Cuando entraron en aquella farmacia, todos los que ahí esperábamos sentimos una especie de ensimismamiento, como si entráramos colectivamente en trance y estuviéramos, de golpe, ajenos a todo lo que no fueran ellos.
Parecían ser madre e hijo. La mujer tendría unos noventa años, y el hijo una veintena menos. Los dos eran muy altos pero lo más llamativo eran sus cabellos largos, blancos y visiblemente despeinados, como si el peine no fuera una práctica habitual.
Él llevaba una barba tupida, pero corta. No tenía aire de Santa Claus alguno, carecía de la dulzura necesaria, sus ojos pequeños y redondos se me antojaron siniestros. Su voz, todos la escuchamos porque el lugar se había sumido en un silencio notable, era aflautada, una voz que no condecía con el resto de su cuerpo.
La mujer llevaba puesto un vestido por sobre la rodilla, como si todavía fuese una jovencita, una flor de canutillos se arrastraba mustia sobre su hombro pendiendo de una sola puntada que no se animaba a ceder. Pidió la silla que estaba contra la pared y uno de los emplados se la acercó. Se sentó con trabajo, con la ayuda de un bastón verde botella que tenía la cabeza de un hombre tallada.
Advirtió que la observaba y me miró adusta, como si la hubiese ofendido, luego me ofreció una media sonrisa que sus ojos velados por cataratas desmintieron. “Mi marido” —dijo— y tomó el bastón de su centro levantándolo, para que yo y el que quisiera admirase el tallado.
—Treinta y seis —dijo la farmacéutica, y yo me alegré de que al fin les tocase el turno.
Sin pedirme permiso la anciana me tomó del brazo para ponerse de pié. Su garra se clavó en mi muñeca con una fuerza inesperada, sus uñas amarillas eran largas y sucias; su hijo se acercó y me reemplazó sin musitar un gracias. Entonces pude sentir el olor de ambos, fétido, casi putrefacto, y el brazo comenzó a quemarme en la huella carmesí que aquella mujer había dejado sobre mi piel.
Se acercaron a la caja mientras la farmacéutica recitaba mi turno y rociaba con delicadeza chorros de desodorante de ambientes cerca de nosotros.
Pedí las aspirinas que había ido a buscar, pagué rápido y con cambio. Salí a la calle y me pareció verlos en la esquina, pero la imagen se diluyó junto con el vaho de un camión que pasaba.
Me urgió el deseo de volver a casa y bañarme, refregar mi cuerpo con la esponja dura, como si estuviese contaminada, corrupta. El brazo seguía ardiéndome y la forma curva de su uña quedó estampada en mi muñeca. Nunca pude sacarla. Tatuó mi piel con aquel único contacto, como sellando con esa marca, el pacto de volvernos a ver.





gmarcelo
Me gusto. Muy bueno! Continuará?
Mabel
¡Excelente! Un abrazo Carmen y mi voto desde Andalucía
gines
Me gustó tu texto. En muy poco espacio has creado alrededor de estos siniestros personajes un ambiente misterioso, que me atrapó. Felicidades, saludos, mi voto… te leo…
Carmen de María
Muchas gracias!, nos leemos…
Esruza
Muy bueno, ¡Felicidades y mi voto!
Esruza
María Florencia Sassella
Una clase magistral de descripción.
Carmen de María
Uy qué lindo tu comentario! , muchas gracias!
GermánLage
Muy extraños los personajes, Carmen, pero excelente su descripción y la creación del ambiente siniestro.
Mi cordial saludo y mi voto.
Laure
Magnífico. Un saludo.
Beto Brom
Un gustazo leerte, ¡¡muy original!!
Abrazotes
Ninfasu
Siniestro…me gusta