Los mosquitos de los muertos

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Ángel fue demasiado coño de madre y hay que rezarle que jode, murió y lo enterramos a finales de enero en un año que no quiero recordar y prefiero decir que fue ayer, quizá haya sido hace poco aunque fue hace mucho, eso ya no importa. Qué difícil se hace adaptarse a su no compañía llena de cuentos ebrios de madrugada cuando el barrio todavía no era barrio y el cementerio ya llevaba la cuenta de nuestro olvido sin aún conocernos, piensa Santiago fumando antes de irse a trabajar y viendo desde la ventana del rancho, allá abajo, la ciudad de los muertos. Habrá que cortar el matorral que trae el calor del medio día y lo empoza, que no deja ver las escaleras que suben hacia las veredas y se internan por los ranchos, ahuyentar a los mosquitos de los muertos que suben en bandadas y quieren entrar como en las tumbas por las fisuras de los bloques y techos de zinc; les digo que nosotros no estamos muertos. Qué coño se podrá hacer con la basura que nosotros mismo tiramos por la ventana y que rueda rasguñando el cerro donde se encarama nuestro hogar y cae al cementerio estancada para siempre, qué se podrá hacer con los carteles que no existen y que no indican el camino si subir y bajar se hace de memoria para poder atravesar el cementerio General del Sur y llegar por fin a nuestras casas, un grupo de ranchos que se aprietan contra sí cada vez más y se llaman porque así el mismo Dios lo quiso, barrio la voluntad de Dios, inmediatamente ese es el pensamiento secundario.

Inhala una patada al cigarro y sin camisa empieza a sentir el madrugonazo, las luces de los carros en la autopista empiezan a vibrar dirección Valle-Paraíso hasta que se confunde el sentido, el barrio es el punto en la circunferencia que divide la ciudad de los vivos y la ciudad de los muertos, un cerro con casas que no están vivas ni muertas. Amanece como un rumor falso que no resuena en la bóveda del campo santo pero que para Santiago es el murmullo del día que se avecina envuelto en el último humo del cigarro, la colilla queda encaramada en la ventana y un aire capitalino la tumba fuera del rancho. Quiere ver cómo la madrugada se desbarata fuera de la ventana y con ese despojo tratar de que le conceda un recuerdo extraviado de Ángel. Habla para colocar los pensamientos en palabras y no dejarlos en los pausados giros de la consciencia, escuchar su propia voz de acento ligero y áspero, Ángel y sus tragos en la mañana dice Santiago a su mujer que apenas enseña su rostro entre la oscuridad fría de la madrugada y del contenido onírico y quebrantado, ése coño de madre y sus curdas que revientan a estas horas, sus peas de botellas rotas, de cazador de insectos nocturnos, de bailes en tinieblas y de amigo de difuntos. Debe ser que le gustaba la soledad y el abandono a los límites de la ciudad cuando vio por primera vez ese terreno en la parte más alta del cerro para invadir, la pasividad de los muertos rodeado por el eco de los vivos y él pasando por las tumbas sin pedir permiso por encima de ellas en días donde el sol aprieta las cienes y el ron presentándoles amigos también vivos, entre indigentes y borrachos, seres roedores y ciegos, bandidos y cojos, mal vividos que encuentran en esta soledad de la tierra el lugar perfecto para vivir fuera de la ley. Tú lo veías ahí, a mi papá rascándose con las luces del medio día bajo los grandes samanes, sino donde reposan las mejores tumbas como esperando algo en la eternidad, como jalando las sombras, descansando la rasca entre el sueño de los dormidos, aprendiendo cuentos que trae la Sayona desde el más allá, escuchando las oraciones de los deudos entre el monte y las lapidas, a veces hablando con un difunto con la botella de Anís casi vacía, guardando un traguito para devolverse al barrio, un borracho cualquiera entre dos ciudades. Pero es que bastante oscuridad hay en los apartamentos del subsuelo Santiago, dice su esposa poniéndose los sostenes luego de buscarlo un rato entre las sabanas, tú sí que hablas guevonadas dice uno de los dos. Es que a estas horas. A estas horas yo no sé qué sucede con los pensamientos.

