Dale tirá, matalo – me decía.
Y ahí estaba yo apuntándolo con un revólver, el primero que había tocado, asustado y abatido antes de jalar, igual a él que me miraba con terror y desesperanza, sentimientos que yo sentía pero en la vereda opuesta en otras circunstancias y sabiendo que ese hecho a punto de suceder implicaba el fin para ambos.
Mis manos transpiraban y mi dedo se resistía a tirar mientras ese hombre, la víctima, se encontraba arrodillado frente a mi, delante de su auto, parado en medio del pavimento esperando el disparo letal, recordando su vida, queriéndola y cuestionándola a la vez porque sólo en momentos así uno entiende el significado y el valor que esta posee.
De pronto la lluvia comenzó y empapado bajo el agua me decidí a realizar la tragedia más grande. Mis zarpas agarraron firmemente el arma y mi dedo índice comenzó a apretar el gatillo hasta que un ruido ensordeció mis oídos y entre el humo ocasionado por la pólvora, vi al señor mayor desparramado en la acera con un agujero en la frente del que salía sangre a borbotones y se desparramaba por todos lados con ayuda de la lluvia. En ese instante mi compañero me agarró del brazo y gritándome me dio la orden para escapar, y mientras lo hacíamos atrás dejaba la dantesca imagen con curiosos que comenzaban a salir de sus casas alertados por el disparo y el sonido de la sirena de la policía que se acercaba.





Mabel
Muy buena historia. Un abrazo Martín y mi voto desde Andalucía