Mundo universitario. 10

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Vanesa 10.

 

Febrero amaneció inusualmente tranquilo, soleado, acompañando el estado de ánimo de Vanesa. Damián tenía ese influjo sobre ella. Calma, reposo, más psíquico que físico, pues el hombre la empujaba a mantener su actividad diaria, tan activa como fuera posible.

 

Los primeros días, el médico pensó que la chica estaba desocupada pues aparecía en el piso de buena mañana. No era hasta las cuatro de la tarde que la vivienda se convertía en una consulta, pues le bastaba con siete u ocho pacientes diarios para vivir holgadamente. Gracias a ello, podía dedicar las mañanas a escribir, pues había hallado un filón en la publicación de consejos nutricionales cada vez más demandados por clientes ávidos de respetar hábitos saludables, y editores necesitados de éxitos, tuvieran o no calidad literaria.

 

Le agradaba la compañía de Vanesa, tanto como a la chica le apetecía la suya. Charlaban, compraban, cocinaban, comían, descansaban. Hasta que Damián comprendió que algún suceso incómodo la alejaba de los estudios. No la obligó radicalmente pero hizo todo lo posible para que retomara su actividad académica, pues no puedes tirar por la borda tu futuro profesional por grave que haya sido el problema que has tenido.

 

La joven necesitó varios días para reunir las fuerzas necesarias pero acabó cumpliendo con la labor que la sociedad le había encomendado. La vuelta a la facultad no era óbice para que se dejara caer a diario por su nuevo hogar, así lo sentía, pues comer con Damián, ayudarle a cocinar sobre todo, la llenaba más que cualquier charla con sus amigas, fiesta universitaria o partido de volei.

 

El primer desencuentro con su nuevo amigo íntimo se produjo acabando la segunda semana de mes. Diez días seguidos habían compartido compañía. Delantal, receta, charla, cariño. Descansando en el sofá, boca arriba, apoyada la cara de la joven en el maduro pecho del hombre, giró la cabeza para mirarlo, fijamente, demandándole un beso con los ojos. Vio claramente como él entendía el mensaje, pero le sorprendió que no actuara, que no doblara ligeramente el cuello hacia adelante, bajara la cara y acercara los labios a los suyos. Optó, en cambio, por acariciarle el mentón, también la mejilla, mientras ensalzaba su belleza, sus facciones romanas.

 

“Si me encuentras tan guapa, ¿por qué no me besas?”. Damián tardó en responder, sopesando sus movimientos, racionalmente, hasta que acercó los labios para contactar con los de la joven que buscaba algo más que compañía. Pero cuando la boca de la chica se abrió para recibirlo, para engullirlo, el médico no correspondió con la intensidad esperada. Prefirió continuar acariciándola, adulándola, evitando el más allá.

 

Vanesa estaba desconcertada. Por primera vez en su vida se encontraba ante un hombre que no buscaba sexo, al que se entregaba y no se lanzaba a devorarla como habían hecho docenas y docenas de chicos. Quiso preguntarle qué estaba mal, por qué no. Pero optó por callar pues se sintió estúpida.

 

Damián amaba a aquella joven que el destino le entregó aturdida, cada día con mayor intensidad, pero ese amor que crecía más y más era lo que le obligaba a respetarla, pues algo en lo más profundo de su corazón le avisaba que las heridas sufridas por aquella alma aún cándida eran profundas y podían dañar seriamente aquel ser frágil.

“Lo que quiero construir contigo es demasiado importante como para tomar atajos fáciles que nos puedan hacer descarrilar”. Vanesa no lo comprendió, pero estaba convencida de haber encontrado el sendero.

 

 

Yolanda. 10

 

Había vuelto a clase. No tenía nada mejor que hacer, se dijo. Serenamente, aunque su alma estaba completamente rota. El Dinosaurio, la Zombie, el Chulopiscinas… seres grises y aburridos a los que no quería parecerse pues qué interés podía tener dar clases a jóvenes universitarios. Se vio convertida en un borrego más de la manada, otra joven cuyo talento sería desaprovechado en una mesa de oficina o en un mostrador, mientras un jefe cabrón como el de papá la puteaba o algún patético compañero se ofrecía a ayudarla con zalamerías de distinto pelaje.

 

En casa el ambiente era el mismo. Sergio a penas aparecía y cuando lo hacía era un auténtico desconocido. Últimamente se saludaban, si un rugido animal a medio tono podía considerarse como tal, pero no había habido ningún avance más.

 

Así llevaba dos semanas, deambulando por el mundo más que viviendo, cuando decidió dejarse caer por la fiesta de Carnaval de la sala Rostov, donde hubieran tocado si no hubieran roto el grupo pocas semanas antes.

