Aquella noche había decidido salir. Llevaba demasiado tiempo aislada entre las cuatro paredes de mi minúscula habitación, como si el mundo exterior suscitaba en mí un fiero temor , como si fuese una diminuta criatura fantástica en medio de una fábula de terror.
Habíamos decidido salir a cenar, tomar unas copas y después visitar el fantástico billar de la calle Ricotte. Habíamos visitado aquel extraordinario lugar un par de veces.
Realmente no me sentía cómoda al estar en un espacio en el que, a su vez, había más personas cerca de mí. La inseguridad hacía mí misma jugaba un papel muy importante a lo largo de mi vida. Nos acercamos a la barra del bar y pedimos un par de cervezas. Quizá era un buen remedio para mi condenada timidez social.
El lugar era realmente atractivo, parecía una pequeña taberna anglosajona coloreada de un verde pradera. En el lado derecho de la puerta de entrada había un diminuto reloj colgado de la pared, debía de estar paralizado, pues aquel lugar era capaz de detener hasta las agujas del mismísimo reloj de arena.
En el fondo de la sala había cuatro mesas de billar, en ellas se encontraban muchachos y muchachas desafiando sus dotes en el juego. Se respiraba un ambiente de jarana e hilaridad magníficas.
Fue entonces cuando se acercó mi amiga Delia hacia a mí. Mi corazón comenzó a bombardear sangre con un tal nervio capaz de resistir hasta el peor vendaval de la tierra.
-¡Gabriela! Cuan alegría verte, demasiado tiempo sin contemplarte, ¿Qué es de ti?
Los ojos de Delia eran un par de piedrecillas hermosas, la lindeza que aprisionaba su mirada era capaz de dejar a cualquier ser humano embrujado, como si de un hechizo mágico se tratase. ¿Cómo no iba a estar enamorada de ella?
-Bien, me alegro mucho de verte, Delia.
¿Qué más podía decir?
-Me alegra mucho verte, Gabriela, necesito compartir contigo muchas cosas que me han pasado…Gregorio y yo, hemos decidido romper.
Mi corazón volvió a bombardear sangre, esta vez de una manera mucho más agresiva y feroz.
-¿Qué ha pasado?- pregunté atónita.
Delia se quedó fijamente mirándome. Su mirada me transmitía emociones profundas, apasionadas, penetrantes en el alma. Me fijé en el color de sus ojos, ahora mucho más hermosos que cualquier otro día, podía ver la doncellez a través de sus pupilas, la pureza de lo azul me permitía ver a través del cielo cristalino.
El grosor de su boca se iba aproximando cada vez más a mí. Podía sentir como su alma se iba disolviendo en mi esencia. Me ardían las entrañas y mi piel era lumbre ardiente. Necesitaba sentir sus pequeños labios rozando los míos. Demasiado tiempo amando en silencio, relamiendo heridas que parecían incapaces de sanarse. La amaba, y parecía que ella también me amaba a mí, ¿Necesitaba algo más en este mundo? ¿Qué somos si no esclavos de la pasión, fanáticos del romanticismo, adeptos de lo amoroso, presos de besos….?
Finalmente, Delia, mi mejor amiga, mi mayor secreto, me besó.





Mabel
¡Qué hermosa historia! Un abrazo Alma y mi voto desde Andalucía
AlmaRebellisch
Muchísimas gracias, Mabel. Un fuerte abrazo desde Madrid.