Me compré un telescopio para mirar a la Luna. Monté el trípode, coloqué las lentes y aquella primera noche las nubes me impidieron ver el astro prisionero de la Tierra. por eso no me importó, ya la vería otro día.
Pasaron muchas borrascas y un día cuando regresaba a casa me sorprendió la luz lunar, eran unos rayos mortecinos, sepulcrales. Sin quitarme la ropa de abrigo saqué el telescopio a la terraza, pero la luz de la ciudad contaminaba el firmamento y la visión de la Luna no era clara.
Una cosa son los sueños y otra… El telescopio cría ahora polvo en el fondo de un armario y la Luna sigue alli.





Mabel
Muy buen relato. Un abrazo Felix y mi voto desde Andalucía
Fiz Portugal
Gracias Mabel por tu generosidad. Un abrazo desde Vigo.