Aja despiértate carajito, que te despiertes que vas a llegar tarde al colegio y no te has bañado, ya te llene el tobo de agua, que te levantes, no te vayas a quedar dormido de nuevo y deja la ladilla de estar escuchando a los gatos en la noche deambulando entre los techos, pero mamá no son los gatos, es la bruja que lanza un puño arena sobre la lata de zinc, yo la vi la otra noche con su vestido de zamuro y su cara de vieja sucia yéndose a dormir en los arboles del cementerio, quiero preguntarle que hay más allá de los sueños, es la muerte carajito, escucha la voces que vienen desde allá abajo llamándote. Fabián se sacude y deja en la orilla del ensueño y la vigilia una imagen para jugar después, padre e hijo están listos para salir del rancho y atravesar la necrópolis, la esposa abre la puerta y la madrugada azul se mezcla con las sombras oscuras del rancho empozadas desde anoche, cierran la puerta y a fuera la brisa sube en gruta por las escaleras, veredas y callejones trayendo voces que no existen y entumeciendo los cuerpos, se aprietan contra sí, Santiago toma la mano de Fabián, ambos van descendiendo alumbrando sus rostros entre farolitos y bombillos que cuelgan en las fachadas de las casas y se van orientando entre el rancherío, a veces miran al cielo, casi amanece con una luz trémula de dormidos. Hay otras sombras que descienden entre ellos dos, los madrugadores que también deben atravesar la ciudad de los muertos para llegar a la ciudad de los vivos; no es una novedad esto se cumple todo los días, no hay otra alternativa para llegar o salir de sus hogares. En los cambios de luz que inseguro es subir o bajar porque hasta la Sayona teme que la violen y no aparece así se sea una noche de brujería, aquí se le tiene miedo a los mal vividos que con caras de muertos te pueden escoñetar la vida.

Santiago y Fabián salen del callejón y la abertura los deja ver desde lo alto el campo santo, las puntas filosas de los mausoleos, los panteones familiares, las plazas circulares donde se reúnen las procesiones, las casas de los muertos debajo de los grandes árboles, el cementerio de los judíos, el valle de los pobres, las esculturas derretidas de los colosos de Dios, las procesiones espectrales que quedaron de ayer, las plegarias que revolotean como un ave lenta y desaparecen con la transición de luz . Descienden la escalera y entran al cementerio, amanece y el primer rayo de sol alumbra el granito pulido de las tumbas, esto emociona a Fabián que ahora con el cuerpo caliente va jugando saltando sobre ellas, con luz de madrugada de sombra hacia otra igual, saltos al granito alumbrado por el sol, una sí y una no, permiso señor muerto que aquí voy. Santiago camina despacio sin perder la vista de su hijo que siempre va jalando la marcha, lo llama y le indica el cambio de rumbo internándose en la ciudad muerta en vez de buscar la salida, Fabián inmediatamente sabe que se demoran las clases y se alarga el recreo, muy cerca está la tumba de Ángel.

Allí está el sepulcro del abuelo con la virgen manchada y podrida, esculpida en el ánimo de compadecerse de los pecados y miserias de sus criaturas, elevada apenas por encima del matorral, alzándose en una tempestad de olvido, arrepentida y entregada a la esclavitud de observar bajo sus manos piadosas el sueño eterno de Ángel entre el calor hervido que ya de mañana ronda entre el monte como si se hubiese hecho de día de repente, con el florero roto deja estancar un agua horrible y que funda una siniestra comunidad de plaga que zumba en la dejadez, la porquería y los recuerdos, son zancudos y moscas, milpiés y ciempiés, chicharras y caracoles, cucarachas y escarabajos que viven en el letargo prolongado de urnas oxidadas y vacías, capillas solitarias y criptas abandonadas, ultrajadas por los vivos; es el preámbulo de lo que podría ser nuestro encierro en la memoria de los deudos que poco a poco nos van dejando de querer, pero Santiago no te deja de querer, aquí está contigo así no estés. Santiago saluda respetuosamente la virgen porque sabe que ella resiste al igual que Ángeles y Arcángeles, Serafines y Querubines, cristos oxidados y mutilados, cruces depravadas y rotas, negras y empobrecidas, humildes criaturas responsables de la vigilia estática a los que yacemos en el subsuelo, soportar las penurias de los sepultados y abrigar lo más profundo de nuestro apego, el alma expirada que como una mariposa nocturna flota entre la urna y que los mosquitos de los muertos van tratando de entrar por las fisuras para comernos.

