todo arte que no comulgara con los moldes impuestos por las academias.
La irrupción del Blues, del Rock´n´roll, del pop y demás estilos afines, fue tildado por los críticos como “la más evidente muestra de la decadencia del arte”. Referencias racistas, folclóricas y demás lindezas fueron las reacciones ante estas formas musicales.
En los sesenta y setenta, proliferaron los grupos del llamado “Rock sinfónico”. Mostraba a músicos virtuosos, que realizaban composiciones rompedoras, pero respetando la “belleza” y teniendo el virtuosismo por bandera. Y claro, siempre con duras reticencias, fue aceptado con tibieza por la crítica. Aún estaba por llegar lo feo y deleznable. Y entonces surgió el “punk rock”, y sus variantes.
El pop de los Beatles, que hoy se considera una muestra de frescura e imaginación, también fue censurado y calificado de mil formas diferentes, pero ninguna de ellas “adecuada”. A ello se unió lo que dieron en llamar “corrupción de la juventud”. No soportaban tanta libertad en el arte, porque para ellos el arte debía seguir unas reglas que ellos mismos imponían.
“Basura”, “decadencia moral” y “anarquía” fueron algunos de los epítetos con los que se trató de definir a esos estilos musicales, a los cuales se les negaba incluso la inclusión en la “música”. Pero pronto se demostró que esa música transmitía todo lo que la juventud rebelde necesitaba para alimentar su espíritu inconformista.
Y surgieron los himnos del Punk, y también los discos basados en tres acordes y también los ropajes impíos y blasfemos…. Todo valía con tal de evitar que los sentimientos humanos fueran expresados libremente por medio del arte. No hacía falta belleza, ni virtuosismo, sino inmediatez, comunicación, conexión con las mentalidades de las épocas.
Y ASÍ SIGUE SIENDO EL “ARTE”
Con considerable retraso, el academicismo artístico, sigue debiendo doblar la rodilla ante el gran público, que con la universalización de la cultura y el acceso a la misma por las clases populares, ha logrado abrir el concepto de expresión artística.
Esta es una muestra fehaciente del freno que para el desarrollo espiritual de la humanidad suponen los moldes ortodoxos.
Pero la vida sigue, y, con ella, también la expresión artística, con independencia del tipo que sea. Y todo ello a pesar de los sabotajes a la libertad creadora, verdadero motor de la espiritualidad humana.
Se impone un nuevo concepto del arte, más libre, menos sujeto a formalismos y moldes, y en definitiva a todo lo que coarta y limita su verdadero sentido: expresar y transmitir la esencia misma de lo humano.




Mabel
Muy buen texto, me encanta su contenido, es hermoso y a la vez delicado. Un abrazo Laureano y mi voto desde Andalucía
María Florencia Sassella
Me gustó mucho tu línea argumentativa. Y también creo en el artista como interpelador, cuestionador, deconstructor del orden establecido.