La fiesta

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Estaba concentrado en la lectura, cuando alguien llamo a la puerta, me levanté de mi asiento y fui a abrir. Era don Felix, un hombre viejo de mirada serena, quien desde hace unos años, y en compañía de su esposa, me ayuda con las labores de la casa.

─Están todos ─me dijo.

Se refería, sin duda, a mis amigos, a mis colegas, a algunos familiares de ellos y a varios conocidos que venían a la reunión. Pero cuando el señor Félix dijo “Están todos”, no recordé nada al respecto y por eso le pregunté:

─¿Quiénes?

Y él respondió con tranquilidad:

─Todos los invitados.

Entonces caí en la cuenta de lo que quería decirme y un vago sentimiento, mezcla de sorpresa y de un disimulado desanimo, me invadió. Habría una fiesta esa noche y por ese motivo habían venido todos.

Me encontraba en una de las habitaciones del segundo piso, donde acostumbro leer en horas de la noche después de regresar de la universidad. Las luces de la ciudad se podían ver débilmente a través de la ventana, cuyas cortinas de terciopelo estaban corridas un poco. A un costado veía un estante de madera lacada que ocupa toda el área de la pared, repleto por entero de libros. La techumbre inclinada, pintada de blanco y atravesada por vigas de madera color caoba da al recinto cierto aire de tranquilidad y aislamiento, ambiente que me ayuda a reponerme un poco en las noches cuando la honda pena me atormenta. Volví a sentarme a la mesa y permanecí inmóvil, mirando fijamente hacia la ventana. Después, cerré el voluminoso libro que tenía abierto y me dirigí hasta la terraza de la torre circular, que se levanta en un costado de la casa, con el propósito de disipar la tristeza mirando desde allí a lo lejos. El sol empezaba a ocultarse tras las montañas y los arboles comenzaban a teñirse de negro, el cielo estaba despejado y había en él algo desconocido que me inspiro extrañas remembranzas. De vez en cuando, llegaba desde el primer piso el rumor de las voces y las risas de los invitados.

Es una casa de habitaciones amplias, de grandes ventanas y un patio hermoso en donde bien pueden soñar los enamorados. Su ambiente interior es característico de la viejas casonas y poco antes de yo adquirirla fue restaurada con esmero. Su aire de antigüedad llamo mi atención cuando la vi por primera vez y este detalle contribuyo mucho para que me decidiera a comprarla. Está ubicada a corta distancia de la ciudad, próxima a una carretera secundaria y se halla rodeada de árboles y prados. Su amplitud me ha permitido dedicar uno de los cuartos del segundo piso como biblioteca y otro, el más espacioso, para mi colección personal de especímenes. Estando en su interior me siento a gusto, me agrada su silencio y su aislamiento. Curiosamente, en una de mis pesadillas recurrentes la veo con las paredes derrumbadas, subo por una escalera en forma de u hasta un olvidado cuarto ─inexistente en realidad ─y al acercarme a su puerta el más intenso miedo me hace despertar.

Quince años han transcurrido desde la muerte de mi esposa y diez desde la partida de mis dos hijos a un país lejano. A veces hablo con ellos por teléfono queriendo oír que han cambiado su decisión de quedarse allí de forma permanente, pero la mayoría de las veces están de prisa y sus palabras son más bien frías. De los demás familiares que aún viven, estoy alejado desde hace muchos años y muy raramente les escribo o recibo una carta de ellos.

No tengo claro en qué momento mi estado de ánimo empezó a alterarse, solo sé que desde hace unos años para acá, todo lo que en el pasado me producía alegría y me traía sosiego ahora está impregnado de desencanto y en ciertas ocasiones de una aridez insufrible. Algunas noches, justo en el momento de conciliar el sueño, me llegan a la mente imágenes muy vividas de mí pasado, de mi niñez por ejemplo, siempre acompañadas de una nostalgia indescriptible.

Después de consultar a los más eminentes médicos de la capital, solo espero que mi tristeza habitual desaparezca un día de repente o que pueda llegar a aceptarla como un rasgo de mi personalidad.

Considero que no es mi relativo aislamiento la causa de ella; desde la niñez he disfrutado de los momentos de soledad y en el presente ésta no es completa. A menudo converso con los demás profesores en la universidad, con los alumnos y también con algunas personas amigas. En los últimos meses mis descubrimientos paleontológicos me han reportado cierta fama, con frecuencia soy invitado a eventos científicos e incluso, en ocasiones, recibo llamadas de profesores del exterior.