 

Tres chicas maquilladas en exceso se desgañitaban en el escenario a ritmo de garaje, menos rápido que el que solía atronar los conciertos de Father’s Cove. La cantante, Rémy le dijeron que se llamaba, tocaba el bajo, las otras dos rascaban las guitarras mientras un chaval que aparentaba menos de quince años aporreaba el Charlie y los platillos con las baquetas y el bombo con el pie derecho.

 

Saludó a una barbaridad de conocidos, con alguno hasta se había encamado, si podía usarse la expresión cuando no había habido una cama de por medio, respondiendo con evasivas y medias verdades a todos lo que le preguntaron por qué no eran ellos los que taladraban el escenario. Aguantó el chaparrón como pudo, mucho más llevadero a medida que el alcohol anegaba su sangre, pero ni así logró abstraerse del desastre que se cernía sobre sus cabezas, pues eran los cuatro los afectados, no solamente ella.

 

Maldijo a su hermano, maldijo a Adán y maldijo su suerte, pues no se lo merecía. No, ella no se lo merecía. Le sorprendió no ver a July, pues no solía perderse ningún concierto del Rostov, así que lo llamó. Necesitaba compañía para ahogar las penas, pero el joven músico declinó la oferta. No estoy de humor para admirar a nuestros sustitutos.

 

No por sabida dejó de afectarle más la frase. Tenía razón, aquel trío de góticas acompañadas del bebé sí tenían un futuro, al menos peleaban por él. No lo pudo soportar. Así que se dirigió al almacén contiguo al baño de hombres donde El Rata trapichaeaba con cualquier cosa que uno estuviera dispuesto a meterse entre pecho y espalda. Tuvo que esperar a que dos crías, menores de edad sin duda, lo liberaran derrotadas de ruegos y súplicas de muy baja estofa. Este camello no es como el moro del Callejón, el bar del polígono, al que puedes comprar con una mamada. Este sólo acepta billetes, por adelantado, pero nunca te timará ni te dará gato por liebre, por más roedor que sea.

 

La primera pastilla la llenó de euforia. La segunda, acompañada del cuarto tequila de la noche, le pegó el viaje del año. Luces de colores, estrellas, sombras, roces, incluso un tornado o huracán la asolaron las siguientes horas. Lo sentía todo pero era incapaz de reconocer nada, menos de recordarlo.

 

Bien entrada la madrugada despertó en una cama desconocida, completamente desnuda. Lo supo porque tenía frío. Trató de incorporarse pero la cabeza seguía en danza. Logró abrir los ojos, parcialmente, para atisbar un trozo de manta del que tiró para cubrirse. Pero otras manos tiraron de la gruesa tela, ronroneando en una infantil protesta. Era Rémy que también parecía estar desnuda en aquel catre. Si le pareció sorprendente el escenario, éste empeoró cuando oyó la cisterna del baño y el batería preadolescente atravesó la puerta completamente desnudo, se acercó por su lado de la cama y se coló en ella, dejándola emparedada como el trozo de carne en que parecía haberse convertido.

 

 

Verónica. 10

 

Siendo una chica ordenada, tampoco podía considerarse a Verónica como una enferma de la organización o de la heterodoxia. Pero tenía hábitos muy interiorizados que no solía saltarse, o que evitaba hacerlo.

 

El reloj de pulsera, por ejemplo, el Tag Heuer Aquaracer con esfera de diamantes que papá le había regalado, vistiendo la muñeca derecha, a pesar de no ser zurda, como elemento de distinción. Cada noche, además, al acostarse, lo extendía sobre la mesita derecha para que también descansara.

 

Su ropa interior, distribuida en el segundo y tercer cajón de la cómoda lateral, bragas, tangas y cullottes en el más alto, sostenes en el más bajo, invertidos según su uso diario, lógicamente dispuestos a su modo de ver pues ella comenzaba a vestirse por la cintura. En el primero, todo el maquillaje. En el cuarto, calcetines y medias, a la altura de los pies.

 

Pero si había un hábito al que Verónica Bigas no renunciaba ni aunque estuviera de safari en Zimbabwe era a su ducha diaria, antes de cenar, tomándose su tiempo en asearse a conciencia, acariciándose con cremas epidérmicas, relajándose después de otra jornada fatigadora.

 

Mamá lo sabía, así que bastaba que la avisara de que entraba en el baño para que no la molestara hasta que hubiera salido, veinte o treinta minutos después. Envuelta en su albornoz inmaculado se adentraba en su habitación donde se cepillaba el cabello, se embutía en el bonito pijama de aquel día, nunca repetía, y se sentaba en la mesa esperando que su madre le sirviera la cena.

