El ocaso era inminente, el sol de apoco iba bajando, la marea golpeaba fuerte contra la playa y el viento soplaba violento sobre mí, a veces impidiéndome avanzar, retrasando un poco más la separación eterna.
Ya adentrándome al mar y con sus cenizas resguardadas en el cofre que sostenían mis manos, me dispuse a recordar aquel hermoso y único día en ese mismo lugar en el que nos habíamos visto por primera vez y nos habíamos amado por primera vez.
Ambos nos encontrábamos vacacionando con nuestras respectivas familias, yo con apenas quince años y el con unos varoniles dieciocho, y por algún motivo, ajeno a lo racional, los dos habíamos decidido ir a presenciar el ocaso a esa misma playa perdida entre las dunas y en absoluta soledad.
Apenas nos conocimos sentimos una atracción inmensa y escandalosa, como dos imanes. Ambos recorrimos nuestros cuerpos vírgenes con miradas libidinosas y tiernas a la vez, y luego de esos cateos visuales se acercó y me pidió permiso para celebrar la puesta del sol junto a él y yo ni lerda ni perezosa accedí.
Y ahí estuvimos sentados en la arena frente al mar, hablando, conociéndonos y seduciéndonos por un largo rato; y ya cuando el sol había desaparecido y la marea había crecido mojándonos los pies, decidimos despedirnos, pero justo en ese momento nuestros labios se encontraron como por arte de magia y la pasión inexperta comenzó a arder entre los dos ayudándonos a traspasar los límites y a conocer ese bello placer que tantos años había esperado y al fin había sucedido.
Una vez acabado tal acto de gloria nos miramos a los ojos sonriendo a la vez y sabiendo que nunca más nos separaríamos, que nadie nos separaría, salvo obvio, la inevitable muerte.
Entonces allí estaba yo, cincuenta años después, en ese icónico lugar, con el agua salada ya en mi cintura, vaciando el cofre de sus cenizas, cumpliendo su pedido y prometiéndole mi amor incondicional y venganza con sabor a justicia.





Mabel
Muy buena Novela. Un abrazo Martín y mi voto desde Andalucía