Santiago no sabe que hay después de la vida pero aún se pregunta que hay después de la muerte, arranca las hierbas malas y el matorral alrededor de la tumba de Ángel, corre los mosquitos de los muertos que insisten otra vez y para siempre de nuevo, quita la botella de ron que seguramente dejó un amigo de Ángel en una visita al azar y por fin se logra sentar cerca de la virgen, enciende un cigarro y fuma mientras Fabián se va buscando el cuchicheo de los niños descalzos y camisas rotas que llegan a estas horas a jugar, con raspones en la piel al fallar el salto de una tumba a otra, se reúnen bajo el nicho de una tumba que sobre sale de un difunto importante que la lluvia no llegó a inundar, bajo ella está la charca de barro y pantano, un lugar perfecto para un salto imposible hacia el techo de un mausoleo de Dios. Son sus amigos que alzan sus cabecitas por encima del matorral y las cruces, espantan la plaga y toman las velas que algún rezagado las prendió a su difunto querido, las roban para convertirlas en resina y venderlas en el mercado de nuevo. Huyen y se divierten sin ser espantados hacia las veredas del barrio que ya casi se conecta, en tramos de basura, con el cementerio, sino toman vías estratégicas para escapar más rápido o llegar a una tumba exacta por estos caminos pavorosos y solitarios; se van jugando entre la maleza y el granito porque a plena luz del día no deben sentir miedo a menos que inesperadamente se encuentren a un mal vivido o muy de vez en cuando un anima que pregunta o pide una dirección u objeto extraño. Santiago deja que vaya y venga, que salte y caiga, ahora puede tratar de reunir fragmentos de sus recuerdos. El trabajo de Ángel es ofrecerse a barrer el sepulcro de una tumba anónima de un recién fallecido, ofreciéndole a los deudos echarle agua a las flores, cortar el monte del alrededor, no robar las velas y que el fuego del difunto siempre alumbre en una noche cualquiera, que no te roben el muerto. Ángel siempre a la orden y borracho incumpliendo su palabra apenas los deudos se van, vagando entre las catatumbas y a veces entre rituales místicos donde no debe estar, participando en entierros en tardes húmedas donde viene la lluvia a no dejar que el cemento seque y deje una melancolía en el corazón rodeada de moscas, haciéndose amigo de seres murciélagos que aparecen al final de la tarde y traen crack y piedra, insistiéndole que las animas no existen pero que él ebrio más de una en una madrugada de vuelta a su rancho o durmiendo en lo más profundo del valle de los muertos fue perseguido o logró de buenas ganas por la curda entablar conversación con un penitente pidiéndole que cancele la resurrección porque ya no tenemos miedo a la voluntad de Dios, ya el sueño eterno no nos incendia el alma, ni el rumor de nuestras voces resuena en la muerte, ya no silbamos al medio día, nos hemos ido quedando en silencio, antes inquietos detrás del el sol y la luna en procesiones fantasmagóricas de recién fallecidos, ahora inmóviles, no hay fantasmas, sino muertos.

Detrás de los niños los entierros en lo sucesivo empiezan a suceder aislada y penitentemente, el gentío aterrador de deudos cargando sus muertos y esquivando tumbas, mirando fijamente hacia una parte repentinamente rota de lo ya pasan hacer recuerdos, recuerdos partidos y ahora enterrados ¿Qué será eso que flota en el aire antes del encierro? se preguntan los niños, Fabián cree saber la respuesta. Las procesiones se dirigen por nieblas soleadas y senderos llenos de maleza, granito roto y plaga, cruzando por debajo de portales y rejas de aposentos fúnebres, van absortos en el día, musitando las voces escondidas del llanto y dejando su estela de tristeza en la lapidas pasajeras. Llegan al sitio de la sepultura y se despiden susurrando cerca de su rostro, hay algo que sube a los árboles y los rezos se confunden con los suspiros, las lágrimas se empozan a los pies de la virgen o cerca de un Arcángel mellado. Los deudos no conocen a otros deudos, los ven remotamente encandilados en el monte. Se van como vienen, extraviados en un cementerio perdido y extrañando la ciudad, pero si volviesen la vista atrás, algunos por casualidad otros por añoranza, observarían una visión que se ve de vez en cuando fugazmente vaporosa, una sombra colorida, el último movimiento solar que recibe el difunto en su tumba, es el alma que sube al aire, sino se fue bajo tierra, muy adentro, dice Fabián. Santiago cree y siente que eso que flota es un vago rumor de Dios, una sensación desconocida por los vivos, a veces luz, a veces aire, se cola entre los grandes samanes, entra el matorral y las criptas, alumbra las inscripciones en las lapidas y se filtra perpendicularmente en las catatumbas, aspiramos algo de ella y desaparece.