 

Por segundo día aquella semana, la puerta del baño había quedado mal cerrada. Dos mujeres solas compartiendo piso, más aún tratándose de madre e hija, relajaban hábitos que ante hermanos de sexo masculino o con papá sí hubieran sido necesarios, como instalar un pestillo en el lavabo. Pero Vero era muy celosa de su intimidad, de su espacio, así que solía asegurarse de cerrar la puerta, también en su habitación, pues prefería no ser molestada por su madre.

 

Le diría que llamara a un carpintero, o cerrajero, o lampista, o… el que fuera que arreglara puertas interiores, pues obviamente ella no pensaba hacerlo, pero sí disfrutarlo cuando estuviera arreglado.

 

Cepillada y vestida lista para cenar, se acercó a la cocina donde mamá debía tener a punto el suave ágape nocturno. La sorprendió no encontrarla sola. JuanCar se había dejado caer de nuevo, la informó risueña, feliz de tener a un hombre en casa, a su lado, en mangas de camisa, ayudándola a freír las verduras en el wok.

 

Vero se sentó en su sitio, hastiada de tonto amor y felicidad, mientras el hombre la saludaba con aquella simpatía tan exagerada que se gastaba ante madre e hija. “Esto está casi a punto” exclamó complacido sin revelarles el ingrediente secreto que había añadido para darle aquel toque especial que estoy convencido que os va a encantar.

 

Con horror la chica contempló los tres cubiertos servidos en la mesa, señal inequívoca que se quedaba a cenar de nuevo, así que tomó el Iphone 5S dorado que papá le había regalado y se refugió en él.

 

Acabada la cena, se despidió de los tortolitos para encerrarse en su mundo y no tener que soportar más las efusivas muestras de cariño de la patética pareja. Prefería ver a su madre contenta, obviamente, rejuvenecida, incluso, pero le disgustaba tener que soportarlos.

 

Al rato los oyó, cuchicheando, riendo por lo bajo, infantilmente. ¿Quién es la adolescente de la casa? se preguntó. Espero que no les dé por follar conmigo en el piso, pensó, pero el violento estruendo de la puerta al cerrarse le confirmó que solamente se habían estado despidiendo en el recibidor. Silbando, mamá cruzó el pasillo, buenas noches cariño, para adentrarse también en su cuarto.

 

Una hora más tarde, Vero pasó al baño para lavarse los dientes y orinar pues necesitaba acostarse. Pero sus ojos se abrieron como platos. Una especie de papelito oscuro, marrón madera, cayó bailando, flotando, hasta el suelo. Se agachó, tomándolo con dos dedos. No era papel. Parecía algún compuesto de plástico muy fino, liviano, pero resistente con un lado adhesivo. Miró el marco de la puerta, ¿de dónde ha caído? El descubrimiento la encendió como hacía tiempo que no hervía. Ni siquiera el puto Ayala la había cabreado tanto.

 

El patético aburrido meapilas novio de mamá había adherido un pequeño plástico al marco de la puerta para que ésta no cerrara bien. Cabronazo. Sólo había una razón para haberlo hecho. Espiarla cuando se duchaba.

 

 

Paula. 10

 

Había pospuesto la charla tanto como había podido pero no le quedó otra que coger el toro por los cuernos, nunca mejor dicho, pues José criaba animales y, si oficialmente no habían roto la relación, ella se los estaba poniendo del tamaño de un Miura. Pero la oficialidad o no del hecho no convertía en menos real algo que ambos sabían perfectamente. Su relación de pareja había acabado.

 

Paula pasó muy mal rato. Porque no es agradable cortar con tu pareja. Porque es duro dañar a una buena persona. Porque José no lo merecía. Porque le quería. Quería mucho a aquel chico grandote, de manos curtidas pero amables, de labios gruesos pero sensibles, de buen corazón y mejor carácter.

 

Pero si la distancia y las dudas respecto a compartir su vida con él ya habían minado la relación, compararlo con Martín era insultantemente humillante. Pertenecían a planetas distintos, habitaban vidas opuestas, ofrecían sensaciones antagónicas.

 

Su novio, el actual, el Príncipe de los mares, no sabía nada de la existencia de José, de su otra vida en Unquera, de su adolescencia, de su niñez. Ni siquiera de sus padres o hermanas. Martín no le había preguntado, algo que ella había agradecido pues el contraste socio-económico era muy marcado. Tampoco ella sabía gran cosa de los padres del chico, más allá de haber adivinado que se dedicaban a la construcción o al mundo inmobiliario pues él nombró de pasada que la inmensidad de casa en que vivía les había salido a precio de ganga por formar parte de un proyecto urbanístico de gran enjundia. A lo mejor con ese precio de ganga podían comprarse tres o cuatro pisos como el de sus padres.