Mi prestigio ha ido aumentando cada día y no me falta el respeto y la admiración de mis alumnos. Mis excursiones a distintos lugares del país son frecuentes y celebres en la universidad, pero ni aun en ellas puedo librarme por completo de este sentimiento de melancolía; ni mi éxito profesional es suficiente para traerme algo de alegría.

De aquella visión optimista que caracterizaba mi sentir en la juventud ya poco queda y la causa de este cambio la ido comprendiendo lentamente. No en un proceso lineal, sino, más bien, en un duro camino de concienciación, en el que avanzo y retrocedo y vuelvo a avanzar y retroceder, para terminar avanzando apenas algo.

Poco tiempo después de haber llegado a esta casa me habitué a ir, durante mis días de descanso o en las noches cuando el clima es favorable y no logro concentrarme en la lectura, hasta la pequeña terraza de la torre circular y quedarme allí por varias horas pensando. Mientras contemplo las arboledas y la ciudad, o veo sus luces titilantes, he fijado mi atención en el entorno social que me ha rodeado y aún me rodea, pues es una amalgama de valores y sobre todo de antivalores que poco cambia.

En realidad estas meditaciones acrecientan aún más mi mal estado de ánimo, pero es algo que en cierto modo no puedo evitar. Hacen también que a veces me sienta dominado por un sentimiento de animadversión hacia los otros, es algo así como una ligera molestia que en ciertas ocasiones se acrecienta. No es esto algo que yo busque de forma deliberada ni algo de lo que me sienta complacido, es el desenlace lógico de las conclusiones a las que he llegado.

De lo primero que pude darme cuenta fue de la doble vida que vive la gente, fenómeno del que la mayoría no es consciente. En ciertos momentos se habla de amistad, de solidaridad, de honestidad, etc.; se piensa en lo trascendente, se critica lo malo que hay alrededor y se pide a Dios protección. Pero en realidad la mayor parte del tiempo se vive dominado por el más crudo interés.

Hay tardes en las que el cielo se puebla de nubes grises, y un manto de frio cubre la ciudad; empieza a caer luego una llovizna menuda, apagada y uniforme, que dura varias horas, entonces mi desolación aumenta y si no fuera por mis ocupaciones no sé hasta dónde me arrastraría. Mi profesión ha sido un antídoto, de esto estoy seguro, no solo ante mis quebrantos anímicos, sino también ante el ambiente social que me rodea.

Los médicos que me han visto, y a los que he podido contarles algo del contenido de mis cavilaciones, alegan que la mayoría de mis argumentos no tienen fundamento, que son exageraciones o que son el producto de una visión sesgada. Se extrañan, además, que un hombre dedicado al estudio de animales desaparecidos hace miles de años se preocupe por asuntos como estos. Yo pienso, por el contrario, que se trata de temas que afectan a todos y que mis conclusiones no distan demasiado de la realidad.

Ya desde joven me fije en el hecho de que la gente valora más al dinero que a sus semejantes. Aquello del valor del individuo, de la persona, es, sin duda, algo secundario. Según esta lógica, alguien vale si posee riquezas y prestigio o si genera utilidades. Con facilidad se llega a los insultos y aun a los golpes por unos cuantos centavos, y mientras unos gozan de la riqueza y tratan de aumentarla por distintos medios, lícitos o dudosos; otros, condenados a la pobreza, viven una vida de penurias y sufrimientos, sin tener esperanza de escapar un día de esta suerte.

Me cuesta trabajo, a veces, no sentirme desolado ante esté desprecio soterrado por el otro. Pero no es lo único que me deja pensativo o con un sentimiento entre la rabia y la impotencia; hay otros asuntos más sutiles, detalles sin importancia como me han dicho varios doctores, que presencio a cada rato en casi todas las personas que me rodean. Entre ellos esta esa insana y ridícula tendencia de hacerse notar por algo. Siempre algo físico o exterior: una sofisticada vestimenta, algún nuevo artefacto o una pomposa fiesta.

Durante mis primeros años como profesor tuve que soportar un trato muy distinto del que ahora recibo por parte de mis colegas. Estoy seguro que en este largo camino que he recorrido, me ha ayudado mucho mi originalidad. Pero esta tiene un precio y sé que muchos me han mirado con recelo desde hace algún tiempo. Últimamente poco me importaba esto y casi lo había olvidado por completo. No obstante, me sentí muy sorprendido cuando días antes me contaron su idea de ofrecerme un homenaje y, más aún, cuando me dijeron, con sorpresiva confianza, que mi casa les parecía el lugar más adecuado para ello. No comprendí como podían afirmar algo así, ya que apenas dos o tres amigos la conocían. Por mi parte no había hecho comentario alguno sobre ella, pues mi interés al comprarla no era otro que tener un lugar donde refugiarme discretamente, donde sustraerme del trajín diario y dedicarme al estudio. Estaban muy atentos conmigo, y después de pensarlo un poco, acepte; creyendo que se trataría de una pequeña y corta reunión.