Ángel fue demasiado coño de madre y hay que rezarle que jode, ahora mucho más porque no tiene calavera, lo tuvimos que enterrar dos veces y prefiero recordar que quizá haya sido hace mucho aunque fue ayer. Es un cuento de espantos aquella noche en que el palero y el hechicero concretaron negocio por su cabeza, gatos mierderos de la ciudad se internaron en la necrópolis y llegaron al sepulcro del borracho que se ganó a puño de tierra y barro en tantos años de rasca y cuidar difuntos, se presta para ser profanada en plena nocturnidad; el palero conoce bien los asuntos del negocio, el cemento que sella el sepulcro está fresco y mucho más lo que va a ser la calavera de Ángel. Una lucecita de móvil que prende y apaga les indica el camino y la tumba frente a ellos es la indicada. Se escucha un grito aislado de un perro o de una noche de brujería en el fondo de un panteón, la luna entre las nubes grises a veces muestra su rostro y de nuevo se esconde para no ver nada, pero las luces del barrio y sus reflejos ayudan alumbrar el trabajo. Apartaron a los mosquitos de los muertos, a los grillos que entre el monte suenan, las chicharras se callaron y la virgen se quedó quieta, ahí está el ataúd de madera de pino y asas de plástico en un hueco oscuro a pocos metros de profundidad, lo cóncavo del sonido delató su llegada. El palero salió del hueco asustado por el olor fresco de la muerte, el hechicero vestido de blanco descendió y abrió la tapa del ataúd con machete en mano, una calavera preciosa y brillante envuelta en la hediondez, con ojos ciegos y cabello roído, gusanos que ahora mariposas vuelan a la noche. Un zarpazo bastó para desprender la cabeza del cuerpo, inmediatamente la guardo en el saco y mucha cal. El borracho Santiago quedó profano. No fue necesario sellar de nuevo la tumba, nadie hará nada, no se buscarían los culpables, es un negocio que se vuelve común y que queda por cuenta de los parientes volver acomodar el muerto. ¡Hay virgen hicimos algo sin culpa!

Sin cabeza igual te quiero como se quiere en los recuerdos, como adorando las imágenes inconclusas, a los textos no terminados, a tu cuerpo mutilado queriéndolo completar con un circulo, pero algo al olvido le falta incluir, será tu cráneo. Recuerdo bien la cirrosis, el hígado hinchando y podrido, los vómitos en la madrugada y el olor a ron que sube a la nocturnidad y se mezcla con la frescura celeste, pero no tu cabeza. Las veredas del barrio y tú tirado ahí, flemático, calvo, gozando de la autopista y sus gritos de accidentes automovilísticos, el primero en saludar las estatuas y pausas del cementerio, porque no sé qué te gustaba más. Desde la superficie al subsuelo habrá caminos hacia tu tumba y desde ahí hasta la ciudad. Hay que rezarle que jode pensó Santiago por última vez, aunque nunca le rezaba. Y allá va el camino que no existe hacia la ciudad, ¿cuándo tendremos nuestro propio camino? seguramente para dejar de visitarte.

Empieza a transitar una brisa fresca en los albores rutinarios de la calma y la soledad, las voces de la ciudad llegan en ecos incomodando a los que acá reposan, las serpientes se enrollan bajo las cruces de granito, los murciélagos se estremecen en el fondo de los mausoleos familiares, las lagartijas se quedan quietas entre el sol y el mármol. El medio día vagamente elaborado en la ciudad de los muertos va empujando a Santiago y Fabián a la ciudad de los vivos, llevándolos a las negligencias que ahora tendrán que soportar en las calles y avenidas.

Nota:

El cementerio general de sur (caracas, venezuela) fue fundado en 1876, se encuentran allí sepultados personajes ilustres de la historia venezolana así como también personas comunes, hay un importante patrimonio en cuanto a monumentos y esculturas que han acompañado a los difuntos desde finales del siglo XIX. En 1982 fue decretado monumento histórico nacional y hoy día, a más de un siglo de su fundación tanto los difuntos como las piezas históricas están rodeadas de desapariciones, gracias a personas mal vividas, con motivos de brujería o santería, sin incluir a todos los allegados que entran al campo santo a delinquir, beber, fumar , violar , profanar. Todo bajo la vista nula de las autoridades capitalinas. No se le tiene miedo a los muertos, sino a los vivos.

Comentarios

  1. csquerea

    18 abril, 2017

    Tienes razón, a los vivos son a los únicos que hay que temer. Saludos.

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    18 abril, 2017

    ¡Excelente! Un abrazo Iker y mi voto desde Andalucía

  3. Imagen de perfil de Blue Skin

    Blue Skin

    24 abril, 2017

    El principio de tu lectura me dio mucha risa. Cuando vi tu perfil sabía porque tenía ese toque particular: ¡Venezolano! Somos así hermano. Muy buen relato.

    • Iker Avell Briceño

      24 abril, 2017

      saludos compratriota! trate de ser lo mas serio posible. pero es inevitable, la risa entre nosotros siempre es buena.

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