 

Superado un escollo, su libertad marital, se centró en fortalecer su relación con Martín. Ya nada les impedía ser una pareja oficial, clamarlo a los cuatro vientos, aunque el joven prefería mantenerlo en un relativo secreto pues los estudios de ambos son muy importantes y no quiero que nos desviemos. “En verano, aprobado el curso, podremos dedicarnos el uno al otro con total intensidad” le había prometido aquella tarde de jueves en que había vuelto al palacio después de tres semanas sin pisarlo.

 

Fantaseó con un verano de playas azules y arenas sedosas, en calas paradisíacas, corriendo por la orilla de la mano de Martín, sonrientes, cálidos, felices, haciendo el amor en cualquier rincón de la costa, en improvisados catres, apasionadamente.

 

Pero había un segundo tema que debía solventar pues lo había estado toreando con cierta astucia pero últimamente parecía que se enquistaba. Germán.

 

Que el hombre fuera inofensivo no evitaba que se hubiera convertido en incómodo, desagradable. El sábado anterior, la había agobiado en el trabajo más de lo normal, educadamente, tratando de hacerse el buen compañero, no me veas como a un jefe, pero por más seca y distante que ella fuera, no lograba hacerle entender que no tenía ninguna posibilidad y que no estaba interesada ni lo estaría nunca en escuchar sus cantos de sirena.

 

Pero el domingo sonaron las alarmas. Salía de casa sola, a media tarde, para regalarse sus horas de asueto cinematográfico, cuando lo vio a lo lejos asomado a su calle. No podía ser casualidad. Menos, cuando confirmó que la seguía a cierta distancia. La incomodidad inicial se tornó en temor hasta que confirmó que el hombre solamente trataba de saber a qué cine se dirigía para coincidir con ella “casualmente”. Entró en el complejo, de una sola sala para facilitar la elección del acosador, la estrategia a ella, se escondió en el baño sin haber comprado entrada, dejó pasar más de media hora para asegurarse que la película hubiera empezado y, atenta a no encontrarlo en el hall, huyó veloz hacia los multicines del centro comercial. No iba a permitir que el pesado de Germán le estropeara los planes.

 

Solucionado el tema con José, decidió finiquitar también el asunto Germán. Mañana viernes, a mediodía, iré al súper y presentaré mi renuncia, para no tener que ir a trabajar el sábado. Así mataría dos pájaros de un tiro. Se sacaría de encima a un incordio. Y tendría más tiempo para pasar con su Adonis, pues algún sábado él le había propuesto quedar, los domingos me es imposible, le había confiado, pero sus obligaciones laborales lo impedían.

 

Sonrió satisfecha, imitando la sonrisa con que la vida la acompañaba.

 

Comentarios

  1. Esteff

    6 abril, 2017

    Se perfilen más las personalidades, las historias van afianzándose más, las brechas se van abriendo y estoy viendo venir más de un batacazo que puede hacer mucho daño. Sigamos descubriendo, pues. Enganchada. Abrazo y voto.

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    6 abril, 2017

    Muy buena historia. Un abrazo Xavi y mi voto desde Andalucía

  3. Imagen de perfil de Patry

    Patry

    7 abril, 2017

    Empezando por decir que la imagen me gusta mucho, sigo con esta frase: ““Lo que quiero construir contigo es demasiado importante como para tomar atajos fáciles que nos puedan hacer descarrilar”. Vanesa no lo comprendió, pero estaba convencida de haber encontrado el sendero.” Realmente, me ha encantado. Y me alegro muchísimo de que la chica haya encontrado alguien así. Espero que, por antiguos miedos y recelos, no estropee ese inicio de relación tan bonito que se está formando.

    Cambiando de tema… ¡Menudo viejo verde el tal Juancar! Qué pena me da la madre de Verónica, pues tiene que ser verdaderamente horrible que, el hombre al cual has decidido dar una oportunidad de entrar en tu vida, se fije más en tu propia hija que en ti misma. ¡Hay cada personaje en el mundo!

    Paula… ay, mi Paula, está dejando perderse un amor sincero y bonito, o eso creo, por otro interesado y falso. Lamento profundamente lo que va a vivir cuando abra los ojos…

    Sigo enganchada, Xavi. Mi voto para ti y un saludo.

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