La noche llegó junto con la música que anunciaba el comienzo. El señor Felix vino a llamarme de nuevo. Descendí, entonces, por las escaleras circulares hasta al primer piso y al llegar a la sala escuche el aplauso de todos los presentes. Uno de mis colegas pronuncio algunas palabras y luego la música continúo. Había un gran número de personas, estaban los pocos que consideraba cercanos y fuera de ellos un amplio grupo de conocidos. Todos lucían muy elegantes, y como de costumbre en eventos de esta clase se comportaban con cierto aire de sofisticación. Algunas parejas empezaron a bailar, y otras se ubicaron en el patio, que bajo la luz de las bombillas daba la impresión de mayor amplitud.

Yo estaba perplejo por la manera como había sido recibido, y sin saber que hacer me senté en un sofá y alguien me trajo una copa.

El cielo estuvo despejado y poblado de estrellas hasta muy tarde, luego se cubrió de nubes grises y una llovizna menuda cayó sobre la ciudad. La reunión continúo de manera cordial hasta la madrugada.

Aquella noche los colegas, y todos los demás asistentes, me trataron con gran respeto e inusitada confianza; y aun los amigos hablaron de mí como quien habla de un país lejano, fascinante y desconocido. Yo distante de lo que pasaba a mí alrededor, trataba de repensar las cosas y en vano luchaba contra mi habitual tristeza.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    2 abril, 2017

    Muy buena historia. Un abrazo Salomón y mi voto desde Andalucía

  2. Fran

    2 abril, 2017

    El escrito me ha ido llevando. Sin dudas posees eso de pocos escritores que dejar fluir al lector. Cuando la narración comenzó, pensé que era la casa de Norman Bates (hasta decis ‘trabajar con especimenes’). Luego, no… Era imposible. Universidad, familia, sin embargo me quedó la idea de que compró la casa de él. Bah. No sé , delirios míos jajaja.
    Me gustó mucho (si tengo que reconocer que en partes necesitaba mas ritmo en la historia, pero esos son gustos de lectura).
    Un abrazo grande y mi voto

  3. sncaltero

    2 abril, 2017

    Gracias por su opinión, Fran. Efectivamente el profesor compra la casa y allí vive algo retirado de la sociedad y aquejado de depresión. Este cuento está influenciado un poco por Viaje al centro de la tierra de Julio Verne.

  4. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    2 abril, 2017

    ¡Cuánta soledad hay en los homenajes a las viejas glorias!, ¿verdad, Sncaltero? Excelente relato.
    Mi cordial saludo y mi voto.

  5. Imagen de perfil de veteporlasombra

    veteporlasombra

    9 abril, 2017

    Empecé leyendo el texto un poco a regañadientes, hasta que me conseguiste meter por completo en la historia. Creo que padezco la misma enfermedad que el protagonista, y, de alguna forma, comparto su mirada. Sí, hasta pareciera que las nubes lloraran tan solo para acomodarse a los sentimientos melancólicos de uno. Pintas bien aquello de que el ser humano es pura contradicción, mera apariencia e interés. Y lo de escoger como escenario una fiesta en la que el homenajeado se muestra como ausente… qué buena elección. En definitiva: me encantó lo que subyace debajo de las líneas de tu relato. Un saludo…

  6. sncaltero

    12 abril, 2017

    Gracias, veteporlasombra. La idea (un poco inconsciente) era crear un contraste entre la alegría y apariencia social de la fiesta y los sentimientos del protagonista y su comentario me hace pensar que logre este objetivo. Un saludo.

  7. Imagen de perfil de gonzalez

    gonzalez

    23 abril, 2017

    Me gustó mucho, Sncaltero. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

  8. Imagen de perfil de VIMON

    VIMON

    26 abril, 2017

    Muy buen relato que se lleva el merecido voto diez, Saludos.

  9. El observador

    27 abril, 2017

    Un relato, sin duda, muy interesante. Muestra una posición crítica hacia el individuo, hacia la sociedad y hacia la vida misma. Mi voto para ti.

  10. sncaltero

    2 mayo, 2017

    Muchas gracias, complacido de ver mi escrito en portada

  11. Imagen de perfil de Celeste

    Celeste

    21 junio, 2017

    Salomón, muy agradecida por tu voto, no te he contactado antes porque no te encontraba. Escribes muy lindo. Un abrazo. Tienes mi voto.

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